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Crónicas sádicas: Salvador Garmendia

lunes 30 de julio de 2018

Salvador Garmendia

Para la Negra Maggi y Mara Comerlati

Sólo podía ocurrírsele a Pedro León Zapata inventar una publicación en la que había de todo, desde lo más inteligente, el humor, hasta el perfil insidioso y perverso del Marqués de Sade y Salvador Garmendia. Y no podía ser de otra manera, porque Zapata siempre anda y andará (en presente y en futuro) en esos malabarismos del talento vivo, ese don maravilloso que otorga el arte como consagración de todas las primaveras, de todas las estaciones invernales y veraniegas.

Salvador Garmendia no sólo es un novelista y cuentista (¿debo hablar en pasado?), sino un cronista envidiable porque hablaba desde la pureza de su inocencia (sí que lo es), desde la sinceridad de su escándalo mundano (también). No se le escapa nada mientras respira entre este nosotros compartido. Revisado su aliento por la editorial El Estilete (Caracas, 2016), Salvador se toma de la barba y suelta —una vez más— lo que ya había escrito en El Sádico Ilustrado, y que la editorial Fuentes/Pomaire (Caracas, 1990) publicó en una bella presentación con la carota de Rasputín de nuestro narrador como portada, trazada por el mismo Pedro León, así como en la tripa ilustraciones dignas de una exposición para celebrar tanto a Salvador como al mismo Zapata.

En las solapas de aquella lejana publicación, nuestro humorista y pintor escribió: “Estas Crónicas sádicas de Salvador Garmendia, que no excluyen la risa, pues hasta allá son tolerantes, reaparecen hoy volviendo a renovar en nosotros la melancolía de un ayer, ahora convertido en antier…”, y para seguirle la corriente a Zapata, ahora se vuelven a renovar gracias al talante editor de Garcilaso Pumar y su equipo de El Estilete: reencarnan Salvador y también Pedro Léon, más vivos que nunca, porque fue aquel sádico culto e ilustrado el que le dio vida a estas crónicas sadiquísimas que el autor de Los pequeños seres escribió para la posteridad de las palabras que a veces hacen sonrojar a los pudorosos y muy felices a los burdeleros y sacrosantos de las libérrimas calles.

Este retorno nos congracia con algunos eventos verbales, sintagmáticos, sustantivos y adjetivales que han recorrido mucho mundo y han hecho correr mucha tinta entre escritores, cronistas, humoristas, curas renegados, fablistanes (que no periodistas, por favor) y agasajadores de ambientes nocturnales.

 

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Veintisiete o veintiocho son los textos que se han regado en este libro reeditado. Muy allá, más acá del más allá, Salvador Garmendia y Pedro León Zapata saludan esta nueva aventura que se abre a las piernas de quienes gozan del hablar y del follar con las palabras. Es que Salvador, el de Los habitantes, moraba también en ese diccionario doméstico y botiquinero, digno de ser trabajado con ilustración y elegancia. Aunque a veces, la elegancia no use paltó levita sino interior y pantaletas. Y mientras algún lector arruga la cara, van los títulos usados por nuestro gran narrador, nacido en Barquisimeto y eternizado en Caracas y Premio Nacional de Literatura en 1970. Que no quede resquicio por donde no entren estas sabrosas irreverencias.

Zapata —en una de sus salidas— dice para la primera ocasión de Crónicas sádicas: “De aquella época a hoy, los precios de los libros han subido tanto que este les va a encantar”. No se imaginó nuestro humorista este hoy, el que hoy nos hace un verdadero hoy, tan hoy que lo llamamos hoy. Y este de El Estilete rescata el valor de este título que seguramente recogerá el ánimo de la generación del hoy que nos perturba y les encantará como nos encantaron las colaboraciones semanales de Salvador en El Sádico Ilustrado, una aventura humorística que nació de aquella maravillosa Cátedra del Humor, tan dechada de virtudes y revelaciones pecaminosas.

Toda una poética del sadismo ilustrado. Toda una metáfora de la discreción. Toda una hermenéutica de la sabrosura.

He aquí los ensayos, porque son ensayos, que Salvador dejó para la posteridad:

“Nostalgia de un pobre sádico”, “Elogio de la mala palabra”, “Elogio del pedo”, “Elogio de la paja”, “Elogio de las burras”, “La contaminación es producto de la limpieza”, “Confesiones de una puta vieja”, “Elogio del condón”, “Revelaciones de un antipolítico”, “Confidencias de un marico capachero”, “Las tribulaciones de un culo”, “Conversación de baño turco”, “Carta de Josefita a Chona”, “Historia de un virguito fino”, “Josefita tiene cangrejera”, “Las gonorreas de Pablito”, “Eufrosina inventa la polla de cuca”, “De todo menos por el culo”, “Los carrerones de Demetrio”, “Nostalgia del primer polvo”, “Un polvo en la sacristía”, “Un baile de mediecito”, “Aventuras en un matadero”, “El ahorro es para los peorros”, “Un güebito pendenciero”, “Rico es rico, carajo”, “Los cachos nacen con el hombre”, “Un embarque de carnaval” y “Seguimos con la pantaleta subdesarrollada”.

Toda una poética del sadismo ilustrado. Toda una metáfora de la discreción. Toda una hermenéutica de la sabrosura y una mayéutica cocinada y aliñada en los bares, prostíbulos, casas de familia, zaguanes, baños públicos y privados, terminales de pasajeros, portales de iglesias, aleros de ministerios y concejos municipales, gobernaciones y palacios de gobierno. Sin desperdicio.

 

3

Y que lo diga el mismo Salvador en la entrada del libro que hoy se hace hoy en estos asaltos de inteligencia nada exagerada del marqués barquisimetano:

Ese día Zapata me encargó un artículo de tema libre para el primer número (“…y puedes seguir escribiendo todas las semanas, si quieres”), cuyo único requisito era ese, precisamente: que fuera absolutamente libre; es decir, sin ningún tipo de restricciones en el contenido y en la expresión.

No podía creerlo, y pregunté:

—¿Quiere decir que se pueden decir malas palabras?

—Y buenas también, Salvador —respondió Pedro León—. Nuestra publicación no albergará ningún tipo de fanatismo.

Imagina este otro cronista que la pregunta apareció para recordar aquel episodio, el del cuento de “El inquieto anacobero”, que le costó a Garmendia un juicio y un mal rato provocado por el fanatismo de algunos idiotas de la época.

Así que, para seguir con las palabras de nuestro “sádico ilustrado”, se trata de unas “crónicas jocosas y mal intencionadas”, para disfrute de los nuevos lectores que serán diseccionados por El Estilete, empresa que hoy por hoy saca a relucir el país que nos quieren hacer olvidar.

Alberto Hernández
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