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Bellas ficciones

lunes 5 de diciembre de 2016
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“Toda existencia parece en sí redonda”.
Jaspers

1

Un libro, toda la vida, esa extensión que alguien dejó correr con esta frase que una mano olvidada trazó en alguna página, “la verdad del hombre íntimo”, en este caso, la de una mujer íntima que se agrega a cada nombre, a cada objeto, al clima, a una topografía tan interior, que es afuera, porque hacer del paisaje revelación lo convierte en parte de esa intimidad como lección de tránsito, de inventario de lo que los sentimientos (los buenos y los malos) construyen y deconstruyen hasta hacerlos ver como ficción, como ensoñación, como recuerdos de una memoria con que toca esas cosas y se afectan con los seres que las rodearon y que aún las rodean.

Yolanda Pantin cierra un ciclo. Yolanda Pantin con Bellas ficciones (Eclepsidra, Caracas, 2016) despide un largo instante vital y lo coloca en un tiempo que no terminará mientras ella viva y mientras los suyos sigan siendo esas ficciones estéticas forjadas por un desafío que no se detiene y por lo que ha quedado escrito para los lectores de ahora y después.

¿Qué mejor manera que iniciar esta conclusión con dos epígrafes en los que se avizoran los poemas que habrán de conmovernos? Uno de Eliseo Diego, otro de Antonio Gamoneda. Ambos se complementan: “¿Y qué va a ser de tus recuerdos, dime?”, pregunta el cubano. “Has dibujado el mundo en una mentira luminosa”, afirma el español.

Entonces, recuerdos y mentira, como si los primeros hayan sido sometidos a la obligación de la memoria, ese delgado hilo sobre el cual se desplazan imágenes, voces, olores, sutilezas, asperezas, sabores… recuerdos. Y la segunda, esa capa de imágenes recreadas, inventadas gracias a la memoria acumulada, a los tantos tropiezos de los tantos eventos amados y no amados. Las mentiras, las ficciones, la familia, esa fábrica de historias, de sonidos ocultos durante la noche, de silencios prolongados cuando la mañana se posa sobre los párpados.

Y no bastaron los dos poetas anteriores. Emily Dickinson también llegó de visita con la “esperanza”, en un tono infantil que tiene mucho que ver con este libro que hoy nos entrega —desde Turmero, desde Caracas, desde Dallas o desde cualquier otro lugar— Yolanda Pantin, la nómada del jardín de San Tiago de Paya.

 

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La casa, el milagro donde habitan los recuerdos. La familia, la interventora de las mentiras, de las ficciones que hurgan en los escondites del jardín donde las palabras, los fantasmas, los sonidos fugaces de las alas de los vampiros y el aullido de los lobos revelan el terror de una “niña cazadora de gatos”. Y bajo la redonda peregrinación de los pájaros la voz que nos ocupa elabora todas estas historias, todas estas ficciones en las que está contenido todo su mundo y donde “Igual a un perro tras mis huesos va mi sombra / recorriendo los senderos que zanjé con un machete / como quien busca adentro para abrir un cauce // Va detrás mi sombra y yo, de tonta, preocupada / por el jadeo de su respiración”.

Un relato minificcional, un cuento corto para resumir parte de este recorrido.

El tiempo en el cuerpo de los padres. El tiempo de ellos y en ellos. Iluminados por el sol y por la mirada de quien los descifra, de quien los advierte vivos, perdido un poco el padre en ese lugar, el lugar sagrado: Paya y Turmero son el ojo del universo en la parcela donde crecen y mueren árboles, hermanos, familiares, amigos, mientras las respuestas se quedan en la voz de la radio o en la imagen detenida de la televisión.

Y desde la misma casa, patria chica real e inventada, patria chica de la lejana niñez y adolescencia, etapas donde la verdad no existía, ahora el país es una letanía, un latigazo de oraciones cortas, de heridas y cicatrices en el mismo sitio del cuerpo, en la misma heredad, esa dinámica que no se pierde:

País de muertos. En el altar.

País repetido hasta el cansancio en la voz acallada, escondida y abierta, sometida por las ganas de no leer, de quedarse quieta en el fondo de la memoria, de la imaginación, de los muertos que hablan y recorren la casa como sonámbulos.

Los muertos susurran mientras los Pantin y los que no son los Pantin los miran e imaginan.  

La casa huele a reloj de pared, a la añoranza, a la niebla que pasa y ligera se marcha. Se amontona la casa en las cosas guardadas, en baúles y cajas, como las palabras.

Me permito estas licencias.

El olvido, como la llama última de una vela. El poema respira sosegadamente, como uno de esos animales que mira quien no mira con los ojos casi apagados. El perdón, el daño disuelto en el tiempo. La nada y la totalidad. Todo en esa casa o en los viajes. En las distintas casas aleatorias donde el poema fue escrito mientras la casa, la verdadera, continúa bajo el sol y la lluvia, envejeciendo.

 

3

Entretanto, los retratos hablan, los muertos susurran mientras los Pantin y los que no son los Pantin los miran e imaginan; los retocan con los recuerdos, los mismos anudados a esa acumulación de voces, siseos, leves movimientos, ensoñaciones, despertares, cantos de animales. Los retratos en nichos, en el altar, todos los muertos y los vivos juntos, con sus humores, algunos con sus nombres en el verso suspendido:

Es mi círculo sombrío,
familiar. Son mis muertos,
y a sus líneas yo me debo,

las que dictan en mis sueños,
sus señuelos, cuando paso y
me detengo, y piden agua
y piden
fuego, los converso,
los sosiego
y a los ojos
nos miramos sin hablar…,

el ritmo y la musicalidad hacen sentir el dolor de la voz que pronuncia. Una voz que duele y se hace doler.

 

4

Bellas ficciones

Nunca te conocí, pueblo mío,
aunque siempre tuve a bien
tus existencias

Al asombro
total, en la extrañeza,
yo renazco

entre la farmacia y la ferretería
que cubren sin saberlo
a mi casa pequeña.

El poema del pueblo, el homenaje al espacio que no se deja de soñar, el paraíso, el jardín en un texto que descubre las calles, más allá de que no las nombre; los negocios, los mandados, las idas y venidas de la casa de campo al pueblo donde se respiraba el mismo campo.

El día instalado en las hojas de los árboles, en los ojos de los caballos, en las aves de corral y en los pequeños animales de la imaginación. La luz del día destaca trazos de un sueño: abrir el portón a las 6 am y salir a la mañana, descubrir la fronda, las líneas de las montañas, mientras el padre y la madre —rodeados de silencio íntimo— convocan el aroma de la tierra, el ladrido de los perros, el habla monótona de los pericos, la poética del lugar, el relato de San Tiago de Paya, a cuyo clima “vendrán otros tiempos”.

El origen, “La raíz” habla de la otra casa, de la herencia, de la sangre en la lengua sonora de un poema que “apunta al hueso” y afirma la realidad de una declaración:

Ha muerto en mí lo literario.

Un nuevo comienzo. Con este verso, con esta oración, Yolanda Pantin reafirma la convicción de alejarse de una escritura elaborada, alejada de todo adorno, aunque la de ella, su poesía, nunca se ha valido de artilugios. La ficción existe más allá de lo literario. La vida también es ficción, una realidad que no se borra, que se aleja sí, pero no se borra. Las lecturas, la escritura: beber en lo que está cerca de los sentidos.

Y así como ha dicho lo anterior también ha afirmado que “Lo que amamos ya es recuerdo / y esta casa aunque está viva / es su fantasma…”.

Es decir, el tiempo de ayer no regresa hoy. Recuerdos, los muertos que recogen sus pasos, los vivos que respiran la pesadez de la memoria. El poema es otro, será otro.

Aquí termina la primera parte de estas “ficciones”.

 

5

Desde la proximidad con el lomo de tantas páginas recogidas en los anaqueles, la voz de Pantin extraña el lugar del origen.  

Cambio de hora. El poema viaja hacia otros espacios. Un texto que recorre la ciudad a través de referentes literarios, libros y títulos, tuteo con viejas lecturas, y una declaración con el librero:

Soy una persona que escribe en versos cuando puede.

Desde la proximidad con el lomo de tantas páginas recogidas en los anaqueles, la voz de Pantin extraña el lugar del origen, al “pasar / las páginas de los libros sin leerlos, / a no tener tiempo, en la premura / de recoger la casa // Dejamos atrás la juventud, la confianza / en la poesía (que nunca tuvimos), pero / algo que no sabemos todavía / nos amarra el cuerpo”.

Nómada es el poema, como quien lo pronuncia. O lo borra. Como quien se declara cansada “sobre todo de la poesía / que entrecomillada: enemiga / ¡tout o absolutamente nada! Ahora, / ni a su constante interrogación / ya por vicio, ni al lenguaje / que afanosa buscaba / debo 1 bolívar”.

Ese desapego se resume en el último verso, la ironía, el ocaso que a un corto paso después se puede leer como un aforismo: “Los prejuicios / no me dejaban ver / una rabia / que no alimenta / a la poesía”. Esta reconvención, este reclamo, no representa una intimidad límite ni ficcional: la poesía agota, cansa, y aunque alivia, no salva, se deshace con el tiempo de quien la crea.

No obstante, ella, la voz poética, no deja de nombrarla, de decirla, de acercarla en un personaje vivo, pero en tiempo pasado:

Cuando más la necesitaba, // ella me dio alas. Yo le entregué / algunas palabras / para que las cuidara // Cuando pienso que me ha abandonado / me sorprenden sus engaños. Ella me conoce. Yo voy confiada (…) Sigue con tus cuentos infantiles.

Y se vuelve niña. Regresa al tiempo ido, a la edad otra, a su otredad, al ella misma otra.

Explana: “Un poema sigue al otro / en una cadena / de acontecimientos”.

Retorna, se hace presente ante lo que ha sido su mundo, el que no deja de lado aunque la poesía se niegue muchas veces: “Cuando me planto frente a los anaqueles / de los restos de mi biblioteca / y repaso, ociosa, los lomos de los libros, / me doy cuenta de que tuve una vida plena”. Hace un inventario, un recuento de títulos de libros, un paseo emocional. Un monólogo con nombres y apellidos, y vuelve a decirse:

Me va a costar dejarte, / manuscrito.

 

6

La tercera habitación de este libro: la familia ida, la que aún respira la casa. La niñez de ella y la niñez de los recién llegados, los herederos, la sangre nueva, otras tierras. La nostalgia. “Las pertenencias”: piedras, tesoros infantiles, caballos, ciervos, una fuente.

Y los tíos, los que se quedaron bajo el cielo nativo, los viajeros. Feli, la biografía de un trashumante, de un aventurero figurado en la portada de un tomo del Quijote sobre la mesa. Leslie, el soñador, entre cuentos, relatos, la poética de la inmovilidad final.

Un gato en el poema. “Las palabras para otra niña”: la ella y la otra, ella misma en la otra. Caracas y Turmero, la insistencia. El retrato de Domingo José. Y Graciela, un conejo. Eugenio, el hermano, la sonrisa y la voz de Yolanda Pantin en la de él. Guillermo, el niño que pintaba dragones: “En una de las láminas lo veo, atrevido, caminar sobre la llamarada”.

El viaje hacia atrás, a Madrid en la piel de la herencia, a “otra historia lejana”.

Poema tras poema, “verso a verso”, ella con su hermano, en “Mellizos”, el nacimiento de ambos. El recogimiento del inicio. Y otra vida, Marijí, la ternura en el lugar de un cuento feliz, la “morada” de los sueños y un instante para decir:

El primer poema que escribí fue tu nombre malcriada / gata de mi infancia…

Desde la arcadia, desde el centro del mundo, Turmero decanta la “adolescencia” en “El paseo a Charallave. Nelson, José, Coquito Méndez. La cuadra / que mediaba con las monjas / y la lucha por el ruedo de las faldas”.

La lejanía de la niñez, una vez más. La pequeña patria perdida. Y el padre también extraviado en su edad, atravesado por un jardín y el peligro que entraña su mundo de anciano:

Acabo de apagar la fogata / que prendió mi papá como un niñito. Pasé un rato con la manguera echando agua. Así viene pasando. Es ley de vida. Prender y apagar las llamas.

Mientras tanto, el azul del cielo, el tiempo corrido en una nube, en la mirada de una mujer que escribe poesía desde la ficción y las verdades que tiene como realidad.

Ahora, la edad, los sueños y sus sobresaltos.

Bellas ficciones, unas que arden, otras que recorren la memoria y siguen viviendo en los que se lean en estas páginas.

Redonda es la existencia. ¿Un círculo se cierra?

Alberto Hernández

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