“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Hacia la noche viva: Armando Rojas Guardia

lunes 22 de octubre de 2018
Armando Rojas Guardia
Hay libros que, como los gatos, se nos arriman y nos acarician, nos conducen a ser leídos por ellos. Y hay libros que nos sueñan, como este título de Armando Rojas Guardia, Hacia la noche viva.

1

Hay libros que no se van. Que no se destierran ni buscan asilo en algún rincón de la casa. Hay libros siempre presentes, como Dios, quien está allí y no lo vemos, pero sabemos que de alguna manera nos está viendo. Hay libros permanentes. Que nos hablan y hasta nos buscan insistentemente. Su música, sus tantos sonidos y silencios, voces y pausas rotundas se deslizan hasta el lugar de la escritura, se sientan en nuestros muebles o se acomodan en un lado de la cama. O mientras preparamos los alimentos se acercan y silabean una palabra que sirve para sazonar la sopa o endulzar el café. Hay libros que, como los gatos, se nos arriman y nos acarician, nos conducen a ser leídos por ellos. Y hay libros que nos sueñan, como este título de Armando Rojas Guardia, Hacia la noche viva (Ediciones FabriArt, C.A.; Caracas, 1989).

Hay libros que no viajan, siempre están con uno. Y cuando son visitados, se abren puertas y aduanas y comienzan un viaje con el lector. Este de Armando tiene esa facultad. Pero se trata de un viaje poético porque el tema que aquí se registra se detiene en un sujeto de esta primera parte del libro, apresado por la rutina, de la que se desprende la incomodidad de una voz:

Es hora de que yo, gregario y mínimo,
autografíe como todos la postal,
el lugar común de este desprecio
con el Ávila al fondo. La detesto.

¿A quién detesta? ¿A la postal porque detenida en el tiempo sojuzga a quien la mira? Pasados varios estadios del texto, cierra con este:

La detesto ritual, lujosamente: / a sus sótanos, sus torres, sus estatuas, / su río excremental, su nombre incluso. / Y mientras sueño con el mar que la esconda / en un viaje de espumas imposibles, / me guardan mis papeles de burócrata.

La ciudad es una postal, un paisaje virtual, en la que quien la habita es una sombra quieta.

Estático frente a un escritorio, opacado por el horario, el personaje se consume entre resmas de papel, engrapadoras, máquinas de escribir (computadoras) y el discurso afanoso del que labora y se deshace para pasar inadvertido. O con el humor amargo a flor de piel.

La hora temprana lo maldice:

7 am:

Al despertar ingreso en un clima amenazado / por vahos eléctricos de alma. / Salgo de casa rumbo a la oficina: enormes / desplazamientos de masas de miedo / pasan rozándome (…) Vivo hoy en el umbral, el vilo…,

y se ve parte de un destino urbano desquiciado: entre montones de basura, “como ciudadano y funcionario”. Las palabras “escritorio”, “compañero de trabajo, “carpetas oficiales” son síntomas que apuntan hacia quien una vez fue parte de ese engranaje, como el dueño del poema lo registra en él: “mi padre viene a hablarme / íngrimo en su flux de oficinista (…) ante sellos y firmas y membretes”.

 

2

El poema se cambia de lugar, se desplaza, viaja hacia otro humor, en la misma ciudad, pero en otra versión, la del Ser, la más honda, la interior, la de los primeros días del mundo personal. Entonces aparece quien todo lo ve, el Omnisciente:

Como el ojo de Dios, el sol penetra / hasta escarbarme blando en una cuna / donde yazgo por fin entre mis heces.

Crece el sentido del tiempo, los lugares, los espacios, los desplazamientos, ahora:

Quién lo iba a decir: / que la luz sosegadora, / la que ordena este mundo / y lo rescata para siempre / de las aguas brumosas, primordiales, / consista en esta mínima / habitación de hotel…,

tan pequeña como la cuna donde regó parte del contenido de sus vísceras.

La palabra “sábana” se adhiere a un personaje bíblico y le transfiere valor a la liturgia del deseo carnal. Y también la almohada y la voz de José Lezama Lima, mientras los objetos personalizan sus nombres sobre un tapiz. Signos que se apamparan en los cuerpos.

¿Cuánto tiempo puede perdurar en un poema el clima, una llovizna, la temperatura del deseo? Pero mientras la respuesta se adhiere a algún muro silencioso, Rojas Guardia dice:

Duermes en el fondo de la casa. / Entre tú y yo los muebles, las alfombras, / los ruidos arbitrarios de la noche. / No puedes oírme. Te visita / el ojo de luna del poema.

Y a plena noche, hacia ella:

Me desvestiré a tu lado, como siempre. / Pero apagada la luz, y aproximándome, / sé que voy a temblar cuando me acueste.

El erotismo, una poética del cuerpo como poema.

 

3

Pero sí hay un viaje a un lugar, a un topos. Es un viaje sensorial. Un viaje para escapar del estatismo: viaje donde se fija una geografía y la hace suya:

Estoy harto de ti, y la noche cómplice / me obsequia el olor de Samarkanda (…) Esta noche agrieto el cielorraso / con la luna del Congo, acuchillada. / Esta noche me hurgo, me introvierto / a ver si logro extraerme una palmera / mojada por el Éufrates, la roca / lavada por los vientos del Mar Rojo…

Versos plegarias, oración en la que se vierten Dios y sus misterios. La poesía de Rojas Guardia siempre está pendiente del cielo, de la divinidad. Poesía del aire, aérea, ecoica, “como síntesis final, inmerecida, / del hecho de existir”, y existe, respira, ama.

En un instante, en prosa, confiesa: “Yo estaba solo y libre y melancólico”, y no deja de recordar otros nombres, otros lugares: la estación Koursi, Lou, Rainer, aquella relación amorosa de la Salomé y Rilke, allá, en Florencia.

Canto a él mismo desde su cuerpo. Soneto que lo acerca a la manera de decir del Siglo de Oro: cuerpo cantado, cuerpo enamorado. Y otra plegaria: “Terminé mi oración: A le gusta / traducir a veces su silencio”.

Pero el silencio habla, dice de de su propiedad física: “Mi cuerpo al fin pulpa de sí mismo”.

Dios sigue varias veces su camino, el camino del poema en “hacia la noche viva”, donde viven las voces, los silencios, “hasta borrar el brillo de la aurora”.

Alberto Hernández
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