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Un día en Navidad, de Salvador Garmendia

lunes 20 de marzo de 2017

“Un día en Navidad”, de Salvador Garmendia1

Un chamo se asoma a la ventana de su apartamento y ve que el Ávila ya no está en su sitio. Mira asombrado que un inmenso telón de fondo está en el lugar donde antes se encontraba el majestuoso cerro.

El niño, a quien Salvador Garmendia bautizó como Julito, vive en un piso décimo. Desde allí, como en una atalaya, solía mirar con alegría el verde de su montaña. Solía acercarse a ella para adivinar todos los secretos que los árboles esconden en su espesura.

Claro, Julito sólo imaginó que el cerro había desaparecido. “¿Qué pasaría si no estuviese?”, preguntó el narrador. Desde ese instante, el escritor barquisimetano despliega su talento y nos cuenta una historia con ilustraciones de Coralia López: Un día en Navidad, una magnífica publicación de Playco Editores (Maracay, 2015) en la que palabras e imágenes nos llevan hasta el mismo balcón del personaje y desde él vivimos este episodio en el que el barbudo narrador venezolano destaca su lado de muchacho curioso.

No es la primera vez que Garmendia publica materiales narrativos para niños y jóvenes. En el año 1988, la editorial Grijalbo/Cantaclaro puso en la calle El capitán Kid, una novela de aventuras para adolescentes. Y en Playco ya había dado a conocer El turpial que murió dos veces y Un pingüino en Maracaibo. De manera que el autor de Los pequeños seres, Memorias de Altagracia y El único lugar posible, entre otros títulos, siempre guardó su universo más cercano a la infancia, a la adolescencia, en la que volcaba su imaginación y su ternura, así como las peripecias de los héroes de los juegos recreados por los niños.

 

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La pregunta se convirtió en una afirmación. Un día, una mañana, como dice Salvador, Julito no encontró al gigante verde. Una densa película tapaba el lugar donde él podía asomarse a la forma inmensa del Ávila. Ya no estaba en su lugar.

Comenzó a alarmar la casa. Hasta su mamá se asombró por los gritos. No veía nada. “No había nada allá adelante, entre el cielo y la tierra”.

Esta obra de Salvador simboliza la pérdida, el descuido de los habitantes de cualquier ciudad con respecto de su medio ambiente.

No durmió en toda la noche. Un personaje se le apareció y lo invitó a salir. Salió como volando de su cuarto y sólo veía el cielo invadido de estrellas. Un viejo fuerte y de barba blanca se le presentó como Pacheco, persona de la cual no tenía información. El señor Pacheco estaba triste porque muy poca gente de las nuevas generaciones lo recordaba.

Pacheco, para los caraqueños, es la representación del frío, del clima navideño. Entonces el viejo, que era más un ser sin edad, encendió las luces y Julito se encontró en un gran jardín: el Ávila.

Árboles, animales, insectos, flores, ranas en estanques, todo tipo de animales habitaban en ese lugar maravilloso.

Pero el señor Pacheco no encontraba cómo detener su tristeza por una ciudad tan malagradecida a la que llevaba frescor y felicidad. Una ciudad en la cual vivían algunos que quemaban y chamuscaban las hojas y el suelo de su montaña. Pacheco se puso a llorar. Julito trató de consolarlo, pero no paraba de estar acongojado, hasta que decidió irse en medio de un gran ventarrón.

Entonces Julito despertó y corrió a la ventana y sintió el friíto proveniente del Ávila, que ya estaba en su lugar. Sus oídos oían la voz de Pacheco y lo agradeció.

Esta obra de Salvador simboliza la pérdida, el descuido de los habitantes de cualquier ciudad con respecto de su medio ambiente. Un relato donde un sueño podría convertirse en realidad si la mano humana no se detiene en su afán destructor.

El personaje Julito es cualquiera de nosotros. Y el Ávila un lago, una laguna, un bosque, un parque, unos animales que respiran nuestro mismo oxígeno.

Una historia bellamente ilustrada. Un cuento para decirlo en voz alta con la cadencia de Salvador Garmendia rodeado de niños.

Alberto Hernández
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