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Cada vez que veo una fotografía pienso en el tiempo, en el espacio que ocupa la imagen: se redimensiona y se vierte en otros significados.
En nuestras casas, en las de nuestra crianza, podíamos vernos retratados en nuestros antepasados: bisabuelos, abuelos, padres, tíos, amigos cercanos. Gente antigua que quedó eternizada en un tiempo determinado o extraviado. Gente que ocupaba o sigue ocupando un espacio, un paisaje borroso cuyo fondo es posible rehacerlo para que lo ocupemos con nuestras herramientas de estudio, con nuestras emociones.
Somos viajeros en el tiempo, suelen decir los historiadores y hasta los relojeros. Las fotografías lo hacen con nosotros.
Se lee una fotografía familiar o pública con inocencia, ingenuamente, desde los afectos o la curiosidad intelectual: los recuerdos y el eco de las voces lejanas regresan plenas de alusiones, de datos, de regresiones y progresiones. Las imágenes cobran vida en libros y conferencias, en conversaciones y secreteos.
Una fotografía guarda, conserva sonidos, ruidos, silencios, amores u odios, crímenes o bendiciones: significados y significantes, signos y símbolos. Vida y muerte. Esta última recobra vitalidad, porque quien está en la fotografía retorna a la vida de quien la mira, la otea, la esculca, la oye o la acaricia.
Una imagen fotográfica en blanco y negro o sepia nos obliga a imaginar los colores con los que vivían los personajes de la gráfica. Los movimientos, los gestos, los olores. Cromatizamos la foto con nuestros afanes, con nuestro tiempo y con nuestro espacio. Entramos en la fotografía y nos hacemos parte de ella. La estudiamos desde nuestra sapiencia o ignorancia.
Toda fotografía es una escritura. Y por eso es también una lectura.

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Wilson Prada anda en esta aventura desde hace muchos años. Su ojo habla, indaga, estudia, investiga. Desde su escolaridad como profesor de biología, desde una célula hasta un elefante, desde un grano de arena hasta un edificio, el ojo de Prada no descansa: sigue descubriendo personajes, formas, sombras, luces, colores, movimientos, gestos.
Su indagación no sólo ha estado en un laboratorio fotográfico, con una cámara en la mano, en un salón de clases o en una sala de exposiciones: ha escrito sobre fotografía, sobre el arte de hablar con los ojos. Así, sus títulos han viajado para darle cobertura a su porfía intelectual: Miradas ajenas, La diversidad de la mirada (escrito a dos manos con Johanna Pérez Daza) y La fotografía inacabada. Y ahora este que leemos, que nos habla desde el ojo indagador de Wilson Prada: Hacia una lectura de la fotografía, libro hecho a mano por el mismo autor en el taller de edición de Prada Escuela de Fotografía en Quilicura, Santiago de Chile. Y cabe decir que estos volúmenes elaborados artesanalmente son de una envidiable calidad.
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Hacia una lectura de la fotografía contiene estudios que seguramente atraerán a aficionados o profesionales de este oficio, pero también a estudiosos de la imagen como lectura verbal, como verbo que se ve en el papel o en la pantalla.
Entre estos temas podemos destacar: “Lo enunciativo: ¿qué es lo que vemos?”, “¿Cómo vemos?”, “La fotografía como texto”, “La fotografía como lenguaje”, “La lectura de la fotografía”, “La estética”, “El espectador”, “La exhibición de la fotografía”, “La resistencia desde el aula: el nuevo receptor y el texto escrito”.
Este “enfoque didáctico” elaborado por Wilson Prada conduce al lector no sólo a aprender o a aprehender sino a realizar una lectura placentera sobre este tema hoy tan democratizado. Por supuesto, el libro le asigna al oficio la sacralidad que todo arte debe tener. No se trata de un juego, de un hobby o de un pasatiempo. Es un libro para ojos que hablan, para ojos que indagan, para ojos que desean ser artistas.
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