Servicio de promoción de autores de Letralia

Saltar al contenido

Amagos, de Gabriela Kizer

lunes 26 de febrero de 2018

“Amagos”, de Gabriela Kizer“Esa hermosa y pequeña bestia, el poema”
Mary Oliver

1

“Qué importa si vives lo dejado por otros”, leo, y confieso que mi detención en cada una de las palabras para componer el verso también me hace ese otro vivo. Entonces el poema, la parte que precede lo que acabas de sentir (la segunda persona me acerca al ajeno, a ese que está más allá del yo propio como sombra, como abandono), sumado al inmenso espacio donde reposan imágenes y sensaciones, la que sigue como un viaje dentro y fuera de una casa, de un naufragio familiar o de las iniciativas de la memoria, que también pudieran ser parte del olvido.

Digamos que me desplazo —o te desplazas— por un laberinto de emociones. El poema, que como afirma Mary Oliver deja de ser palabras y se transforma en un animal, en una presencia viva, inocente o peligrosa, ruidosa, alambicada, silenciosa, dulce o amarga, suave o rústica: el poema es esa “hermosa y pequeña bestia”. Y también “qué importa si a esto se le llama madurez”, continúa la voz de Gabriela Kizer en Amagos (Monte Ávila Editores Latinoamericanos, Caracas, 2000), libro escogido en el Concurso para la Selección de Obras de Autores Inéditos de la editorial venezolana en 1999.

Gabriela Kizer viaja por la casa familiar. Entra y sale por la mirada de quienes la atisban y hacen parte de la soledad o de la costumbre de ser plural. Estos poemas se someten al llanto, al lamento, al reflejo, a “algún amante”, a los muertos, a los retratos.

Y así, entre tantos instantes:

Yo estaba aquí bien abajo / viendo vaciar los cauces de mi memoria enferma: / bastardos indóciles, / pies para siempre descalzos, / cadenas que al chocar / provocaron el estupor de los antiguos magos.

Hay tanta levedad en estos versos, tanta dureza a veces, tanta desnudez, tanta sombra y luz. Tanto sentido del dolor:

Sé que hubiésemos querido multiplicar el llanto (…) El rostro congelado éramos nosotros (…) pero has seguido caminando mohosa por los sueños, / crispando la memoria para siempre. / (Cada día un entierro que no da contigo).

 

2

Seis partes hacen este libro de Kizer, en los que algunos constituyen territorios cuyo recorrido podría ser calificado de emergentes en tanto que ofrecen anécdotas, paisajes familiares, eventos íntimos, “cosas que mueren de repente” en un personaje que no se agota, porque

yo, aquí, tan plena y tan retórica / sé que en el alma hay idas y venidas al compás de gusanos, / gusanos que sestean y que a veces van lejos / allí donde los muertos tienen dios más que cuerpo pudriente // y un oficio.

Desde esa mirada, desde ese punto fijo que es el alma, el poema, la “pequeña bestia”, deslumbra y “entonces hay que abrir la puerta, / hay que darles —cuentos de viejas— lo que vienen pidiendo…”, una taza de café, pero también un “más nada” que aturde, que indaga desde “la historia de los antepasados”.

El poema rasguña la identidad, el derrumbamiento, la carne descompuesta del tiempo, las “clavijas” y huesos de quienes fueron aliento compartido o desechado.

 

(***)

 

Era más fácil.
Bastaba una señal, un dejo luminoso
para alargar la mano al aire
como hacia un cuenco de abundancias,
para temblar al pie de una página sin reverso.
¿Qué suerte de futuro permitía entrar
Una vez y otra
Al juego de avanzar con el trapo en los ojos?
Taima.
¿Cuándo me vine abajo?
¿Cuándo crucé los brazos sobre el pecho?

Y en ese ambular por las palabras, entre los amagos por alcanzar o entender lo perdido, se atraviesa otra pregunta:

¿Quién dijo que la palabra fin era comprensible?

La respuesta:

Y el miedo de mis muertos cuando atornillan, / cuando dejan caer la caja, / cuando mi hermano toma la pala para el primer sonido de la tierra.

Alrededor de quien ya no está hay sólo miradas, un llanto suelto o contenido. El fin es el comienzo de algo, de alguien que se aísla o se detiene en un lugar, de algún objeto que se olvida. De un recuerdo colgado de una ventana. O de una primera persona que se alienta en decir:

Me voy quedando convertida en voz
una voz delgadita, austera, pánica,
entre burlona y doliente.
Me espera un muerto al que no lloro
y del que no sabré reponerme.
Dispón el carromato.

El poema, esa “hermosa bestia”, rasga el tono, el acento, el trazo que se adentra en otro territorio o en el mismo que se desconoce:

¿Palabras?
Están hechas para convertir cualquier interioridad en extranjera.

 

3

Quiero que llames tiempo a esto que me das.

¿Intención, ademán, síntoma, rechazo para deshacerse de algo o de conservarse en un intento, en la voz de quien es, de quien no ha sido, de quien será?

No quiero las palabras con las que vivo.

La poesía, el pequeño bicho o animal que repta sobre el alma humana, se aloja en la anatomía configurada por la misma voz que la recrea, porque ella, la poesía, está allí, silente, al acecho, hasta hacerse presente, imagen:

Y luego cuerpo / su imposible espejo / ninguna laguna para la refracción.

¿Reflejo, intuición, devaneo? Muchas son las interrogantes. Mejor si no hay respuesta.

El poema se hace de un motivo más cercano, el lugar donde anidó desde las primeras edades, desde la prehistoria de la naciente metáfora, el más antiguo soplo poético: el espacio compartido y dolido:

porque en esta casa / las mujeres se quejan por costumbre / no más levantarse.

El lugar de los antiguos dones, de los legados, de la herencia, de las palabras aprendidas, aquellas que trajeron los abuelos, los genéticos, la sangre de una poética atada a los días, a los amagos de la muerte y de la existencia cotidiana:

…y sólo comenzó a renegar la tarde de su muerte, / mi primera muerte, / mi primera mesa servida con mantel negro en el suelo / por el abuelo postizo el Seide amado / que dejó familia por nosotros / y las ganas de patear, de sacarlo de allí / para que no se asfixiara, / para que me siguiera enseñando a leer arameo sin comprender…

Por el lado judío, por el lado de Dios y las tantas revelaciones entre propiedades y las hambres pasadas.

La casa siguió siendo el motivo, con sus personajes, los familiares y los que se recordaban como tales. Los objetos que hablan desde su soledad. Una nevera abierta. Una carta donde también hay cuentos sobre brujas y duendes. Los asuntos de niños en los que suenan los nombres de poetas. Y hasta Gregorio Samsa comparte mesa con su lejanía.

 

4

Los poetas se hacen con poemas. Se inventan con versos, con pensamientos, con ideas, con rasguños, heridas, muertes, eternidad, silencios, crímenes, amores. Los poetas abundan y a veces se extravían en sus propios poemas. O en sus amagos, en sus espejos.

Gabriela Kizer toca a los poetas. Los añade a su sintaxis. Los atiende y los revisa entre imágenes, cortos relatos, distinciones, quejas:

Según los poetas / hemos enterrado nuestro corazón / lo hemos desenterrado…

Y más adelante insiste:

…y hemos tirado piedras contra los poetas / y les hemos apuntado a la cabeza / y a veces / hasta hemos tenido la suerte de acertar.

Las primeras personas, plurales que se reconvierten. El sujeto que acciona es víctima y victimario: imagen recurrente que es ahora confesión:

Los poetas tenemos tan mal genio.

El viaje, la búsqueda del yo ajustado al del Otro. La voz en la de quien fue. En la de quien más tarde se hizo cuerpo vivo, herida, punzada, recuerdo. El mundo antiguo, una referencia, un ademán: haber estado. Ademán para decir: “no nos salva ni ofrece el infierno”, y luego, para sostenerse en el ámbito del viaje como consulta o como señal, los versos dicen:

Mas de qué nos sirven los mitos y las bestias
si, como dices,
esta historia no es un poema.
Habría que poder tomarle el pulso
a la musa que se instala en el sofá, de pronto,
para preguntar
si de esta vuelta a la manzana
han quedado fotografías
o abrazos detenidos y apretados
por cuyo recuerdo
provocara escuchar algún bolero…

 

5

Ella, la que hace el intento, el amago de escribir. La que escribe y deja páginas sueltas, largos sueños orgánicos, sonoros. La que sí tiene algo que decir y lo dice:

De una mujer que escribe poemas, / los mejores, dicen, / son aquellos en que no tiene su ojo puesto / en un hombre.

El amor, lo místico, la voz de Cervantes y, sin dilación, el tiempo acuñado en un idioma, en palabras: “Sé que es triste esta manera de sentir, / que es duro conjugar en pasado, presente y futuro, / si alguna sintaxis nos alcanza”.

Hay otro instante, extenso instante por decirlo ambiguamente. Hay una ruta a seguir, hasta la última parte de esta aventura. Una poética que desnuda el yo, su plural, su mitigación, su disposición a dejar de ser un amago.

La voz se despliega:

No tiramos nuestro cuerpo por la ventana. / No abrimos huecos en algún pedazo de tierra húmeda / para que nuestros amigos fueran a visitarnos. / No pedimos que nos sembraran flores encima. / Amor y desamor pasaron cuantas veces fue necesario. / Vámonos de aquí.

Síntesis de esta escritura en la que abundan quienes avisan su regreso al poema, a “esa hermosa y pequeña bestia”.

Y por esa razón:

…no quedará enterrado el corazón.

Alberto Hernández
Últimas entradas de Alberto Hernández (ver todo)