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Cuando los chinescos caracteres…

lunes 3 de octubre de 2016
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Textos y dibujos-collages: Wilfredo Carrizales

El magistrado

Cuando los chinescos caracteres..., por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

Su rostro se orienta hacia el exterior: busca el prestigio, el lado donde su punto de vista cale e incida en los acontecimientos. Cara a cara expone de viva voz, sobre un plano, cómo son los reflejos de las banderas en los espejos de bronce.

Entrega personalmente en su rostro la superficie que será tatuada. Con la cara vuelta al muro indica su falta de ignorancia. Otorga en mano la lealtad para que no sea cosa artificial.

Con un sudario se hace una máscara y prosigue mirando de frente. (Las manos podría tenerlas atadas a la espalda, mas esto no es seguro).

Discute de tú a tú, faz a faz. Argumenta hasta que se le enrojecen las orejas y un color de té se le manifiesta como apariencia macilenta o como coloratura de tierra después de una llovizna.

Bajo todos los aspectos, su fisionomía da órdenes por todas las direcciones. (Cuando no tiene nada que hacer medita observando el agua calma dentro de una jofaina). Su cutis podría recubrir una joya pudorosa y arrostrar la lividez del ocaso sin ni siquiera inmutarse.

A veces adula descaradamente y si su fachada se descompone da instrucciones tajantes para que se la repare de inmediato. Frente a un espanto semiabre la boca y mantiene la honra a todo trance.

 

Un hombre, un perro, un niño

Cuando los chinescos caracteres..., por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

El hombre dejó olvidado su cuchillo sobre su carruaje. Ahora no puede mondar las naranjas que deseaba comer mientras estaría de pie largo tiempo. No quiere encargar a nadie que vaya a recuperar el instrumento cortante. Es notorio su enojo; quisiera castigar a alguien, pero ¿a quién? El único culpable es él mismo. No le queda más que recriminarse, cerrar un ojo a modo de trazos mal hechos y farfullar hasta borrarse el nombre y el pésimo aspecto.

El perro gime y suelta una lágrima. Anda en pos de un amo y no encuentra a ninguno. No desea ser perro de caza ni mucho menos perro policía. Tiene mucho temor de contraer moquillo y sus dientes ya no son tan complicados e intrincados. Quisiera tener audacia desmedida, mas se sabe tímido y ramplón. ¿Podría intentar cazar ratones? ¿O morder a un erizo? Entonces procede a aullar sin pausa y de su boca no emerge ningún marfil.

El niño posee un caballo semental, un gatito y un agujero donde mete sus palillos de comer. Hay una esperanza que no se le aparta del corazón: anhela una luz pequeña en su habitación. Ahora no puede jugar: está apostado allí y escucha al perro y también al hombre. El niño desea echarlo todo a risa, pero un viento pasa junto a su oreja y le previene y entonces decide aprender más y no se mueve, sólo oye y así, a su alrededor, se resumen los gustos y aunque hay pocos peatones, no tiene por qué preocuparse de ellos y únicamente seguir su propio evento.

 

El gordo alguacil

Cuando los chinescos caracteres..., por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

Calcula el curso de los astros mientras devora equipajes de ciruelas. Tiembla de frío o de miedo con suma facilidad. De tarde en tarde, afila las armas y da pienso a los caballos. Nada parece estimularlo en este mundo y tampoco se anima a empujar a los espíritus embotados.

Frecuenta las tabernas donde se despilfarra el vino y la carne y las orgías son rutinarias. Se cree un águila real y apenas llega a buitre. Hiede a puerro o ajo y en los hoyuelos de sus mejillas se acumula la grasa de las comilonas.

Dado a la bebida y a las francachelas, sus conmilitones, a sus espaldas, le llaman “pellejo de aguardiente y saco de arroz”. Comete inenarrables desmanes durante las borracheras y al siguiente día no recuerda ni pizca, aunque su piel amanece tapizada de erupciones y magulladuras.

Su hermosa concubina de ojos de albaricoque le tolera el libertinaje, pues suele colmarla de horquillas de jade para el pelo que les roba a las prostitutas en los burdeles flotantes. Él intercede con frecuencia por los mercaderes venales y cual lombriz otoñal se deja acariciar el lomo con monedas cantarinas.

La hediondez de su cuerpo se percibe desde larga distancia y quien puede se le aparta a tiempo. Nadie desea ganarse su rencor, pues la venganza no tardaría mucho en llegar. Su mala reputación se le adelanta en todas partes y gente de su misma ralea le acompaña siempre para satisfacer sus deseos.

 

El pesador

Cuando los chinescos caracteres..., por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

Una y otra vez levanta pesos y no se permite entrar en cerco apretado. Doblado por la carga se sobrepone y se ubica en lugar estratégico. Aprecia mucho sus ganchos que le facultan para transportar severas dificultades.

El día nueve de la novena luna realiza una nueva representación teatral de calle y le confía a alguien de su entorno un puesto algo importante. Con su doble pupila del ojo descubre rápidamente cualquier ofensa grave. Sobreestima las ganancias materiales, pero mima a su biznieto.

Es torpe para desplazarse y apegado al terruño. A toda hora anda pensando en la gran recompensa que recibirá algún día. Se oprime fuertemente las manos y su espíritu se traslada a rogarles a las esferas celestes. Repetidamente reitera sus súplicas y cuando vuelve a ver la luz ha perdido parte de su territorio. Luego transita con precaución mirando de reojo.

Se impone un reglamento estricto para regenerarse, para estimarse con importancia, para considerar sus dotes de impecable pesador. Como no es profundo ni nada discreto comete incesantes imprudencias y, al cabo, se percata de que su sombra pesa más que él. De esta manera castigado, sufre considerables pérdidas y suele caer enfermo por semanas. Después, a pesar de la dureza del perjuicio, se urge a continuar y trascendiendo su propia capacidad se alivia acentuando la significación de su tarea.

Wilfredo Carrizales
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