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Cuatro estaciones para Ungaretti, de Erika Reginato

lunes 2 de marzo de 2020
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Giuseppe Ungaretti
Ungaretti nos habla a través de Erika Reginato, a través de la visita que ella le hace a sus poemas, a sus libros, a su vida de hombre. Fotografía: Paolo Di Paolo (1961)

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El viejo de la cara cuadrada me observa desde la portada del libro. Usa boina, enarca la boca y mira como si fuese italiano. Que lo es, aunque lleva unas pirámides en sus primeras miradas, pues, nació en Alejandría, Egipto. El hombre con cara de boxeador y alma de peregrino me mira con los ojos entrecerrados. Su vida, la “vida de un hombre”, ha sido en toda su vida la existencia de un poeta, de un ensayista, de un viajero, de un ser humano que siempre buscó un “país inocente”.

Y la portada también me habla de un título: Cuatro estaciones para Ungaretti, que lleva la firma de la autora italovenezolana Erika Reginato, publicado por el Instituto Italiano de Cultura con el sello del Grupo Editorial Eclepsidra, en la colección “Fuegos bajo el agua”, en Caracas, 2004.

“Cuatro estaciones para Ungaretti”, de Erika Reginato

Me imagino concentrado en el libro mientras también escucho a Vivaldi. Sus “Cuatro estaciones” se pasean por las cuatro que Reginato usa para trabajar la obra poética de este hombre que sabe hacer sentir con una poética donde los versos cortos atestiguan de una profundidad cuya vigencia continúa siendo intocada e intocable.

En la foto de Lando Landi, detrás del poeta, está Nueva York, las guayas y los hierros humosos del puente de Brooklyn. Se toca los dedos el hombre de cara cuadrada. La gabardina dice de la estación, alguna de las que se oyen en la imaginación de quien recuerda al compositor también italiano. Y emergen los poemas, como si las pupilas de Giuseppe atrajeran la luz de aquellos versos:

Me ilumino / de inmenso,

escritos en 1917.

Pero no, el poeta Ungaretti es también oscuro desde la propiedad que tiene la luz para extinguirse en su propio hermetismo, bajo la curva solar o en la bruma de la noche.

Queda la portada como emblema que sacude el polvo del tiempo. Ungaretti nos habla a través de Erika Reginato, a través de la visita que ella le hace a sus poemas, a sus libros, a su vida de hombre.

 

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Reginato recorre la poesía de Ungaretti a través de La alegría, primera estación (1914-1919). La segunda la titula Sentimiento del tiempo; en la tercera aborda el poemario El dolor (1937-1946) y la última se detiene en La libreta del viejo (1952-1960).

Sin embargo, nuestra autora no deja de trabajar los instantes de los libros La tierra prometida (1935-1953) y Un grito y paisaje (1939-1952).

Las estancias que determinan la lectura de este libro, además de los ya señalados, son: “La aventura eterna: Vida de un hombre”, “Síntesis del Novecientos en Italia”, “El futurismo y Ungaretti”, “Poesía pura y religiosa”, “El retorno clásico”, “La tentación de Palinuro” y “Vida”.

Un recorrido que descubre la vida y obra de este poeta italiano cuya vigencia continúa su ritmo en la poesía que se produce actualmente. Ungaretti es una referencia permanente en la poesía de Occidente. Su poética descubrió un universo en aquellos que comenzaron a activar versos cortos donde “se condensa la técnica y exalta la imagen” (p. 18).

Me detendré señalando algunas afirmaciones de la autora que, creo, forman parte medular de este libro que es necesario tener pendiente:

Conoció las obras y el contexto de ideas que rodearon a varios artistas de vanguardia: Picasso, De Chirico, Braque y Modigliani, entre otros. Estos artistas buscaban romper con las viejas tendencias en las artes plásticas y asumir plenamente un lenguaje que les diera la libertad necesaria en los nuevos espacios (p. 9).

El significado y los sentimientos dejan de ser individuales en la composición del poema (…). El libro más traducido, estudiado y comentado por la crítica es La alegría, pues abre la puerta al movimiento hermético y comienza la formación subjetiva dirigida a un estilo nuevo (p. 10).

A partir de 1950, los poetas entienden que el hermetismo es el rescate del simbolismo con influencia ungarettiana y montaldiana. En los ochenta nace el neohermetismo con tres representantes principales: Roberto Musappi, Milo de Angelis y Giuseppe Conti (p. 14).

En el siglo XX se desarrollaron varios movimientos literarios, entre ellos el futurismo, el cual fue el más determinante y radical en cuanto a sus teorías. Su fundador fue Filippo Tomaso Marinetti (…). Los representantes debían comunicarse en un idioma que aboliera el culto al pasado en el lenguaje poético, es decir, debían adoptar una sintaxis con la libertad necesaria y sin ningún arraigo gramatical (…); publicaron sus inquietudes en la revista Lacerba (1913), en la cual Ungaretti colabora varias veces. En el año 1915 lo hace con la primera versión de los poemas del libro Puerto sepultado, publicado en 1926, con la introducción de Benito Mussolini, director del periódico socialista El Pueblo, quien fascinaba el pensamiento de muchos intelectuales (pp. 15-16).

De acuerdo con las muestras de la poesía del autor italiano, la tendencia era establecer “un equilibrio entre las tendencias de anulación de la palabra y la construcción (…); detiene y mide la palabra (…). El lenguaje es existencial (p. 17).

La autora nos ofrece:

Les llega el poeta / y después regresa a la luz con sus cantos / y los dispersa // De esta poesía / me queda / aquella nada / de inexorable secreto.

Retoma la lentitud, el orden y el peso de la palabra que otros movimientos deseaban anular (…); condensa la técnica y exalta la imagen (p. 18).

 

3

Reginato avanza en su estudio y entra en el campo en el que estuvo imbuido el poeta Ungaretti, en el hermetismo, técnica que deviene del simbolismo, en el que se concreta mimético.

Sus orígenes son varios, pero su contenido se deriva de modelos franceses e italianos. El adjetivo “hermético” subraya la incomprensión del lector, es decir, en la dificultad de penetrar en los misterios del poeta, a menos que se familiarice con su mundo íntimo (p. 21).

La poesía de Occidente, agregada a la filosofía, tenía esta tendencia: la oscuridad, la bruma de la palabra para encubrir y luego “descubrir” la poesía, la “poiesis”, la esencia de las voces ocultas. En tal sentido, “el lenguaje poético proviene del contraste entre el sueño y la razón”, afirma Reginato.

 

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La alegría

Los poemas de La alegría poseen los instrumentos fundamentales para el rompimiento de la métrica tradicional y del verso largo.

Pero ¿qué contiene esta “alegría”, este sentimiento que aflora en el poema?

Según avisados críticos es el texto más cerrado, más hermético de Ungaretti: “Lenguaje subjetivo (…) y en muchas circunstancias se presenta como una revelación en forma de monólogos irracionales” (p. 36).

Entre una flor recogida y otra regalada
la inexpresable nulidad (“Eterno”).

En “Los ríos”, dice el poeta italiano:

El correr del Isonzo
me pulía
como su piedra.

He levantado
mis cuatro huesos…

En medio de la oscuridad verbal, entre las rocas sombrías de las palabras, este libro sacude al lector: lo deja desubicado, ubicuo, desplazado. La alegría es un sentimiento elaborado desde la incomprensión del poema, desde la pasión hermética de las palabras.

Otros datos aportados por Erika Reginato dan cuenta de la curiosidad de este autor que ha marcado a muchos autores del mundo poético.

 

Erika Reginato
Aquí, en este libro de Erika Reginato, se contiene el mundo entero de Giuseppe Ungaretti.

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Sentimiento del tiempo

He aquí la segunda estación, el retorno al pasado: Sentimiento del tiempo.

Entre algunos otros acentos que lo distinguen, estos:

“El espíritu clásico-moderno era el resultado de la búsqueda equilibrada, y no el fruto de la imitación del pasado (…). Aprende de Nietzsche que ser clásico no significa sentirse epígono”, aunque él, Ungaretti, se convirtió en un icono, en un epígono que favoreció la creación de autores cercanos a él y posteriores a su tiempo.

Uno de los aspectos que tienen que ver con esa búsqueda está situado en la niñez, en los viajes, en las diversas travesías de la familia. La diversidad geográfica tocó su alma y luego su poesía:

Los recuerdos de infancia y el errar de una parte a otra forman parte de estos versos, donde la huida retorna a la poesía circular (p. 63).

Reginato se refiere al poema “El capitán”, donde Ungaretti, desde el inicio del poema, dice de esos viajes: “Estuve listo a todas las partidas”.

Igual la muerte, la metáfora de la desaparición desde el mismo cuerpo del poema: la palabra. Así, nuestra autora afirma: “La palabra abandona la materia. En lingüística, el significado se aleja del significante”, y “se reconoce a la muerte como presencia familiar. La madre maligna es el veneno de los dioses, de los seres humanos, si, al nacer, la muerte es la bella compañera sombría, meditada y temida”.

Y la tendencia religiosa, “con la que intenta explicar la pureza poética” (p. 63).

En “La madre”:

De rodillas, decidida,
Serás una estatua delante del Eterno.
Como yo te veía
Cuando todavía estabas en vida.

 

6
El dolor

Las asperezas de la vida. La muerte, la ausencia. La soledad que éstas provocan. El mundo indolente. El poema para sucumbir. Las palabras recogidas en los versos, como solapadas, pero hablantes.

La desaparición de su hermano. La de su hijo. Y la poesía sometida a este luto. La Segunda Guerra Mundial también es un trapo negro en la existencia de Ungaretti: los amigos muertos, perforados, podridos en las trincheras, los ojos abiertos del vacío. Un relato en soledad, un monólogo que se inscribe en el más tenso paisaje en el que la voz de Ungaretti es la voz de su cuerpo también herido por la memoria:

Si tú vinieras vivo a encontrarme. / Con la mano extendida, / Todavía podría. / De nuevo arrojar al olvido, estrechar, / Hermano, una mano. / Pero de ti, de ti no me rodean / Sino sueños, vagos recuerdos, / Y las llamas sin fuego del pasado. // En la memoria no crecen las imágenes / Y al mismo tiempo yo mismo / Ya no soy más / Que la aniquilada nulidad del pensamiento (“Eres tú mi hermano”).

Más poemas se duelen con el lector. Más poesía herida, sangrante en la poética de Ungaretti. La realidad lo perfila, lo dibuja, lo torturan y lo hacen palabras. La búsqueda del silencio en cada verso. Quedan suturas en su dicción creadora.

Más adelante, en “la tierra prometida”, nuestra autora recoge la idea del “renacimiento del mito”, espacio que dibuja a Ungaretti como animador desde el retorno de “la imagen del Eneas virgiliano…” (p. 79).

En tal sentido, en este libro el autor italiano escribe “Coros descriptivos de los estados de ánimo de Dido”:

I

Disipándose la sombra,
En lejanía de años,
Cuando no laceraban las fatigas (…)

 

XV

No verás sino tus culpas, desiertas,
Sin más humo que al umbral conduzca
Del sueño, sumisamente.

Una isla traza sus bordes, suerte de Utopía o Edén que se fija en el espíritu religioso de Ungaretti, quien luego de tantos lugares de la infancia se instala en la idea de un lugar, el Lugar, donde hacerse, ser, estar, para huir del tiempo que le tocó vivir.

En “La tentación de Palinuro” sigue el mito como agarre, como el que busca no ahogarse, huir del hundimiento de la nave, dejar de ser el náufrago. Es el precio de la huida, de la escapada a otros paisajes menos dolorosos:

Cruzando el huracán en el ápice de furia / No entendí hacerse el sueño cercano; / El aceite fue propagado en la agitación de las olas, / Abierto al campo a la libertad a la paz, / Efusión infinita el falso emblema / De la nuca postrándome mortal…

Sobre “Un grito y un paisaje”, Reginato escribe:

El poeta recordó las diversas facetas y la intervención en diferentes movimientos literarios en la búsqueda de sus antecesores clásicos y de los valores estéticos (…). Siente la superficialidad del momento por el cual atraviesa el ser humano, del vacío social y de la existencia (p. 89-90).

 

7

La última estación es alojada por La libreta del viejo. En este libro Ungaretti insiste en el mar, “símbolo del capitán náufrago”. Cada línea de la libreta anota las travesías del “vagabundo lleno de esperanza, agua, luz y creación” (p. 95).

Es el libro de la “tierra pura”, la buscada, a la que el capitán, el poema, debe llegar, donde el tiempo se estira y se recoge. Donde lo permanente, lo que no fenece, enfrenta lo poco duradero, lo que muere sin alcanzar la altura. La métrica seduce de nuevo a Ungaretti. Rastros de lo clásico. La puntuación mengua y la libertad de la escritura es un río de imágenes.

Vuelve la figura de la madre, la infancia inconclusa. El viejo de cara cuadrada sigue en su inocencia, en el país que busca, dibuja, traza e imagina en sus adentros. La tierra prometida es sólo un esbozo.

La alegría, el tiempo y su esencia, el dolor, de nuevo la tierra que se sueña, el mundo clásico y los mitos, el paisaje, la voz desgañitada y el viejo que escribe en un papel efímero y eterno.

Aquí, en este libro de Erika Reginato, se contiene el mundo entero de Giuseppe Ungaretti.

Nota: la traducción del italiano al español de los poemas citados en este libro es de Erika Reginato.

Alberto Hernández
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