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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Tulio Hernández: Celebración de estar vivos

• Martes 10 de octubre de 2017

Tulio Hernández

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Vivir para celebrar. Celebrar para vivir. Podría sonar a frase hecha, pero se porta como un aforismo que conduce a pensar que sin la alegría de vivir es imposible atender los asuntos de la existencia, los más elementales. Quienes se rebelan contra estas palabras se han convertido en déspotas, en amargados, en tiranos, en mandones.

Este cronista quiere saborear sólo el título para arribar a la actualidad de su autor, quien ha celebrado y celebra la vida a través de las palabras, a través de su rectitud ciudadana.

Celebración de estar vivos festeja la vida de muchos seres humanos que han indagado sobre el existir, sobre el hacer y el deshacer. Y, como señala Pablo Antillano, podríamos llegar a admitir que para vivir es necesario tantear métodos, modos de conducirnos, de ser.

Antillano ha escrito en el prólogo de este volumen de Tulio: “Comparte con el gran cronista mexicano (se refiere a Monsiváis) el interés por estudiar el placer como forma de transacción privilegiada, ya sea a través del fútbol, del consumo de rancheras, rock, baladas, boleros, películas, revistas populares, telenovelas o melodramas”.

Pero también celebra pensar, reflexionar. Ir más allá del simple respirar. Vivir es pensar, decir. Todo pensamiento se elabora con las ganas de vivir. Hasta los embargados por la bilis sienten placer al elaborar sus símbolos autodestructivos. Los piensan. Pero esos son los descartables.

El libro se recoge medularmente en el enfoque de tres películas, pero este cronista quiere saborear sólo el título para arribar a la actualidad de su autor, quien ha celebrado y celebra la vida a través de las palabras, a través de su rectitud ciudadana. De su hacer magisterial. De su vocación nacional.

 

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La lista de “Nombres propios”, primera parte de estas páginas de Tulio Hernández, la encabeza Baudrillard, quien de alguna manera representa la “versión subtitulada de América”. Luego, Cabrujas, Monsiváis, Pasquali, Vargas Llosa, Uslar, Ludovico, Marc Augé, Nuño, Mattelart y Ramón J. Velásquez, “ensayados” por uno de los más lúcidos y conocedores de nuestra sintaxis sociohistórica.

Nuestro autor despelleja esa conducta que nos ha convertido en víctimas y en victimarios. Un fenómeno que hace del país una escena del crimen cotidiana.

Celebración de estar vivos y otros escritos (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Caracas, 2000) es un regalo del pensamiento reflexivo de Tulio (no vuelvo al apellido para no tropezar con el mío), quien se desplaza con un goce tan claro que lo inyecta en el lector y lo hace sujeto analítico de cada una de sus líneas.

La segunda, titulada “La cultura de la violencia”, es un registro de ese fenómeno que ha envuelto a los venezolanos desde que la bautizaron con esa anomalía sustantiva bosquejada desde un paisaje palafítico comparado con una ciudad italiana. Estudios como “La cultura de la violencia en Venezuela”, “El relato del atraco”, “Nuevos ritos funerarios”, “Espíritus de la violencia”, “¿Son los medios más violentos que la sociedad que los genera?”.

Es decir, nuestro autor despelleja esa conducta que nos ha convertido en víctimas y en victimarios. Un fenómeno que hace del país una escena del crimen cotidiana. Un país donde el rostro de los fallecidos podría llegar a formar parte de nuestra idiosincrasia, de nuestro retrato familiar.

La tercera estación de este magnífico tomo habla de “Una nación a la deriva” (crónicas, 1989-2000), donde Tulio Hernández (esta vez lo escribo por razones casi obvias) dialoga con el lector acerca de eventos recientes: el 27 y el 4 de febrero, fechas que nos han marcado dolorosamente. El 27 de noviembre, asuntos políticos como la Constituyente, la razón de una oposición, este salto de canguro denominado “el proceso”, entre otros.

Nos lleva de la mano a comprendernos, a decirnos lo que hemos sido, con un estilo tan delicado en su manera de abordar que hace del lector un sujeto a la deriva pero con horizonte visible, un ciudadano acosado por una realidad que nos cuestiona.

Y la cuarta parte, “Los hilos de la memoria”, habla de América Latina y su construcción, su invención, entre otras líneas.

 

La democracia, el mejor invento para la convivencia, tiene en Tulio Hernández a uno de sus más preclaros defensores.

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A propósito de todo lo que nos ha sucedido. A propósito de lo que hoy le acontece al autor: ser un perseguido de una tiranía por el simple hecho de escribir, porque ni siquiera el contenido de su opinión favorece la acción del dictador para acosar al intelectual.

“Celebración de estar vivos” —último ensayo— habla de películas, de cine. Más allá de ese contenido, me aferro a la afirmación de Roberto Arlt: “Nacer es una tragedia, pero estar vivos es la única maravilla posible”, que, según el mismo Tulio, usara Benedetti en el prólogo de El juguete rabioso.

Afirmemos entonces que vivir es una celebración, que es necesario defender la vida para poder celebrarla, que es preciso enfrentar a quienes hacen de ella una esclavitud. Hacer que los infelices que han soñado toda la vida con una utopía, con la inviabilidad de un sueño, sean apartados del camino, sean alejados de toda ambición de poder, para que el ser humano, el ciudadano, pueda celebrar la vida.

Tulio Hernández tuvo que exiliarse. Tuvo que ser socorrido por la solidaridad de un refugio lejos de las manos criminales de Miraflores. Y nosotros, los que lo leemos, los que respetamos su talento, celebramos que está vivo y protegido. Celebramos que las manos de sus perseguidores no logren alcanzarlo.

Con estas líneas, con esta lectura en carrerita de este libro de nuestro compatriota, queremos dejar sentado que la democracia, el mejor invento para la convivencia, tiene en Tulio Hernández a uno de sus más preclaros defensores, y que nadie que se coloque charreteras a diario frente a un espejo o ensaye malos pasos de baile podrá acabar con la idea y el hecho de que Venezuela desea salir de esta locura para poder celebrar la vida, para poder celebrar la libertad.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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