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A través de la imagen de una silla sola

miércoles 15 de junio de 2016

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

A través de la imagen de una silla sola, textos y fotografías de Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La silla no está encadenada ni ensamblada al piso. Se soporta, dócilmente, a su soledad. Recibe, inexpresiva, la salida de algún animalejo que se domestica. El céfiro no la mece y ella permanece apostólica, con el viejo ardor de la juventud. (¿En qué momento vendrá el que se sentará sobre sus maderas de cesión?).

Un ruido de tijera llegó a caer de la silla, pero nadie se devanó los sesos para tratar de entender el acontecimiento. La armazón se agregó como adjunto. A la mesa la olvidó prontamente. Unas cuarenta sombras no logran desesperarla.

Desde aquel día de inicios de la sequía está en su sitio. Poco más o menos ha presentido vuelos de aves que suponía extintas, ruidos de motores que expulsan electricidad y amuletos que festejan anatomías por obligación.

Cuando se señala la oscuridad, se sumerge en lo axial y cuida de moverse, con lentitud, hacia las coordenadas de su nombre. Se abstrae para guarecerse de la corrosión. ¿Se sabrá cuál huso horario aspira a desviarla del destino que la entrecruza? Del pino y del samán conoce las averías.

En demasía se aviene con las coartadas de los pasos del almanaque. Nunca ella será la última de todas. Para siempre la difunta anciana la vigila desde su ático de alegorías. A la antigua, piensa en el retiro, aunque posee la alternativa de rejuvenecer y emocionarse sobre un altar construido de virutas y espasmos de leño.

A veces, los nudos le congestionan la urdimbre de otro parecer, pero persevera y se concede a la genuinidad. Se hincha de expectativas en cada aurora, sin embargo, al cabo, bosteza y se duerme recostada contra el aroma de la fruta roída por el ratón de los achaques.

 

2

A través de la imagen de una silla sola, textos y fotografías de Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Si un gato maúlla bajo la silla en solitud queda mudo y atragantado, allí adentro, por preguntas que conciernen a las fechas de las polillas. Alrededor un aspecto de polvo hierático asciende cual manto que brujea. Además, en ese ámbito de irrisión unas grietas se hacen presencia con mordacidad.

Se asienta la silla sobre su imaginario jinete de pedrería. Sincrónica, simpatiza con las abreviaturas, sin querer, sin causar sinergia. La silla se pliega a la gesta que la sella y asiste, con dignidad, a la obra que simboliza el silabeo de los días.

Entre los silbidos de los vientos y las brisas se interroga acerca de la transfiguración de las formas de los rótulos. Por consiguiente, adquiere naderías de las alas de las mariposas y luego las impulsa hacia las tardes que se cuecen en virtud de calores primigenios.

Por la dirección de lo perpendicular arregla las estrías del acomodo. De esta manera, completa su jurisdicción, la escotilla para evadir atascos. Le huye al estilo descolorido y en su altura constante, apaciblemente, gana el sosiego, la tranquilidad de su propio ocaso.

Irrefutable, se convida a la visión acortada de la calle. Soporta, durante el invento de las manecillas del reloj, el inventario, a la viceversa, de las épocas de antaño. De su pedazo de cielo toma los avatares que la ajustan a las partidas. La levedad ingresa en el interior de su materia y la asimila a una ingravidez de precaución.

De la luna disfruta su aspecto de fiesta oblicua, pero la luz cenital la enloquece y, por momentos, la conduce al juicio final. Le ocurre una emoción de comején y no en vano proclama su asueto tras la ventana del astrónomo.

La holgura le viene al tiento: en ese estado se desempeña con equilibrio, al margen de la turbación. Piensa, con asiduidad, en el oquedal de su origen y el recuerdo la anega con un grabado de astillas.

 

3

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Fotografía: Wilfredo Carrizales

En el sector de la soledumbre de la silla, donde el incienso de la tierra más tremola, se abre la costumbre de los cantos de pisadas. El alarde se deshoja y presume, hacia atrás, de la rugosidad sin fondo. Se atusan los temores, mas pronto se dejan de lado.

Un enemigo pretende enlazarse a la galanura sin estruendo de la silla, no obstante, se atasca en el sumidero del estorbo. Las manchas arrebatan el espesor de las tablas, aunque un intervalo cautiva y se torna envoltura. ¿Todo no es más que ilusión, estribo que aprieta, animación de un extremo, lejos del cómputo de los traslados?

Menos da una butaca repleta que una silla alimentada de soledad. Se devuelve el tono de lo áspero y se sirve una moldura de serrín para las almas que se recogen. ¿Para qué chancear con los respaldos, si las vetas en poco tiempo se individualizan y pasan? Sólo se ata de nuevo lo recuperable y las ranuras se vuelven espectros. Una emoción acompaña a la largueza del aceite de teca.

Fragancias pardas que chorrean en la verticalidad de las patas. Trastornan las melodías del existir de la madera que forcejea. Se anuncia un celo de rusticidad, pero no brama por falta de correspondencia con el vacío.

La silla no se hundirá ni zozobrará en el vicio del sumario. Con mucho miramiento pulirá las grietas de la continuidad. ¿Alguien supondrá cosa mala en la fortuna que toma asiento y pone abajo el olvido? Lo prosaico se remueve encima de los reflejos de lo que semeja concha o corteza, áridas de lodo.

Prueba el testamento la silla y en notable imagen de tótem se contornea y se aligera de agravios. ¿Tendrá alguna vez una doblez de tonsura, cercada por arañas y demás giros de insectos de las paredes? No tardarán los toques propinados con los nudillos de los dedos. La exactitud no será un subterfugio para dañar el brocal.

 

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Fotografía: Wilfredo Carrizales

Aunque sola, la silla se visita con semejantes y permanece siempre en su unicidad. Reclama de las lluvias su sabor de certeza y elocuencia y así, ella va transitando por su topografía que no muta.

Cuenta con su esperanza, con el gusto sistemático de su ecléctica grandeza. En su escena, se declara culpable de venturanza y unción. Medianera, moldea los caprichos de las aperturas. Atenuadas, recibe las cartas de los carpinteros desvalidos y entonces rumia una oración.

Más allá de su parábola, demuestra el orgullo de su cubierta y no tolera impedimenta para su traslado que deslumbra. Surge cada hora, exactamente con el mismo paramento, como si una ceremonia de gala la aguardara en su rincón.

El trayecto de su peregrinaje doméstico le trasiega partículas de dureza para sus adentros. Sabe de razones de parsimonia, ecuanimidad y delicadeza. Se estaciona en su parapeto para capturar a las más lúcidas de las rúbricas. (Con la parafina se apadrina en años bisiestos).

Su fisiología es un divertimento en la nostalgia de la savia que aún fue. Su obra se justifica sobre las asentaderas del tiempo, sobre las nalgas que trabajaron a destajo. Su militancia constituye una vehemencia en la escuadra del vivir.

No se marea, aunque no sea de roble. En ella caben todas las generaciones. Feminidad de incontables respaldos. De la bastardía atraviesa hasta la nobleza y retumba, sorprendentemente, tras los bastidores. Apoyo a apoyo subyacen sus múltiples caras que fabrican un coro de ángeles sedentes y sedientos.

En las madrugadas, se alojan en sus venas los crujidos de los grillos que reparten golosinas. Nunca se priva de su esencia portátil, ni aun en lo grueso de las tinieblas. Y su brillo no levanta reservas, ni tampoco borrones, ni cruzadas.

¿Dónde habita de continuo? ¿En el socorro allende la catástrofe? ¿En cualquier emergencia sin prurito? Pervive todavía en sus huesos y niega la extravagancia de los atolladeros.

 

5

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Fotografía: Wilfredo Carrizales

Homenaje, a la vista, para la silla solitaria que persiste en su homilía, a pesar de la fricción del retiro. De un preludio conquista su siempre agradecido estreno. Prima su procedimiento con los allegados de su fe. Propiamente se podría escribir su relación por medio de los latidos de sus ángulos.

Resulta que ella puede recordar y no se equivoca. Hace miles de meses se colgó de un apócope y después descendió con un tema para enseñar: la particularidad de las maderas del aire.

Ya cerca de la gracia, ¿permitirá un voto de cotidianeidad? ¿Habrá otra casa que la adscribirá? Del mismo flanco acaecerá un aumento de su valía.

Xilografías en su concierto para que actúen por alusión. (Aquellos para quienes se narra reconocerán la paz en las clavijas). Luego se le adjudicarán remaches que no necesita y ocurrirá una llamada a lo raído de su piel, mas ningún trozo nuevo será restitución.

Condesciende con su naturaleza, porque ella también tiene algo de animal de pausas, de entrega y viguería. Reanuda su encierro, empero no se oculta, sino que, entramada, expone su fogonadura, a sabiendas de que la nitidez la exulta.

Sin titubear, sabe ser callada en las respuestas. Suda si se imagina serrada, convertida en ripia. Ocasiones le sobran para la resistencia, pues profesa una emulación de los entarimados. Así, en la espontaneidad, no se complica su destino de descanso.

En sazón, su juicio se antepone a su cognomento y se colorea de texturas para expandirse y levantarse con los periodos universales. En aquél entretanto, cuando se exhala el atardecer, ella interviene en rebote de la energía. Majestad le sobra, amén de otros atributos para expulsar la humedad y lo proceloso de las tempestades.

Próxima, se aplica a sus andanzas de ilusión, a sus itinerarios en torno a sus nostalgias. Perdurablemente se atiene a la estación que más la califica. (Por momentos, una mezcla incendia sus rectas de sueños y la hace intuir claridades para el alivio de la desmesura). Modera la velocidad de la luz con un horario ajustado a sus presiones. (En cuál efigie fulgurará su oficio de quietud?

Reside sin déficit y resuena. Se endereza con dinamismo, en última instancia. Si se decide a irse, persiste en el juego de conservarse. Retoma en cada instante y no atrasa la reciprocidad de su portento.

Wilfredo Carrizales
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