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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Alzo y coloco el puño

lunes 28 de marzo de 2016
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Alzo y coloco el puño, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Me pongo preso y me enrejo. Mi ánimo en el combate consigue un calentamiento asaz pugnaz. Refractario me sitio en mi rincón. El reconcomio me plasma con virulencia que se bate en brecha.

Me aliño y soy una pintura incompasiva, lejana, acaso del ringlero. Principio a incomunicarme y en los ánimos de la pelea arrastro a las paredes conmigo.

Una noticia se desembaraza. La fortuna se atrinchera en su punto. Quien trepa hace gala de una furia que se desprende de una caldera.

Voy recalcitrante y me abandono y rodeo al gabinete donde están mis insistentes secretos. Me enfrasco por la victoria imposible y la irrupción inaudita se convierte en mi acogida para la marcha de los asuntos inobjetables.

El desacierto constituye mi anacronismo. Por su virtud, la epístola se corrompe por el descuido de su intemperancia.

Entre los árboles, la mezquindad que nos subyuga, el temor que conduce al escarnio. Asombrosamente nos admiramos del arrojo de nuestra saliva. Por trabajar por la conciencia nos lastimamos. La soltura da frutos con la palabra puntual.

Invoco el encuentro de alguien. Atónito me ahueco y en la pieza me desplazo con un esfuerzo de comediante. Sin tutor, el sagrario se derrota porque no impone el envoltorio de la piel. (Una máscara observa desde un atrio que se alza con esplendidez).

 

2

Alzo y coloco el puño, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Despido gases, elogio para las narices inmunes e insignes. Estallo y me reconozco en lo avezado de mi ejercicio. Dilato la efusión de la prueba, su rastreo que no conduce al desembolso.

El rumor trae la desgracia hacia la casa. La diligencia se renta y se torna delantera del envés. Lo incongruente me apasiona. Su herencia supera la pobreza, su argucia que blasona.

Para los amigos, para los subordinados a conciencia, me cincho a la pertenencia de lo sanguíneo. Excepto una semana, mi exterioridad va con el hilván de la espada. Flechero, encuentro mi voluntad entre los trapos de la antipatía. Me receto y digo la verdad.

Una noticia se desembaraza. La fortuna se atrinchera en su punto. Quien trepa hace gala de una furia que se desprende de una caldera.

En las fiestas, el dinero digiere el vapor de las genealogías. Si tengo un arbitrio, la nombradía manifiesta su aptitud en el menoscabo que se injerta. Con la noticia de los brazos la densidad sobresale y se redoblan los paños en la gracia de su humedad. Los peligros se bordan cual iconos de antaño y es placentera la enfermedad de la alegría.

En el paladar, se remolca lo vocinglero y se perpetra una caricia que determina la abstinencia por poco tiempo. (Una máscara se asoma al espacio que se reconstruye).

 

3

Alzo y coloco el puño, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Del amor tomó lo que le convino; de la comedia, la alucinación y el falso aplomo. En el anacronismo se equivocó y el episodio llegó hasta cláusula de mendigos.

Viviana vivía en la vitalidad. Violeta se violentaba contra la viola. Patricia rezaba el Pater Nostrum con patetismo. Estrella gustaba de la estría de la estrada. Desireé tenía deseos y decires. Maite se acostumbró a los maitines y los prolongaba con merecimiento. Noelia no leía, sin embargo escribía para compensar la falta. Eva evitaba el medioevo y los eones. Leticia le terciaba las tareas a su prima lánguida. Natalia natalizaba las alegorías que le acercaba su naturaleza. Elena no era elemental, aunque nada demostraba lo contrario. Enma trató de emascularme, pero no lo logró porque le enmendé el error. Yolanda huyó en volandas y el aire le fue aleve y los corpúsculos de luz la lloraron. Flor se abrió con sus pétalos carnales y el cáliz necesario se lo otorgué yo. Adriana se bañó en el Adriático una mañana sin sal y luego una diana la despertó admirada. Ángela se elevó con alas de manjar y desde el cielo dejó caer angustias dulces y heladas. Jazmín exhaló un aroma por todo el jardín y a la una de la tarde vio acercarse su fin. Lara me resulta cara y unánime y sobre su piel rala poso un beso que ara. Verónica es veraz y sónica y aun así desconfío de ella y de su música. Lorena me produce pena y no consigo enaltecerla con loor. Silvia me silba para prolongar mi silvestre locura y sólo obtiene un silbato de hueso y sílice. Rafaela me roe la cuerda de los cuerdos y así obtengo acuerdos y recuerdos, mientras la muerdo. (Una máscara se explaya y dicta su misterio).

 

4

Alzo y coloco el puño, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De la abyección vino a hablar el negro pedante. Se abultó en plena oscuridad. Lo sobrevivimos con audacia y una paciencia que superó su atropello.

Por donde se sumía la cabeza emergían unas cartas y allí mismo se formó una ranura, por donde sobresalían trastos y pelucas, burbujas y pesquisas.

Era todo un caballero: se asía a sus cabellos y evidenciaba su lealtad. No cupo más en sí: la sesera se le tornó áspera, con agobios de nochiencias.

Del huevo, la cáscara; del crédito, la afición sin apego. Un pariente cayó en desplante y le advino una fatalidad sin freno y sin barullo.

Del amor tomó lo que le convino; de la comedia, la alucinación y el falso aplomo. En el anacronismo se equivocó y el episodio llegó hasta cláusula de mendigos.

En el tercer piso, el hablador decide su destino. Su discurso se aclimata en la astucia. Vocinglero, se nutre del ejercicio que no conoce reposo.

Facción y ficción. Asqueroso con el navajazo en su mirada. Por los adversarios, suma inagotable de dudas. Sobre alguna cosa, un menoscabo, una rudimentaria incapacidad.

Maña con noticia y regalo que se ralentiza. A palmos, el silogismo gana sus designios. Un hijo se enriquece con un tercio de su excelencia. (Una máscara discrepa de su silencio y poco balbucea).

Wilfredo Carrizales
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