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Alambique, de María Teresa Ogliastri

lunes 17 de febrero de 2020
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“Alambique”, de María Teresa Ogliastri
Alambique (El Taller Blanco, 2019), poemario de la venezolana María Teresa Ogliastri.

1

El mar es una escritura. Leerlo nos obliga a establecer contacto con sus habitantes. El mar es su propia lectura, sobre todo si la poesía interviene como voz para invocarla. Desde la mirada de Melville, el mar, el océano, el agua que lo contiene, porque no sólo es agua, es (son) bestias, espíritus, monstruos, ecos, el Mar, su mar, es el poema que María Teresa Ogliastri traduce para sus lectores. Desde la costa de sus versos, el lomo de la tierra solicita la presencia de la ballena blanca, que, si queremos, es un texto que sigue hablando desde los signos de una navegación sobre la cresta de los mitos.

El mar siempre ha estado en boca de marineros, pescadores, soñadores, asesinos, piratas, corsarios, legos, académicos, lenguaraces, sobrios, ebrios con sus barcos, navegantes taciturnos, poetas dementes y hasta en la de divinidades extraviadas, perdidas en el olvido, sujetas al bauprés de odiseas y guerras olímpicas. El mar podría estar en la copa de vino que alguien se lleva a la boca. En el caracol que contiene los sonidos del fondo. O en el sorbo de agua que una vez fue salina y ahora endulza la lengua de quien ha soñado con tempestades, naufragios y maremotos.

El mar siempre será motivo para un poema.

El poema es una línea de creación, el mar su sentido.

Desde él, desde la palabra hecha mar, la marea y la resaca de sus significados.

Alambique, antología editada por El Taller Blanco, en la colección “Voz aislada”, Bogotá, Colombia, 2019, recoge los tres libros publicados hasta ahora por la autora caraqueña. En sus volúmenes Cola de plata (1994) y Polo Sur (2008) el tema insiste, flota en cada imagen que la poeta piensa para construir su imaginario.

 

2

En las costas del Mediterráneo
reventé de amor por un galeote
creí morir y lo seguí
hasta las engañosas aguas del pacífico…

Anuncia la ruta del viaje. El poema es una línea de creación, el mar su sentido. La unidad temática se añade en este otro pedazo de inmensidad acuática:

Esquivo rocas
caños de niebla
ciénagas de asfalto
por estar a su lado
mientras él
navega indiferente
a la deriva…

De las costas del Viejo Continente a las costas del Nuevo Mundo. El amor ata dos territorios: el mar es su nudo. Y en la superficie, en el fondo, el personaje, el que es imaginado por ella, por quien teje el texto, por quien desde el pasado zurce la espera e imagina al amante:

Algo de pez hay en él / que me obliga a desposarlo / con un ritual ancestral y antropófago…

María Teresa Ogliastri inventa el mar, lo traza mientras boga en el poema.

La poesía —connotativa/denotativa— es el único misterio que se refleja, que es imaginada e imagina, y así, en el mar: “…el buque empavesado / suelta amarras”, y ella, la amante, la que se desdibuja en el pasado y crece en el presente, dice: “…retozo cerca de la costa”, mientras espera, “posesa de soledad / araño el pantano / tras una arista de lino / o una pluma de arrendajo”.

En el ensayo “La justicia metafórica”, contenido en La máscara, la transparencia, Guillermo Sucre afirma —pregunta— acerca de Lezama: “¿No es también la memoria un poder imaginante y, como el de la imagen en el poema, ese poder no está fundado en la distancia, en la erótica lejanía?”. Podría aplicarla a la insistencia de Ogliastri, quien no cesa de estar en ese tiempo, en ese mar “imaginante”, que la imagina y ella recrea.

Y no cesa:

Asentarme / tocar fondo / o avistar otro paisaje // arrojada entre mareas / descentrada / errática / sin ancla / ni arraigo.

Ella, cuyo origen ha traspasado el mar. Ella, el personaje, traído de Grecia. Ella, la poeta, traída en los genes de Italia.

Desde la cercanía con Melville, en Moby Dick como personaje, y James Frazer con La rama dorada, María Teresa Ogliastri inventa el mar, lo traza mientras boga en el poema, se hace navío y desde la popa roza los mitos, los antiguos que Grecia trajo hasta estos días.

Los personajes se advierten en sus naufragios, en el extravío marino. Y así:

remolino de ecos nos absorben / tragándonos hasta el fondo.

La voz de Penélope, la altura, las nubes, la sombra, leviatán y el final físico y espiritual:

Consuelo a mi cadáver
le digo:

no temas
la muerte no es más que una mudanza
de galaxias.

El lugar, el sitio, el otro lado del mar.

 

3

Navegando sin ver un collado
ausculto el cielo
y espero el mensaje…

En el segundo título nuestra autora no abandona el tema. Ulises, Laertes, “la única voz que habla en la voz del miedo”, como si el mar pronunciara el tiempo de quien sobre sus costales se sostiene.

Después de enfrentar al cíclope / un mal designio conduce mis días…

El mito se hace lugar, tiempo. El viaje no termina.

El poema que le da nombre a la antología, “Alambique”, dice:

A veces pienso que debo llevar este rencor al frío
exorcizado en el hielo
y después pasarlo por el alambique

descomponerlo

gota a gota diluirlo
recoger la esencia
un extracto

el perfume del perdón.

La primera persona se aleja del tema. Un eco, el que siempre ha estado en el mito, revela el fondo líquido del poema: el mar no está aquí, connota desde la embriaguez de quien seguramente dispone de los versos para recrear la presencia de algún sentimiento que ha estado zumbando en su memoria como un remolino. No está el mar: está su ausencia.

En el año 2018 alcancé a leer Del diario de la señora Mao. Entonces escribí en Letralia:

La imagen de la señora Mao, cuyo nombre era Jiang Qing, y su pandilla ante un jurado, y la de un joven chino en medio de la plaza de Tiananmen para evitar el paso de un tanque de guerra, quedaron grabadas en el inconsciente colectivo global. De esos eventos emerge un largo poema convertido en libro por María Teresa Ogliastri.

Del diario de la señora Mao (bid & co. editor; Caracas, 2012) es una “biografía” en la que la autora detalla algunos eventos acerca de la personalidad de este personaje, también conocida como Madame Mao, quien, luego de la muerte de Mao Zedong, conformó la famosa Banda de los Cuatro en 1976. Un mes después del fallecimiento del líder chino fue detenida y condenada a muerte, pero se le cambió la pena por cadena perpetua. Murió en 1991 de cáncer de tráquea (…).

El artículo completo se puede leer aquí.

Alberto Hernández
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