
“Me siento viejo. Decaído. Ayer tuve la certidumbre y hoy me pongo a contarlo. Saberse viejo no es fácil. Sobre todo, porque nunca quiere saberse...”.
Adriano González León, Viejo.
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El relato del retiro, el del jubilado, el de la edad brumosa, el que se ambienta para tratar de descifrar el suspenso entre lo que quedó atrás y lo que se imagina, lo que se muestra como una verdad y es sólo un espejismo, un reflejo de lo que olvidaremos, de lo que no ocurrió y se mostró como una realidad desde la ventana del altillo de una casa recién habitada, espacio destinado a un sexagenario que fisgonea e inventa —desde su decadencia— otro mundo, el de unos vecinos que invaden su cordura y al final lo descubren como un sujeto que ha ambulado por el mundo y ha regresado a su pueblo a vivir el resto de su vida.
Piero de Vicari nos entrega una novela que mantiene al lector en permanente suspenso, en una suerte de cuerda floja, toda vez que los personajes que el viejo ojea desde su atalaya son producto de un fantasmal imaginario que perturba al saberse que son parte de la materia prima de los impulsos que la soledad ha logrado acumular en el personaje, en este solitario personaje que vive en un encierro en el cual habita con sus recuerdos, con los retratos de sus perdidos amores, de los que se vale para establecer un monólogo/diálogo con la mirada de la que fue su esposa. Ya viudo, con un hijo en otra lejanía, el hombre relata su autonomía, su propensión a crear, sin darse cuenta, su otro relato: el de unos vecinos que él oye y ve, pero que no existen. Fantasmas de su curiosidad, de su circunstancia: desaparecidos hace muchos años, esos vecinos siguen siendo en el mundo casi agotado del hombre de 67 años.

2
Compuesta por catorce relatos que se enhebran y se convierten en una novela, Vecinos es un espacio en el que la escritura es el mismo relato, toda vez que el escritor hace de su oficio una artesanía en la que prevalece una estética de la claridad, una lectura que guía las aspiraciones del lector hacia la belleza de la misma escritura: la novela, además, es un panorama que se va revelando en la medida en que el protagonista se descubre a través de su propia ilusión.
Trashumante, el personaje ha conocido varias geografías. Su trabajo como ingeniero se lo exigía. Vuelve a la ciudad donde nació y se convierte en un desconocido, en un solitario. Un solo amigo, suerte de referencia. Y sus fantasmas del pasado.
Por eso,
Uno no sabe hasta dónde lo sostienen los recuerdos.
Su compañía más cercana, la fotografía de Carmen, quien desde el portarretrato lo mira y él traduce esa mirada, la que convierte en palabras, en un diálogo a veces sonoro, a veces silencioso, otras veces en voz alta.
Y luego, las apariciones, los personajes que se le aparecen en la casa de enfrente, de donde viene un grito, una parejita de niños pegados al vidrio de la ventana, el abuso del hombre a quien el viejo bautiza como César y a la mujer maltratada como María. También los niños reciben sus nombres. Y el conflicto basado en un infierno creado por César contra María.
La vejez es casi un tormento. Una decaída. Y así, sin descanso, como un mirón, descubre escenas que lo perturban y hasta imagina o sueña denunciar el abuso en la policía. Pero nada, es sólo un sueño, otro relato.
Y siempre soñaba con gatos.
3
Esta novela corta de Piero de Vicari se puede leer a partir del último capítulo, a la inversa, y se siente el mismo rigor, el mismo tono, el mismo ambiente cargado de tensión provocada por la ilusión o la imaginación aleatoria del viejo, cuyo hijo, Lorenzo, habrá de llegar con su prometida, luego de varios años de no verse.
En la avenida Arenales 2345 el mundo es real e imaginario. El mundo de este personaje termina con la demolición de la casa donde desde hace muchos años nadie la ocupó, donde se asomaban y oían los fantasmas que un hombre ya cansado de la rutina de vivir creó desde el recuadro de una ventanilla.
La voces humanas, los cálculos de la imaginación, los del desvarío, siguen la ruta de la edad, la de la soledad, la del silencio.
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