XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Welserland, de Víctor Manuel Pinto
(una travesía interminable de traiciones)

lunes 24 de enero de 2022
“Welserland”, de Víctor Manuel Pinto
Welserland, de Víctor Manuel Pinto (Kavrial, 2021). Disponible en la web de la editorial
Al principio, el gesto fue nuestra presencia.
Hicimos así, en el aire… y surgió la pasión.
Queríamos que alguien entendiera:
no podemos estar solos.

Adriano González León, en El libro de las escrituras.
Más allá del trópico de Capricornio hay una tierra
habitable que es la parte más alta y noble del mundo,
es el Paraíso Terrenal.

Abate d’Ailly, en Imago Mundi.
Este es el Paraíso. Realmente. Estas gentes aman al prójimo
como a sí mismos. Creo en lo que creyeron y creen los
sabios y santos teólogos, que estos parajes son los del
Paraíso Terrenal.
Cristóbal Colón, en carta al papa Alejandro VI.
Se le envió a que fuera por oro y demonios, y él que nos
viene con plumas de ángeles.
Fernando de Aragón, el rey católico, contra Colón

1

Todo comienzo obliga un final. Alfa y Omega. Principio y fin. Génesis y apocalipsis. Dios y el diablo. Luz y sombra. Paz y guerra. Y así, esta América, este tropiezo histórico pleno de nombres y apellidos, de cicatrices y llagas, de climas y verdura. De herejes y santos. De perros y gatos. De blancos y negros. De pardos e indios. De un mar, selva y sus desafíos. De islas y tierra firme. De gente trajeada y de gente desnuda. De pechos cubiertos, de senos al aire. De penes y vulvas y muchas desgracias. Y así, desde el comienzo hasta el final, el mismo abismo.

Y entonces, se hace la historia. Inicia su engranaje allá en la Península Ibérica donde se mueven los hilos del poder. Los Reyes Católicos y un enfebrecido Cristóbal Colón anudan las ideas para embarcarse a la tierra ignota, al soñado Paraíso Terrenal que los reúne en una Secretísima Sociedad (SS) para llegar al Edén que han imaginado desde imaginados papeles que tienen raíz en la Biblia, y desde la ambición por el oro que se anuncia, seguramente debajo de un tamarindo por falta de un manzano.

Con estas páginas, tituladas Welserland (Editorial Kavrial, Madrid, 2021), la tierra, el país o el patio de los Welser, Víctor Manuel Pinto entra en un osado experimento en el que la memoria suscita muchas dudas, porque la historia, juzgada como parte de una gran ficción, se confirma como una acumulación de datos donde hay mucho misterio, mucha recreación, fábula y regodeos que han contribuido con la indagación constante en documentos guardados en oscuros estancos donde privan la sombra y algunas luces. Pero este libro de Pinto, extraño como nuestra misma historia, nos revela la gran aventura de la escritura, de la búsqueda permanente del hombre que mete la nariz en el polvo del tiempo y emerge con una larga epifanía propia de quienes hemos respirado los aires occidentales y hemos sido concebidos como prueba genética.

Welserland es uno de esos comienzos, la gesta criminal y genética que se abrió en América con la llegada de quienes se aposentaron en el Nuevo Mundo y dejaron la impronta de sus abusos, entre ellos las masacres provocadas por su locura y ambición, resumida también entre tantos hijos bastardos.

Todo el libro de Víctor Manuel Pinto es esa tipográfica gótica, intromisión en el alma de un continente que fue asolado.

Este es un libro para iniciados. Y es para iniciados porque descubre muchas aristas que el común de los venezolanos no tenía en conocimiento. Libro para iniciados porque abre la posibilidad de críticas que sostengan si se trata de un libro de historia y de un libro de poesía, aunque ambos géneros, ambos designios, no chocan por ser la intención de haber escrito una aventura en la que el tiempo no ha pasado, porque tanto el génesis como el apocalipsis, el alfa y el omega, se tocan hoy con las mismas osadías, abusos y criminalidades del viejo pasado. Y una poética que siempre ha estado en lo bello y en lo feo. Este es un libro que no termina nunca porque el tiempo no se lo permite. Es un libro atemporal porque no tiene tiempo. Es un libro que no se cierra porque tanto los personajes del remoto pretérito como los de este presente con futuro incierto son los mismos: América, Venezuela, sigue siendo hollada por las botas del Welser, metáfora de este instante que recoge no sólo la ambición de quienes vienen de otros lugares sino de los que habitan en su seno.

El nombre de Venezuela sigue siendo Klein-Venedig, donde fue posible arrasar con casi todo lo visible y hasta con lo invisible porque los sueños y divinidades ancestrales fueron traducidas por el dios de la emergencia, el que llegó tanto en el idioma castellano como en el alemán, en una suerte de melliza persistencia por lo material —el oro— y por lo que había de soplo en el espíritu de una cultura que no supieron ni quisieron entender.

Todo el libro de Víctor Manuel Pinto es esa tipográfica gótica, intromisión en el alma de un continente que fue asolado, que dejó la marca de una religión y el eco de un idioma que se movió por casi todo el Nuevo Mundo. Dos emblemas en cuyo nombre se deshizo la muy antigua tradición de unos dioses que tenían en la tierra y en el mar sus aposentos.

La lectura de este volumen abundoso de Pinto invita a revisar otros títulos. Invita a someterse a la conjura de otros autores que se han paseado por la historia, la oficial y la no tanto, que ha quedado asentada como testimonio de lo que comenzó a pasar en estas tierras desde 1492-98 hasta la Independencia y sus consecuencias en esta parcela continental que llamaron Venezuela, como un insulto, porque de Pequeña Venecia no tenía nada. Y el sufijo (-zuela) es como una malquerencia. O Tierra de Gracia, como la bautizó Colón, aunque desde esos días hasta estos la desgracia ha sido la nota más resaltante.

De manera que estamos ante una obra donde la señal crítica abunda y permite prolongar hasta estos días lo que podría llamarse la conquista de una tierra aún sentida por los golpes del ayer y por los de este presente donde el miedo podría ser el mismo de los ya conocidos por los primeros habitantes de este mundo aún por conocer.

 

Llegaron desde Alemania, luego de haber negociado con los monarcas españoles. Llegaron a Venezuela, a la que vieron como tierra de promisión para ellos.

2

Se abre con Anacaona, la “india cautiva” de la canción caribeña de estas décadas aún audibles. Un texto en defensa de la valentía de la mujer que no aceptó ser parte de los hechos contra su gente. La mujer que se entregaba en cuerpo para demostrar que su sexo también era un encargo de su gusto, de su libertad.

En Los viajeros de Indias, Francisco Herrera Luque afirma que “…la cacica Anacaona era muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos, y por eso, y por otras cosas semejantes, quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera hubo en esta isla”. En todo caso, la preferencia sexual de las aborígenes por los blancos obedece, según Herrera, por “la apatía del varón indio”, así como pasó con los africanos y las blancas, quienes preferían a los negros por las dimensiones del miembro viril. Pero el caso debe centrarse en la justicia, en el hecho de que los teutones, amparados en los fracasados negocios de los reyes españoles con su compañía, se aprovecharon y tomaron parte del territorio conquistado por España, la zona de Coro en Venezuela, donde implantaron su mano de hierro e hicieron desastres que aún son comentados entre quienes tienen en los libros la memoria intacta. De allí el nombre, cual insulto, de Welserland, tierra del Welser, cagadero venezolano de aquellos alemanes que mataron, chantajearon, humillaron, empalaron y robaron.

 

3

Llegaron desde Alemania, luego de haber negociado con los monarcas españoles. Llegaron a Venezuela, a la que vieron como tierra de promisión para ellos. Y desde esa creencia enarbolaron su poder y comenzaron su matanza, su expoliación, sus crímenes, apoyados por el Imperio que les dio el permiso, y aunque hubo reclamos y protestas de los mismos monarcas, sacerdotes y otros seres humanos, la matanza siguió y tuvo responsables en Alfínger, Espira, a quien llamaban el demente; Federmann, el Cruel; Remboldt, el Loco… y así, Ampíes y sus cómplices hispanos como Santillán, Navarro, Boiza, Carvajal, todos ellos en la escritura de Herrera Luque:

Lo primero que hace Alfínger al llegar a su Gobernación es poner en cadenas a Juan de Ampíes y expulsarlo a Curazao. Acto seguido, comienza a entrenar a sus soldados contra los pacíficos caquetíos. Según el padre Aguado, las incursiones que organiza Alfínger contra los pueblos vecinos se deben a la despoblación que en unos meses había provocado Ampíes “el Bueno”. A los indios capturados los traían, dice Castellanos, como esclavos. Coro se convierte en el gran mercado de carne humana de América. Los crímenes de Alfínger y su gente llegaron a tales extremos que el cacique Manaure y todo su pueblo abandonaron para siempre su tierra. Oviedo y Baños, refiriéndose a la crueldad del alemán para con los mismos españoles, escribe: “Castigaba por leves causas con azotes, horcas y afrentas a muchos hombres de bien”.

Esta entrada a la presencia alemana en Venezuela nos permite volver al pasado para mostrar al lector la cronología de Colón, citada por Abel Posse en su novela Los perros del paraíso.

Así lo escribe Posse:

1461: Orígenes del Occidente moderno: el 12 de junio Isabel de Castilla pone a luz la impotencia del rey Enrique IV, su medio-hermano.

1462: Cristóforo Colombo roba el alfabeto de la parroquia, en Génova. Dice que será poeta. Golpiza, amenazas. “Nada te salvará de tu destino de cardador o de sastre”.

1469: En un clima de deliciosa lujuria adolescente Isabel y Fernando de Aragón se amanceban por Iglesia el 18 de noviembre. Los fidelísimos SS. Nace el imperio donde nunca se pondrá el sol.

1476: Colón en Portugal. Casamiento. Su último intento para huir de la excepcionalidad. La secta y la pasión del Paraíso.

1485-1492: España. Colón lucha por ingresar en la svástica del poder. Años de guerra civil. Consolidación del Imperio. Naturaleza peligrosamente angelical de Fernando e Isabel. Torquemada y el motor culpabilista. Un Imperio católico-romano.

1488: 9 de abril. Panorgasmo de Colón. Queda sellado con Isabel de Castilla el acuerdo de la secretísima secta del Paraíso.

1498: Aire dulcísimo. Seres bellos y simples. El lansquenete Swedenborg y el habla angelical. Desnudez paradisíaca. Anacaona, Siboney Bimbu. “Llegaron los dioses barbados y transmarinos”.

1499: “Ordenanza de desnudez” y “Ordenanza de Estar”. El fin de la Culpa. Colón religado. El padre De las Casas y la evidencia del Dios ausente.

1500: La muerte vuelve a Castilla. El fin de la Secta. Fernando firma la orden de captura del Almirante. Colón en cadenas.

Si la Secretísima Secta (SS) del Paraíso fue un invento hispano, de la que formaban parte los monarcas y el mismo Colón, los alemanes se valieron de ella para hacerse de riquezas, para hacer de ese paraíso su verdadero paraíso terrenal, el Edén mientras les duró el poder.

Welserland: el Paraíso Teutón, la tierra de la riqueza, la tierra para despojarla.

Idas y vueltas: de Colón ya se sabía de sus tretas. Germán Arciniegas, en su Biografía del Caribe, entrega estas líneas:

El hombre Colón tenía sus cosas. Birló al buen Rodrigo la merced de los maravedíes. Fernando Colón, muy graciosamente, dice en la biografía de su padre: “La Pinta hizo señal de tierra, la cual vio el primero Rodrigo de Triana, marinero, y estaba a dos leguas de distancia de ella; pero no se le concedió la merced de treinta escudos, sino al Almirante, que vio primero la luz en las tinieblas de la noche, denotando la luz espiritual que se introducía por él en las tinieblas”.

Esta vuelta de Cristóforo tiene reflejo en casi todos los aventureros que arribaron a esta “Tierra de Gracia”, a la otrora Klein-Venedig que le hacía agua la boca a los alemanes, agraciados por el territorio que los vio llegar cargados de entusiasmo ambicioso.

 

4

Cualquier nombre fue posible. La tierra recién hollada, encontrada, vista por primera vez, esa sorpresa visual, se convirtió en el tesoro de Europa. Y desde esa idea el negocio que abrió sus puertas en Coro, donde se aposentaron los teutones. De esa aventura da cuenta el libro de Víctor Manuel Pinto, y Arciniegas lo escribe así:

Y así durante veinte o treinta años, agentes de los banqueros alemanes andan regados por los cuatro puntos del Caribe. En la Española están sus agentes comprando oro, vendiendo vidrios. En México adquieren minas de plata. Pero donde mayores esperanzas han fundado es en Venezuela, porque los muy ingenuos han creído en El Dorado y otras fábulas. Una serie de gobernadores alemanes, nombrados por los Welser, mantienen durante veinte años la exclusiva dirección de la colonia. No le duele a Carlos V hacer esta concesión: los Welser han sido muy liberales en sus préstamos y, después de todo, Carlos es no sólo rey de España sino emperador de Alemania; su familia es la de los Habsburgos: su sangre, de la calidad que requieren los del otro lado del Rhin para probar que son de la misma ralea.

Y los nombres siguen andando en el libro de Pinto, en esa poética en prosa y verso que se mueve de punto en punto del idioma, desde el comienzo hasta un final aún abierto. He aquí que no se borran de la memoria desde esa aventura que el escritor colombiano nos relata, como una suerte de apoyo al trabajo del poeta valenciano: Seiller, Ehinger, Hohermuth, Federmann, Von Hutten, Seisenhoffer.

Los teutones que se fueron a la selva, encantados por la otrora fábula de El Dorado (otrora aunque El Dorado sí existe y sigue existiendo en este hoy de despojos y abusos en territorio selvático venezolano por otros “welser” traídos por los traidores que han entregado la soberanía).

Así, vuelve don Germán Arciniegas:

…la selva se traga a los Welser y a sus factores. Los alemanes se defienden con fiereza en el Nuevo Mundo. Incendian las poblaciones de los indios, reducen a cada español deudor suyo…

Y mientras eso pasaba, retraído el tiempo, vuelto de revés, ido al pasado, aquella Anacaona se hace Macunaíma, donde Mário de Andrade seduce con su escritura y Haroldo de Campos celebra con su título epigramático “La narrativa ‘malandra’”:

Analizando nuestro pasado literario, el crítico Antonio Cândido, en un ensayo de 1970, Dialética da malandragem, consiguió identificar una tradición novelística de base popularesca y desacralizadora, a la que denominó la narrativa “malandra”. Su primera gran manifestación estaría en las Memorias de un sargento de milicias (1852-1853), de Manoel Antonio de Almeida. Ese “malandro” —prosigue el crítico— “sería elevado a la categoría de símbolo por Mário de Andrade en Macunaíma…”.

La cita continúa y aunque el lector piense que el texto tomado en préstamo no alude a los Welser, es preciso destacar que éstos, los alemanes, se comportaron, como los mismos españoles traídos de las cárceles y demás tugurios de España, como los malandros que eran.

Aclara Haroldo de Campos que “malandragem proviene de malandro, que en portugués sobrepasa el sentido de maligno, perverso y holgazán. Indica más precisamente a un avivado, a un zumbón, que sale a tambor batiente de cualquier atolladero. Resume la sutil intriga de la fourberie y la patrañera de un trickster”.

Es decir, el alemán que llegó a Coro pertenecía a esta clase de sujeto que se ha prolongado en el tiempo y destaca también en el poder político, sobre todo en el poder de los populistas que tienen en El Dorado —el del oro, el del petróleo y la droga— del presente su mejor manjar.

En el libro de Víctor Manuel Pinto no podía faltar la figura del tirano Lope de Aguirre, quien también soñaba con ese El Dorado, mientras navegaba por el Caribe o se hacía dueño del río Marañón, luego bautizado como Amazonas. Bien lo trabaja Arturo Uslar Pietri en su novela El camino de El Dorado, donde de alguna manera se proyecta el pasado en el presente desde ese monumento a la destrucción llamado “el arco minero”, que ha convertido a los indígenas en carne de esclavitud y muerte y contaminado ríos y selva, en un evento que amerita la intervención global de los defensores de la ecología, de la vida en la tierra. Estos nuevos “welser” cuentan con el apoyo de algunas potencias que han desarrollado todo un entramado de negocios parecidos a los que desarrollaban los primeros alemanes.

 

Este es un libro que no pierde vigencia porque la historia de América, la de Venezuela, no ha terminado de definir sus falsedades.

5

En todo texto donde se arrime la barca de la historiografía o de la ficción historiográfica, siempre hay un factor romántico. Desde la invención del Nuevo Mundo hasta su casi destrucción mágico-religiosa, América, la que habla español sobre todo, es sólo un sueño, un arrebato. La prosa y los versos que Víctor Manuel Pinto nos muestra en su extenso libro representan una instancia de esa jornada en la que se cruzan la realidad con la fantasía: no deja de ser un paisaje donde los mismos historiadores y cronistas se contradicen. Mientras Arciniegas y Herrera Luque hablan del lado oscuramente sospechoso de esa realidad, Isaac J. Pardo y Pedro Henríquez Ureña, entre otros, señalan el lado bondadoso e ingenuo de esa misma realidad humana de los ancestros. De allí entonces las leyendas negras y blancas de la América India.

Pinto nos hace viajar por el quebranto de esa realidad sospechosa, tan oscura como oscura es la realidad que hoy nos confronta. Este es un libro que no pierde vigencia porque la historia de América, la de Venezuela, no ha terminado de definir sus falsedades, sus obviedades, sus fiebres y masacres. Nuestro Nuevo Mundo es tan antiguo que nos hemos olvidado que somos un nuevo mundo envejecido. El lastre es demasiado pesado.

En Esta tierra de gracia, Isaac J. Pardo trabaja también la presencia de los Welser, pero desde el lado bonachón de algunos alemanes. Así, Juan Fernández de Ampíes, alias el Bueno, quien con su gente no podía lucir buenos atuendos, según estos versos:

Casaqueta de lienzo mal cortada, / Alpargate ligero para el suelo; / La vaina con que cubren la espada, / De cuero de venado con su pelo…

Mientras la miseria se cimbraba en el indígena: “…cuatro granos de maíz tostado / Con agua, sal y ají…”, pero lo llamaban “el Bueno”.

Más adelante en su libro Pardo destaca:

En las naves de los Belzares —así llamaron los españoles a los Welser— llegaron a Venezuela Felipe de Hutten, hijo del Burgomaestre de Königshoffer, Bartolomé Belzar, de la rica familia de banqueros, Damián del Barrio, veterano en la batalla de Pavía y del saco de Roma, Juan de Villegas, Pedro de San Martín, Sancho Briceño… Los noveles bien vestidos colonizadores se reían de los rotos y hambrientos fundadores de Coro. Los de Ampíes los miraban con sorna.

La historia es larga y tendenciosa, porque unos decían de bondades y otros de maldades.

Y así la queja por el dolor expresado por Juan de Castellanos:

Pues es bajeza, poquedad y mengua / Mandarnos gente de contraria lengua…

Pardo:

En memoria de estos acontecimientos (la horca, el degüello, el empalamiento, el hambre), posible poetización del rito de sacrificar mujeres jóvenes a las deidades acuáticas (por falta de agua en la zona), los caciques de Guatavita continuaron llevando ofrendas a la laguna en determinadas épocas del año…

Una imagen del pasado de Colón que se reflejaría en las iniquidades de los alemanes en Coro y en otras partes de aquella Venezuela.

Juan el Bueno, Juan el Malo… nombres y apelativos que se conjugaban con la vida y con la muerte. Caballeros de la Orden de Cristo se regocijaban “renegados con los infelices indios” y encima cometían terribles excesos “que hubo que salir huyendo de la provincia”.

 

6

Volvemos a “La ahorcada Anacaona”, como una conjuración, una maldición contra quienes la mancillaron, esta vez desde las páginas de Víctor Manuel Pinto:

Sus sueños los oprimirán cuando se juren despiertos. Serán nervios que los doblen en vómitos ácidos y amargos. Ansiedad llamarán a su diarrea de cobardes cuando las manos empuñen y suden temblando. Sus cabezas irán solas, amarradas al lazo del anhelo venéreo. Sus cuerpos colgarán con el peso al desamparo (…). Esa mácula impresa estomacalmente mal será la purga de sus cuerpos en lucha con la cabuya irreal de la mente; sus mentiras y toxinas. Así quedarán sus cabezas solas, amarradas para siempre al nudo del sueño.

Ese deseo, esa prosa dura, es parte del cierre, del final de quienes usurparon “la tierra prometida” y mataron a sus habitantes, quienes hoy son el reflejo de los de ayer: Anacaona sigue hablando desde su impudicia, desde su libertad, en la lengua de waraos, makiritares, piaroas, wayúus y demás etnias que en estos momentos son asesinadas por los nuevos welsares, por los Belzares que hablan varios idiomas y comercian con la sacralidad de los árboles y las riquezas que emergen del barro mercurial.

Y en ese mecanismo de la memoria, el loco Lope de Aguirre, el tirano, el llamado “príncipe de la libertad”, en la voz de su hija Elvira, a quien mató para que no fuese mancillado su nombre, quien en una ficción poemática estudia en la Unidad Educativa Lope de Aguirre y desarrolla, junto con el poeta Pedro Luis Hernández Bencomo, toda una historia en versos sueltos, resentidos como el mismo personaje que abusó del filo del cuchillo, de un terrible crimen contra su propia hija en el recuerdo de la historia, la fabulada y la contada con detalles documentados.

Los poemas se unen a la prosa: canta desde la niñez, desde la adolescencia, la vida en la escuela, el odio, el racismo, la burla, los paseos, la presencia de “Pedro”, quien no es otro que el autor de El árbol de milodas, Alector y Bethilde o Ki()nesis, muerto joven (1949-1988) pero que dejó obra fecunda en la poesía venezolana. Celebrado por Pinto, Pedro Luis es personaje en esta extensa travesía donde se une el pasado con el presente, el comienzo con un final abierto, el que nunca termina.

En los poemas, donde el país se estira y se recoge, aparece este verso: “Mi voz es una distorsión”, pero no tanto ella, la misma historia lo es.

 

¿Quién habla: el poema por él mismo, el poeta que lo escribe o un personaje extraviado en el tiempo?

7

La historia “patria” sigue con el fusilamiento de Piar. La carta de Bolívar del 5 de agosto de 1817 donde justifica esa muerte. Y un diálogo teatral donde Piar es el centro de la discusión entre Soublette, Bermúdez y el mismo Simón Bolívar.

Y para romper abruptamente con el pasado, aparece un texto del “poetica” Eduardo Sifontes. En reconocimiento a su nombre Pinto ganó un premio de poesía. Y así, el autor de Las conjuraciones y otros poemas, Señas y contraseñas y La poesía está en juego se asoma en una suerte de conjuro junto con Pedro Luis Hernández Bencomo, rescatado del olvido, y deja correr la cronología para dar paso a Quirón y Aquiles en un diálogo titulado “Bizarro, En la cumbre de los cementerios”, el vertedero de aquellas muertes que une los dolores, la memoria y los huesos de quienes ya pasaron al olvido. Para continuar el “relato”, Víctor Manuel Pinto se instala en su ciudad a través de “El Moro de Valencia”, y luego Otelo y Desdémona acuerdan otro diálogo con el título en inglés “To Put The Light Out” (Pinto se vale del idioma de Shakespeare en muchos intertítulos para desarrollar su trabajo).

Del nombre del país pisoteado queda el insulto: Venezuela que:

De Venecia tu nombre, mujerzuela, / Hoy cruje en mis tripas (…) Tú eras mi patria, tú eras mi causa / y ahora debo cortarte el aire / antes que tu celo atraiga a más perros, / nombres pajizos que lamen tu sangre.

Aquellos “perros del paraíso”, los mismos que Abel Posse usa como personajes para su novela, los que con apellidos germanos e hispanos hicieron de este territorio su meadero. Los mismos que hoy continúan el trabajo de expolio, de trajín explotador y criminal. Este hoy del siglo XXI, el mismo hoy de la llegada de los invasores del pasado remoto.

Yo parto el hierro del gran asesino,                          
la espada del terror para el tirano.
¡Yo vuelvo mi cara hacia el destino!

(…)

Mi patria, mi causa ya está muerta.

¿Quién habla: el poema por él mismo, el poeta que lo escribe o un personaje extraviado en el tiempo?

El tiempo no ha pasado: los teutones enarbolan otras banderas.

 

8

Rafael Urdaneta, Girardot… el mito de aquella muerte en San Mateo, desmentida por O’Leary, quien la refiere como un invento de Bolívar para elevar la moral de los patriotas. La leyenda, la épica. Un homenaje que ha sido sordera en la calamidad de esta historia interminable.

De nuevo en otro presente: 1902: el “Catálogo de Naves” para una nueva incursión de quienes eran los proveedores cuyas deudas no habían sido pagadas por otro desviado mental como Cipriano Castro, el compadre de Juan Vicente Gómez. Y el nombre de las naves alemanas, las del II Reich: Panther, Vineta, Stein, Moltke, Stoch, Falke, Gazelle, “adscritas a la Kaiserliche Marine”.

Estados Unidos, intervenciones, Filipinas, “The writer of Empire”, “La Cosiata”, “El canal no es de Panamá” y ahora sí es. Los siempre hombres del Reich.

La misma Venezuela, la mujer abierta de piernas, la Anacaona de oro y mene, la ofrecida por algunos de sus hijos como proveedora de riquezas a costa de la humillación. Poesía y prosa la descubren. Historia y ficción la desnudan.

La imagen de Pedro Camejo, el Negro Primero, muerto, tirado en medio de otros cadáveres, es la metáfora redonda de todo lo que se ha escrito y dicho durante muchos años.

Y así, podría ser, hasta el fin de los días.

 

9

Estas citas merecen ser traídas a estas líneas para corroborar que todo lo antes afirmado, que todo lo contenido en el libro de Víctor Manuel Pinto, ha sido un acierto y una osadía:

Una civilización empieza por el mito y se termina con la duda; duda teórica que, cuando la enfrenta a sí misma, se torna duda práctica. No sabría empezar poniendo en tela de juicio valores que aún no ha creado; una vez producidos, se cansa y se aparta de ellos, los examina y los pesa con una objetividad devastadora.

(E. M. Cioran: La caída en el tiempo).

Citado por Pérez Ariza:

La recomposición del pasado que opera la literatura es casi siempre falaz juzgada en términos de objetividad histórica. La verdad literaria es una y otra la verdad histórica. Pero, aunque esté repleta de mentiras —o, más bien, por ello mismo—, la literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar.

(Mario Vargas Llosa: La verdad de las mentiras).

 

Welserland fue tierra de oportunidades funestas para quienes llegaron y se sumaron al crimen ya cometido por los primeros en llegar en aquellas barcazas famosas.

10

Este libro de Víctor Manuel Pinto, una mezcla de búsquedas, de encuentros, se sustenta en investigaciones de carácter histórico, ya señalado en líneas anteriores. El libro es un objeto, en su caso, de arte: su diseño, la tipografía clásica gótica (que a veces dificulta la lectura de los títulos) merece un reconocimiento por su calidad gráfica y por la destreza de su escritura.

Libro para lectores sin prisa. Es un libro que surgió —especulo— por la necesidad de revisar un territorio que existió en medio de la avalancha de aventureros que hicieron de él mercado de crímenes. Un holocausto. Una vez convertido en país, en nación, siguió su rumbo quebrantado, quebrantable, sumido en la ambición de muchos de sus hijos, quienes hasta ahora siguen siendo los mismos hijos de aquellos piratas, corsarios y malandraje que hoy vitupera y mancilla el nombre de sus verdaderos libertadores.

Welserland fue tierra de oportunidades funestas para quienes llegaron y se sumaron al crimen ya cometido por los primeros en llegar en aquellas barcazas famosas. Hoy, para continuar con la tradición, es tierra arrasada. Los apellidos de aquella antigua época resuenan en las minas de oro, en El Dorado de hoy, en las matanzas de aborígenes de hoy en las invasiones de potencias de hoy. Nada ha cambiado. Seguimos siendo tierra de extranjería abusiva con la venia de quienes se dicen los defensores de la patria, los sustentadores del poder, los Belzares del siglo XXI.

 

Bibliografía citada

  • Arciniegas, Germán: Biografía del Caribe. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina, 1963.
  • Cioran, E. M.: La caída en el tiempo. Editorial Laia/Monte Ávila Editores. Barcelona, España, 1988.
  • De Andrade, Mário. Macunaíma. Seix Barral, Biblioteca Breve. Barcelona, España, 1977.
  • Fuentes, Carlos. El espejo enterrado. Santillana Ediciones Generales/Taurus Bolsillo. México, DF, 1998.
  • González León, Adriano. El libro de las escrituras. Con serigrafías de Marco Miliani. Caracas, 1992.
  • Guayke, Chevige. Antología de narratistas orientales. Coediciones Fondo Editorial del Caribe/Consejo Nacional de la Cultura/Colección El Osario de Dios. Anzoátegui, Venezuela, 1994.
  • Henríquez Ureña, Pedro. La utopía de América. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1978.
  • Hernández Bencomo, Pedro Luis. Obra poética (1976-1989). Fondo Editorial Arturo Cardozo/Gobernación de Trujillo/Coordinación de Cultura. Colección de Poesía. Trujillo, 2005.
  • Herrera Luque, Francisco. Los viajeros de Indias. Editorial Pomaire. Caracas, 1991.
  • Pardo, Isaac J. Esta tierra de gracia. Colección Tiempo de Venezuela. Monte Ávila Editores. Caracas, 1986.
    . Juan de Castellanos (1522-1607). Ediciones de la Fundación Eugenio Mendoza. Biblioteca popular. Colección de Biografías Nº 34. Caracas, 1959.
  • Posse, Abel. Los perros del paraíso. Monte Ávila Editores. Caracas, 1987.
  • Uslar Pietri, Arturo. El camino de El Dorado. Editorial Losada. Biblioteca Clásica y Contemporánea. Buenos Aires, Argentina, 1967.
  • Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras. Seix Barral, Biblioteca Breve. Bogotá, Colombia, 1990.
Alberto Hernández
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