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El festín de los muertos, de Víctor Guédez García

lunes 5 de agosto de 2024
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Víctor Guédez
En El festín de los muertos, de Víctor Guédez García, hay un todo que comienza en el nacimiento, y de allí en adelante la vida, esa cortedad, hasta el infinito que es la muerte.

La vida es breve. La muerte, infinita. Aunque eso se sabe a medias: la vida es corta, pero la muerte, tan misteriosa, es probable que aún viva en el reposo exigente de quienes aún vivos se crean eternos o en aquellos sujetos que estando muertos sean capaces de retornar a sus oficios. Tentación literaria, sí. Ficción decirlo, pero ficción al fin solemos creer que la muerte es un largo trecho silencioso, onírico, relajado, despejado de preocupaciones, para quienes no creen en paraísos o infiernos, pero para quienes sí, entonces la muerte tiene o tendrá dos caminos, pero no la muerte, el muerto, el que habrá de festejar su eternidad o el que habrá de sufrirla.

Y como la vida es breve, Onetti dixit, digamos que se escribe brevemente, cortamente, para demostrar que la muerte es larga. O nada, para sólo teorizar o dejar sentado que somos porfiadamente tozudos: sí, vivimos brevemente, pero aspiramos a morir sólo un ratico. Cosa de emisarios de los dioses. O de quienes también se adjudican el poder de hacernos eternos cuando pasamos el umbral de la conciencia, de haber estado vivos.

¿Hasta dónde es posible saber que los muertos festejan, bailan? Los esqueletos mexicanos, los de la tradición de aquella malhadada revolución (como todas), danzan con sus cartucheras, sus balas y sombreros, ellos, los muertos, plenos de huesos y canciones.

“El festín de los muertos”, de Víctor Guédez García
El festín de los muertos, de Víctor Guédez García (Fundarte, 1981).

En este libro hay un todo que comienza en el nacimiento, y de allí en adelante la vida, esa cortedad, hasta el infinito que es la muerte. Lo leemos y nos abismamos. Vale.

En efecto, dividido en varias estancias, a saber: “Nacimiento”, “Familia”, “Paseos”, “Ciencia”, “Bebidas” y “Muerte”, el lector podrá enterarse de su paso por la vida, trazada por cada paso dado, por cada tranco adelantado: la existencia, tan breve, revelada en estas páginas a través de unos relatos en los que la imaginación del autor se desborda y la del lector se transforma.

Para darle gusto a quien tome este libro en sus manos, unos ejemplos, los más cortos, para abreviarle la muerte a quien se acerque a estos cuentos:

El principio del dolor

Adán contempló el nacimiento de Eva. A medida que ella se iba formando, él sentía un dolor en un costado y un cosquilleo por todo el cuerpo, que lo hacía pensar: “No ha terminado de nacer y ya su amor me produce dolor”.

 

El pozo

En su familia eran unos doce y no conocían los pozos sépticos, hasta que comenzaron los vecinos a construirlos. Buscaron al señor Pedro y en seis días hizo un hueco de tres metros de profundidad.

Durante ese tiempo, nadie había evacuado esperando el trabajo. Al estar listo, al señor Pedro no le dio tiempo de salir y murió ahogado por un baño de excrementos.

 

Biografía

Inició su historia. Describió la niñez como hubiera querido que fuese. Igual la adolescencia; y su juventud llena de noviazgos que nunca existieron.

Al terminar, era tal la cantidad de falsedades descritas que creyó todo eso y durmió contento por primera vez en su vida.

 

Escaleras mecánicas

Se montó en la escalera mecánica y vio para arriba: “Tan lejos que se ve la punta”. Al llegar al final no dio el saltico de siempre y quedó contemplando la parte oscura de la escalera y dando vueltas y la gente pisándolo sin darse cuenta.

 

Fusilamiento

Frente al pelotón de fusilamiento, observó seis agujeros que lo apuntaban; sintió seis detonaciones al unísono, cayó, luego despertó y vio seis soldados en el suelo con los pechos bañados de sangre.

Alberto Hernández
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