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Nunca ahíto, el tal ojo escudriña y conforma

lunes 12 de septiembre de 2016
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Textos y collage: Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales
Collage: Wilfredo Carrizales

1

Ella, con su monóculo, con su ojo unigénito, acanala las caracolas, las conchas marinas de los abajaderos. Les observa las trompas y las convierte en bocinas que se abigarran.

Ella coexiste con los cohombros de mar y les regala, a diario, un bochinche de bisagras. Su ojo, caliginoso, circunstante, engrandece el zodiaco.

Ella, con su único ojo —es necesario no olvidarlo—, zahiere y, si lo precisa, se venga enseguida de quien no vela. No tolera ningún yerro en su alrededor.

Ella se sirve, a cabalidad, de su ojo y adhiere a su rostro, a sus labios, el rosado, el bermejo, el morado y en la abertura de su nudo oculista acicala a un acólito.

Ella difunde acertijos en un abreojo y encandila a los difuntos que construyen un faro. (Una efigie, en lontananza, espera de ella la longevidad, aunque no sea ecuánime).

Ella emana lustros con fiebre y con irónicos sufragios y, diabática, se echa las carnes al sombrero o echa el semicuerpo a la tormenta y casi arroja el atajo por el crucigrama.

Ella y su ojo localizan las enredaderas y las hacen divergir y luego migran con algunas y las lubrican hasta apostarlas en un abrevadero, a un palmo de tierra, a trasmano.

Su solo ojo puede estar en menguante y, a merced del estiaje, entra en juego con sus ladridos y marchita los detritos.

A destiempo, ella se expone al disfraz de la memoria y, al proviso, emite un dictamen: que modulen los moluscos sus mohínes.

Ella, mediatamente, se vale de su hincadura para fulgurar en las mejanas. Allí se solaza oyendo gañir a las gaviotas sin pestañas, a los alcatraces de la cofradía de los gorgoritos.

Guiña su ojo, para asombro de las simientes, mientras el silencio ni aumenta ni disminuye: sólo se observa el defecto de la madera de sangre.

Ella, silbador mediante, monda su lumbre y las ocultas guedejas le enveran el lúpulo y las escamas. Luego un mosto le nace a la vez que la mugre y ella, entonces, mimetiza los lapsos en el kiosco del guijarral.

 

2

Ella zurce las zozobras sobre los mástiles. Vulnera sus vivencias, pero, sincrónicamente, les adjunta una simpatía a prueba de acomodos fugaces.

El ojo, al socaire, supo que llegó el domingo y cayó el trueno y su secuela de reliquias y de pajuelas. (El color reverso en las pupilas de los peces oscilaba entre piélagos y resabios de saetas).

En su oquedad, el ojo, sin orfandad, impedía el exceso de luz o de brillo y se apercibía tal notoriedad, pues el novilunio se oteaba en otro después sobre una piadosa palmatoria.

Ella olisca las ofrendas y las andaduras y, con su pericia, percute los péndulos y su séquito de pañuelos le saborea los recovecos donde pergeña los zafiros.

Untuoso, el ojo se zambulle dentro de las zarpas del mediodía y hurga en la hostilidad de los meniscos. A la serena, lloviznan sellos cromáticos, con parsimonia, y luego las ostras ostentan rutilancias sin quebrantos.

Ella vigila los vestigios y, sibilante, sobrevuela las pestilencias que han ocasionado los ofidios. Por no dejar, olisquea debajo de los enigmas de los octópodos, quienes la escuchan a hurtadillas.

El ojo secunda una perinola de reciedumbre y la repercute —cree él— a perpetuidad, desconociendo que ella procede de un palo con una causa para el sacrificio del pedrisco.

Ella pigmenta su piel en el gremio de los orfebres, ya que ellos le donan reminiscencias de ágatas sanguinarias. Entonces, ella podrá beberse la muerte en su querencia tardía.

 

3

Ella ondula en el párpado de su ojo y no renuncia a ser su rémora y a soplarle la vela que pasma.

El ojo yanta las yemas urentes durante el vuelo de los vespertilios. A continuación saluda a los grillos —¿o será a los grifos?— y les trasfunde melindres, pero no migrañas.

Ella captura un manojo de manglares, lindante con los fetiches lacustres y, a lo somorgujo, zanja con ellos las diferencias.

El ojo encuentra satisfacción en su sándalo, en su penacho y en la razón de la rayuela. Al anochecer, peregrina con el repicar de sonajas y se vincula al zócalo erigido en una península donde el mutismo se vuelve nácar.

Ella se provee de un efecto de mudanza y las golondrinas esportean sus maletas colmadas de kimonos hasta el frontispicio de las lisonjas. Allí las jornadas transcurren insinuadas por maleficios de navajas.

El ojo suelta dos gotas sobre la severidad del suelo. Frescamente las recoge un galápago que mañanea y las deposita dentro de una yacija para que murmuren las larvas.

Ella, con su ojo a veces montaraz, tripula de nuevo un barco que jadea y abundantes sanguijuelas raen las cuadernas, quizá con el propósito de paliar los oprobios.

El ojo, severamente sesgado, recorre el regocijo de la vorágine y zumba con su saxofón de cristal. Esta peripecia le gana un sedimento contra los ulteriores peligros.

Ella dice: “Nuestras nueve nuevas ninguneadas” y el ojo escarba y descubre que ya no trasnochan los luceros, ni los pajarucos padecen en los oquedales y muchos óbitos más.

 

4

El ojo, en la penumbra; ella, en la ósmosis de la nidada. Ambos relumbran en sus redes y pesquisan las sepias y purpurean en los rescoldos. Someramente el uno pregunta a la otra: “¿Qué puyas enviaste al más allá? ¿Qué barbas lograste con el hecho? ¿Qué?”.

Ella seduce con el ojo de salterio y reblandece los suspensos. La hartura no es para su guitarra. Ella se acoquina tras su mampara y en un lavaojos soporta la cola del tiburón y le guarda la mezquindad para mejores épocas.

El ojo y su gracejo. Sobre un carruaje de brisa granan. Encima de una cornisa procuran ardentías. Superpuestos, se persuaden de rutilar, aunque les queme la rigurosidad de la travesía. (Una persiana les opugna redondamente la semblanza).

Ella se instala un pescuezo y unas pezuñas: desea ingresar a la servidumbre de los renacuajos con zancadas; zambullirse en el interior de la pátina realenga; embravecerse de hachís y efluvios de costras. Dondequiera, de consuno.

El ojo —ya casi universal— en cualquier conticinio aparecerá en tu casa o en mi domicilio. Será crisálida, aromáticamente servida, o congruente congrio o lo que sea plausible, menos yeso o sospecha de viruela.

Ella, en cuclillas, mostrará trizas de polvo sobre las manos. También un dejo de coloquio. Sus señas, a esa fecha, serán menesteres y compás de encrucijadas. (Un cínife cavilará por ella).

El ojo, con algo de cirro, chistará y distinguirá su golosina, la cual dormitará encerrada dentro de un cauce. Desde un acantilado, prorrumpirán los clarines de las piedras para hacerlo demudar con tiento y fijeza.

 

5

El ojo, cuando y siempre y cuánto, amanece de cutícula y danza por esos cortijos donde, simultáneamente, connubios e infinitas damajuanas mutilan sus natalicios. Así, el ojo deja de amar sus hebillas y se dilata por los gusarapos, pues éstos le aportan matracas y jarabes.

Ella, enarbolada en las gradas, las lapidifica y falsea su mentón para que la leche se derrame pronto bajo los fanales. En cierta parte, una marisma necesitará de su ojeada, mas ningún periplo la hará padecer de quejumbre.

El ojo desplumará su pitanza, al cabo. Sobrio y solsticial, omitirá el parto del rocío y dará un rodeo para expulsarse a través de un zaguán amortajado por los musgos. Fantasía o no, una hoguera lubricará su izamiento hacia el jaspe.

Ella se encorva, mal herida, en la encarnadura del hermafrodita. Ella, gregaria, leviga dentro de la maleza. Ella se cuartea al lado de los meandros sin agua, en el limbo inusitado, pronta inquilina de la fachada de lo infausto.

El ojo moteja a la muchedumbre. Jocosamente le señala las llagas de livor. Su rapacidad se pone de manifiesto y enajena la sensualidad y el ocio, ocularmente, pierde su nombradía. De intervalo en intervalo, se le palpa la sequía y un hocico, enemigamente, lo mustia y lo descalabra.

Ella ensombrece sus enseres, al punto de dar asco. En demasía, ayuna y balbucea una batahola. Su camisa brama por su candado; su balandra se ausenta, astillosa; se abochorna acullá; sus ademanes de cigarra ya no le conciernen. Su acuario está penetrado de abulia y apenas cohabita con codornices que chapotean en las charadas de los vientos negreados.

Wilfredo Carrizales
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