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Una larga fila de hombres, de Rodrigo Blanco Calderón

lunes 3 de junio de 2019
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Rodrigo Blanco Calderón

“Una larga fila de hombres”, de Rodrigo Blanco Calderón
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Hasta esta hora me será difícil abordar la noche, The Night,  gótico título que el venezolano Rodrigo Blanco Calderón usó para escribir una novela que acaba de ganar el Premio “Mario Vargas Llosa” 2019. Y será difícil porque vivimos una sombra que oscurece la posibilidad de hacerse con ella y leerla en medio de las tribulaciones que nos cercan. Pero la imagino. Imagino la atmósfera, “el peso de la noche”, que Jorge Edwards dejó escrito en su también relato en el que la oscuridad, la interior y la de las calles y habitaciones, se asienta en la piel y en el espíritu. Imagino a los personajes ambulando por esa Caracas que ya no es Caracas sino todo el mapa de Venezuela, porque a veces Caracas es “privilegiada” por petición de los mandones uniformados para evitar que los cerros bajen por “culpa” de los apagones.

El mismo apellido, Ardiles, cava en la historia que contiene “Una larga fila de hombres”, el texto que le da nombre al tomo publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana, colección “Las formas del fuego”, en 2007. Es el mismo sujeto, la misma máscara literaria que ve al “monstruo oculto devorando el interior de los edificios, acabando con personas o cosas, insaciable”, como la bruma de la madrugada, como la noche y sus pezuñas en una ciudad cuyos apagones en algunos barrios y urbanizaciones forman parte de la épica de cada quien.

Elipsis o no, el apellido Ardiles sigue horadando la realidad de los pasos de quien ve que la noche es un apagón constante.

El “monstruo” es también la culpa, la inseguridad de un personaje que tiene dudas sobre su sexualidad. Mientras lee al Piglia de Plata quemada, se devana los sesos acerca de si le gustan los hombres o las mujeres. Aunque la experiencia parece insignificante, la “larga fila de hombres” detrás de los glúteos de “los” Ardiles descubre otras extensas colas para apartar las sombras de un imaginario que comenzaba a abrirse paso en la literatura nacional.

Y el sujeto de la ficción podría estar entre las líneas de la galardonada novela que hoy es celebrada por lectores de medio mundo. Elipsis o no, el apellido Ardiles sigue horadando la realidad de los pasos de quien ve que la noche es un apagón constante.

 

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Los dos primeros relatos de este tomo del caraqueño tienen como referentes a la literatura. Ardiles es psiquiatra forense, pero aspira a ser lector, escritor. Se siente personaje narrado. Se siente narrador desde la perspectiva del novelista Piglia, desde la duda de si el autor argentino es homosexual como lo podría ser él. En el segundo, “El primer cuento”, el relator se queja de su incapacidad para escribir una historia mientras la escribe. Hace de su problema el cuento que luego habrá de ser su iniciático “riesgo de escribir”, aunque, luego de dejar la historia en manos del lector, él abandona el sueño de hacerse hombre de letras y “…apagó la computadora, apagó las luces y puso a funcionar el ventilador con cuidado (…). En su rostro estaba la felicidad del primer cuento”. Invoca a Sergio Ramírez, quien fue jurado en el certamen donde la figura homenajeada es el autor de La casa verde. El personaje teoriza acerca de su inclinación hacia las letras: “…lo bueno de la literatura es que le enmienda la plana a la realidad al menos en el instante de la lectura”. También escribe: “Entonces mi dilema consistía en imaginar el dolor que necesariamente iba a sufrir, pues era definitivo que yo quería ser un escritor”.

Todo proyecto o resultado literario es una conspiración autobiográfica.

Personaje y autor se reconcilian. Son parte de otra parte o de la misma parte. Una visión melliza que hizo de Blanco Calderón el escritor que es hoy. Todo personaje (el escritor lo es en la realidad y en la ficción) es un narrador de él mismo. Podríamos separarlos, pero el narrador siempre cabalga con el autor, con el personaje. Uno sin el otro es imposible. Pero para estudiarlos es preciso tener claro que son autónomos, independientes. Puesto en su lugar: todo proyecto o resultado literario es una conspiración autobiográfica. Algunos detalles ajenos a la vida del escritor forman parte de las sobras que enriquecen el relato.

Contiene este libro tres historias más: “La malla contraria”, “De todas maneras rosas” y “Uñas asesinas”, pero este cronista se queda por el momento con los dos primeros por rozar el tema de la escritura, de un oficio en el que sus elementos conforman una teoría sustentada en la posibilidad de ser sujeto de su propia experiencia, por muy ajena que ésta sea.

 

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Con “Los golpes de la vida”, Blanco Calderón obtuvo el premio del Concurso de Cuentos del diario El Nacional. También ha recibido otros reconocimientos como el premio Monte Ávila de Narrativa para Autores Inéditos, 2005, con el libro que hoy tocamos. Igualmente, en 2007, ganó el concurso “39 Escritores Latinoamericanos menores de 39”, de Bogotá, Colombia.

Ha alcanzado otros en Europa. Ahora, corona con éste que lo convierte en la primera plana de los diarios del globo.

Alberto Hernández
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