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Quinto libro, de Francisco Catalano

lunes 29 de septiembre de 2025
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Francisco Catalano
La poesía de este libro de Catalano se mueve porque es un viaje físico, mental, un tránsito de un lugar a otro, de un estadio psicológico a otro.
“...y es exagerado que esta sea la ciudad más cara del mundo, la más bullosa, la más sucia y la más jodida del mundo, pero es verdad que parece un descarrilamiento, una catástrofe, una cabeza alborotada (...); fácil de imitar, tan diferente a la despedazada sintaxis urbana que me he acostumbrado a leer sin desconcierto”.
Salvador Garmendia: “Impresiones de viaje”.
“El colmo del espacio siempre está en la mirada”.
Roberto Juarroz: Poesía vertical.

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Una línea de lectura en la que la respiración habla, hila la vida personal y colectiva de un país movido de su tiempo futuro y convertido en pasado. Un resuello sin descanso, atajado por dos puntos que se enlazan o encadenan con todas las imágenes e ideas que emergen de la realidad del poeta Francisco Catalano, su realidad, la realidad del otro, nuestra realidad, la de un país cuyo mapa se mueve y se arruga.

Poemas intercalados con aforismos que enriquecen —desde la perspectiva de quien se hunde en la espesura de este libro— y transforman al lector en un viajero a través de un universo de palabras, épica de quien se sabe sometido por las distintas voces que aquí se pronuncian desde ellas mismas, sin dejar de ser eco de quien las escribe.

Este Quinto libro de Catalano nos encierra en el caos, en medio de una multitud de frases u oraciones reclamatorias, avizoras, duras, vertebradas mediante el uso de una prosa cortante, sin reposo hasta la última línea de esta pieza poética cuya razón está en decir de un país otro, de un yo otro que se conjuga con él mismo.

No se trata de un poemario donde se aviste o se lea el verso. Es un solo grito, un solo instante que conmueve por la muestra de todo, de un todo vibrante, vivo, elocuente y callejero, porque es la ciudad hecha palabras, calle, vocinglería, silencio que no cesa mientras el ruido alcanza su poder.

Aquí no hay un instante en que quien lea se sienta cómodo. Es un libro para incomodar esa realidad que oprime, que deslava el tiempo, aquel que una vez fue presente y hoy es la remota posibilidad de alcanzar otra realidad, otro momento.

Escritura en bloque de imágenes convertidas en la tesitura de una declaración contra los sentidos que no reaccionan, contra la imaginación vacía, la que se desvive por la fantasía o la magia de las palabras sin asidero. Esta escritura aturde: es su propósito, dejar al lector invadido por pensamientos, indagaciones, preguntas, envuelto por sus propias sinrazones.

Confieso que no conozco los libros anteriores de Catalano, pero si son como este se conduce por un camino coherente, pleno de un proyecto que consagrará su motivación poética.

Leerlo significa ir más allá del yo mesurado: aquí todos los yos son toda la confluencia civil de un país que hasta ahora no ha tenido respiro, tanto como los textos que aquí leemos, incansable metáfora, desmesurada representación que nos habita.

Su sintaxis nos convoca a la premura por romper con el tiempo. Cada oración, cada frase y cada dos puntos nos someten a sostenernos sobre una volátil extensión de lo inmediato.

 

“Quinto libro”, de Francisco Catalano
Quinto libro, de Francisco Catalano (El Taller Blanco, 2025). Disponible en la web de la editorial

2

Y como comienza: es la ciudad, el caos urbano, el hormiguero de una colectividad en la que destaca como poema violento, arraigado al desarraigo. Caracas, molestia y alegría. Calles y suburbios donde se calla para no perder el curso de la existencia. Caracas, una definición plural, atómica a la vez. Mapa, trazos viejos, trazos nuevos, percepciones y sentidos despiertos gracias al acento que nos une, que nos hace uno.

Desde este inicio: “No hay quinto malo”, se intuye que habla de su esfuerzo por escribir el Quinto libro que hoy comentamos. El poema se vierte completo como un viaje desde la ciudad capital hasta el presente del poeta, habitante de otra ciudad para él lejana en la mirada. Caracas, desde la visión del pasado reciente, santuario del miedo, de las pérdidas, de las ausencias, del dolor. La otra Caracas, la de la música, la del romántico recitado y cantado, la del maloliente río, cloaca que recorre las costillas de sus hijos. Esta es una poética de la aflicción y la rabia. Así, el poema duele, muerde desde la ciudad disfrazada, vigilada, conculcada. El poema es también esa mirada que el poeta dedica a escritores y grupos literarios como José Ignacio Cabrujas, Guillermo Meneses, Tráfico, El Techo de la Ballena, la República del Este, pero también la cantada por Enrique Bernardo Núñez, la Caracas de los techos rojos. La Caracas que él se ha llevado y no deja de recordar. El poema es pensamiento, destreza del espíritu.

 

3

La segunda parte del libro: “Mi patria no es sólo una casa, es una canción”, seguida por esta expresión aforística: “El infierno es relativo, pero a otro infierno”. El mismo tono del bloque anterior: el caos de las lenguas. Los dos puntos como revelación de un contenido que se abre como un manantial de ideas. Un golpe, un disparo, un poema sin voz, un poema invisible.

No hay descanso, en el tercer poema: “Subrayar un texto es besarlo” y se larga con varios aforismos: “Ser humano es sacar toda la nada”, y al decir que el libro es un solo poema es preciso recalcar que se trata de un tránsito espaciotemporal toda vez que el autor se mueve entre su ciudad, su patria y ese todo lejano que significa ser parte de la diáspora, del haberse ido por todo lo cantado en estas líneas.

Cada bloque, una vez más, se abre con varios aforismos, decires, máximas, citas personales, confesiones. De esta manera, el dibujo de la miseria usada como propósito de poder devela una realidad que multiplica esta voz: la epopeya de los significados. La identidad de quien la sostiene con palabras. Esta es la parte titulada “Intentar funcionar ya es funcionar”. Y posteriormente, “¡Subestimo tanto mi pobreza!”, ese yo explícito que es el yo plural ya destacado.

Dice: “Una nada, en el medio, divide”, y “Unidos somos lo que separa”, donde el autor se tensa y, como escribe Miguel Casado: “La tensión es un estado de los elementos, una inminencia, continuo movimiento sobre sí mismo detenido; en una escritura gobernada por esa ley, cuando el propósito no cuenta, todo movimiento es indistinto de otro”. Y, en efecto, la poesía de este libro de Catalano se mueve y se detiene. Se mueve porque es un viaje físico, mental, un tránsito de un lugar a otro, de un estadio psicológico a otro. De modo que cada desplazamiento es diferente al anterior. Caracas, aquella ciudad dejada atrás, siempre en movimiento, hoy detenida en el poema. Y después, ese “dirigirse a” forma parte de un divagar que hace del poema un reclamo.

La lengua suelta del texto dice el país, sus rasgaduras: es un monólogo convulso donde se agita una geografía ruidosa, pero donde el silencio es una herida.

Por eso, desde su él, el yo de ese plural ya expresado, dice: “La paz es el mejor esfuerzo, no la ausencia de esfuerzo”, de lo que se desprende el sentido identitario, la patria que permitió el éxodo, esa suma de viajes, de un viaje permanente en la memoria. La misma tentación por clamar: el fraseo de las pérdidas y encuentros con la memoria. Esa “Primera noche solo”, lejos de casa, ese extenso compartir entre dos puntos, la trashumancia de una voz que no tiene fin, como podría no tenerlo el poema.

El texto como la casa, ¿cuál casa? La dejada atrás entre tantas imágenes, y así “sangre sin casa”, y una metáfora que contradice la misma memoria: “oasis de luz en plena guerra”, suerte de oxímoron, de verdad que se desmiente o desmentido en la verdad. Ese caos que nos constriñe. El país expoliado dentro de la casa, el eco de un niño.

Y entonces, “Un poeta es sólo un tipo con lápiz”, como haciendo ver la poca realidad poética del mundo, de su mundo poco iluminado, sin ojo, de retina borrosa, de mácula escindida. Por eso “mi palabra hace / plop”. Y sin dejar de asomar la mirada, de repasar las llagas ya denunciadas, “bienvenidos al tercer milenio”.

Más aforismos: “Escribir es una batalla que se gana declarando la batalla” o “Ya es tarde para el poema patriótico, pero muy temprano para uno sin patria”.

No deja de mirar la ciudad natal desde una ventana coloreada: “Este libro es un Cabré”, el cerro, el Ávila del pintor de aquel pasado escondido en la memoria rural donde había una familia, la que se olvida y la que se recuerda en pleno presente desde lejos, desde el niño que se fue un día.

Sin solución de continuidad, las imágenes abundosas, vertidas desde la acumulación de versos conversacionales, nos hacen leer: “eres tu lectura mas no tu lector” y pronuncia con dureza: “Mis tumbas, a veces, cantan”.

Este es el poema de un presente iluso, en el que “el infinito es mito y luego leyenda para ser historia y así película...”. El poema del “cielo sin dioses en la cúpula...”, forjado desde el ámbito político, como todo libro que se precie de lectura civil y colectiva.

El personaje de este extenso poema es un sobreviviente del caos: un largo responso, un pleonasmo agitado, una metáfora cuyas nervaduras apuntan hacia todos los sentidos, una estructura donde un hablante se descarga.

 

4

Mi yo, caotizado, arriba a una “Nota al lector” que el poeta Catalano deja como testimonio, a propósito del último texto: “Los siguientes poemas que muestran la hiperinflación que vivió Venezuela durante los años 2018 a 2019 fueron tomados en forma colectiva desde las redes sociales con la libre colaboración de venezolanos anónimos...”.

Una larga lista de precios de alimentos e insumos conforma el poema. La denuncia, el poema como desahogo cierra: “Perdón: este poema se ha pulverizado”.

Podríamos afirmar que todo el libro fue construido por miles de voces que concurrieron para decir de este Libro quinto, publicado por El Taller Blanco Ediciones en su colección Voz Aislada (Cali, Colombia, 2025), dirigida por los escritores Néstor Mendoza y Geraudí González Olivares.

Alberto Hernández
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