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Me estaciono frente a don Quijote y saludo a Sancho. Me sostienen mis dieciocho años y estoy en los inicios de los 70 en Madrid. Un pájaro detiene su vuelo y se despluma bajo el invierno sobre la cabeza del borrico del escudero.
Un rato más tarde, abro el libro que llevo en mis manos. Tiemblo de frío. Una guacharaca sale de la boca del metro de Lavapiés. Y también Juan Carlos Chirinos con un mapa de Valera ante sus ojos. No sé qué busca, pero pasa por mi lado. Inadvertidamente lo saludo y levanta un brazo mientras unos pericos le rozan el sombrero que casi sale en vuelo por el viento que baja del norte.
Camino por la Gran Vía hacia Cibeles. Alguien estira un brazo y me entrega un libro. El hombre no habla. Me lo da y yo sigo mi camino. No entiendo. ¿Será la edad?
Recurro a todos los tiempos verbales.
Me veo en un espejo y estoy en Caracas con el tomo que me acaban de entregar en la librería Lugar Común. Sandra Caula encargó que me los facilitaran mientras ella está en Madrid. Y entonces conozco a Garcilaso Pumar y hablamos de autores, amigos y el país.
Madrid es el reflejo en un vidrio que se acaba de convertir en ventana. Abro Gemelas, de Juan Carlos Chirinos. La tapa es un inmenso león que lleva en su melena a una muchacha en plena carrera. El Estilete es una editorial caraqueña que reeditó (2016) la novela de Chirinos. Acaricio la tapa en rojo y negro. Volteo hacia Madrid en el espejo y veo la gran ciudad que circula hacia la Puerta de Alcalá. Muevo la cabeza y borro la imagen. Yo era en la calle Hernani. En la General Yagüe. En los Nuevos Ministerios. Ya no estoy en España. Hace años que retorné. Hace años que la llevo en los ojos, en la memoria. Ahora, con el libro en mi poder, entro en una historia que seguramente me volverá a internar en aquel país donde todas las calles son revelaciones, nombres de escritores, artistas, militares, reyes. Plazas desiertas o habitadas por emigrantes africanos, perros realengos y ancianos de bastón y sobretodo porque el frío pega y aturde, aunque todo esto que ahora leo comenzó en pleno verano.
Las estaciones son también parte de esa invasión de bestias que anidan para darle cuerpo a un relato largo en el que un policía obstinado persigue las pistas de un suceso criminal.
Una mujer se lanza por una ventana. Una mujer cae sobre el cemento del parque Miró. Una mujer regresa de la muerte y construye los planos de un relato en el que otros seres se entregan a descubrir por qué esa mujer se lanzó de cabeza hacia la muerte.
Susana Pereira no sabe que, un poco antes, Elena (una referencia, una prótesis, un apósito que destapa los acontecimientos que viviremos) había sido devorada por un león en pleno corazón de la capital hispana. No sabía, en el instante de una rueda de prensa con el alcalde para dialogar acerca de la invasión de diversos tipos de animales, que esa bestia se había disfrutado el cuerpo de Elena y paseaba con la cabeza de la mujer por las calles de la gran ciudad.
Y por allí, por ese laberinto de imaginación, se mueve esta novela negra, policial, que también es una novela donde lo fantástico se atreve a retar a un lector sorprendido, incrédulo, sometido por la libertad que el autor le regala en el momento en que un elefante o una jirafa se asoman por una ventana y espantan el miedo que otra mujer, Cristina Oliveira-Goes, amiga y amante de Susana, siente en el silencio nocturno de ese verano castellano.
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Como si se tratara de una guía turística, Juan Carlos Chirinos nos pasea por Madrid en medio de dos conflictos: una invasión de animales exóticos y las muertes que, a la larga, están conectadas con el primer episodio. Se encuentran al final de la pieza en el que confluyen otros personajes, porque el “comisario” Agustín Bermejo, lector de cuatro dudosas novelitas policiales, y el joven detective Benjamín Cruz, asiduo de la biografía de Tiberio escrita por Marañón, coinciden en medio de tropiezos con la solución de ambos eventos que, a la larga, tienen que ver con una hipérbole deliciosa construida por Chirinos mientras también hiperbolizaba su ciudad natal, Valera, en medio de una ensoñación literaria, razón por la cual hizo posible esta novela que saboreo en medio de un país invadido también por extraños personajes que han provocado la muerte y la desolación de toda una nación. Y traigo a este escenario este punto y seguido porque en Gemelas también está Venezuela en la vida y muerte de Diego García, un venezolano amigo de la colombiana Susana y de la española Cristina. Personaje que junto a Samael Azures elaboran toda una tragedia que los sabuesos madrileños logran resolver con la ayuda de otro personaje, el chileno Nguedó, todos involucrados en la muerte de Susana, también más tarde en la del propio Diego y en la invasión de las bestias a la capital del oso y el madroño.
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Es una lectura feliz porque Chirinos destaca su humor y su cercana ambición como imaginero al acercarnos a referentes literarios que se asoman y se esconden: parte de su pertinencia como escritor y académico, como insistencia diaria. La novela —como toda buena lectura— es un juego donde los abalorios no existen. Discurre con el gusto de saberse presa, quien se somete a las anécdotas de una aventura que nos convierte en suicidas, homicidas, policías y hasta en personajes invisibles, unos conocidos y otros referenciales o reflejos del miedo de quienes no saben de dónde vienen esos animales y el porqué de las muertes.
Pero esa es la intención de toda novela policial, que en el fondo no es policial, aunque contenga a esas personas obstinadas por hacerse pasar por investigadores: son representaciones, develaciones, sujetos de pasión divertida, sazonada con algunos elementos que seguramente Simenon, con su Maigret a cuestas; Ellery Queen y sus seudónimos Frederic Dannay y Manfred B. Lee; Edith Lorac, Ross Macdonald o Dashiell Hammett saludarían y celebrarían con gusto mientras una sonrisa de satisfacción sacude el ambiente con una cerveza, un vino o un whisky de compañía auspiciosa.
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¿Por qué Gemelas? El lector advertirá que Susana tiene un doble, que sólo se diferencia en la estatura, puesto que Pereira medía un metro ochenta y cinco centímetros, mientras que su otro yo, Amalia, una stripper que llegó a la vida de Cristina producto del intencional tejido de situaciones creadas por el narrador, sólo alcanza el metro sesenta y cinco, una enana para quienes a veces en su interior así la veían y calificaban. Pero su parecido sazonó la creencia de que pudieran haber sido gemelas, no tanto univitelinas, pero sí viajeras del mismo vientre genético, aunque todo es imaginación, perversión de alcoba, nocturnal, policial o simple conjetura para darle calor al ambiente. Pero igual por ser dos historias: un mundo en el que la fantasía deviene humor y el mundo forense de Bermejo y Cruz, empujados a resolver ambos problemas que a la larga se atan en un solo conflicto y provocan la captura y detención de los culpables.
Un final poco feliz porque la doble de la suicida Susana resulta un fiasco, toda vez que ya sabía de su alter ego y es lanzada por Susana por la misma ventana por la que se fue su altísima referencia. Cristina la sostuvo por los tobillos y la mantuvo en el vacío un buen rato, para que sintiera el aire de la muerte que ella había ayudado a provocar en su amiga.
La plaza Miró recibió el cuerpo de Amalia, quien estrelló su rostro contra el cemento.
Pero igual diría que casi al final de la historia, porque Cristina podría seguir siendo el reflejo para otra que tiene en las bestias invasoras el motivo suficiente para alterar el ánimo e iniciar la captura de esas invasiones que Samael provocó con el contrabando de todo tipo de bichos tropicales y hasta extraterrestres, según el humor de quien también, como narrador y personaje, se incluyó tangencialmente en el relato.
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Destaco la presencia lúdica de un narrador que habla a veces como un niño. El niño de Alicia en el País de la Maravillas. Un gato que piensa y farfulla desde la voz del narrador. Gracia que hace del lector una suerte de presa del minino, porque el narrador también lo es: el gato gobierna en la imaginación de todos quienes lo han “visto” jugar póquer o malandrear en la casa o en la vecina plaza del conjunto residencial donde vivían Cristina y Susana. Siro, un gato humano.
Guiño al poeta valerano Víctor Valera Mora en esta oración: “una muchacha que recién ha conocido el amor” (p. 245). Escritores que rozan y hacen cuerpo en la novela (el Mío Cid cabalga desde el cuarto de baño de Cristina en una antigua palabra escogida por Susana), pero igual el “palimpsesto”, la escritura de los lunares de la espalda de Cristina, suerte de relato dérmico, se pasean por la mirada acuciosa de Chirinos y alimentan el discurso de esta novela que anda en busca de más lectores.1
Por mi parte, sigo anclado frente a don Quijote en plena Plaza España. Oigo los rezongos de Sancho y el golpear de los cascos de Rocinante.
Unas garzas llaneras, unas corocoras y un gavilán primito hacen nido bajo el vientre del borrico de Sancho.
La novela no termina aún. Madrid se despabila. Los animales continúan la invasión.
- Huerto de lirios, de Rosana Hernández Pasquier - lunes 20 de abril de 2026
- El alma por la boca, de José Iniesta - lunes 13 de abril de 2026
- La seriedad del niño que juega, de Florencio Quintero - lunes 6 de abril de 2026
Notas
- Chirinos cierra el juego con un “conste que pocas de las frases que conforman esta novela han sido plagiadas premeditadamente de los siguientes autores: Bola de Nieve, Rubén Blades, Francoise Frontisi-Ducroux, Vicente Gerbasi, Gregorio Marañón, Reviel Netz, William Noel, Benito Pérez Galdós e Isidoro de Sevilla, y seguramente muchos otros que ahora mismo no recuerdo. A todos quedo muy agradecido. Madrid, agosto de 2007-Valera, julio de 2012”. Vale.


