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José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia, de Omar Osorio Amoretti

lunes 4 de febrero de 2019
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Augusto Mijares, Andrés Eloy Blanco, Pedro Sotillo, Enrique Tejera, Alfredo Machado Hernández, José Rafael Pocaterra, José Gil Fortoul y el cónsul argentino Lascatonegui, entre otros
Augusto Mijares, Andrés Eloy Blanco, Pedro Sotillo, Enrique Tejera, Alfredo Machado Hernández, José Rafael Pocaterra, José Gil Fortoul y el cónsul argentino Lascatonegui, entre otros.

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En una fotografía de 1930 en la que aparecen Augusto Mijares, Andrés Eloy Blanco, Pedro Sotillo, Enrique Tejera, Alfredo Machado Hernández, José Rafael Pocaterra, José Gil Fortoul y el cónsul argentino Lascatonegui se resume parte del anecdotario, el pensamiento, la escritura y la historia modernos de Venezuela, pero también parte de una aventura en la que estos hombres se vieron envueltos con el pasar de los meses.

Llama la atención ver la pose de José Gil Fortoul, la del macho alfa, al lado de la frágil figura de Andrés Eloy. Igualmente, la del elegante Pocaterra, las de Tejera, Mijares y Sotillo. Casi todos distantes ideológicamente de quien fue consejero, hombre importante del gomecismo, la tesis accional del positivismo guiado por este historiador —el de la pipa y la canana— que dejó una marca oscura en la vida política venezolana en casi cuarenta años del siglo pasado.

La pregunta podría parecer ingenua: ¿qué hacían esos dos hombres, Pocaterra y Andrés Eloy —sólo para rozarlos a ellos— en esa fotografía, al lado de quien formaba parte de un gobierno represivo dirigido por Juan Vicente Gómez?

La respuesta podría quedar en el aire, pero lo que no pasó ni ha pasado inadvertido es la obra de los personajes que en la imagen gráfica derivan en una suerte de sujetos mal ubicados. En un encuadre que podría parecer afable, amistoso, compartible. Una lectura tópica, semiológica, política, social, literaria de la imagen quedará para quienes alberguen los deseos de aclarar las dudas de quien traza estas líneas.

José Rafael Pocaterra es uno de los tantos iconos intelectuales del antigomecismo. Uno de los presos políticos del déspota de la época. El autor valenciano destaca por la obra en la que tanto Cipriano Castro como Juan Vicente Gómez copan las páginas de dos libros reveladores de la conducta de quienes hicieron de la Venezuela de entonces un campo de martirio. De esa experiencia nacen La vergüenza de América (1921) y Memorias de un venezolano de la decadencia (1936). Dos títulos que han desencadenado estudios en diferentes instantes de nuestro país y que hoy desembocan en José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia (Caracas, 2018), original de Omar Osorio Amoretti, publicado por la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar en la Colección Indaga.

Podría imaginar a nuestro autor al frente de la mencionada fotografía y formularse las mismas preguntas de muchos en el momento de hurgar en la historia de aquella Venezuela atrasada, regida por un militar sin escuela, pero que no se diferencia de la de hoy, conducida por civiles y militares decadentes que avergüenzan a quienes aún vivimos en ella o fuera de su mapa.

 

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Se trata de un trabajo arduo. Una investigación en la que Osorio Amoretti usó todos los recursos de la indagación moderna. Su olfato como académico hundió su pensamiento en la crítica hacia quienes asumieron perspectivas disímiles acerca, sobre todo, de Memoria de un venezolano de la decadencia. Con datos, citas, revelaciones, ajustes de cuentas a otras lecturas, el investigador entrega un trabajo enjundioso, pleno de conocimiento, de horas de labor y asesorías.

Se trata de uno de los trabajos de investigación académicos más serios y responsables referidos a este tema. El lenguaje manejado por Omar Osorio Amoretti devela un saber, primero, del idioma que usa y, segundo, de la búsqueda en la que se aventuró. Desentrañar voces, títulos, citas, anécdotas. Diferenciar conceptos, aclarar dudas, empalmar el pasado con el presente. Y arribar airoso a un inventario de propuestas que hacen de este libro un verdadero hallazgo, una feliz travesía por este personaje y su obra.

Y si se trata de “…una dinámica de grises muy rica y, quizá por esa razón, en algunos casos difícil de comprender…”, este trabajo ayuda a desentrañar lo que sigue siendo una porfía en el lector y el investigador: la ambigüedad de una pieza inclasificable, por cuya razón de ser continúa siendo motivo de lecturas, búsquedas y discusiones.

La fotografía, que hoy podría resultar una curiosa paradoja, se sustenta en lo que nuestro investigador ha puesto en el tapete como una duda: “Un hombre político por encima de un hombre de letras”. Porque pareciera, en la imagen que nos convoca, que José Rafael Pocaterra forma parte de ese grupo de hombres, entre ellos algunos de la política, cuestión que no niega el concepto, toda vez que todo ser humano es sujeto político pero, sin entrar en consideraciones analíticas, Pocaterra no formaba parte del círculo del poder en el que estaba Gil Fortoul. Desde esa afirmación podríamos considerar que el también autor de los Cuentos grotescos pasó por la política como víctima para poder dejar la obra que seguimos leyendo, ahora a través de esta tesis tan actual.

 

“José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia”, de Omar Osorio Amoretti3

Omar Osorio afirma que Memorias de un venezolano de la decadencia es la “sumatoria de otros materiales escritos con anterioridad”, toda vez que La vergüenza de América se sostiene en el mismo tono y sirvió de impulso para el nacimiento de las memorias. Y si bien no fue un militante de partido político alguno, hacía política al escribir porque Pocaterra asumió esa escritura para denunciar lo que acontecía en su momento histórico, lo que pasaba con ellos como perseguidos, presos o exilados de conciencia. El escritor valenciano estuvo encerrado en los castillos de Puerto Cabello y San Carlos durante la dictadura de Castro en 1907, y en La Rotunda, en el régimen de Gómez en 1919. De modo que desde esa experiencia cuenta, relata, “historia”, testimonia o denuncia.

Basado en esos contenidos se afinca el trabajo de Omar Osorio Amoretti. Y como él mismo precisa, se trata de capas de libros, de versiones, para poder arribar a la obra que marca la piel de nuestra historia moderna, que la ha marcado y al parecer seguirá marcándola como una cicatriz reciente, porque el militarismo, la fuerza atávica, la convulsión permanente de los libertadores continúa dominando el inconsciente colectivo, tan “consciente” como revelador de una decadencia que no termina de morir. Podríamos afirmar que aún se mueven dispositivos o mecanismos positivistas en el nervio militar, especie de logia recurrente, que no deja avanzar social o culturalmente, por lo que Venezuela sigue siendo un castillo colonial lleno de presos políticos que forman parte de la ecuación de nuestro devenir como nación.

Osorio Amoretti afirma que los cambios y variantes que hizo Pocaterra de su texto cursaban como un testimonio, lo que lo inducía a sostenerlo como parte de una labor social, histórica, más allá del carácter literario defendido por algunos críticos.

Para darle sentido a todo lo dicho anteriormente, nuestro autor se pasea por teorías acerca de la memoria. Un largo texto en el que el lector se regodea con la escritura y aprehende el esfuerzo de quien hoy es un estudioso académico. Recuerda el pasado, lo desnuda. Habilita teorías sobre la memoria individual y la memoria colectiva, y se basa en la idea de que la memoria “no es una mera colección de datos”. Y cita que “también es un proceso de olvido selectivo”.

Un autor que aparece en sus líneas, el holandés Huizinga: “La forma espiritual es que una cultura rinda cuentas a su pasado”. Y allí se afirman los historiadores.

El pasado es activo. Está presente en las páginas, en la memoria. Sintetiza el presente porque se hace de éste como parte articular con el futuro, que no existe. Para los historiadores sólo existe el pasado. El presente es el músculo para activarlo. Y el futuro pertenece a la ciencia ficción. De modo que desde esta perspectiva, el memorialista choca con el historiador. El primero divaga en la intimidad de sus recuerdos. El historiador indaga, investiga, ajusta tuercas, disiente de otros historiadores, etc.

Al citar a Ricoeur, Osorio deja asentado que la historiografía mueve retrospectivamente la conciencia histórica. Por esa razón, y para dejar clara su indagación, nuestro estudioso se inclina por quien historia, es decir, por quien investiga, explica y escribe.

 

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Más adelante dice: “Pocaterra no tiene un proyecto de escritura invariable desde el principio, pues pasa por dos fases de escritura no del todo antagónicas”. Y menciona las fases testimonial e historiográfica.

Una conclusión inabarcable: la obra no ficcional de Pocaterra puede ser calificada de “libelo político, panfleto, testimonio, crónica, autobiografía, memoria, narración-ensayo, literatura, novela carcelaria, novela antidictatorial y ahora historiografía”, dependiendo de las diferentes tesis y concepciones de los variopintos investigadores sobre su trabajo.

Destaca el carácter moral de las valoraciones de sus contemporáneos. Las diversas decodificaciones de sus lecturas arriban a este engranaje. Y es válido porque la organización social también forma parte del antiguo y denso contenido de nuestra cultura occidental: política, ética y estética.

Omar Osorio afirma que la escritura de José Rafael Pocaterra se movió en tres fases: el testimonio de la barbarie, la reformulación historiográfica del testimonio y la exégesis historiográfica de la decadencia.

Como punto informativo: este estudio académico tuvo como tutor al historiador Tomás Straka. De modo que estamos ante un trabajo en el que nuestro autor, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello y docente en esa misma casa de estudios y de la USB, es hoy uno de los más sólidos investigadores de su generación.

Se podría escribir mucho más acerca de este libro publicado por la Universidad Simón Bolívar. Su densidad da para mucho. Ojalá nuestros profesores de historia, de literatura, nuestros académicos, lo tengan en cuenta en el momento de explanar sus clases e investigaciones futuras.

Alberto Hernández
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