
Mi padre se sienta a la mesa
a leer el futuro de los periódicos,
un domingo, medio dormido
en medio de una frase:
“En Filipinas exigen castigo...”.
Los países son horóscopos
(...)
Sólo me quedan el lenguaje y los muebles de la sala
que atraen la luz de la persiana y jalan lentamente la tarde.
Rubén Darío Carrero
1
Un hombre detiene la mirada en la montaña. Vira el rostro hacia su derecha y se tropieza con un grupo de edificios amarillos. En ese momento se da cuenta de que el cielo existe, que apoyado en una ventana sabe que esa tupida montaña es también parte de él. Ese hombre se sigue llamando Julio Carrero Franchez. Después, otro hombre, más joven, apoyado en la ya nombrada ventana, hunde los ojos en la espesura de ese cerro verde por donde pasan los pájaros que vienen de la costa y pasan sobre la comarca visible. Ese joven tiene en la montaña y en sus calles la misma mirada de aquel Julio Carrero Franchez que sigue siendo su padre, el poeta, el lector de periódicos, el revelador de milagros escritos. Y el joven, ese hijo que ahora es también poeta, asomado desde el cuarto piso, con la misma postura del padre, resume parte de su ser en un poemario en el que los que hemos sido testigos de su escritura nos sentimos incluidos en ambas miradas, en la del padre y en la del hijo.
Rubén Darío Carrero ha escrito el poemario El alumno de la ventana, a través del cual recoge el pasado y lo convierte en presente. Revisa su propia existencia como si se tratara de un reflejo de quien lo antecedió, de quien lo acercó a las palabras, de quien lo arrimó al fogón de las ideas capaces de transformar el mundo.
La montaña que tiene frente a sus ojos se mueve, lo interroga, por esa razón habla, por eso “es el comienzo del asombro”, ese que no termina de alejarse, que sigue siendo esa mirada, esas miradas, esa metáfora del tiempo, esa incuestionable tentación que la naturaleza viva convierte en objetivo, en pensamiento, en reflexión, en la búsqueda ansiosa mediante el recuerdo de la belleza.

“Imaginación: soledad”, desde estas dos palabras desemboca quien ha sido el continuador de esa mirada, de ese estar atento a los movimientos y colores que la montaña le entrega a cualquier hora, mientras los pájaros cruzan el cielo y se pierden hacia el gran lago. Nuestro autor se hace de la belleza mediante el encierro, lo atrapa, lo apresa también a través de los objetos que lo habitan, que han sido humanizados en sus versos mediante el acontecer de sus propios afanes caseros.
El aprendiz, el alumno, el que a diario es revelado por la luz del día mientras la copa de los árboles transmite un lenguaje que él mismo convierte en palabras, es el mismo de aquel primero que leía en los diarios el acontecer lejano de la ironía. Ahora, mientras las hojas de El alumno de la ventana hablan, reflexionan, Rubén Darío Carrero es interpretado por su propia existencia.
La ciudad, también encierro, también calle, también paciencia para pasear el cuerpo mientras el espíritu piensa y se abre a las palabras, es la dueña de un caos que no termina de ser borrado desde la ventana, pese a que ésta, pues, desde su altura, es un símil de la libertad.
Carrero se confiesa: “Escribo sobre lo que veo e intento volver a vivir / lo que por alguna razón ya nadie quiere vivir / y me va quedando, lentamente, un antes y un después, que a veces, tampoco, se entiende”.
Publicado por Dcir Ediciones en agosto de 2025, este poemario de Rubén Darío Carrero respalda la opinión que se ha tenido de sus anteriores libros, Algo le pasa al tiempo y Otro futuro o nada, en los que cada texto, cada tentación verbal, nos conduce al destino, cierto o incierto, de quienes han sido observados luego a través de esa ventana, imaginándolos como paseantes de las horas en la más absoluta soledad.
2
Este libro contiene veinticinco textos donde el autor hace un recorrido desde —como ya he afirmado— el recuadro de la ventana de su apartamento, donde conversa con los muebles, los objetos todos, pero más con los libros que ha heredado de su padre y los que él ha ido adquiriendo con el tiempo.
Los títulos sugieren un universo de experiencias movidas por la soledad, por esos soliloquios que lo llevan a veces a establecerse en la calle Vargas, mientras la tierra gira alocadamente. Todos los poemas: “Comienzo, medio y final”, “Recordar con belleza”, “La paciencia del cuerpo”, “El sueño del niño”, “El encierro”, “Detalles del caos”, “Bueno para nada”, “El aviador y el cielo”, “Las cosas”, “El pensamiento”, “La fuerza visible del apartamento”, “Astrología casera”, “Dios y lo invisible (o una poética del apartamento)”, “Lo íntimo es el agua”, “Las palabras y el cuaderno”, “La música del vecino”, “El fotógrafo del bautizo”, “La película”, “Versos”, “El reino de la superficie”, “La vida y las imágenes”, “Celajes en la bahía de Cata (1991)”, “Un país sin leyes”, “Aunque la realidad sea otra” y “El alumno de la ventana”, todos, todos ellos se afirman en el hecho de que la mirada es un saber permanente. Desde esa ventana Rubén Darío Carrero filosofa, pero también el poeta ha sido invadido por una realidad envolvente, fraguada por el silencio y el eco del pasado convertido en un nuevo presente, en un presente permanente que desde una ventana se posa sobre la montaña, sobre los árboles, sobre los edificios y sobre el ánima del hombre que ya no está pero sigue siendo el otro, el otro que mira el mismo paisaje, razón por la cual los temas tratados en estas páginas convergen en ser idea, con la de mirar y pensar, pensar y decirse eco. Con el pensar profundo de la cotidianidad que también es tema recurrente, tanto en el interior de la habitación como en la calle desde donde arbitran todos los fantasmas que habitan la casa, que hacen que las cosas se humanicen mientras su habitante les habla.
En el pórtico de este libro el escritor colombiano Alejandro Cortés González escribe “sobre la condición del individuo en un mundo que parece estar en perpetua tensión entre lo cotidiano y lo trascendental...” y, en efecto, Carrero mueve su pensamiento en esos dos ámbitos como una demostración de que el mundo, su mundo, podría resumirse a un espacio mientras la naturaleza y sus cosas, los seres humanos y lo urbano, se ciñen a sus propias revelaciones. Carrero hace de su casa, de su apartamento, un encierro verbal que se extiende con este libro, que se hace público y revela su manera de respirar, su existir diario o nocturno, la vida vecinal, su diálogo con los autores de algunos de los libros que lo rodean. Por esa razón, Cortés González afirma: “La realidad para Rubén Darío Carrero no es un mero hecho objetivo, sino una experiencia subjetiva y construida”.
3
De hecho, para sostener lo anterior, el autor deja estos versos de “El encierro”:
No puede ser que el día sea esto,
un poco de todo, luz, separación,
parpadeos, orden, peces, libros,
Hobbes, Kant, Maquiavelo
expulsados del fastidio.
Pero a pesar de eso, “Dios confía en la realidad”, en la otra, en toda la otra, en las otras, y por esa razón Carrero dice: “...cierro los ojos y veo el silencio que escucha”. Este juego verbal suscita en el lector una búsqueda, que es la misma que el autor encontró: saberse parte del caos. De ese “Bostezo” que lo revela, lo descubre en la casa, con la que habla, a la que habita, la que repite con el poeta lo que Celan escribió: “Las palabras piensan”, como lo hacen la casa, las cosas y el cuerpo que sostiene sus pensamientos.
Desde la ventana imagina, desde ese cuadro en lo alto descubre el rostro de sus hijas, lejos de él. La intimidad se hace presente en estos poemas: la vida, ese aprendizaje, de allí que “Las paredes de mi cuarto, / pesadas y hospitalarias, me acompañan”.
“Estoy en mi cuerpo” y luego “Dios está secuestrado por el pensamiento diario, / constante, gigante. Es una jaula fácil / pero invisible / Sueño que Dios no ha muerto. / Está encerrado en otro cielo. / Vivo en un apartamento con ese silencio”.
Cada mirada es una idea. Dios también habita en esa casa y mira por la ventana el mundo, para determinar que “Somos lo que no vemos”. Invisibles, desmirados. Y aunque cada idea es una mirada, se nos hace posible que la luz del sol ciegue a quien se asoma al vacío. En el instante en que el poeta descubre el clima del afuera su voz vuelve al interior: “En mi habitación / sólo hay libros, prólogos subrayados, ideas y álbumes. / Finales de novela divididos / según la realidad / apoteósica y familiar”.
El yo del poeta se afinca en el quicio de la ventana para decir: “Soy paciente. Espero. Escribo. / Miro por la ventana la trampa del paraíso / desenterrado por la maldad (...) A veces la realidad es eso: Lo que vemos (...) porque eso es lo que hace la mirada”.
La realidad otra. La casa despierta, canta, se silencia para dar paso al cuerpo sin camisa del hombre que va hacia el paisaje descubierto por esa ventana desde donde “Maracay parece una boda sin Dios”.
Toda una poética del interior de una casa. La poética de un ser humano que es habitado por un apartamento, por las cosas que lo acompañan y donde “Escribo lo que veo. Pienso, luego camino”.
Este libro de Rubén Darío Carrero lo impulsa, una vez más, ganado por las palabras que lo sostienen, a respirar poesía, esa inflamable tentación.
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