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Fragmentos de días pandémicos

sábado 23 de mayo de 2020
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
Fragmentos de días pandémicos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Prefacio

Hace diecisiete años, en otro abril de pandemia, tapabocas, represión, silencio y muerte, me encontraba en un Beijing desolado y temeroso por el surgimiento de una neumonía atípica (de modo técnico llamada SARS) que se cobró no se sabe cuántas víctimas. Sin embargo, el régimen no impuso cuarentena y se podía salir a los parques a caminar, con la precaución de no acercarse a nadie, y reprimir o atenuar cualquier inoportuna tos, porque de lo contrario te detenía la policía —uniformada o de civil— e ibas a parar a alguno de los hospitales de campaña implementados por el gobierno y el Ministerio de Sanidad Pública. Por fortuna, esa restringida pandemia se superó con la llegada del verano y su calor y yo pude librarme de la terrible experiencia.

Ahora me envuelve un distinto abril con su violenta y pesada carga de ataque pandémico, en un país sin gobierno y con unas condiciones sanitarias infames, con una desinformación brutal y, de manera aviesa, sesgada, y me pregunto (como el grueso de la población): ¿saldré indemne del embate del Covid-19? ¿Saldré de nuevo, un día, a caminar por las calles, sin peligro de contagio y con tranquilidad? ¿Saldré a respirar una vez más un aire limpio de brutalidad, ignorancia y miedo?

 

1

Primer día (al atardecer). Pandemia. Pan de mear. Meandro. ¿Pan de mesa ciega?… Incendios en los alrededores. Las llamas consumen los necesarios follajes. El fuego devora las montañas. Bocanadas de humo penetran por las ventanas y me sofocan y me dan carraspera. Pero: ¡cuidado con toser! ¡Los patriotas cooperantes están alerta (¡alerta roja!) para denunciar toses sospechosas! El sol, enrojecido hasta los últimos confines, hasta las últimas causas. (En la noche le tocará su turno a la luna). Las cenizas revolotean, con desenfado, sobre los techos y luego se precipitan encima de los helechos de mi jardín, tiznándolos, enlutándolos. ¡Y el sapo que se protege debajo de ellos, con la boca abierta, absorto!… El bochorno sofoca y rechinan las tuberías por falta de agua; la calle hierve de soledad y tristeza; los niños tragan su reclusión con lágrimas… Volteo a mirar los libros apilados en un ángulo de la mesa de trabajo. Descubro que allí está William Blake. ¿Me aguardaba? Al azar abro el volumen titulado The Complete Illuminated Books. La página señala: “The Gates of Paradise”. Vida del hombre desde su nacimiento hasta su muerte. Se le encuentra, niño, bajo un árbol. El agua es sus lágrimas. En la tierra lucha dentro de la vida. En el aire puede tener sombrías dudas y razonar las ansiedades. El fuego es el fin sin fin. El hombre desea, desea subir, ascender. Pide auxilio cuando se ve inmerso entre enormes olas. El temor y la esperanza son sus recurrentes visiones. Acelera su paso cuando es caminante en la nocturnidad. En la puerta de la muerte mira hacia atrás, se encorva y entra… ¡Y aquí, en este territorio devastado por las huestes malignas y asesinas, las sombras de la necrología oficial poseen sus horas supremas para cronometrar nuestras pobres existencias! Los colores inertes viajan sobre sus alas de moscas y heredamos lo luctuoso y en las morgues no hay quien cante endechas. Los ataúdes se suicidan para no pasar por los trances de la ignominia. Los espectros se aparecen, de improviso, con su rigor mortis con sellos burocráticos. ¿Hubo acuerdo político para una eutanasia social? Los difuntos, enlazados a la pandemia, irán a dar con sus huesos al más completo anonimato y la patria se convertirá en un majestuoso panegírico, frente al cual valdrá la pena atusarse los bigotes y colocar flores usadas, de plástico y cocaína.

 

2

Segundo día (casi al clarear). La humareda se escondió bajo mi cama y me hostigó durante toda la medianoche. El humo no respetó mi humanidad. ¿Sahumerio por entregas, comunal? Entonces, me capturó el insomnio, con su zarpa experta. Traté de conciliar el sueño escuchando en la computadora piezas de Ennio Morricone, interpretadas por Yo-yo Ma, pero, de forma recurrente, había cortes del fluido eléctrico. Así que decidí soltarme y me escapé, semidesnudo, al jardín. Una tenue brisa fresca le arrancaba a la bóveda celeste algo de su optimismo. Hacia el noroeste, Venus se notaba rubicundo, un tanto exaltado. En algunas casas vecinas se oían llantos de niños pequeños y quejidos y toses de ancianos. El eco de la soledumbre se estampaba con laxitud en el borde de la acera. Me senté al lado de la puerta interior de mi vivienda y me recosté contra la blanca pared para que me hiciera compañía el dios tibetano que allí vela como imagen pintada. Cerré los ojos y vacié la mente. Me adormilé y lo temporal desapareció. Montones de horas después escuché al gallo de siempre cantar allende los canales de riego. (En el ínterin, el sapo había abandonado su escondite y estaba tomando un baño dentro de un balde lleno de agua). La corriente eléctrica fue reconectada y, aún sin sentir somnolencia, me encaminé hacia la biblioteca… ¿Cuánto más se habría expandido la pandemia en nuestro país? ¿Cuántos muertos más no computados por la incuria oficial? ¿Cuánta extensión tendría a esa hora del alba la tétrica caravana de la muerte?

 

Fragmentos de días pandémicos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

3

Tercer día (a media tarde). Un grupo de zamuros circunvolaba alrededor de una hedentina depositada en un matorral. Una podredumbre más, aunada a otras muchas en los contornos. Y basura y desechos mezclados y gente sin mascarilla tapaboca deambulando cerca y expectorando como escupidores profesionales para todo tipo de público. Pareciera que con ellos la muerte no se escurriera. El coronavirus se ha ganado con creces su atributo inherente a su majestad y las defunciones no sólo son asunto suyo. ¿Hasta la muerte todo es vida? Para muchos individuos esto se juzga vano. A bordo de sus cadáveres se dan a la tarea de repartir mortajas de papel. Y no se espantan de un ¡muérete y verás!… Para la muerte no hay casa fuerte y después, ¿para qué letanías? ELLA iguala cualquier cosa por entero y con arreglo lo ataja.

 

4

Cuarto día (a una hora no precisa). Los esbirros de la tiranía siguen compitiendo contra la pandemia y sus agentes y pugnan por arrebatarles más cuerpos, más almas, más despojos. Al cabo, esos violentos y sus desafueros terminarán también aplastados bajo el descomunal peso de la enfermedad y descubrirán, de modo tardío, las simas del pandemónium… Me indigesto y entonces toco mi pandereta o voy en busca de las sonajas de metal y, sin agitación, acudo a la casa de piedra de Leonora Carrington para compartir con ella sus intereses esotéricos. La hallo ampliando sus mitos y me dice que escoja, pero que no revele. Tañe su arpa y los perros transparentes aúllan al unísono y yo toco una larga y curveada trompeta y hago descender el ave de dorados rizos. (La Muerte cruza, al trote, por el exterior de una ventana. Lleva sombrero hongo oscuro y en torno suyo, vuelan tres o cuatro cuervos, protegiéndola. Como va tan de prisa, se hace difícil saber si a su cuerpo lo cubre o no alguna vestimenta apropiada). Más tarde nos convertimos en un pez colectivo de abril (para no desentonar con el mes fatídico) y nadamos en la alberca donde se pulsan las torres hasta arrancarles la suma de los humazos. Un corro de viejas enmascaradas se agita con ímpetu y hace nacer a un bebé sonrosado con cara de gato famélico… Halo la cortina y cae el telón. La pandemia gira veloz.

 

5

Quinto día (un poco después de almorzar). Acaso los habitantes de los pueblecitos o villas, muy apartados de las grandes ciudades, sean los únicos que se salven de la infección que propaga el coronavirus. Ellos agradecerán la suerte que les colocó en esos lugares remotos para gozar de la supervivencia. ¿Y nosotros? ¿Los constreñidos a padecer las cuarentenas? Porque sin duda serán varios periodos que requiere la tiranía para controlarnos mejor y asustarnos con creces valiéndose de una “información” que chorrea lentísima, con gotas grotescas de un petróleo nauseabundo… Mientras tanto, los vecinos “chéveres” aprovechan su tiempo organizando rumbas y saraos en sus respectivas moradas, con invitados que compiten entre sí para ver quién grita o habla más fuerte, quién dice la más absurda imbecilidad, quién come más carne asada en un santiamén, quién imita, al estilo estrambótico, al cantante de “música llanera” o colombiana… Entretanto, el resto de residentes de la “neourbanización” contamos las cuarenta matas en régimen de encierro y anhelamos por cuadragésima vez que a los tarados estúpidos de marras, los virus coronados les muerdan los pulmones con fiereza vengadora.

 

6

Sexto día (a la hora del té, pero sin tal brebaje). Avanzo con calculada aceleración hacia el supermercado más próximo. La mascarilla ajustada con doble nudo y una gorra que hace rebotar los inclementes rayos solares. Adelanto por calles poco concurridas para no toparme con ninguna persona conocida: yo también me he vuelto antigregario. De sopetón, me encuentro en una esquina con el grupo de alcohólicos no anónimos, quienes ya han despachado unas cuantas botellas de pésimo aguardiente. Como mi barba sobresale de la mascarilla, el borrachín que funge de “anfitrión” me reconoce y me llama. Me detengo y le grito: NOLI ME TANGERE! Se sobresalta, pero me entiende, porque antes había sido evangélico. Se queda cabeceando y yo prosigo mi camino. En cada cruce de calles, vocifero: NOLI ME TANGERE! y quienes me creen loco se apartan y quienes se percatan de quién soy, ríen.

 

7

Séptimo día (al anochecer con poca luz). El don de volar no se ha ido: permanece, firme. Trasvase de ideas para atemperarse, para templarse. La intimidación no debe acomodarse… Pandemia. Pan del medio. Pan con miedo… La ceguera va en franco expansionismo, desde lo más alto a lo más bajo, desde la izquierda hasta la derecha, desde el centro hasta la periferia. Se alza el hambre; no se eleva el hombre. Los ciegos recogen migajas y entretienen sus tripas vacías. La batalla por la dignidad no es una excepción. Se multiplican los que buscan mecheros debajo de las alcantarillas… (¡Inaudito: una chicharra está chirriando escondida dentro de un conglomerado de flores de apamate, mientras prosiguen cayendo cenizas de los incendios aledaños!)… Pandemia. Pandecta para invidentes. Pandeo para eliminar lo rectilíneo… (Amenaza con desplegarse una lluvia con ribetes enrojecidos). La ardentía aturde y las cigarras, de seguro, semejan breves odres llenos de humo. Se han repartido hierros retorcidos entre cuarenta personas y los reproches no mojan. ¿La cuaresma sólo se aplicará a los cuarentones? Pandemia para los ciegos. Para que sean pisoteados, para que se les prendan los calzones. En las márgenes, refugios para ir a llorar, para quejarse por tiempo indefinido, indeclinable. Hospitales para las dificultades, para darse de bruces contra la sangre agolpada, vertida en los pisos. ¿Qué funcionario le dice a un ciego “eres libre, porque estás muerto”?… Pandemia para bajar los peldaños del columbario. Pandemia para que las pandillas de delincuentes se enriquezcan.

 

8

Octavo día (enlazado a un trompo). ¿Pandemia panteísta? “La muerte observa una ley: se lleva con el pobre al rey”. El mordisco del diablo con sabor a coronavirus. Hacia las zonas ocultas de la maldad del Poder y su actitud criminal hacia los infectados. ¡Magna pestilencia a petición del cielo sin república! “¿Irás, volverás no morirás?” O, “¿irás, no volverás, morirás?” Entonces, las cañerías liberarán sus pústulas y los quirófanos devendrán en laberintos sin soportes. Pero también se instilarán gases, tuercas de anarquía, lamentos en las profundidades. ¿Quién se atreverá a aferrar “El séptimo sello” y retar a la Muerte en una partida de ajedrez, mientras en el horizonte los desahuciados marchan aherrojados y empujados por sayones? Se salen los corazones de sus órbitas. Se llaga la justicia. Se pudre quien emana verbos que apestan… ¿Quiénes trucan las estadísticas del número real de los abatidos por la pandemia? ¿En qué pozo realizan sus pesquisas? ¡Pandemia palimpsesto! ¡A paletazos emergerán los folios de la mortandad!

 

9

Noveno día (nona hora). ¡Desidia del tiranuelo y su incurable parcela! ¡Parodia de sus ministros para cumplir con la parroquia que puja por sobrevivir! ¡Pandemia y no catalepsia! ¿Y la psiquis de los pobladores hasta qué punto lastimada, golpeada, zarandeada? Según pasan las pajas quemadas, así transcurren sus quejas, sus asfixias. Según el ambiente pierde luminosidad, las sombras se apropian de las superficies cada vez más reducidas. Los rumores enrarecen los paisajes citadinos y los hacen irrespirables. ¿Vendrán las agujas? ¿De adentro; de afuera? Quizá la tragedia apenas empieza.

 

10

Décimo día (de seguida y arrebato). De la carne predicada y nunca resurrecta. Los elegidos para que sucumban. Y sobre las tumbas, los almuerzos nunca servidos. Y papeles con cuentas, húmedos. Y figuras elevadas sobre andamios de crueldad. ¡Escuadrón de la pandemia y prevalencia de la falacia! Los perros ya inmóviles y envenenados. Se amontonan los nervios cada vez más estrechos y gimientes. ¡Tales abatimientos para los zombis! ¡Tal castigo machacado hasta el cansancio! ¡Tales labios lacerados por la represión verdadera! Pandemia: ¡partera de la putrescencia! No es que las avenidas estén solas: es que sus gargantas hieden. Y los sapos, esos demonios, se presentan con sus chaquetones rojos, toditos suyos. Y las condenas mayores rasgan con sus uñas… A lo largo de la historia, presente e incongruente, evolucionan los muertos con sus virus a rastras y después en el libro negro asumen sur deudas ruinosas y prosigue el humor, la eterna festividad. ¿La inmunidad permite las abluciones en fluido escarlata, en piscinas, en clubes, en mansiones isleñas? Pandemia: ¡qué bien logras tu mezcla de terror, intriga, política policial y acción tras bastidores!

 

Fragmentos de días pandémicos, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Posfacio

¡Cuarenta pandemias en una y una cuarentena para una pandemia no ázima! ¡Desalojos y humillaciones: espéculo para las negociables especulaciones! ¿Impudor de las quemas y los cortafuegos extintos? ¡Toso, tosamos, tosed! ¡No permitamos la tonsura que nos corta las ideas y la indignación! La guerra se ha ampliado contra nosotros. ¿Feneceremos, nos hundiremos, desapareceremos? ¿Alabanzas a las víctimas pascuales? “La vida nos ha sido dada para disfrutarla”. ¡Luchemos y mantengámonos a flote! Sursum corda!

Wilfredo Carrizales
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