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En busca de antiguas huellas

lunes 25 de julio de 2016

Textos y collage: Wilfredo Carrizales

Pródromo

En busca de antiguas huellas, por Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

Oculto entre la espesa oscuridad, durante varias noches, me di a la placentera tarea de buscar huellas en distintos lugares y épocas antiguos. Mi rastreo me llevó al encuentro de sitios, construcciones y hechos insólitos o curiosos. En cada ocasión, me preguntaba: ¿qué habré de encontrar hoy? ¿Rastrearé hasta debajo de la tierra? ¿Adónde estaré en pocos instantes?

 

1

El inmenso rostro tallado en piedra escudriñaba, con su único ojo sano, el vestigio que había dejado yo sobre la arena del desierto. Hierática, aquella faz, con la nariz destrozada por las eras o por la acción humana, imponía a su alrededor un silencio que abrumaba y que hacía estremecer. El viento levantaba con frecuencia cortinas de arenisca que ocultaban a la vista unas estructuras piramidales que pugnaban por permanecer imponentes y visibles.

Desde alguna parte, se oyó la voz de un famoso historiador: “Hay muchos monumentos notables por aquí y la imaginación no se empobrece al confrontarlos”. A pesar de que no repliqué, me puse a meditar sobre la metáfora del tiempo como predador y el misterio de las ruinas circundantes no se rindió ante el esfuerzo de mi indagación.

Con el ocaso, aparecieron unos solitarios dromedarios que traían marcados sobre sus pieles unos jeroglíficos que anunciaban el derribo de unos colosos poseedores de experiencias para un destino que, virtualmente, nunca llegó a ser claro.

 

2

Las cariátides permanecían activas y seguían soportando los restos de la pesada techumbre. Con un clásico pedigrí imponían sus voluptuosas formas al conjunto arquitectónico al cual se integraban. Los rayos solares hacían resaltar sus magníficos bustos y la brisa, con aromas de olivares, mecía suavemente los pliegues de sus vestidos talares.

La eminencia de los mármoles donde descansaban las cariátides sobresalía a través del lustre de sus superficies que semejaban sendas para ser recorridas con los pies descalzos y el alma en vilo. Las vicisitudes del lugar no habían alterado su carácter sagrado. Al menos así lo reconocían unas hierbas silvestres que habían brotado, con dificultad, desde debajo de las derrumbadas pilastras y ofrecían sus pequeñas flores como exvotos a las imágenes.

La visión del pasado no podía quebrantar la sólida unión del culto a las deidades femeninas y recordaba, en todo momento, que desde el entarimado persistiría por muchos siglos más la mezcla de delicadeza, fuerza y gracia de las féminas mutadas en columnas.

 

3

Hace mucho tiempo que se apagó el fuego que ardía perpetuamente. Las vestales se marcharon temprano y en el camino dejaron la castidad. La circular estructura le permitía a la diosa del hogar girar en la ribera del cercano río. De sus veinte columnas sólo una se debilitó y cayó.

Un juego de luces y sombras se allegó sucesivamente impulsado por un techo que colgaba con criticada modernidad. Las tejas no deseaban cambiar y encontraron su espacio adecuado para desplegar lo que más se admiraba de ellas.

Los milenios no crecían tan distantes y la pátina adquirida se preservaba el estilo de una evidencia que recogían las crónicas. Las ánimas de los antepasados así lo refirieron.

 

4

Acaso el paisaje cambió bruscamente con la aparición de los altísimos paredones flanqueados por columnas que eran como papiros enrollados, donde se notaban figuras humanas: unas sedentes y otras de pie.

El horizonte dejaba vacante su habitación y pronto un nuevo inquilino la ocupaba con sus ruinas y sus túmulos de rocas.

Unas inscripciones muy bien delineadas atrajeron mi atención y por el contexto extraje unas perspectivas idiomáticas que me llevaron hasta un espíritu que practicaba la arqueología con suma devoción.

Me fusioné con la estética del entorno y mis impulsos se movieron paralelos a la energía de los materiales que sirvieron para la construcción de monumentales edificios.

Ciertamente el sabor de los fragmentos dispersados por doquier validó mi interpretación de lo cronológico. Es posible que de las ruinas hiciera un libro y que, página a página, lo leyera con acompañamiento de ruidos de excavaciones. Debo reconocer que carecí de un parte diario. La especulación no pudo suplirlo.

 

5

Encontré al colosal león ya desenterrado, pero ningún ser humano rondaba por el sitio. De inmediato, implementé una estrategia visual, dispuesto a convertirme en pionero de aquel inaudito hallazgo. Me localizaba dentro de un paraje de leyenda o, tal vez, de fábula. Mis pasiones no conocieron indulgencia y pese a mi escepticismo me propuse indagar, con mis propios métodos y motivos, en los antecedentes de la bestia de piedra exhumada.

Me eché en tierra y me puse a dibujar los contornos del león. Encontré un nombre cerca del nacimiento de su cola. Con curiosidad lo transcribí y aunque aún no he podido descifrar lo que significa, su resonancia auditiva me condujo por ámbitos rodeados por altas montañas rocosas. Pienso que algún día, algo me llevará a la develación del enigma.

 

6

Comencé el itinerario en la calle de las tumbas. Percibí el volcán humeante al fondo. Bosques de columnas rotas bordeaban el inclinado camino de los monumentos funerarios. Muy atrás se insinuaba un templo de algún dios (o diosa) relacionado con el amor y la pasión.

Las ruinas y yo nos influenciamos recíprocamente. No traté de precisar ni el significado, ni la intención. Simplemente dejé discurrir mi fermento intelectual e intenté embellecer mi manía por las antigüedades. Ninguna distorsión agrandaría mis ansias. Un fulgor de nostalgia por un patrimonio perdido cruzó raudamente por mi mente.

Me di permiso para copiar, mover y medir todo lo que se expuso ante mis ojos. Me encontré, sin proponérmelo, en un proceso que me documentaría sobre las formas que parecían evanescerse. Sin falla, alcancé las multivalencias de las identidades históricas y me envolví con los simbolismos para lograr algunas certezas y apartarme de peligrosas ambigüedades.

 

7

La torre de los vientos no se movía ni con el cielo más azul, ni con un firmamento chispeado de puntos negros. Apenas una palmera datilera le servía de compañera.

La torre que amaba lo eólico poseía idiosincrasia para afectar las miradas de los observadores extranjeros. Ella fue capaz de estabilizarme en mi contexto que tendía a disiparse.

La oscura, aislada palmera, era sinónima de solícita atención por parte de los viajeros hambrientos. La torre de los vientos se había preservado bien, gracias a la sombra de la datilera. ¿Quién habrá incluido a tan conspicua especie vegetal en ese paisaje casi onírico?

La calma se acentuó a medida que se aproximaba el mediodía. Mis sentidos se subrayaron en procura de una armonía que me permitiera dominar los confines, las orillas, donde parecía enardecerse lo típico o lo llamado de esa manera, frágilmente.

 

8

De improviso, me capturó la perspectiva de una serie de niños desnudos distrayendo a la muerte que reposaba dentro de un sarcófago de piedra. Los infantes reían y se divertían. Sus cuerpos regordetes y sus bucles —seguramente rubios— informaban de la buena salud que los acompañaba.

Me sumergí en la inspiración del pasado más pretérito y me documenté en los años iniciales de tales monumentos. La virtud de la piedra, su trasiego a través de los estragos del tiempo: la aprehendí, la penetré, aunque no tan dilatadamente, en su dominio. Entre el mito y el limo me situé para permanecer con dureza.

Los nombres de aquellos niños se me apartaron, mas cada uno de ellos pregonaba contra el peligro, la fealdad y la iniquidad. Los elementos mágicos no decayeron por contradictorios. La respiración de la vitalidad se preservó e, irrevocablemente, le otorgó valor a la realidad y a su ideal de permanencia, a pesar de los saqueos y destrucciones, pillajes y despojos.

 

9

Pasé horas infinitas en medio de la selva que protegía aquellas pirámides que deploraban su situación. Espiritualmente me mencioné y voces misteriosas resonaron en todas las direcciones. La incompetencia general de la lluvia no pudo nada contra mi furor y mi exaltación.

Permanecí funcionando dentro de un tipo de ritual que improvisé. Un periodo de intenso fervor se apoderó de mis cabales. Me moví hacia la parte posterior de las antiguas construcciones. Tracé sobre sus muros de piedra volcánica unos poemas dedicados a los postes de las noches. Luego me hice a un lado y lamenté no haber traído una cantimplora llena de aguardiente.

Después de un breve instante, las pirámides mutaron en un más amplio arte y comulgaron conmigo en una amistad que se elevaba más allá de los simples enunciados.

El curso del nivel estético remedió la falta cometida por la agresividad de los árboles de la selva. El anuncio de unos carbones que traía una manada de monos fue el peculiar reconocimiento a mi condición de foráneo intérprete de las antigüedades que no sucumben.

 

10

Convergí de frente contra la imagen singular: fachada de un vetusto teatro donde nada escaseaba y todo lo allí presente era maravilla y álbum de curiosidades y colección de edades, nostalgias y modos.

Múltiples ventanas enrejadas, con o sin vidrio, para que penetrara la luz, el viento, las palomas y —¿por qué no?— la lluvia, la nieve, las hojas volantes del otoño… La estructura del edificio convidaba a lo raído y juntos sobrevivían por encima de aquella ruina que no acababa nunca.

Palimpsesto arquitectónico donde diversos estilos se embutían para fortalecerse y asombrar a los paseantes. Y si no, ¿por qué aquella columna incrustada entre ventanales que no eran parientes de su concepción? Y pedazos de paredes que se desmoronaban y dejaban al descubierto aglomeraciones de lajas, pedruscos, ladrillos y cantos rodados.

En la fachada de ese teatro actué a pleno sol y fui, simultáneamente, comediante, titiritero, juglar y saltimbanqui.

Wilfredo Carrizales
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