
La voz tonal y desertícola de Jacqueline Goldberg viaja a su nacimiento para nacer este libro, un murmullo al oído materno que le devuelve el gesto del nombre propio, “Maracaybo”.
Natasha Tiniacos
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El puente sobre el lago en la portada del libro inicia este viaje poético de Jacqueline Goldberg a su tierra natal, ese Maracaibo materno con una letra distinta como la trazaban los colonizadores, luego de la caída mortal de Mara, como la pronunciaban los aborígenes con voz aguda: Maracaybó, toda vez que gritaron al ver caer morir a su jefe: “Mara cayó”. De allí el nombre, como otras de las tesis apegadas a la tierra verbal de esa cultura recién hollada por el Imperio español. Nuestra poeta mantiene la ye y se adentra en su ciudad con la carga genética sanguínea y la verbal, tanto de Europa como la que oía en calles y escuelas de la comarca, con el pasado casi como una epifanía, porque pese a la crudeza de su lenguaje, el poema es celebratorio y conmemorativo desde los recuerdos, desde la mirada turbia de aquel paisaje humano que se vierte hoy en unas páginas tituladas Mata de nervios, publicadas por Oscar Todtmann Editores en Caracas, en 2025.
Maracaibo y su lago, su gran laguna. Maracaibo: puerto de lenguas, de voces plurales en la casa, de fragilidades y compensaciones de una infancia envuelta por las tantas palabras que formaron parte de su angustia existencial.
Jacqueline Goldberg es una poeta que nació producto de una diáspora que la hizo emerger con una carga donde el pasado, el dolor, la tierra, un espejo de agua, el calor, un acento y muchos nombres anclados en ese origen la han llevado de la mano a sentirse y ser el temblor del tiempo.

Ella es una metáfora, la pureza y un cruce de lenguas en el que las palabras discurren plenas de significados que tienen que ver con su tránsito personal, familiar, lingüístico y hasta filosófico a través de voces aprendidas, unas vigentes en su memoria y otras olvidadas a merced del trasiego de otros instantes entre sombras y luces.
Como todo milagro poético, el de Jacqueline Goldberg se refleja en esos recuerdos que se pasean por cada uno de sus versos. Los de una niña que vuelve del pasado y es hoy la misma niña pero plena de todo el aprendizaje de aquellos días de la infancia. La carga emocional de sus poemas tiene que ver con una condición corporal que la aproxima al movimiento de la tierra, a su tierra movida por los tantos quebrantos, por los varios acentos de sus padres, por la memoria de los abuelos, por la Polonia invadida, por el éxodo, por la llegada a un espacio cuya sutileza y violencia vibran en su paisaje convertido en palabras, hecho sonidos, ecos. Ella festeja desde la memoria todo eso y más. Goldberg es también un epifonema porque exclama y reflexiona algo anterior, algo ya ocurrido y hasta contado de otra manera, y que ella transforma en muy original desde su poesía, desde sus desgarramientos, desde su verbo anclado a una ciudad que poco nombra o casi nunca nombra. Es ahora cuando Maracaybo aparece en sus afanes para convertirla en una suerte de épica, de viaje de retorno con palabras, con versos cargados de olvidos e imágenes que van y vienen hasta conformar el cuerpo verbal, convertirlo en poesía gracias a la maestría de su memoria, a su manera de escribir, a su forma de hacer de su existencia una antología biográfica de su existencia y un registro del lugar, de su entorno, ese que no deja de ser un conflicto con ella misma, con la lejanía de su pequeña patria separada del resto del país por un puente que aparece en la portada de su libro en un amarillo por el que se desplazan sus anhelos y sus remembranzas, pero sobre todo en esa región en la que “nací para nunca hablar de ella / jamás escribir sobre ella”, y sin embargo volcarla en estas páginas con el nombre de la capital del Zulia, con el nombre que en su mirada lleva una ye rescatada, salvada de una antigua grafía, revelada.
Si bien el registro de la palabra Maracaybo llama la atención, seguramente tiene que ver también con esa memoria que aún navega en las conversaciones de sus padres o abuelos, de aquellos seres que llegaron colmados de idiomas, de registros que en la casa sonaban a diario revueltos con las expresiones locales, con las palabras de esa nueva tierra que llegó a ser llamada paraíso o tierra de gracia, que abría los brazos a todos los que huían del dolor, la tortura y la muerte. Ese Maracay-bó, con tilde, salida de la boca aborigen, ha quedado en el recuerdo, es hoy sólo un rastro que ha procurado en los académicos de la lengua un estudio más profundo.
La ciudad, sus avatares, la casa, la abuela, los padres, entonces, se traza en estas páginas con toda la fuerza de la escritura de esta poeta que hoy celebramos como una de las voces más reveladoras de nuestra poesía.
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Abrir el libro significa hacer el viaje anímico con la autora. Calcarnos con ella en cada poema, en cada imagen que ella plasma con una inteligencia verbal que nos lleva al asombro: Goldberg con su idioma sorprende para ella desahogar el pasado, aquel tiempo ido que quiso visitar de manera escrita para despojarse y ahondar en ella misma, en ese ella que la mantiene intacta en medio de un poema interminable.
Desde su obra completa, reunida (2006-1986) con el título Verbos predadores, publicada por la editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar, desde ese extenso e intenso viaje por sus libros, el autor reconocerá en ella la calidad de su biografía: la de sus padecimientos, la de sus límites entre la vida y la muerte, la de su familia, la de las huellas dejadas por una herencia corporal que la sumen en una creatividad incansable. En ese tomo nuestra poeta hace gala de un lenguaje crudo, pero también frágil, duro pero también tierno cuando de aquella niña se trata, la niña que lleva a cuestas y la hace crecer como escritora, como el humano ser que imagina desde las verdades de su pasado.
En la página 228 de ese tomo ella escribe:
Mi abuela decía haber estado
en el Moulin Rouge
y en el Copacabanatambién en el Teatro Baralt
cuando Gardel cantó por primera vez
El día que me quieras.
Ese espacio donde el cantante argentino cantó está en Maracaibo. Creo haber encontrado una de las pocas referencias que usa para hablar de su ciudad natal. Por supuesto, la memoria no se pierde del todo y la ciudad natal continúa como temblor, como una vibración en los sueños, desvelos, lecturas, conversaciones y paseos por el mundo que la poeta ha emprendido por varias regiones del mundo, y su ciudad en alguna de esa localidades extranjeras tendrá un pequeño espacio, un rincón, un olor, un instante reflexivo sobre alguna travesura, alguna burla escolar, alguna lágrima, una carcajada. Las ciudades natales siempre estarán en el lugar donde se depositan los recuerdos y el olvido.
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Fernando Savater llega a decir de la poesía lo siguiente: “En el fondo, la poesía consiste en un íntimo trastorno, en una conmoción que nos desarregla para luego reordenarnos de manera más alta o dejarnos abiertos y palpitantes en espera de ese nuevo ordenamiento”, y eso es lo que el lector siente cuando lee la poesía de Jacqueline Goldberg, una conmoción, un trastorno íntimo, personal, revelado sin ningún temor a llegar a creer que se trata de secretos que podrían dañar la escritura. Todo lo contrario, la poesía se alimenta de todos nuestros quebrantos, de todas nuestras penas y alegrías. De todo lo que ambula por el espíritu y resuelve emerger con la memoria, con las heridas de esa memoria para reordenarnos.
En “Una confesión, una poética”, texto que abre Verbos predadores, la misma Jacqueline Goldberg llega a decir: “dejar atrás lo oscuro, adentrarse despacio en el propio pulso”, cita que hace de la autora catalana Clara Janés y que afirma la poética de la venezolana, quien escribe desde ese oscuro que la mantiene viva, iluminada en el lenguaje de sus creaciones, en el vivir diario de su pasado trastocado. Por esa razón, Goldberg habla de “la poesía como proceso” en ese mismo material que abre las páginas de Verbos predadores. Y en el mismo trabajo, en la contraportada, Gina Saraceni destaca: “Obra que cuenta su genealogía y se arriesga a mostrar las continuidades, obsesiones, hallazgos, silencios, modulaciones, búsquedas que tejen la trama de su historia: obra que se reescribe a sí misma a través de un trayecto invertido que desde el presente avanza hacia el pasado...”, como ocurre con Mata de nervios, donde la autora regresa a casa, a esa casa innombrable, su ciudad, e invierte el tiempo, lo convierte en presente siendo el pasado su origen, el de ella.
“Nací en una ciudad fibrosa e impulsiva...”, señala, y juega con la palabra mara hasta convertirse ella en una mata de nervios, en “una forma de ceguera / o comprensión”, y “desde allí / emprendo la cicatriz / el vidrio astillado de unas comillas”.
En aquella casa de la ciudad nativa, en esa casa donde los ecos del pasado continúan en la poesía de Jacqueline Goldberg, en ese recinto geográfico que es Maracaybo, continúa el alma de esta mujer dedicada a desentrañar de esas “lenguas familiares” el peso de su origen, ese “todos éramos bilingües”, porque la niña que era vivía entre el idish y el español de aquel Maracaibo escrito con i latina que la embrollaba en la escuela y en casi todos los lugares donde solía respirar. Por eso se pregunta si por eso llegó a la escritura. Y es una verdad inamovible: ella escribe porque vivió esa experiencia, escribe desde ella, con esos nervios, con los temblores de su escritura, con la palpitación de sus afanes, de sus pensamientos vertidos en poemas, en poesía, en rasgaduras, en heridas, cicatrices. También para afirmar que en el negocio familiar, en una óptica, “comencé a escribir”, y no ha parado. Y no ha parado hasta ahora.
La madre, esa fundación uterina, forma parte también de este relato poético donde ella, la madre, es una suerte de desaparición, de alejamiento, de mujer que entra y sale de la casa, llega en su carro, “tan pequeña ella / tan enorme el automóvil / que parece conducirse solo”. Hace ballet la niña, oye las voces de quienes llegaron de un lejos que sigue siendo lejos, no sólo distancia geográfica sino distancia verbal: eran tantas las palabras oídas, tantas las pronunciadas con dificultad, las enredadas con el español de Maracaibo, en los juegos, en el sueño, en las reuniones de familia donde aparecían los fantasmas de otrora, de aquel tiempo cuando los judíos eran convertidos en ceniza, en cuerpos demolidos, en duendes, en exiliados, en seres anónimos, en calumnias, hasta llegar a esta suerte de paraíso terrenal donde el mar, un lago, el clima, su gente, calcaron en su alma todo lo que este libro contiene: una poesía desgarrada, cruda, sutil a veces, verdadera.
Mata de nervios merece muchas lecturas, muchas entradas y salidas, muchos viajes por sus páginas, muchos desvelos, amaneceres para escribirlo desde nuestras propias sombras, para reescribirlo con mano temblorosa, con la imagen gráfica de un puente que conduce a muchas aventuras infantiles que hoy son una suerte de apostolado. Toda una poética del desalojo, terrenal, pero igual toda una poética del retorno.
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