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Cosmonauta, de Enza García Arreaza

lunes 21 de diciembre de 2020
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1

Comienzo a leer este libro por el último poema, porque en el fondo y en la superficie creo que el libro me lo exige. No sé por qué, pero así lo hago, y así empiezo por el último, que es como decir por el instante en que me reflejo en el texto, para no perder la oportunidad de encontrar más adelante lo que serán más sorpresas.

Pero podría intuir que lo hago porque desde el espacio infinito no hay comienzo ni final.

Entonces escojo este último.

“Cosmonauta”, de Enza García Arreaza
Cosmonauta, de Enza García Arreaza (La Poeteca, 2020). Disponible en Amazon

Digo que desde el mismo momento en que decido treparme en el índice y leer las líneas que cierran el volumen, me expreso casi sin oxígeno o con todo el oxígeno recordado por mis pulmones en una ausencia de atmósfera donde las palabras flotan lejos con los ojos puestos en el globo ocular de la Tierra:

—Definitivamente, vivo en un exilio exterior.

Vuelvo a mí mismo:

—Respiro en una cápsula que Enza García Arreaza ha dibujado con palabras y collages para que pueda desplazarme por todas las páginas que ha escrito con la intención de hacernos saber que somos extranjeros, “transterrados” o desterrados en permanente viaje; que el cordón umbilical que nos une a la Tierra pudiera ser una metáfora, un invento, un sueño. Hasta una ilusión, tan real como los distintos satélites que forman parte de este volumen de La Poeteca de Caracas, colección “Seamos reales”, editado este mismo año 2020.

Miro hacia el atrás del tiempo y allí está un argonauta, quizás el retrovisor de la atadura que nos obliga a no soltarnos de las aguas o de la tierra.

Para los que ya hemos llegado a la edad de recoger la memoria y convertirla en presente, un cosmonauta es un astronauta ruso. O mejor, soviético. Nombramos a Yuri Alekséyevich Gagarin y también a la perrita Laika, ella en el Sputnik 2, desaparecida entre las estrellas, para demostrar que hemos estado en el espacio exterior —en blanco y negro— cuando la propaganda de ese sangriento, extraño y arrogante imperio competía con los astronautas de Cabo Cañaveral.

Entonces, la poesía era tan terrestre que nos imaginaba, extraviados en las galaxias que aún no habíamos descubierto.

Y ahora, nos llega estratosférica, portentosa ella por su libertad para decir las cosas con todos sus nombres, que no se deja arredrar por lo que afirma, y nos regala el infinito del cielo y los límites de la Tierra en los poemas e ilustraciones que aquí he comenzado a leer por la página que cierra su inventario de aventuras y empezar a viajar por su comarca provista de tantas rutas.

Entonces Enza García Arreaza, cosmonauta, astronauta, aventurera entre versos, prosa e inventos de colores para sacarnos de órbita y de nuestros asuntos.

 

Con toda esta indumentaria, con ese traje de piel al aire para arriesgar atmósferas, leemos con placer este libro de Enza García.

2

Allí, allá, más allá, está el cosmos. Sus sonidos llegan a nosotros en forma de dioses ancestrales, pero también en el susurro de nuestro presente. En el brillo de la poesía que la nacida en Anzoátegui, la joven que nos apremia con sus voces, es capaz de relevarnos de nuestra cotidiana insistencia. Su travieso cosmos, tanto por travesía como por curiosa inteligencia, nos sirve de base para decir que se trata de una lectura sin el pudor que algunos reconocen como tentación. Aquí estamos en presencia de una lectura en la que una mujer se desnuda y nos muestra sus atributos anatómicos e intelectuales. Su imaginario. Su manejo de las palabras, la original manera de desafiarnos. De pegarnos contra el cielo abierto y sacudirnos el óxido.

Y así, con toda esta indumentaria, con ese traje de piel al aire para arriesgar atmósferas, leemos con placer este libro de Enza García. Hablo en plural, porque seguramente tendrá muchos lectores, muchos cercanos y muchos compañeros de viaje.

 

3

EL FIN DEL MUNDO ME ENCUENTRA
preguntándole a mamá el orden
de los ingredientes para un arroz con pollo

pide fotos de cuando lo tenga listo
pide no la deje morir
y no se olvide que le debo unos reales
a Hernán de la bodega que acepta Zelle

el fin del mundo era esto
un cohete que no tenía cielo.

¿Desde dónde, desde qué lugar se escribe este poema? ¿Desde la otra lengua que ahora habla Enza? ¿Desde otro clima? ¿Desde otro mundo que se acaba o ya se acabó? ¿Esas fotos van en un teléfono inteligente mientras la madre o ella piensan en la muerte? El globo terráqueo ahora es más pequeño: de un lugar remoto a la bodega del vecino en Puerto La Cruz, seguramente.

La poesía es también un viajero que transgrede el tiempo, el espacio, la falta de atmósfera, la falta de un cielo.

Esta escritura, donde el desenfado nos lleva a un cortejo fúnebre, tan común en estos tiempos de dictadura, en que el muerto es celebrado porque transgredió leyes y respeto. Entonces dice la voz de ella, desde ese lejos tan cerca:

IMAGINO UN ATAÚD CON HUESOS SUELTOS, un alboroto de tiros y caña en los funerales de un delincuente (…) Es la distancia entre el nacimiento de una estrella y un cuento de ultratumba.

Y entonces —siempre entonces— queda advertir que se trata de dos instancias: una luz que pudo ser y una sombra terrible que ya es. Dos miradas: dos países, dos distintos paisajes.

Pero el viaje de nuestra autora no sólo se centra en mirar lo que acontece en el afuera. En su adentro, en la cosmovisión de su interior, en ese va y viene de la edad, del tiempo que pasa o se detiene, está su juventud: el cuerpo, su anatomía, los órganos, pólipos y el útero, como si de una galaxia se tratara “en un país desarmado y sin anestesia”.

La recurrencia onírica avala cualquier ahogo. Desde las pesadillas, desde la rotación de la sangre, desde el desperdicio de la inocencia, “preguntándome si alguna vez me pondrían / como reina del Carnaval / y si de verdad pertenecíamos a la clase media”.

La soledad tiene su espacio. Es un espacio. Se acomoda en la parte menos sonora del espíritu. Las palabras son parte de la oquedad.

El ojo del lector salta entre las distintas tipografías. Letras de tamaños diversos y dibujos, estampillas, arbolitos de Navidad, mariposas, piernas, pies, paredes de ladrillos: el blanco y el negro, los colores, en una suerte de plasma en medio de tantos planetas verbales, cromos, postales, animalitos. Todos envueltos por los sueños.

La articulación de una experiencia en la que quien aborda la nave se sabe atrapado por el silencio que embarga la falta de gravedad: el libro, cápsula espacial, provoca en el lector tantas reacciones como silencios en un cohete que no tiene cielo o en el reguero de botellas y pólvora durante el entierro de un malandro. Tierra y cielo.

La soledad tiene su espacio. Es un espacio. Se acomoda en la parte menos sonora del espíritu. Las palabras son parte de la oquedad, por eso “…hablar sola” podría determinar “la gracia de un diálogo entre los fragmentos de mí misma”. El yo de quien habla, de quien se silencia, de quien se mira en cada voz que emite, forma parte de quien dice:

nunca sé a quién darle
mi voracidad triste de animal despierto.

 

4

Abordar la familia desde la familia misma. Ser esa familia desde la distancia, desde la memoria, desde la casa que se queda atrás, en otro tiempo, en otro espacio, en otro lugar. El padre, la madre, la coyuntura de los afectos. Hasta algunos reclamos. Instintos, confesiones. El parricidio en la bruma de la voz, “porque el demonio tiene la lengua larga”.

O el sexo como predestinación, yerro o conjuro:

debo equivocarme de semen.

Es decir, la ingravidez, la recuperación del instante “y el amor romántico”.

Y luego, como si la Tierra no girara, Joseph Brodsky en auxilio, como parte de la familia leída, esculcada en la memoria.

 

5

Desde la altura, desde ese allá más allá del aire, está

EL PAÍS MUERTO:
más fantasma que punto G
más cizaña y amuleto
el país gusanero y excepcional

pero papá sigue vivo o eso dice la leyenda
hoy recogió parchitas y puso
tres canciones de Roberto Carlos,

la ironía, el dolor del que se fue o se quedó y muere en un país que agoniza, que se retuerce mientras unos pájaros negros agitan la burla y sus malandanzas.

Por eso preguntarse:

Para qué largarse discretamente si esto nos volvió locos, si nos creemos magos del dolor y el acontecimiento.

No es la herida del que flota en el espacio. No es la herida del que consume de la basura o se agarra de sus manos para no caerse. No es la voz colectiva la que se precipita contra un asteroide, un cometa o un satélite. Es la voz de quien los inventa, los dibuja y diseña, quien es parte de la tragedia:

“Lo único malo de los poetas que sobreviven…” será decirlo o callarlo. O no ser.

El poema/niña se agita como las sombras de esos pájaros y se muestra relato o pesadilla:

Entonces me contó la historia de meter el cadáver del ángel debajo de la cama para que el monstruo debajo de la cama tenga con qué asustarse.

 

6

Todo poeta se ajusta a su poética. Todo poema es una poética. Toda poética podría ser una manera de vivir o de restregarle a la vida lo que otros no viven o han dejado de vivir. O de sentir.

Escribir poesía no es tener sentimientos.

Es decir, tenerlos desde el vacío, desde el ahogo donde no hay aire que respirar, donde no hay tierra que pisar o recorrer.

Entre versos, relatos breves, citas, nombres de autores, arabescos, colores o sombras suben estas imágenes, las que Enza García Arreaza ha creado para decirnos muchas palabras rodeadas de planetas.

Por esa tierra pasa un gato, el gato que tiene nombre de escritor. También circula una carta. El sexo se encabrita. El clítoris es un planeta.

Y “La imaginación es un síntoma de la verdad, el síntoma que delata un órgano secreto que añade relevancia a las cosas. La imaginación es un animal aparte”, aflora un aforismo.

Con casco o escafandra de viajero al espacio, chaqueta de esquina, un perrito, un venado: el collage de esa imaginación, de ese largo poema que envuelve al mundo, que lo aísla del resto de los planetas y sus sensaciones.

Un poema —o la poesía, para no ser tan explícito— podría traducir una enfermedad creativa, creadora, una suerte de tómbola en la que una mujer, ya adulta, regresa con frecuencia a sus referentes de la infancia.

Por allá, en algún lugar, están la madre y sus bofetadas o la idea del parricidio como abreviaciones de la existencia. Por eso, “A veces cuento una historia porque no puedo moverme…”.

Entre versos, relatos breves, citas, nombres de autores, arabescos, colores o sombras suben estas imágenes, las que Enza García Arreaza ha creado para decirnos muchas palabras rodeadas de planetas.

Este libro es una poética de la totalidad. Desde la absoluta soledad del espacio exterior, que es el mismo que se lleva en la sangre, en las neuronas o en el alma, la poesía cae de golpe en el ojo abierto del lector, en la tierra que ese espacio no ha logrado borrar.

Alberto Hernández
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