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El 3 de febrero de 1996 recibí de manos de Elizabeth Schön (1921-2007) el libro, su libro, Campo de resurrección, publicado por Ediciones Textos en la colección Plural (Caracas, 1994). Recuerdo la mirada, la sonrisa de quien con sus palabras supo revelarse como una bella persona y una excelente escritora. También recuerdo la mano que me entregó el poemario. La ternura y la belleza de quien es la autora de un libro que lleva en su interior la niña que siempre fue esta poeta venezolana, apreciada y respetada por el mundo cultural venezolano.
En el prólogo, Juan José Miñonis expresa: “Campo de resurrección pudo partir de unos versos de Árbol del oscuro acercamiento: ‘Como moneda fija contra el sol (...) Para el altamar de los sueños / y las bandas repentinas del azar’. Ya que pocos o muchos saben de memoria que todo nacimiento es un ‘Esplendor que no desaparece / ni en el fulgor / de lo que escapándose quisiéramos retener’”.
Pues, el prologuista cita esos versos como para demostrar lo antes expuesto por quien calza esta nota. De modo que podría tratarse de la continuación de un sueño, de una imagen, de un proyecto poético que alcanza su vigor con el título que hoy tratamos.
La poesía de Elizabeth Schön siempre ha sido esencialmente reflexiva, filosófica. Esta vez el nacimiento, la llegada, el salir al mundo, el haber dejado de ser lo que no había sido para establecerse en el ser que se es. O se será. Una suerte de circularidad, una puesta en escena de una elipsis en la que se insiste en el arribo desde un espacio donde se estuvo sin conciencia. Luego, la vida, el tránsito. Después, la muerte, ese otro viaje hacia la resurrección, hacia la nueva vida, hacia el campo abierto de la eternidad. El ser supremo, el ser absoluto, la nada resuelta, viva, establecida en el cosmos silencioso.

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Dejo a la buena de los lectores una breve selección de estos poemas de la poeta que muchas veces fue para mí una palabra honda y una sonrisa para elevarse:
Para el que nace
no existe lo largo de la espera
y menos sospecha de la envidia
al besar el semblante otro
y codiciar los cedazos de nubes
blancas, gordas
pasajeras
que atraviesan la hora puntual
de los nacientes rostros
Para el que nace
hay abertura
y lejano comienzo próximo
Lo oscuro lo siente
al lanzar su primer llanto de dolor.
Nació como si siempre
hubiera permanecido con nosotros
junto al grifo y a la lámpara
junto a la leche y al ventanal
y jamás el vacío le hubiera rondado
con sus aros de lugares mudos
tal vez brillantes
que apuntalan la casa suya
intocable aun para su tacto.
Retorna el miedo a sus pupilas
si una mano áspera
brusca
le sacude el hombro
hasta ese instante
sin la herida de la pedrada ajena
ésa
que al desahogar el desamparo
combate por la claridad urgente de las semillas.
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