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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Recovecos en lo evocado

miércoles 27 de abril de 2016
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Recovecos en lo evocado
Fotografías: Wilfredo Carrizales
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

Felipe llegó alrededor de las siete y media de la mañana. Me llamó desde la puerta de calle con irresoluta voz. Le invité a pasar y le ofrecí una silla para que se sentara en el jardín. Venía sudado y se abrió la camisa. Vi todo su costillar transparentado por la luz solar. Se sintió incómodo con mi observación y rápidamente abotonó su prenda de vestir. Fijó su mirada en mí durante largos segundos. Luego dijo: “Ayer llovió en Villa de Cura y las gotas eran como icacos maduros. Mi mujer me pidió que oyera el sonido del aguacero al caer sobre las hojas del plátano. Sólo escuché el gemido, más bien maullido, del nuevo racimo de plátanos que estaba naciendo. Hoy, al clarear, había dejado de gimotear y tenía adheridas sobre la piel decenas de pegones y avispas y diminutas abejas silvestres…”.

Yo deseaba siempre que la lluvia me agarrase en plena calle, cuando me dirigía a la bodega de mi padre.

(Yo intuí que un sapito emergería, en cierto momento, de entre algunos pedruscos mojados, amontonados en un rincón de la blanca pared. Por supuesto, no comenté nada).

Felipe prosiguió: “En los tiempos de antes, llovía con gran estruendo y la gente se asustaba mucho y se refugiaba dentro del cuarto de los santos. Yo me abrazaba estrechamente a mi abuela y ella me pasaba la mano por la cabeza, mientras rezaba oraciones que yo no entendía. Desde la cercana plaza Sucre de Cagua me llegaban los aromas de los cedros enchumbados. De pronto, recordaba que las gallinas andarían en el patio tratando de protegerse de la tempestad y sentía una efímera compasión por ellas. Veía de reojo a las imágenes colgadas de las paredes del cuarto y creía notar amonestaciones en sus rostros…”.

(El sapito, color de tierra sucia, asomó medio cuerpo desde el interior de su escondite. Parpadeó un par de veces y a continuación se ocultó bajo un intento de hojarasca).

Felipe retomó la palabra: “En realidad, yo deseaba siempre que la lluvia me agarrase en plena calle, cuando me dirigía a la bodega de mi padre, situada a tres cuadras de nuestra casa, para así quitarme las alpargatas e irme chapoteando por los charcos y por el agua que corría por el borde de las aceras… Antes de llegar a la bodega, me ponía de nuevo las alpargatas, ingresaba al espacio (allí papá vendía múltiples productos), por una de las tres puertas y me ubicaba detrás del mostrador, muy cerca de la alacena, donde se ofrecía todo tipo de dulces criollos, y cuando papá se descuidaba, me metía con rapidez una papita dulce en la boca y luego la dejaba deshacer lentamente entre la saliva que fluía a placer…”.

(Felipe estaba de espaldas al sapito y éste, sabiendo que yo no lo delataría, salió con audacia y comenzó a dar saltitos pegado a la línea de la pared. Aprovechó para atrapar a una mosquita adormecida y pareció eructar, aunque yo lo dudo. Felipe me hubiera contradicho).

Felipe continuó hablando: “La señora Teodosia, quien vivía frente a la bodega de papá, era temible por la lengua, pero sus manos eran prodigiosas en la elaboración de suspiros, pan de horno, alfeñique y conservas de batata y de guayaba. Cuando se aparecía con su bandeja llena de aquellas dulzuras y la ponía sobre el mostrador de la bodega, la boca se me hacía agua a borbotones, pero yo trataba de disimular para que papá no descubriera mi ansiedad por caerles a mordiscos feroces a todas esas maravillas de diferentes texturas, aromas, colores y sabores. Bastaba que papá se descuidara o se dispusiera a atender a algún cliente para que yo alargara la mano y con ágiles dedos atenazara una pieza de las creadas por doña Teodosia, quien ahora debe estar en el Purgatorio alimentando con sus delicias a los golosos que pululan por ese paraje…”.

Al terminar de hablar, en el horizonte retumbó un cañonazo de luz azul y principiaron a caer las primeras gotas de lluvia.

(Felipe entorna los ojos y levanta la cabeza hacia el cielo gris oscuro. Abre un poco las piernas y el sapito captura la oportunidad para dar unos raudos brinquitos y atravesar aquel túnel hacia el extremo opuesto del jardín, donde una planta de banano luce un bello racimo de ocho manos y unos hijos verdosos a sus pies claman por crecer rápido).

Felipe regresa de su arrobamiento y agrega: “Va a llover dentro de poco, pero primero se verán unos relámpagos de miedo y después se oirán unos truenos que romperán las nubes. Habrá también una previa tormenta eléctrica y los niños gritarán aterrados y los perros se orinarán colmados de espanto…” (Felipe enciende un cigarro y lo chupa con calculada fruición. Luego expulsa unas volutas de humo que permanecen unos instantes revoloteando encima de su testa).

Felipe reanuda su reláfica: “En el momento cuando se extinga este cigarro empezará la función celestial que anuncié. Ya oigo el galope de los caballos que hacen trepidar los nubarrones y los ennegrecen con el polvo que levantan. Ya siento los chispazos de electricidad sobre el cogote. Ya muerdo la fragancia de los algodones de azúcar que cuelgan del firmamento. Ya la ceniza ha ensuciado abundantemente mis viejos zapatos…” (Al terminar de hablar, en el horizonte retumbó un cañonazo de luz azul y principiaron a caer las primeras gotas de lluvia. Felipe se levantó con parsimonia de la silla y me indicó que le abriera la puerta de calle. Se alejó con pasos cansinos, mientras su espalda encorvada recibía abundantes salpicaduras. El sapito emergió debajo de las raíces del banano y se dispuso a aceptar la ecuménica lluvia con una actitud de sosiego, gozo y devoción).

Recovecos en lo evocado
Fotografías: Wilfredo Carrizales
Wilfredo Carrizales
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