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Cuentos completos de Salvador Garmendia

lunes 17 de mayo de 2021

“Cuentos completos” de Salvador Garmendia

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Tres magníficas fotos de Salvador Garmendia, tomadas por Nelson Garrido, nos abren un país. Tres portadas donde nuestro narrador, el barbado cuentista y novelista larense, aparece como lo que es, como un gigante de nuestra literatura.

Esas tres imágenes, tan relevantes para quienes sabemos que el país se cuenta desde sus sueños y tragedias, nos animan a sostener con la fuerza de las palabras de Salvador el mapa que han pretendido hundir desde el poder, porque el incansable trabajo que lleva adelante Ediciones Fundavag merece todos los elogios.

Las palabras podrían sobrar. Recoger todos los cuentos de Salvador Garmendia fue una labor titánica. Y la edición lograda es de una belleza que se convierte en joya de colección. Leer para coleccionar. Coleccionar para leer a quien nos ha legado una de las obras más importantes de nuestra lengua. Salvador Garmendia lo es: una de las voces literarias mejor logradas de nuestra tierra y de la lengua castellana.

Decir de sus creaciones precisa nombrar a Emir Rodríguez Monegal, a Ángel Rama, a Oscar Rodríguez Ortiz, a los tantísimos ensayistas y críticos que han abordado su obra para estudiarla, desnudarla y elogiarla. Hacerla el espacio de una inteligencia que siempre será parte de nuestra herencia verbal.

Estos tres tomos que ha publicado Fundavag, empeño en el que ha estado aferrado Federico Prieto como coordinador general de la edición, acompañado de un equipo que se las trae, entre quienes están Fernando Savater, Filippo Vagnoni, Luigina Peddi, Joaquín Marta Sosa, así como Alberto Márquez, Guillermo García Flamerich y Waleska Belisario, merece los aplausos de lectores, editores y escritores de nuestra lengua. Se trata de un monumento, como otros que ha dado a conocer esta empresa que todos los días nos sorprende.

Hablo de una maravilla y no me quedo en esa sola palabra. Creo que reunir toda la obra de un escritor tan productivo como Salvador nos revela herederos de un milagro. Parece irrelevante decirlo. O tonto, pero los milagros existen cuando aparece el objeto que se eleva desde el silencio, en este caso, desde las bibliotecas donde están o estaban los libros del autor de El único lugar posible o de Difuntos, extraños o volátiles.

Desde aquella extrañeza titulada Los pequeños seres, Salvador Garmendia comenzó a lidiar con lo diferente. Ya no era la novela o el relato breve ajustados al canon de una tradición. Salvador se soltó la barba y comenzó a inventar. A convertir a sus personajes en sujetos visiblemente anatómicos que van al baño, que sufren de la soledad en medio de laberintos y son capaces de contar lo que antes era prurito. Garmendia se deshizo de aquella narrativa y se adentró en los personajes. Dejó de lado matices irrelevantes e hizo del ser una insignia cuyos sentimientos más oscuros pudieron ser tratados con la belleza y atrevimiento de su talento, de su imaginación portentosa. Creó una sombra que desdibujó arquetipos y otras costumbres que formaban parte de una manera de narrar.

El cuento desató todos los ángeles y los demonios de un hombre cuyo humor relevó el ceño fruncido del cuento rural, del relato casero y de zurcido hogaño. Salvador Garmendia rompió todos los moldes y le hincó la punta del lápiz o las teclas al papel donde los temas más sutiles o los más grotescos tienen cabida. Le dio rostro a personajes intocables e intocados por la fruslería de algunos narradores que también comenzaron a verse en otros espejos.

Vuelvo a decirlo: mucho se ha escrito sobre la literatura de Salvador Garmendia. Mucho se ha hablado acerca de su cuentística, de la ontología de sus afanes ficcionales. Mucho se ha comentado sobre su manera de ver el mundo desde su narrativa. Desde la perspectiva de sus narradores. Desde la mirada de sus actantes. Desde el talante y talento de sus diálogos.

Pero ahora, más allá de todas las páginas dedicadas a nuestro autor, sus cuentos completos afinan la mirada en la totalidad, en el espíritu completo de un narrador que hizo del cuento núcleo de la lengua que hablaba todos los días y luego vaciaba con gracia y punzada en la curiosidad del lector.

 

2

Oscar Rodríguez Ortiz, en su libro Seis proposiciones en torno a Salvador Garmendia (Síntesis Dosmil, Caracas, 1976) escribió, en el ensayo que abre el texto, subtitulado “La ‘desnarración’ como perspectiva”, lo siguiente:

Enajenación y abyección, en cuanto imagen del mundo, suele ser la definición crítica primera, producto de la lectura de síncopes e impromptus de la vida cotidiana; ciudad como ciclo estructurante, monotemismo en cuanto motivo típico explotador de la trivialidad; grotesco, expresionismo, imagen alucinada a nivel de recursos estilísticos.

Este resumen traza las huellas de identidad literaria de Salvador Garmendia, quien desde la mirada de Rodríguez Ortiz es “capaz de confundir la realidad con las apariencias”, y aunque se trata de un estudio de las novelas de Garmendia, sus cuentos abundan en las mismas características.

Salvador Garmendia, a juicio del crítico venezolano, vive un “permanente cuento de cuentos que se reelabora a cada paso”.

 

3

Los tres tomos de los Cuentos completos recogen relatos desde los primeros de 1958 hasta el año 2001. Tres gruesos tomos donde está todo el mundo de la brevedad verbal de Garmendia. Donde caben todos los mundos de la ciudad que vivió el autor larense. La ciudad y sus personajes, sus existencias y agonías. Sus absurdos y realidades. Una conjunción de aventuras donde la crueldad, el amor, la crudeza de los sentimientos más oscuros logran sacudir la conciencia del lector. Salvador Garmendia es el primer narrador venezolano que toma en serio la ciudad, que la abunda, que la funda con los fantasmas, santidades y demonios de carne y hueso.

Es el autor que sabe “recrear ambientes” y destaca un juego de intereses “entre lo representado y la representación”, y de esa manera “opera un desarreglo sintomático”, el cual podría ser parte de la poética de nuestro narrador.

305 cuentos hacen estos tres libros: el tomo 1 reúne 92; el tomo 2, 109, y el tomo 3, 104.

Un total que configura todo el aliento de un hombre que se dedicó a inventar el mundo. Un narrador que se entregó a la ficción para crear una nueva realidad. Un narrador realista que creó toda una ficción en la que ningún tema quedó fuera, pese a ser considerado un escritor monotemático. Pues bien, Garmendia sostuvo la enramada de su literatura con la suma de todos los temas hasta convertirlo en uno: narrador puro, poetizó la ciudad desde sus quebrantos, desde todo el basurero de una conciencia acumulada en los malos y buenos sentimientos de una vecindad cuya identidad es sopesada desde la apariencia, desde lo que parece ser y es y hasta no es. Desde lo que la realidad crea para la ficción.

El animal urbano destaca su perfil en la interminable mirada de quien no deja de escribir más allá de su ausencia. Sus cuentos nos revelan. Su novelística nos descubre un “parque” como un cuento donde entran y salen “los pequeños seres” de una urbe dislocada, mientras el “doble fondo” de una historia devela la realidad, la maravilla de la ficción y el respaldo de unos “escondites” donde no sobra nadie.

Alberto Hernández
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