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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Afluencias y susurros en equilibrio

martes 10 de noviembre de 2015
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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“Afluencias y susurros en equilibrio”, por Wilfredo Carrizales

Aparece contra la luz y germina en el aire, a la usanza de la vieja manera. (La sangre se oscurece a la par e induce al carácter hacia lo radical). La mano derecha se levanta y señala; la izquierda se perfila en su propio componente. (A través de una ventana se percibe una ilustración. Por extensión, se llega a lo primitivo). Los espíritus liban al vaivén de las formas de los escribas. Un ánfora se relaciona con los fermentos sobre una estera de paja que otorga la imaginación. (Cuando las cejas están enteramente separadas se asienta el espesor de las sustancias invisibles). En una composición, las espigas maduran pronto para no confundirse con los variados frutos que se repiten. (Cuelgan bucles de las plantas y nadie acierta a adivinar el significado del hecho). El impuro se usó primero sirviéndose de la fonética de los pájaros: fue probablemente contraído por los nudos en vastedad. (Una cubierta se hace poco común y se deforma al contacto con lo sibilino). Saltaba, rubia, la hoja que menos se desteñía y el misterio se fue secando a medida que se abreviaba el plazo de la conveniencia. (Un hombre come los pasos de otro hombre que viaja y en el ínterin se contrae hacia los lados). Las palabras dichas tras las puertas logran unir a los que parten. (El humo se desvía para no tornarse negro y luego se deposita, blanquecino, encima de una mesa no concluida). Temeroso, el individuo muerto se compara con un cercano cadáver y cree intuir el despabilamiento de un fantasma. (Un apéndice siempre golpea desde alguna abertura: la ocasión le llega con la serenidad del alba). Una cabeza se representa con todos sus pelos y las señales, desordenadamente, se convierten en filamentos para la usura.

 

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“Afluencias y susurros en equilibrio”, por Wilfredo Carrizales

Lo oscuro se asienta alrededor de los resquicios por donde se escapa el espasmo del carbón. (Se siente la alarma, la agitación que produce la tinta durante su sueño). La carne se envilece hacia su interior y representa las afecciones de su caída). Semillas y protuberancias derivadas en diseños para el equilibrio. (Bajo el sol, a veces, sucede la vida y se supone que la dificultad se instala, en otro sitio, a despecho de lo vacío. Agudo, como su naturaleza propugna. Si un objeto se parte degenera en su significado). Las tijeras cortan las figuras que brotan, espontáneamente, del pincel. Un gancho se detiene ante un agua que suena a río desplazado y un sacrificio se ofrece entre pulsaciones. (Algunos vestigios indican la presencia de un pozo en su descreimiento. El silencio se fecunda con una casa que se autoescribe). La dificultad del viento para llorar. De lo inmemorial, la sorpresa del mogote frente a las exclamaciones en serie. (Comer y mutilarse los labios, luego reemplazar la hechura de la merienda. Si dicen placer, pienso en pasión; si dicen reunión de figurativos oficios me instalo con mi ojo a proclamar la transacción). El derrumbe y el accidente que se concibe estrecho de límites. Los brazos en pos de las alas sin que nunca lleguen a estrecharse. (Los pies en su andar relativo que los conducen al medio de los rayos emitidos). Una privación y se expelen los trazos con contornos en preñez. El conflicto iba derecho y lo común se destruía atajado por los periodos que provocaban la ceguera. (Bocas que afean con los meses cabales de los árboles. Los tiempos de los nidos piramidales comienzan a imponerse, a destajo). Aún el cielo ofrece el alimento que se enconcha. Nuestra tarea consiste en saborear el sudor y sentirlo convencional.

 

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“Afluencias y susurros en equilibrio”, por Wilfredo Carrizales

La araña se deforma arriba, sobre el extremo de las palabras. (La ciudad olvidada se desgrana en sus calles y torna hacia la necesidad del enclaustramiento). Un círculo me recibe y es mía la dudable prosperidad. El atributo de la influencia se desliza bajo mis zapatos. (Ir, marchar: sinónimos de lo absurdo. ¿Para qué trasladarse si al final retornamos a la reiteración?). Los jóvenes redundan en sus tendencias y simultáneamente avanzan sin propósito hacia lo intrincado. (Dentro del rincón de la miseria, el esquema de la benevolencia no llega a ampliarse, ni tampoco a obstruir lo que aparece por contraste). En la habitación nadan las piernas y un orificio compone su función para el lustro que se niega a declinar. (Los hijos bajo el techo y a ambos lados de sus vestimentas las estaciones nacen de la nada. El más delicado comienzo y se abandona y la repulsión se agita a contramano). Un gato se arma de nombres y adjetivos y por la noche se emascula de cara al paraíso que no llegó. (Aparecen hombres voladores, extraños removedores de nubes y absurdos concéntricos. La gloria se invirtió cuando la claridad se hizo inflexible). Ahora se confunden las desautorizadas reflexiones. Lo maligno se instaló como vecino con derechos plenos. (Los labios sobre el bambú en madrugada sorpresiva y fría. Una banderola se desfolió y un sonido atribulado se aleccionó a los pliegues de lo extraño). Se ha insertado un aliento pecador en el interior de la excusa que se abraza. Unos animales mojados desecharon la paz y cambiaron su fe por una sequía que se testimoniaba. (Ya hemos visto el posicionamiento de los prematuros climas. ¿Cuáles ángulos coincidirán con los lugares donde no abundan los escarabajos perplejos?). Un huésped, un arbitrario, no se corrige a simple vista. Se pliega en sus bajos esfuerzos y, al cabo, la existencia le sobreviene casi fugaz.

 

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“Afluencias y susurros en equilibrio”, por Wilfredo Carrizales

Ha sido un estallido ripostando sobre las paralelas. (Una cola se deriva hacia la alusión y fecunda las causas. Algo fluye suavemente: ¿no será la licencia?). De prueba, un teorema propicia una oferta de utilería. (Procumbente, la espina atraviesa lo rijoso y afianza un matrimonio exento de prólogo). De una región en retirada mutan las esporas sus hendimientos feraces. (Una sombra salta una tapia y declara la ruina de las calaveras durmientes). El que hereda inhala las interrogaciones de la ventura. Luego lucubra y se pone al acecho. (Redundan los vapores entre los términos de sus conexiones, en medio de una temporada de migraciones). Se fragmenta el polvo. Análogamente se reducen los huesos a simples pronunciaciones. (Nos residenciamos en las perforaciones y nos imbuimos de huellas y de sellos reclutados, pero la burocracia continúa con su asechanza). En el ángulo de la ingenuidad, la realidad se torna más intensa. Los secretos se contrastan con gran aparato). Íntimas, se intersectan las vibraciones durante el arreglo de los planos. Después, por añadidura, bailamos hasta entrometernos en un contexto que se inventa. (Las imágenes se abren paso a empellones. Procuran las alforjas mordidas por las bestias). Ruedan los disparos rodeados de tierra. La supremacía se paga con la longitud de los males. (Decepciones. Avisos sangrados. Un escarmiento que no acaba en confianza). Hubiéramos desembocado ante fluidos no molestos, de no haber surgido la intromisión de los señuelos. (Escapa y perdona. Sin embargo, no logra descifrar los lapsos). Casi lo mismo, si mencionamos el bochorno, el sofoco de las membranas. (La mucosidad se desparrama como bufanda a lo largo de la humedad del invierno). Los escorpiones giran llevados por el luto y, apesadumbrados, se sienten detractores. (Los otros, los demás, visten sus cuerpos con materias afiliadas hacia el afuera).

 

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“Afluencias y susurros en equilibrio”, por Wilfredo Carrizales

Se prolongan las espigas y producen un vuelco. En el espejo de espuma hormiguea una aporreadura que se cimbra. (Antes de la blasfemia, el sueño de la charca. Un sombrero se baña y simboliza el descenso silvestre). Los síntomas respaldan las transferencias de los objetos cortantes. Los adornos gozan de fiabilidad. ¿Por qué molestarse si la vista se enreda en baratijas? (Ese calor renegado invirtió las tramas. Los esguinces se apartaron de las hebras con la pequeñez de un chirrido). En dos niveles, unos palos se desquiciaron con disimulo, pero una sacudida remodeló el asunto. (El umbráculo no fue hallado. La unción se resintió de su cono. Lo inexplicable actuó como árbitro). Faltó la continuidad del sendero. No se destrabaron las infidencias. Los colores quisieron estar hartos de espiritualidad, mas los frustró la negligencia sin marca. (Trivialidades en turba; tropel de segundos triturados; corrientes que se exultan sobre el fuego). La escuadra engorda con el apego de la raíz. Los escaros se exasperan. El disparate suena a exactitud. El sesgo tiende a ofenderme. Inadoptable (¿inadaptable?), me desnutro y disiento. (Se introducen pruebas a través del desafío. Velatorio y meneos. La contienda se atestigua con el bastón de la necesidad.). Golpes lejos del distrito de la avaricia. La tutela cambia en exuberancia. Un ser devastado se marchita sin contraseña. (Sistema de insuficiencias vegetales que sirve de mampara a la línea de flotación de los corpúsculos. ¿Se satura un aljibe con el solo pronóstico de sus años? ¿Quién desgasta a las criaturas que se escurren bien, a pesar del pésimo tiempo?). Un enigma y un estampido: centella que arremete contra los cristales del resuello. (Siguen el ritmo de la hechicería sin saberlo. Apenas se les nota un quejido de virutas, cordales, sin perspicacia). Vi, verbalmente, el motivo del movimiento, su enmaderado encrespamiento. Miré la sangradura del vino dentro del ocaso de la horqueta.

Wilfredo Carrizales
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