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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Incidencias al paso

lunes 21 de septiembre de 2015
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

"Incidencias al paso", por Wilfredo Carrizales

El que muere último, a ultranza, en el tremedal, sin ufanarse. Antes se comió los viernes y parte de los días anteriores. En virtud de ciertas cifras tocó las pizarras y ya fue huérfano de fantasía. Su silueta se perdió en una caravana que iba en zigzag.

La viuda tuvo un hijo de fuego. Menos coqueta fue desde entonces. En el alféizar de su ventana esparcía el azahar sin motivo alguno. Miraba de vez en vez el veredicto del cielo. Su vástago sería detective o espía. Circunspecta, ella se sentía bienaventurada.

Cazurro en velocípedo. Se impulsaba con el pie izquierdo. Siempre frente a él la escena del ritmo del dardo. No desmayaba hasta lograr la tregua. Con perspicacia circulaba y su propio espectáculo resultaba harto perdurable.

El panadero venido de anteayer. Charlaba y estropeaba el pan. La sospecha no la colocaba sobre sí mismo. Clamaba por una llave para encerrar al culpable. Famélico, se perdió entre utópicas panaderías, donde pensaba fingir que ya no era deslenguado.

El holgazán recostado contra la pilastra, tragando migajas. Pensaba capturar un animalejo con un gastado cordel. Listo el cacharro para cocinarlo. Un aullido emergió de entre las yerbas. En volandas, el ocioso conoció la trabazón de la muerte.

Fin de semana para la voracidad. A la mano el “Recetario de la cabra”. ¿Con zanahorias, berenjenas y arroz? ¡Sublime voluptuosidad! El tiempo iluminado se metamorfoseó en resquebrajada zambullida. La cabra buscó su diversión en otro lado.

Vivió, vivieron en medio de la cortedad y la humildad. El espíritu del sueño los había abandonado temprano. Sin embargo, sabían de la existencia de los durmientes con luna. Especularon acerca de posibles simpatías, mas a la vuelta de años continuaban igual.

El ermitaño en su peñasco se imagina un campanario. Meditabundo, no siente la alteración de las horas. Con los tañidos adelantará las sanaciones, atrasará las quejumbres. De pronto, unas zagalas irrumpen con su vocinglería. El badajo queda en suspenso. El barbado se impone nueva vagancia.

Duda del espacio en la jornada de los despojos. La beatitud tremola cual banderola de paliativos. Lo inaudito araña los enrejados colindantes. Lo amorfo alcanza su apogeo en un preludio sin salmos.

La crisálida busca su metamorfosis dentro del envoltorio de la vorágine. Alguien toma una fotografía y socava la transparencia del acto. A la crisálida le repugnan las intromisiones. Entonces se vuelve anfibia y huye a través de los zumos de las yemas.

Solariegos, los herederos muestran su reciedumbre. Se tutean y vocean. De ellos dimana un asustadizo amargor. Rápido deciden poner en movimiento a la herramienta que no perturba y reculan en busca de un resplandorcico que los torne plenos de médula.

 

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"Incidencias al paso", por Wilfredo Carrizales

El conocedor de la casa comienza su andanza por el corredor. Encuentra barreduras y ensaya una mueca. Luego ingresa a la sala y la concibe indescifrable. Entonces penetra al comedor y no le termina de gustar el ventanuco que funge de tragaluz. A continuación se dirige al dormitorio con paso raudo. Allí palidece: la neblina obstruye la visibilidad y lo obliga a escapar a las voladas.

Azuleaba en el linde del peñascal. Un viajante espabilaba, inapetente. El sinsabor del mal sueño resaltaba su dureza. Execrando lo instantáneo, se puso de pie. Remojó su frente con un poco de agua. De pronto, con exactitud, tuvo conciencia de lo preternatural. Lloroso, predijo su destino y se volcó hacia él.

La delicadeza del cartero era proverbial. El mal tiempo no obstaba para que cumpliera su trabajo. Algún día un niño le obsequió un bizcocho. Esto alegró su alma infinitamente y constituyó su herencia en su corazón nunca antes exaltado.

En el abrevadero, heterogéneos animales beben agua. De tan transparente, el fluido parece irreal. La bestia más fuerte impone su voluntad y sacia primero la sed. Varios simios dan volteretas en una improvisada pantomima. Al rey de la selva se le ennegrece el pensamiento y a su alrededor todo vuela al viento.

Nuevos maullidos en la gran rotura de la avenida. Nada explica el libraco junto al farol. Si apareciera alguien muy preclaro, tampoco podría elucidar cosa alguna. Debe haber una ligazón entre el límite y el meollo del asunto, pero la avaricia de medios impide cualquier indagación.

El ente de las hierbas, ¿será xilófago o xilófilo? Como la respuesta puede inducir al yerro y no es fácil dar con un verdadero zahorí, es mejor dejar el tema a la competencia de la clorofila.

El árbol de los ahorcados ramifica. ¡Retebueno! De las ramas saldrán zarandas que sabrán dar giros multicolores. Un amasijo de perros rabones se divertirán. Los azafranados más que los otros, por razón de las equivalencias.

Volitivo, el zángano zahiere en el zaguán y pronto trae yerbajos que sirvan como yesca en la ecuanimidad donde se encuentra el asadero. Por la cortadura se le sofreirá el vocejón.

En lo arenáceo la linaza se estrecha. Nadie conoce la causa. No obstante, algún clarividente habrá que aclare ese contrasentido. El problema es: ¿cuándo, dónde y cómo aparecerá el susodicho? Porque la ruptura del enigma se hace perentoria.

Más acá del zócalo, donde las zarzas no se atreven, revolotean estrictos zarcillos, a pesar de que la zona xerófila empieza de inmediato. ¿Quién tendrá la capacidad de convocar a un riacho con su caudal lleno para que un vergel cubra lo que alcanza nuestra vista?

 

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"Incidencias al paso", por Wilfredo Carrizales

El adalid en la algarada. Golpes en las criptas para escarnecer a los difuntos. ¿Cuál es la cifra? Desde la atalaya, el centinela bisoño eleva su jarra de elixir. Una odalisca ronda en su diván, mientras debajo, en el jardín, las naranjas son robadas por un enjambre de moscas.

Aspaviento del saltimbanqui. Uno le procura la jaula que contiene el azor. Muerde el tiempo y todo deviene en comedia. Sobrevuela un aroma de jazmín que guía al titiritero hasta la fachada de su propia tumba.

El ave tuerce su duelo. Llega de vencida, con el viento de abajo. Ni pensar vivir en la gruta. El frío aleve le iría a la zaga. Sólo le queda respirar el auge de lo escarlata y darse a sangrar en la clave de la espesura.

Le surge la viudedad, pacífica, tranquila. Así le toca, sin artificio. (Tras la llovizna llega un sol cansado). Atrae hacia sí un sofá y cree escuchar una retreta en una olvidada plaza. Ahora los espectros del pasado han mutado en querubines con olor a alcanfor.

Manjares en el kiosco y tazas de nácar. Las zalemas gravitan por doquier. ¿Y el cofre para el aleluya? Se vislumbra un astro en su cenit y en la vega corre una exhalación casi purpurada. ¿Tocata y fuga con vitalidad para alejar la tragedia?

La idea acerca del guante o la falda. Fichas en el hotel de carretera. Sobre la almohada sendas copas que se tensan. Con todo, vendrá la victoria de los vicios. Ella se pone su chaqueta; él desarruga su pantalón. Por la azotea pasa un huracán de película.

La sabana se abre con puertas sin goznes. El maíz se echa, adyacente, en escorzo. ¿Cómo procurar una cima en esa llanura? Dicen que había un puma que era buen espectador y al que la ceiba le parecía un monumento ilegal.

Claroscuro en el acueducto. Un jamelgo encumbrado por una llama. Un semicírculo lo encarcela y la anemia se le cunde temprano. ¿Dónde localizar de un vistazo al bambú exento de virulencias y útil para las labores de viñeta?

En el azul que ensuciaba, se movía, insidioso, un secuaz. Era asiduo en las contiendas por tener cuchillo rápido. Lo tentaba la constancia de procurarse en cada ocasión su “muertico”. Al final, lo fijaron en el fondo de las aguas con una lápida amarrada al pecho.

Con su rúbrica en el sombrero, el saltacharcos gozaba en la boca del río que mascaba. Estacionario, a veces iba al pozo de los recíprocos. Solía decir: “Dame albricias” y un retumbar de tambor emergía de su trasero. Atestó con tesón su terrible fatalidad y la urdimbre de la corriente lo anudó al légamo que no tardó mucho en llegar.

Como detrás, acudían los vaciantes. Marchaban, veían, caminaban. Cada uno conocía por dónde andaban sus zapatos. (Véspero hacía las veces de faro). Urgidos, por unanimidad, extraían las tortugas ficticias de los aljibes en flor.

 

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Toma la herrumbre al candado. Toma el macho a la hembra. Se toma el licor muy por derecho. No se toma el moho, sin embargo. Jamás pensar en el sofoco. Menos mal que el señuelo no se posa en el aguamanil. (A la serena se busca la sorpresa con buena corbata). ¿Quién es el que tiene sin ser teniente? Urge porque escuece.

La residencia es tenida y el patio también. Veraniego uno más que la otra. Ved la vid para que el rostro se te vista de emoción. Además aquellos árboles no colorífugos: el níspero y el guanábano y el mango, elevados como atarrayas. Almíbar los frutos y una alfombra en los deshojes. Al viso, lo transmundano se desliza por los troncos y pone en trance a las ánimas.

Las agujas ciegas y el clavo en la cabeza. Simultaneidad en la porfía. Muchos rayos en el firmamento. Uno sólo chispeando. Una golondrina enmarcando el ocaso. Ni una sola mentira. El muñeco blanco preparando el velorio. El perro y el gato murieron simultáneamente: de uranofobia.

Con velo y vela, el verdugo exponía su versatilidad. Si hasta en una oportunidad posó para un famoso pintor. De madrugada conducía a los reos al patíbulo. Cobraba sus buenas monedas por cada ahorcado y nunca se atrevió a pedir aumento de salario.

Hubo una vez que, en la cuadra del viento, un viejo se asomó a la puerta y en vicario fue convertido. Recibió vianda y viáticos y mil y una mañanas para transfigurarse. Supo lograr la ubicuidad y no mereció más tutela. Trascendió y ahora reposa tomándole el pulso a las estaciones.

En el vestíbulo, el graduado de tuerca y tornillo. Veía las causas y se olvidaba de los efectos o viceversa. Lo acompañaba a todas horas el desdén. Su temeridad se sustentaba en verba, labia y locuacidad. Pasó su estampa a todo espantar. Sucumbió ante las tijeras del podador y allí su yo entero quedó manifestado en nada.

La tórtola arrastra su trajín. Tras las lomas se insinuarán sus matorrales. Propincua a la estancia que le aburre se manifiesta lo que la exulta. Tornadiza, cae fácil en la pesadumbre. Si no presta atención vendrá Cazador y le arrojará triquitraque y tururú vergonzante.

Más que la vaguedad, la vastedad. En el umbráculo, los seres con sus turgencias. Lo azaroso triunfa y después hay que salir apurado y reconocer que algo se cayó. ¿Y ulteriormente todo será sosiego y cercanía de los estímulos? Tornaviaje con tiza y humo. Las alegrías todas estarán rompiendo los platos, mientras una extraña tiesura se impondrá a tientas.

El talasícola arribó a la costa y desplegó su liturgia: peces en agraz y pulpos en su tinta.

El prohombre del aguante, el tientaparedes. Enmarañado propósito de búsqueda. Trabilla para atraer lo delectable. ¿Haciendo caso de la clepsidra? ¿O amontonando engranajes que deslucen a trasmano? Lo vigilativo es un ultraje que reniega de la usanza.

Veloz en la vasija como untura para el paladar. En la bodega, las especias que dan remezón y no escarmiento. Pronto se muestra el aspecto del alambique. ¿Y el chocolate adquirirá amplia cancha para el trasvase de la sensualidad? A tantos del mes y lo anhelado va camino del valle en procura de la vaguada.

Sombraje que sosiega el sueño del escorpión y no existe simulacro traspuesto. Feliz aserto en la rajadura del sigilo. Prontitud de la araña en su tela y la tersura a quien se lo tengo dicho. ¿Reputado lecho sobre el senderuelo? Se considera la pertinacia de lo perdido.

La verriondez de la víbora se ajusta a su venturanza, a su fortuna de umbelas. ¿Cuál animal truena de continuo y provoca tufaradas en tropel? Indudablemente será uno undívago y truhán a todo dar. La zoología resulta tan versátil que hasta la imaginación no puede abarcarla. ¡Ay, de los que tenemos urgencia de acceder a lo abstruso!

Los mamíferos invocan con ruidos extremos sus actos de amor. Me miro en el espejo y trato de imitar aquellas resonancias. Me siento impedido para ello: mi drama se inició cuando desperté de entre los excomulgados.

A última hora, Juan, el violinista, colgó una cuerda del cielo y se ahorcó para que lo meciera el viento. Por instantes, otros músicos experimentaron envidia.

Se apoderó del gobierno desde la cárcel al demostrar que el único hombre libre era él.

Luchó con el ángel y detalló el grosor y la longitud de sus alas. El próximo combate sería en igualdad de condiciones: su padre le cubrió los brazos de plumas de ganso.

Dos jambas y un dintel: monumento al albañil que abrió los ojos cuando advirtió que la casa que había construido nunca existió.

De un puntapié le hicieron entender el concepto de su angustia. Luego marchó por la vida con absoluta serenidad, pero rengo.

Supo de los siete mares y de las tierras vírgenes y de las islas de los intrépidos. Cuando quiso narrar por escrito sus aventuras, se hizo un lío, porque no ubicó los lugares en los mapas.

Wilfredo Carrizales
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