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Javier Marías y las muertes suyas

lunes 19 de septiembre de 2022
Javier Marías
Javier Marías murió en Madrid el 11 de septiembre de 2022.

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La muerte estaba —o está— en las primeras líneas de Mañana en la batalla piensa en mí. Es una muerte compartida porque se cuenta desde la tragedia de quien carga con un cuerpo y desarrolla historias colaterales que mueven la anatomía de toda esta novela de Javier Marías, quien acaba de morir luego de una larga espera en un hospital madrileño, atacado por una neumonía.

El lector sabrá ver, desde 1994, la muerte de quien ahora sí se ha marchado, porque aunque no se trataba de su muerte, la de aquel año cuando apareció la primera edición de su novela, experimenta como narrador la muerte ajena en la suya de hoy.

Las líneas que escribió Javier Marías para abrirle la puerta a esta historia contienen algunos detalles que tienen que ver con la muerte de cualquier persona. Un ataque cerebral mientras duerme. Un infarto frente al mar. Un dolor mientras se copula. Un deslizamiento de tierra durante una pesadilla.

En este caso, muere una mujer en una cama con un hombre que luego desarrolla la historia, la tupida historia de una muerte que pudo haber sido la de cualquiera, pero que ahora, hoy, cuando Marías está muerto, el lector siente y llega a creer que es la muerte anticipada del novelista español.

 

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Las primeras líneas dicen:

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros.

Javier Marías murió en estado de coma. Murió solo, aun cuando haya habido alguien cerca de él. Murió “en el momento más inadecuado”.

Y sigue:

Muchas veces se ocultan los hechos o las circunstancias: a los vivos y al que se muere —si tiene tiempo de darse cuenta— les avergüenza a menudo la forma de la muerte posible y sus apariencias, también la causa. Una indigestión de marisco, un cigarrillo encendido al entrar en el sueño que prende las sábanas, o aún peor, la lana de una manta; un resbalón en la ducha —la nuca— y el pestillo echado del cuarto de baño, un rayo que parte un árbol en una gran avenida y ese árbol que al caer aplasta o siega la cabeza de un transeúnte, quizá un extranjero; morir en calcetines, o en la peluquería con un gran babero, en un prostíbulo o en el dentista (…).

La enumeración se puede concentrar en el ahogo provocado por los pulmones enfermos. O por un disparo en medio de una fiesta matrimonial. O durante las exequias de un amigo.

Javier Marías murió en silencio, con los ojos cerrados. Intubado, seguramente. Forrado de sábanas para evitar que el frío lo afectara mucho más. El novelista de Los dominios del lobo supo de las estepas del silencio cuando despertó ya fallecido en medio del silencio de la nada.

 

3

Javier Marías sigue contando la muerte:

(…) o comiendo pescado y atravesado por una espina, morir atragantado como los niños cuya madre no está para meterles un dedo y salvarlos; morir a medio afeitar, con una mejilla llena de espuma y la barba ya desigual hasta el fin de los tiempos si nadie repara en ello y por piedad estética termina el trabajo; por no mencionar los momentos más innobles de la existencia, los más recónditos, de los que nunca se habla fuera de la adolescencia porque fuera de ella no hay pretexto, aunque también hay quienes los airean por hacer una gracia que jamás tiene gracia. Pero esa es una muerte horrible, se dice de algunas muertes; pero esa es una muerte ridícula, se dice también, entre carcajadas (…).

Y la risa, los chistes, el café o el chocolate mueven al mesero o a algún pariente a repartir con una mueca con toda la muerte familiar encima. Esa alegría que la muerte procura no es más que el miedo a la muerte propia, como vino la del que está allí, en una caja, silencioso, despreocupado por el pago del condominio o por el de las facturas todas que cada mes atiborran la vida de preocupaciones, por lo que significa la rutina, la carga de un presupuesto que ya no será un dolor cotidiano.

Y sigue la voz del narrador que Javier Marías usa para trabajar su historia:

Las carcajadas vienen porque se habla de un enemigo por fin extinto o de alguien remoto, alguien que nos hizo afrenta o que habita en el pasado desde hace mucho, un emperador romano, un tatarabuelo, o bien alguien poderoso en cuya muerte grotesca se ve sólo la justicia aún vital, aún humana, que en el fondo desearíamos para todo el mundo, incluidos nosotros.

¿Se celebra la muerte? Sí, la de quien vivió como enemigo, como enemigo de la vida.

 

4

El narrador que vivió en el fondo de Javier Marías, entre el oleaje de sus personajes, continúa relatando, diciendo de ese otro personaje que no es bienvenido, aun cuando el suicidio haya sido la salida.

Cómo me alegro de esa muerte, cómo la lamento, cómo la celebro. A veces basta para la hilaridad que el muerto sea alguien desconocido, de cuya desgracia inevitablemente risible leemos en los periódicos, pobrecillo, se dice entre risas, la muerte como representación o como espectáculo del que se da noticia, las historias todas que se cuentan o leen o escuchan percibidas como teatro, hay siempre un grado de irrealidad en aquello de lo que nos enteran, como si nada pasara nunca del todo, ni siquiera lo que nos pasa y no olvidamos. Ni siquiera lo que no olvidamos.

Y entonces todo se cierra con estas líneas desde la muerte de Javier Marías. Su muerte podría ser parte de estas líneas, como la muerte de todos, de cualquiera.

La muerte en la novela, la de Marta Téllez mientras dormía con Víctor Francés, ha sido la de muchos.

La historia continúa con los vivos, con los que leen el libro y entienden que vivir es tan real como la muerte, ese personaje de novela que no sabe guardar silencio.

Alberto Hernández
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