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Tinta y celuloide, de Omar Ardila

lunes 13 de abril de 2020

“Tinta y celuloide”, de Omar Ardila

“El cine ha empleado desde siempre a escritores de gran talento, pero ya hemos visto que bajo el sistema de Hollywood esto dio en general malos resultados, porque los escritores no estaban tan comprometidos con los guiones como lo estaban con la escritura de sus libros”.
Roy Armes: Panorama histórico del cine.

En algún lugar del mundo, más allá de la cabalgadura del Quijote o de las revelaciones de antiguos personajes como Moisés que cruzan mares donde arponean a una ballena, o revelan el nacimiento de una nueva tierra, habrá una sala de cine, donde novelas, diarios, poemas o diálogos han sido convertidos en visuales, en movimientos y sonidos captados en medio de la oscuridad. Más allá de la cueva platónica o de los dinosaurios. Más acá con la Guerra de Troya, incursos Homero, dioses y semidioses. Y más cerca, temprano en nosotros, Bradbury u Orwell. Personajes a lo Faulkner o Kafka, aparece el cinematógrafo. Y ese inmenso rectángulo mostrará lo que el lector o el espectador quieran imaginarse en todos los tiempos ocurridos.

Larga es la lista de filmes basados en la literatura. Larga la que muestra a poetas, narradores, dramaturgos y alucinados metidos de cabeza en el cine como mirones, críticos o como protagonistas en la escritura que los actores ofrecen con sus acciones y diálogos.

De allí que escribir se ha convertido en una aventura en la que el cine, esa propuesta que nos descubre o nos oculta, es parte de la vida de los que construyen anécdotas, historias, figuras literarias o conversaciones que se aproximan al hecho artístico en esa pantalla que hoy se ha reducido a monitor casero. A iPhone o a teléfono multidisciplinario, multiuso, inteligente, dicen.

El pasado del cine, el que marca el instante del decir cultural, desde aquellos curiosos que hicieron del movimiento una ficción muda, para no caer en la desmesura de que el futuro comercial no dice nada, porque también pertenece a una que no reniega de la contracultura, sigue andando en los libros, en las notas de prensa (la que queda), en las empresas que ahora son testamentos del viejo cine al concentrar volúmenes de títulos en un afán por mantener viva esta tradición, la de sala oscura: Netflix es una muestra que deja atrás este ambiente íntimo, el de la penumbra de la felicidad visual, aquel rato bajo el embrujo de las imágenes, acomodado el aficionado en una butaca, en compañía (o en soledad) de conocidos o desconocidos que arbitraban la calidad o mediocridad de lo que veían.

 

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Omar Ardila, escritor colombiano nacido en Laboyos en 1975, a través de su libro Tinta y celuloide, publicado por El Taller Blanco, en la colección Escolios (Bogotá, 2019), nos lleva de la mano por algunos de esos escritores que se convirtieron en gente de cine, que fueron trasladados a otro género en el que sus obras se expresan en movimientos frente al espectador, quien tendrá que someterse a las diferencias con las páginas escritas. Y hasta con el ceño fruncido de los escritores, casi siempre en desacuerdo con lo que miran en pantalla.

Los ensayos contenidos en este libro son: “El Rey Lear de Kozintsev”, “Artaud y el cine, esa extraña seducción”, “Variaciones del universo fílmico en la obra de Kiarostami”, “El cine interrogando nuestra noche”, “La muerte como una expresión estética de lo heroico”, “Sólo hay vida, luz y realidad”, “Muerte en Venecia, de Luchino Visconti”, “Una adicción a algo que no existe (paranoia vs esquizofrenia)”, “Querelle, una pasión oculta” y “Los libros: esos caminos que nos recorren”.

 

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Vagar por nombres y títulos. Recorrer el tiempo en el cine, en medio de la penumbra, mientras un chorro de luz queda por minutos asido en la pared, a una pantalla, en la del viejo cine de pueblo, en la panorámica del gran teatro o en la pequeña ventana del televisor. En blanco y negro. En colores, en aquel tecnicolor que revelaba los fotogramas con la magia de movimientos perfectos, reales. Acción y profundidad. La cámara detenida o en acción violenta. Los caracteres. Autores de novelas, autores adventicios de películas. Y los realizadores, directores, actores. Unos tomados de otros. O juntos, ahora, entre críticas, disgustos o felicitaciones, porque casi nunca el novelista queda contento con la versión fílmica, como ya hemos dicho. Y cuando ocurre lo contrario, la fiesta, el brindis o el premio.

Pero ese es otro tema. Aquí con Ardila el motivo nos lleva a otros afluentes.

Shakespeare es un hombre de cine. Su nombre aparece en granes letras luminosas. Y su obra. Y es posible que hayan hecho de su vida una película. Pero mientras tanto, Macbeth, Hamlet, Romeo y Julieta, Julio César, Ricardo III, Enrique IV, El mercader de Venecia y El rey Lear se han lucido en la pantalla grande, gracias a los tantos directores que se han atrevido a entrar en las virtudes y pecados de los personajes del autor isabelino. En el caso de la última pieza del renombrado autor inglés, Luchino Visconti la llevó al cine con el éxito que el realizador esperaba, así como lo hizo con Don Quijote y Hamlet, logrando, hasta cierto punto, “relaciones armoniosas y relaciones conflictivas”, entre los teóricos de la literatura y los cineastas.

El trabajo de Ardila es enjundioso. Demuestra su conocimiento del cine y de las técnicas para arribar a un texto redondo donde el empelucado William Shakespeare y Visconti salen bien librados. Al respecto, Bazin, según cita nuestro autor, afirmó: “Adaptar, por fin, no es traicionar, sino respetar”. Y Ardiles, con precisión: “Novela y literatura son artes del relato”, y así el cine.

 

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El loco Artaud es tratado con densidad por el autor colombiano. Quien escribió las “Cartas desde Rodez”, “Van Gogh: el suicidado por la sociedad”, “Para acabar de una vez con el juicio de Dios”, “La cultura india”, “Aquí yace”, “Artaud le Momo”, “Heliogábalo”, no podía dejar su demencial talento y añadirle a su angustia seis guiones con los que demostró su pasión y encantamiento por el cinematógrafo. Sus títulos: Los doce segundos, La revolución del carnicero, Dos naciones en los confines de Mongolia y La concha y el reverendo. Pero no sólo escribió, también fue guionista y actor. Figuró en Marat y en Napoleón, ambos de Abel Gance, y en Le frére Massieu y La pasión de Juana de Arco, de Dreyer. De modo que estamos en presencia de un escritor cuya insania se volcó en la creación total: dramaturgo, narrador, poeta, guionista, actor, aventurero, deslenguado. Hombre de cine. Hasta que descubramos qué otra cosa hizo este enajenado que aún es recogido como un eco en el mundo civilizado al que tanto desnudó.

Un excelente recorrido hace Ardila por la presencia de Antonin Artaud en el cine.

 

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La realidad otra permite ser cuerpo y alma en la pantalla. En “El cine como constructor de la realidad”, Ardila se aproxima a Kiarostami, el director iraní que fue tocado por la magia de Rossellini. El neorrealismo italiano asombró a este cineasta. Talló con detalle las panorámicas sin adorno alguno. Es decir, “atrapó” la realidad y la hizo otra. No la representó. La hizo en pantalla, como la que él vivió. Este realizador tuvo en su haber El viento nos llevará (1999), basado en un poema de la también iraní Forugh Farrojzad. Lamentablemente, poco se sabe de él por estos lados de Occidente.

Todo lo contrario, de Jean Luc Godard se sabe mucho. En este ensayo, “El cine interrogando nuestra noche”, Ardila señala que el director se aferró a Dante y puso en pantalla Nuestra música (2004). Siguió los pasos del florentino y desató “fragmentos argumentales y documentales” que enriquecieron su trabajo. El escenario: Sarajevo. En este filme el francés invocó a los escritores Jean-Paul Curnier, Juan Goytisolo y Mahmud Darwish, quienes hablan en la pieza.

En “La muerte como una expresión estética de lo heroico”, nuestro autor despliega su texto y menciona a Paul Schrader (Estados Unidos, 1946), quien amparado en el escritor japonés Yukio Mishima lo traduce en cuatro capítulos: belleza, arte, acción y armonía. Así, en la primera parte filma El pabellón de oro (1956). La segunda parte descubre en el espectador a Mishima como escritor en el San Sebastián de Reni, que funciona como modelo estético. La tercera sección se basa en Caballos desbocados (1969). Las imágenes muestran el imperio nipón, su pasado, la política de la época del samurái: el combate. La lucha cuerpo a cuerpo o con arma. El último capítulo juega a los hemisferios culturales: Oriente y Occidente: “el espíritu y el cuerpo”. La metáfora donde abrevan dos culturas. O donde se diferencian o se enfrentan. O se complementan.

 

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En “Sólo hay vida, luz y realidad”, el ensayista colombiano trabaja a Andréi Tarkovski (1932-1986). Este realizador hizo siete películas, entre las cuales destaca El espejo (1974). Para lograr su obra tomó en préstamo poemas de su padre, Arseni, donde califican el dolor familiar y social durante la II Guerra Mundial. Es la historia de un soldado ruso en la que la introspección juega papel relevante. De esta manera, “El pensamiento es efímero, la imagen es absoluta”. La revelación se basa en la imagen y el pensamiento.

En Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, Dirk Bogarde hace el papel del personaje solitario que se mueve en la escena. Solitario porque el mozo polaco es sólo una representación. Una imagen deseada, un cuerpo que se imagina eróticamente. Entre flashbacks, la música de Mahler inunda el espacio y revela la magia de esta historia. Beethoven se filtra en escenas donde el relato aguza la mirada del espectador.

Gustavo Aschenbach celebra sus cincuenta años y viaja de Berlín a Venecia a celebrarlos. En la ciudad inundada descubre a un joven hermoso de quien se prenda desde lejos. Imagina, sólo imagina. Su alma cansada no es capaz de alcanzar la realidad. Los colores opacos de la historia favorecen los colores reflejos del cine. La agonía del deseo se hace presente en la calidad que le imprime Visconti al filme.

Leer el libro, leer la película.

 

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William Burroughs (1914-1997) es llevado a la pantalla por David Cronenberg. El filme El almuerzo desnudo (1991) es una réplica de lo que acontecía —aún pasa en determinados tugurios— en esos días demediados de la década de los cincuenta en Estados Unidos y en otros países del orbe. Alucinógenos, lisérgicos, drogas, pues, que provocaban el caos en medio de fiestas y bochinches juveniles que dieron al traste con parte de aquella juventud. Los sonidos del alma, la música que despertó a muchas generaciones y también los durmió. Detrás de la pantalla otros significados.

De la tinta de Burroughs se hace cinta de celuloide: debería ser puesta en pantalla, grande o chica de estos días, para retomar la historia y reconstruir miradas.

 

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El muy conocido en los años 80 y 90, Rainer Werner Fassbinder, se alía con Jean Genet. Entonces aparece en fotogramas Querelle de Brest, basada en George Querelle. Y así, el regodeo de los espectadores frente a una historia que agita emociones.

 

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Entre tantos libros donde el cine es protagonista, la curiosidad lleva a este cronista hasta las 200 horas en la oscuridad, del venezolano Juan Nuño, donde una larga lista de filmes convirtieron a este académico en el filósofo que más sabía de cine en el continente. También se pasea quien esto escribe por el título de Edgardo Cozarinsky Borges en/y/sobre cine, donde están las pocas preferencias del famoso ciego argentino. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar a Guillermo Cabrera Infante y su Cine o sardina, donde el también narrador antillano cuenta sus experiencias con todas las películas que logró ver.

Extensa es la lectura. En Los escritores y el cine, editado por Fundamentos bajo la mirada de Harry M. Geduld, los nombres de V. Woolf, A. Huxley, Brecht, Capote, T. S. Eliot, Faulkner, Hemingway, Kerouac, London y Gide. Cada uno en sus emociones y análisis se hacen del cine para explayar tesis y contradicciones.

Sirva esta entrada para trazar un breve comentario sobre Fahrenheit 451, de Bradbury, llevado al cine por el muy nombrado François Truffaut.

Libros que arden en plena calle. Libros prohibidos por una nomenKlatura. Libros que no deben leerse según los designios del poder, de un poder déspota, fanático y criminal. La obra de Bradbury refleja cualquiera de estos poderes. De ambos lados del abuso.

Ardila cuenta con lujo de detalles cada uno de los eventos que muestra la pieza fílmica. Se acerca a Orwell. Los días de aquella Europa terrible. El ojo que mira y aniquila cualquier intención. Las páginas de los libros rotas, apiladas para la hoguera. A 451 grados arde todo. Arden las portadas, la tripa y el índice. Los prólogos, las opiniones y críticas. Arde la vida. Arde el tiempo.

Una historia poco citada es La ladrona de libros, del australiano Markus Zusak, editada por el Círculo de Lectores en 2000. Este volumen de Zusak refleja anécdotas parecidas a las que relataron Bradbury y Orwell. La saga acerca de este tema al parecer no tendrá fin cercano.

Alberto Hernández