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Lo que me dijo Joan Didion: Pedro Plaza Salvati

lunes 23 de julio de 2018
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“Lo que me dijo Joan Didion”, de Pedro Plaza Salvati1

Nueva York es la ballena de Melville. A diario sana las heridas causada por los arpones. A diario las abren de nuevo en un parpadeo luminoso provocado por las luces de su permanente vigilia. Nueva York es la ciudad insomne. Ciudad pulpo, ciudad tentacular. Ciudad en la que se vive y se naufraga. Nueva York es el ojo más grande e intenso del mundo. La Gran Manzana es la metáfora de la mordida que Adán le dio al fruto prohibido mientras Eva sonreía cómplice y perspicaz. Así es Nueva York, una ciudad que ambula desnuda por sus calles y se viste de noche para ir a una fiesta. Ciudad de música en las aceras. Ciudad de grandes bibliotecas. De grandes teatros. De escenas del crimen y bondades inesperadas. Nueva York también es un invento: Génesis y Apocalipsis. Sagrado y obsceno. Pájaro sin horario. Bestia y humanidad. Razón y sin razón. Bella y fea. Pero más sublime cuando la desvisten sus escritores, cuando se la viaja por dentro y por fuera.

Ciudad de mirada aérea hacia sus rascacielos. Ciudad vegetal en Central Park. Ciudad limpia y sucia. Ciudad pobre y rica. Ciudad de miedo en el Bronx. Ciudad de placeres en la Quinta Avenida. Una ciudad completa: comercial, testaruda, orgullosa y desvelada. La ciudad que no duerme. La ciudad que se duerme en los brazos de un loco. La ciudad que despierta en una librería mientras un novelista o un poeta firman sus libros. Ciudad en las cuerdas de una guitarra en un concierto de rock, en un puesto de hot dogs. Ciudad en el “Aullido” de Allen Ginsberg, en El gran dinero de John Dos Passos. En su Manhattan Transfer, en sus tentaciones. En Los malditos y los bellos de Scott Fitzgerald. En los corrillos de las viejas prostitutas ofrecidas en todos los idiomas.

Una ciudad siempre emergente, llena de historias de sabores y sinsabores. De pestilencias y aromas. De ruidos y silencios inesperados. Ciudad sin cielo. Ciudad de muchos cielos.

La ciudad de las palabras. La del inglés malandro. La del español mellizo. La de todas las lenguas y hablas. La de todos los colores de piel. La del odio y la del amor. Peace and Love y un carajazo en pleno rostro. La ciudad en helicóptero. La ciudad subterránea. La ciudad que nos induce desde un libro: Lo que me dijo Joan Didion, el diario de crónicas de Nueva York que escribió Pedro Plaza Salvati y luego resultara ganador del XVI Premio Concurso Anual Transgenérico 2016, auspiciado por la Fundación para la Cultura Urbana.

 

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El denso relato de una ciudad se entremete en la conciencia de un estudiante. Migra en las tantas veces que entra y sale de ella, de sus edificios, de su universidad, de las lecturas y anotaciones que revisa desde una ventana. Desde el cadáver de un pajarito que lo vierte en reflexiones. En el tiempo que dura el cuerpo emplumado en la orilla del concreto que lo sostiene. Y desde ese cuerpo aparecen la ciudad y sus personajes. La ciudad donde hay un consulado, el de Venezuela, instalado en pleno corazón del capitalismo mundial, en la avenida más nombrada por el dinero, y en su puerta un esbirrillo defensor de su cargo, ese “Mr. Acting”, cancerbero y disfraz de un régimen que ve su propia miseria en las caras de los habitantes del Bronx, quienes reciben el aporte del petróleo nacional mientras los venezolanos pasan hambre y sufren prisión. Ciudad paradoja. Ciudad propaganda.

Los epígrafes de Dos Passos, Melville y Muñoz Molina dicen de la ciudad en la que se penetra. Ella misma penetra al visitante o al que vive y se desvive por ella.

En medio de una ciudad tan inquieta nuestro autor logró contenerse para no dejarse llevar por la paranoia de una polis donde la locura es parte de su lucidez.

Plaza Salvati nombra todos los lugares y los que también cree tener frente a sus ojos, porque de eso se trata: N.Y. es una ciudad imaginada.

Apretada en dos capítulos, el autor de este diario nos lleva a ser moradores por unas cuantas horas en sus páginas, en la polis donde “No me digas que ya no puedes” (I) y “No me dejes ahora que ya no siento” (II), despliega encuentros y desencuentros en “Cementerio vertical”, “Los perros de Washington Square”, “Un sueño corporal”, “Living in Amerika” y “El canto de los mendigos”, donde escribe mucho de las calles e interioridades personales. También: “Mi casero o la religión de las ratas”, “La última parada del Bronx”, “Encuentros bajo tierra”, “El cuentacuentos de Saint Patrick’s”, “El mundo de Fantasía de Lily”, “Lo que me dijo Joan Didion”, “Solsticio de verano”, “La paliza de la Independencia” y un epílogo titulado “Now”.

Plaza Salvati relata sin límites. Cada detalle se convierte en una revelación, en una anécdota de la cual se podría desprender otro relato. La vida cotidiana en esa ciudad es un desprendimiento. La costra cotidiana de Nueva York logra borrarse del cuerpo en la intimidad.

La fábula, las leyendas urbanas toman cuerpo en este diario cuya enjundia nos hace ser el tiempo que el mismo reloj de la monstruosa ciudad lleva a cuestas. Somos Nueva York: ángeles y demonios.

Joan Didion es parte de este universo contenido en un libro. Desde lo que ella le dice al autor, desde eso que no pudo entender, desde ese susurro convertido en borrón, el autor construye todas estas historias. El centro del mundo comienza aquí, y pareciera que la colega de Thomas Pynchon y Don Delillo quiso verter una angustia o una alegría que deseaba dejar en los oídos del venezolano Pedro Plaza Salvati. Pero esa es una especulación que queda pendiente en el mismo balbuceo de la escritora que se quedó sin la respuesta de nuestro autor porque no pudo hacerse del mensaje de quien escribía autógrafos en un libro.

 

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El veredicto redactado por Luis Alfredo Álvarez, Roberto Echeto y Luis Yslas Prado da cuenta de “una prosa serena y precisa, capaz de retratar la hondura emocional que concentran personas reales en situaciones y espacios reales”. Cosa cierta, habría que agregar que en medio de una ciudad tan inquieta nuestro autor logró contenerse para no dejarse llevar por la paranoia de una polis donde la locura es parte de su lucidez. ¿O no es paranoia acaso escribir un diario donde hay tantas voces que se encuentran y babélicamente inventan otro idioma?

Alberto Hernández
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