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Las heridas de la literatura venezolana

• Lunes 9 de julio de 2018
“Las heridas de la literatura venezolana”, de Violeta Rojo“…una escritura sostenida en el proceso mental
del país se va revelando, y con ella el país mismo”.
Miguel Ángel Campos

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Un mapa es un libro. Y el libro, definitivamente, sus accidentes verbales, reales, ficcionales, geográficos, personales, humanos. El mapa se estudia con hombres y mujeres, con quienes elaboran la memoria, la sostienen, la calcan sobre cada trozo de tierra, sobre cada aventura habida y por haber, la precipitan desde el tiempo pasado que se hace presente y termina siendo futuro desde el reflejo de los que ya no están. Diarios, memorias, notas, novelas, cuentos, ficciones personales y reflejos de ellos mismos, ensayos: escritura, la capa de los sueños, los actores de una nación que despierta y se duerme sobresaltan a los muertos y los vivos los recorren en sus aciertos e impertinencias, en las páginas que el curioso lector e investigador recogen como un tesoro y convierten en inventario, en otro tesoro que activa los deseos de seguir conociendo a los personajes de ese mapa, de esa congregación de talentos, locuras, facultades propias y ajenas, revelaciones y revoluciones, ventajas y desventajas, aturdimientos. Una cartografía en la que habitan quienes de alguna manera han establecido una historia, la han descubierto, a veces solapado, pero generalmente viva en nuestra propia ignorancia.

Con este título de Violeta Rojo, Las heridas de la literatura venezolana (Editorial El Estilete, Caracas, 2018), sentimos el alerta: nuestras cicatrices aún duelen. La sutura recuerda el momento de aquellos aporreos, los del pasado y los del presente. El tiempo nos ha leído en esas heridas, contusiones, golpes y porrazos. De allí que nuestra autora haga un recorrido en el que escritores, pensadores, títulos y eventos se congreguen para desnudar lo que somos: una profunda herida que ha quedado mal cicatrizada en nuestra realidad e imaginario, fijada en páginas y obras. El dolor, una sensación de vacío palpita cuando el ojo mira las marcas en la piel de las palabras, de las muchas veces que no queremos repetir, pero que los eventos de la política nos obligan a hacerlo. Ese país flota en cada libro, en aquellos provistos del polvo renegado, en estos que son tan tiempo presente como futuro inciertos. También somos lo que no escribimos. Y terminamos siendo la herida que no vimos. Y la que nos arde en la lectura.

 

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He comenzado a leer el libro de Violeta Rojo por el título que le da nombre. Por casi el final de sus páginas que son, a fin de cuentas, las líneas que tocan el presente, porque su mordida, la del tiempo actual, nos conduce a sentir que la herida aún supura, que la cuchillada se siente en los ojos del agresor, el que de alguna manera nos ha llevado a ser lo que otros escribieron, lo que muchos trazan para descubrir la rasgadura en la piel y hasta el olor de una mala cura, de un apósito sucio que lanzamos al suelo.

La escritura desde uno mismo, desde el sujeto que escribe: la autoficción, la autobiografía como registro que emana del otro siendo el autor su reflejo.

Es contemporánea la herida que revisa la autora, y lo hace desde un epígrafe de Miguel Hernández: “Reviven las heridas visibles y las otras / que sangran hacia dentro”, que son estas y otras “que hemos sufrido como nación” que podemos “leer en nuestra literatura”, calza Rojo, y establece asiento en los siglos XX y XXI para dejar constancia en autores y títulos de estas menguadas horas, razón por la cual “hablo de política porque es una de nuestras heridas”, y menciona a autores como Israel Centeno, Fedosy Santaella, Francisco Suniaga, quienes han estado presentes a través de sus páginas en el país de este hoy que nos acorrala. Precisa el significado de la diáspora venezolana, porque “irse se está convirtiendo en otra herida”, toda vez que el pasado reciente ha provocado que el país se fracture, que la familia huya. El Caracazo (1989), los golpes de Estado (1992), la tragedia de Vargas (1999), el 11 de abril (2002), sedimentos que alcanzaron la orilla y han impulsado una literatura en la que también están los nombres de Oscar Marcano, Sonia Chocrón, Alberto Barrera Tyszka, Gisela Kozak, Héctor Torres, Luis Barrera Linares, Eloi Yagüe Jarque, Argenis Rodríguez, José Roberto Duque y Ángel Gustavo Infante, entre otros.

Y desde ese ambiente literario, la escritura desde uno mismo, desde el sujeto que escribe: la autoficción, la autobiografía como registro que emana del otro siendo el autor su reflejo. Verdad y mentira. “El pacto autobiográfico es tan relativo como el pacto ficcional”, nos dice Violeta Rojo. Y los títulos se pasean entre sus líneas, para desembocar en una suerte de confesión donde la autoficción es un fantasma que se niega y luego se afirma como tal. Un relato personal que asoma la nariz de Papillon, aquel Henri Charrière que se vaciló la parte, como se dice ahora, y se burló de medio mundo.

 

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Nos atornillamos al libro desde un comienzo en pasado. Regreso al inicio, al génesis de estas hojas que nuestra profesora y especialista en la minificción nos regala. Y es Miguel Ángel Campos, otro de los respetables ensayistas de nuestro país, quien desde el prólogo dice, con la elegancia de siempre: “Si la crítica literaria se nutre de una versión de los hechos, de una mediación, entonces la experiencia personal debería informar ya no la historia, sino una manera de la imaginación, una escritura que se propone fijar la frontera entre el realismo y su discusión”. Y así se aposenta todo: Rojo trabaja textos autorreferenciales para insistir en un estudio del país, de lo que somos como verdad y de lo que somos como mentira o ficción. El epígrafe usado para esta crónica así lo establece.

El país viejo, el del pasado remoto, el que se nos quedó atrás pero que repetimos como tartamudos y lo regresamos a las mismas heridas. Y a otras que fundamos y se dejan como herencia en cuadernos de memorias, poemas, novelas, relatos cortos, majaderías y hasta en el humor para consagrar distancias.

Un cura nos convoca: el fraile franciscano Navarrete, sus minificciones, que podrían ser consideradas entre las fundacionales en nuestro patio. Pero llama mucho la atención, creo que más, la presencia de Francisco de Miranda en estas páginas, uno de los personajes más controversiales de nuestra historia: un retrato de nuestras contradicciones, de los complejos y traiciones que han inundado no sólo la “verdad” sino la ficción como realidad imaginada, como duda y pasión por lo que se perfila como historia y como realidad real. Violeta Rojo se pasea por el personaje histórico, por el personaje ficcional, por el personaje trágico, y recoge en sus líneas los títulos de novelas y estudios de Denzil Romero, Francisco Herrera Luque, José Nucete Sardi, Mariano Picón Salas, Caracciolo Parra Pérez, Elías Pino Iturrieta, William Spence Robertson y Alfonso Rumazo González, entre otros, quienes lo evidencian como otra de las heridas, no sólo de nuestra historia sino de nuestra literatura.

Otro aventurero que dejó una cicatriz en nuestro imaginario es Rafael de Nogales Méndez, quien como Miranda recorrió medio mundo en una suerte de película de acción que pocos venezolanos han visto. En todo caso, casi desconocidos sus libros, sus memorias, sus obsesiones. Sus recuerdos, sus palabras están matizadas de descripciones que reflejan el yo de quien las escribe: memorialismo más que autobiografía, según la escritora.

Afirma Violeta Rojo:

Pero los libros de Nogales Méndez no son únicamente novelas de aventuras. La visión sobre Venezuela que tiene Rafael de Nogales Méndez es particular. Por una parte es la visión de alguien que ama y sufre a su país, pero al mismo tiempo como algo ajeno…

Este tachirense, destaca Rojo, era “un fino escritor, con grandes dotes narrativas”, un elegante redactor de sus pasiones, “el epítome del aventurero mundano”.

 

Violeta Rojo habla de la “literatura del yo” y destaca su carácter autorreferencial.

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No podía dejar de estar ese largo episodio de veintisiete años conocido como el gomecismo, del que se desprenden nombres y obras que surgieron de esa profunda puñalada militar. Pero un poco antes el de Cipriano Castro, la caricatura de un sujeto que también forma parte de nuestra tradición autobiográfica y del imaginario que historiadores y humoristas dejaron para la posteridad.

Por allí andan las hojas, las memorias de aduladores o críticos como Pío Gil, Laureano Vallenilla Lanz, Francisco González Guinán, César Zumeta, Pedro Manuel Arcaya, Emilio Arévalo Cedeño, Rafael Arévalo González, José Rafael Pocaterra, Luis Felipe Ramón y Rivera, Napoleón Ordosgoiti, Eduardo Michelena y Manuel Caballero, quienes nos dejaron como legado el perfil del último de los caudillos del siglo pasado.

Libros sobre personajes macabros, el eco del pasado traído a todos los presentes vividos o extraviados, pero también libros sobre marcas íntimas, personales, domésticas, familiares, como los escritos sobre la infancia. Violeta Rojo habla de la “literatura del yo” y destaca su carácter autorreferencial. Entre los autores que aparecen en este estudio están Teresa de la Parra, Antonia Palacios, Guillermo Meneses, Francisco Massiani, Salvador Garmendia, para añadir que “en las autobiografías venezolanas, entonces, se da o la magnificación de la infancia o la minimización de su importancia”. La mayoría de los autores de memorias y diarios no cuentan lo que pasó en sus primeros años de vida. Describen, hablan del otro, pero poco dicen de esa etapa que también es una herida que generalmente aparece en la escritura del futuro.

“Los recuerdos de la infancia son textos sobre alguien que en cierta medida ya no está, alguien que ya murió”. Es decir, la infancia como una cicatriz, una borradura.

Una de las excepciones se refiere a Papeles biográficos: memorias de infancia, de Alejandro Otero, quien sí entra en esa atmósfera y la trae a su presente, a las páginas. El artista plástico que fue hizo una “descripción minuciosa de todo lo visible. Por lo general no recuerda acciones, sonidos u olores, sino solamente colores y brillos, lo que puede percibir con los ojos”.

Otro artista, no literario, que trabaja la infancia, es el guitarrista Alirio Díaz, quien relata sus avatares en el caserío de La Candelaria, estado Lara, donde nació, y de donde huyó para hacerse músico, luego de las penurias de la pobreza rural venezolana. Y cierra este capítulo el narrador trujillano Ednodio Quintero, quien relata su nacimiento en la montaña y cuenta sus orígenes familiares.

Las cartas del pintor Federico Brandt ocupan un lugar en esta obra de Violeta Rojo. El joven está en Hamburgo. Desde allá escribe y deja un “precioso epistolario, compilado por su nieto, el escritor y artista plástico Federico Márquez Brandt”.

Federico añora su Caracas, la gastronomía venezolana, y comenta acerca de la política criolla. En 1892 escribe:

Aquí en los periódicos ya dicen que allá hay revolución (…). Ahora romperán los ferrocarriles y todas las cosas que puedan romper y descompondrán todo lo que en estos años se ha hecho, así es que el país nunca podrá prosperar.

Profética voz que revela la herida abierta de nuestros andares, luego reflejados en nuestras letras.

 

Estamos ante un tomo que nos revisa desde nuestros personajes literarios, pero también desde los que los han convertido en sujetos de realidad venidos de la ficción, y atados al yo que cuenta.

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Otra de las hondas marcas en la carne de nuestras letras tiene que ver con la escritura durante y un poco después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Nuestra autora apunta hacia Miguel Otero Silva y su novela La muerte de Honorio, en la que está la Venezuela prisionera, torturada a través de cinco personajes que incluyen como protagonista soterrado al propio autor. Este segmento abre las puertas a otros autores, entre quienes están José Vicente Abreu, Manuel Vicente Magallanes, Antonio Stempel París, Arturo Croce y Ramón Vicente Casanova, así como Simón Sáez Mérida. Cierra este trozo del país con esta afirmación. “Quizás en La muerte de Honorio haya un augurio de fatalidad democrática, pero para mí es más bien un libro que muestra la gran desazón que puede producir la vida política activa…”, durante una dictadura en la que el martirio es el protagonista.

Rojo se acerca a otros trabajos de MOS: Fiebre, que es también una novela de heridas que siguen abiertas. Luego menciona Casas muertas, el país derrotado por la enfermedad; Oficina Nº 1, el país que descubre el petróleo; La muerte de Honorio, Cuando quiero llorar no lloro, la novela de las derrotas en la ciudad a través de varios jóvenes de distintos niveles sociales. Son las novelas de un país con distintas cicatrices, suturas tan profundas que aún se pueden ver a diario en las cárceles y calles de Venezuela.

 

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Oswaldo Trejo entra en “acción” en estas páginas de Violeta Rojo, quien lo trae a través de una breve biografía de Rafael Trejo Cortés, padre del escritor, quien hace una reseña del día de nacimiento y bautismo del que luego sería un osado escudriñador de la lengua, quien se atrevió, en medio de un mundo rodeado de narradores de historias, a romper con ellas y hacer del idioma el personaje. Por su experimento fue considerado como un raro. Violeta Rojo lo registra así:

Mientras su literatura es difícil, aparentemente hermética, experimental y alejada de la anécdota fácil, la vida de Trejo fue totalmente novelesca y llena de eventos.

Relata la ensayista parte de la existencia de este autor y cita a Lourdes Sifontes Greco, quien fue, junto con Alberto Guaura, parte de ese ambiente de búsquedas.

Para Sifontes, los textos de Oswaldo, inclasificables y totalmente originales, no deberían ser llamados cuentos, ni novelas, ni textos, ni ejercicios narrativos, sino “trejos” (…). En ellos lo importante es el ejercicio deconstructor, reconstructor, desarticulador de las palabras, de la anécdota, de la acción.

Y para el mexicano Adolfo Castañón “hay que leer los trejos en el marco de la historia de la poesía, en la prosa poética o en la poesía ensayada”. Es decir, la literatura de Oswaldo Trejo fue un verdadero acto heroico en el panorama de nuestra escritura. Pero sus diarios —como afirma Violeta— eran más directos y sencillos. Es decir, él como sujeto creador se alejaba del relato, pero como sujeto relator (porque cuenta su vida) se traduce desde la ironía y “pequeños comentarios”, como afirma la investigadora. Dos Trejos, dos maneras de ser: una, para “alejarse” desde el instrumento, y otra para aproximarse desde su autobiografía. Pero ese alejarse significaba ser él desde el idioma. Ser el que no eran todos sus contemporáneos, lectores o colegas.

Un texto desde el seno íntimo, desde la casa que viaja: Expediente familiar, de Miguel Szinetar. Testimonio, novela, bitácora donde el pasado se une al ahora: sus antepasados víctimas de los crematorios de Hitler. Desde su más cercano yo compartido, Szinetar revela la herida que vino de Europa y se nacionalizó a través de un relato. “El dolor y la muerte se repiten páginas tras página”.

En conclusión, estamos ante un tomo que nos revisa desde nuestros personajes literarios, pero también desde los que los han convertido en sujetos de realidad venidos de la ficción, y atados al yo que cuenta, a ese sujeto autobiográfico, autorreflexivo, autoficcional, cuyas novelas, memorias o diarios siguen cautivando a devotos buscadores de tesoros.

Las heridas siguen allí: unas abiertas, otras cicatrizadas, en el recuerdo de quienes a diario las escriben, describen y las hacen visibles en nuestra acción cotidiana, real o ficticia.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Crónicas del olvido
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