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Otro futuro o nada, de Rubén Darío Carrero

lunes 25 de mayo de 2020
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Rubén Darío Carrero
La voz de Rubén Darío Carrero es la voz de alguien que camina por una calle siempre nombrada. Fotografía: Jeilin Espinel

Escribo

Si el oído comienza a hablar de mi pasado, escribo / o imagino que nada tiene nombre, ni siquiera la ira. // Allí estoy, en mi voz, la chillona, contando una historia / a todos aquellos que aparecen en mis sueños. // Escribo sobre lo que escribo. / Todavía no sé si escribo con palabras o sonidos. // Es como si jamás hubiera existido el título de ese libro, el mal, / los duraznos, / el abecedario. “Escucha de nuevo: Es mentira que todo tiene sentido”.

Leo este libro detenido en una esquina como un poste de luz. Leo este libro de Rubén Darío Carrero y me lo apropio porque en él me siento representado. La voz de este poeta, la de Rubén Darío Carrero, es la voz de alguien que camina por una calle siempre nombrada. Es una calle que no se borra de la memoria y habla con lengua propia.

“Otro futuro o nada”, de Rubén Darío Carrero
Otro futuro o nada, de Rubén Darío Carrero (El Taller Blanco Ediciones, 2020). Disponible gratuitamente en la web de la editorial

Otro futuro o nada (El Taller Blanco Ediciones; colección Voz Aislada; Bogotá, Colombia, 2020) dialoga en todos los tiempos verbales. Y en los personales, porque el tiempo es también un cuerpo, una fisiología, un sentido de existencia.

Y entonces el libro me asalta para decir: “la terrible ausencia de las cosas / y sus tentativas”. El sentido, el que se advierte en el primer poema, adquiere notoriedad en las “tentativas” de las cosas que no están, en el tiempo que ya no es, el que no será.

Y así empieza la lectura a cosernos la piel, a destejernos. Es la superstición la que embarga las palabras, tan poco esquivas. Siempre lo ha sido, creer en el tiempo que habrá de venir, el que uno siente está a la vuelta de la esquina.

Los detalles sin importancia van a triunfar.

Un sujeto pasa distraído y se tropieza con el atardecer sobre el edificio donde cree que vive. En un cuarto piso desde cuya ventana cae la ceniza del cigarrillo. El futuro que no llega, el que se espera y ya es pasado sin haber sido presente.

El sujeto, tan puntual como la hora que se pierde bajo el sol, pasa y deja pasar el tiempo.

El silencio, su hechura: la duda.

Y así: “Todo va a suceder sin querer”.

Y sucede.

 

2

Cada poema nos asoma al mundo de Rubén Darío Carrero, tanto en la ciudad que lo vio nacer como en el mundo que ha recorrido con sus lecturas, pero sobre todo la vida recorrida. Revisa su paisaje (aquel que no se despega de los sueños, de los ojos cerrados aunque esté despierto) y lo hace poesía. Se anuda a las aceras y ve el sucio que corre líquido por las rúas de la comarca, tan visible como el sol que cabalga la espalda de los paseantes.

Es un libro de una poesía en la que las palabras dialogan o enmudecen con el lector y lo sumergen en sus significados. En los tantos que prefiguran contextos, pretextos y hasta revelaciones, porque cada instante va más allá del milagro que suscita la imagen. Esa es la motivación de todo texto, de todo poema: hacer que el lector sea el poema que no ha escrito y la poesía que habrá de encontrar.

Escucho, me detengo:

El sinsabor del oído sería incomprensible
si no fuera por el cadáver que seremos
algún día
en la boca de todos los amigos.

(“El oído fantasma”)

Se siente el vacío, el del que ha muerto, pero sobre todo el de quien se sabe conmovido por saberse nombrado. Este poema, tan cercano a los que se han marchitado, ido, ausentado, en todos los que somos nosotros.

Cada poema que leo detenido frente al gran edificio donde vive el poeta, me conduce a pensar que en alguno de ellos me veré frente a frente, porque son las mismas calles que recorro como fantasma y como lector.

Este libro es el libro de un poeta que se enfrenta al destino. Él lo asume como ese “futuro o nada”.

 

3

Es el libro que siempre había esperado de Rubén Darío. Su talento literario, sus explosivas intenciones orales, son aquí el sonido revelador de una búsqueda porfiada, permanente, angustiante, insomne, nerviosa, desde la figura tutelar hasta la del cerro que lo invita a diario ser protagonista de su propio eco.

“Es el destino que quiere decirme / ‘confía en el pasado’”, y se queda con las manos en el aire, con las palabras de aquel tan humano título del poema marcado en la piel del hermano. De aquel “En humano oro” transitado, leído, vivido, despertado.

Insiste desde la soledad. Insiste desde la palabra que no se despega de la lengua: “la inercia de las cosas” (…) “el dictado del futuro: ‘volver al lenguaje de la fábula’”, mencionar los objetos de la casa, el movimiento voluntario de una taza, el del humo del café; la posible salvación, la posible salida de la tragedia, la del silencio, la de la desaparición.

Y la mirada en el cerro que se incendia. El libro sobre la mesa, los poemas tachados, subrayados. El hombre que escribe.

El tiempo, sus saltos, como si fuese un animal insomne, en “diálogo con el presente”, el futuro y sus vacíos, el miedo. La consulta con el psiquiatra. La locura como paisaje en el otro que se desdibuja en su patología. En la insania diaria del prójimo.

En estos poemas está el hombre diario que va al hospital, que desde su condición de abogado lee el documento y lo hace parte del oficio de imaginar e imaginarse. Es el libro del hombre que se sabe solo en medio de toda la soledad de la multitud. Es el libro de un hombre en la ciudad, en la calle, en un pasillo, bajo un árbol, asomado en la ventana de su apartamento mientras la hermana cruza una vereda y lo saluda. Es el libro de un hombre convencido de que el mundo debe ser parte auspiciosa del poema pese a la tragedia, pese a los dolores, pese a las enfermedades.

Y ese tiempo se abrevia en el cuerpo viejo de una mujer. De una mujer a quien le llegó el futuro en sus carnes. Pero ahí está el cuerpo para el deseo.

 

4

Es el libro de un hombre confirmado desde la palabra. De un hombre crítico desde el silencio.

El humor podría conducir a velar el recuerdo de los amigos muertos. Esos que ya llegaron al futuro, a su devenir, desde la calle que habla, grita, se desnuda sucia. Y se queja.

La muerte de un niño, las palabras que faltan, las que no aparecen como consuelo. Y la madre.

Todas las lápidas con sus nombres.

La conversación con María Fernanda desde la dolencia. Desde la sangre que circula silenciosa en medio del silencio de Dios.

Después aparecen Eugenio Montejo, Alejandro Humboldt y Soto, el pintor. Todo el futuro desde el pasado. Y la vida es un solo poema. María Fernanda —la hermana— sigue siendo su piel, la destreza del futuro que se mofa del presente.

La metáfora del otro futuro que no fue: la profanación de la tumba de Rómulo Gallegos desde la historia menuda del presente, del dolor que aguza los oídos y los perfora.

Y el

Otro futuro

Este otro futuro está entre nosotros
Es la memoria
Predecible, repetitiva,
Iluminada por las palabras
Y por el tiempo.

El título dice mucho de lo que podría venir: el futuro o la muerte. El olvido. El porvenir o el silencio. El tiempo y su tiempo enroscado en la nada. La herida y la cicatriz. El tiempo como profecía, como legado para sobrevivir o hacer de la vida actual parte del pasado.

 

5

Una segunda parte nos invita a seguir la lectura: “La mirada, otro pasado”.

Son textos, la mayoría, muy cortos. Aforísticos, referenciales, sentencias con un humor seco, reflexivo. Definiciones. Símiles. Preguntas.

“El silencio es mirar (…) Mi corazón golpea como pupila”.

“¿Mirar es ver?”.

O

“Lo visible es el comienzo de la locura”.

A veces siento a Cioran, pero luego destaca el Otro, el que se hace del tiempo para desfigurarse o hacerse el que ve por la ventana el futuro en el incendio del cerro. Es Rubén Darío Carrero en su vida, más allá de las lecturas. Es el Otro. Es él.

Heráclito y Eliot aparecen como invitados. Dialogan frente a un público invisible. Un guion teatral que podría servir para un montaje, una puesta escena. Microteatro. El pasado remoto y el pasado cercano: dos futuros que nunca se encontraron. Un río y los poemas.

Y las preguntas:

¿Un relámpago es un objeto que cae?
¿En el mar la noche es de agua?
(…)
¿El pasado viene, pasa, regresa?

El niño que indaga y formula el mundo desde su curiosa soledad. El que se pregunta a solas. Sonríe con los ojos, el sueño, el insomnio, las pastillas: las preguntas salvan del olvido, del mismo tiempo. Vuelta al pasado del muchacho que siempre huele las palabras para hacerlas posibles respuestas en silencio, en el vacío.

“…son la locura que me separa del otro”.

Y “Dios es la parcialidad de los ojos”.

“Futuro o nada” es la consigna que desmiente su propio pesimismo.

Alberto Hernández
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