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Recuerdos desde la sumersión

lunes 10 de octubre de 2016
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Recuerdos desde la sumersión, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Es lícito enfangarse. En la vigilia, el fango deviene en logogrifo. Arde con insignias en manojo. El hastío encuentra su cántaro al borde de la fangosidad.

Recuerdo haberme hundido. Fui, jamás por jamás, un compendio de mortajas y murmullos.

Me enluté a semejanza de un renacuajo. Mis orines, renegridos, constituyeron baratijas en algún laberinto de octubre.

Supe de un humo de tierra que torcía de iracundia a las alimañas. Con denuedo, padecí vicios que repelían los cauterios. Una luciérnaga hondeó sobre mi pantano mientras me adormecía.

Yerto, horadé las horas y provoqué una ventisca y luego medré a la sombra de un mojón: linde de la penuria y de las girándulas.

En un estruendo de medianoche pendieron unos gemelos que deseaban alojarse en mi nicho. Los hostigué hasta arrebatarles sus fofos hollejos.

Una madrugada descubrí un escorpión que moraba en mis genitales. Palpé su simiente y le sonsaqué el néctar de la longevidad.

Solía hincar mi figura dentro de un hoyo donde se bruñían las brasas de todas las instancias. Poco a poco, fui columbrando el misterio del moho, mismo que antaño me dio un empellón hacia lo caduco.

 

2

Recuerdos desde la sumersión, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El lodo me inficionó. Una hormiga me encontró delirando y buscó para mí un adobe muy provechoso para comer. Le ofuscó mi liviandad y pronto me abandonó.

En un lance me procuré una mudanza, pero no tardé en resbalar y adentrarme en una prieta vasija.

Durante escasos intervalos evitaba anegarme. Aguzaba mis cejas, mas sólo obtenía deformes costras.

Los mosquitos me tenían ojeriza. Mis heridas integraban sus gozos. Ayer no más acerté a elucidar su fealdad.

Los albores se concertaban para dejarme siempre al margen. Dentro de mí, la humedad crecía, sin tregua, hasta casi ahogarme.

Mis fuerzas menguaron notablemente: ya era una magra lombriz.

Palpaba infinitas verrugas sobre mi piel que no se aplacaba. Afligido, mordisqueaba pajas: su jugo me impelía a no morder el polvo.

Como era ducho en astillas, las convertía en marañas y así evacuaba a la eternidad.

¡Cuántas veces anhelé cristales que pudieran sacarme de mi modorra! ¡Cuántas ocasiones desperdiciadas ansiando vericuetos con teas!

Amasé cáscaras; exprimí pedernales; desasí cenizas. Invariablemente me enturbiaban los calambres.

Me deslumbró un asilo del asma y en las agallas localicé minucias: resabios de cerote en letargo. Cavé bajo ficticias losas y hallé cualesquiera llagas dificultosas.

 

3

Recuerdos desde la sumersión, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Limpia barrera del barro y yo carente de patio. Únicamente en mi haber un osario y un camafeo mal herrado. Con flema, vagaba por el vado.

Ajeno a los antojos fui mi propia hechura lútea. En medio de neblinas, oí arrastrarse blandos buches. Escupí y el dilema se sumió en el fangal.

Hurgué en lo profundo de fosas donde la agonía de los azabaches era asunto cotidiano. Apreté mis matices y la paciencia me condujo hasta un postrero limbo.

Voraz, hurté viandas de alacranes y gusanos. Una nubada me anunció un prodigio encima de la cresta de una cepa. La tribulación hizo hebras de mí.

Tuve un contagio de araña. Aquello resultó una infusión, un indicio de bálsamo sobre mis heridas.

Allende las franjas me aguardaron flujos de borras y vapores que trastornaban. Amedrentado, me ocluí para hacer cundir los chinches.

En mi desvarío, imaginé bodas de esfinges y yo, en medio de la ceremonia, escandiendo tragos como dosis para curarme.

Detrás de una tapia me anunciaron letanías y llovedizas desempedradas. Muchos contrastes me mojaron de continuo y ni uno de ellos me encandiló. Mil varas signaron mis tramos.

Mis cabellos iban tempranamente en detrimento. Abiertos caracoles abreviaron sus candelas. Cuando quise inquirir por mi anzuelo hirvieron los hados y me estragaron tanto que hasta perdí cláusula y cautela.

 

4

Recuerdos desde la sumersión, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Pertinaz, aconteció la plaga en el cieno. Ese capítulo de la inmersión me situó en un sueño nada superfluo. Rayas en embrión me quemaron las pupilas.

La verdura había sido extirpada prematuramente y en su lugar apareció la suciedad. Tan solamente las burbujas sesteaban, rutilantes.

Acaso barruntaba añejos engaños. No lograba acertar con el paradero de las acequias. La mitad de los hongos estaba de nones y un gusto de escoria atapuzaba mis narices, mis ventanillas de salvación.

Atreguado, dedicaba ingentes afanes a proyectarme en redor de un ensalmo. Hubo momentos de intensa oscuridad en que repercutieron circunstancias de olifantes. Tuve que encenagarme y al término del periplo torné con calenturas, aunque aprisionando búcaros bajo los brazos.

Adelante, en mi irrisorio dominio, notaba charcos de betún y alaridos. A través de aberturas percibía secretas salutaciones.

La sed me fustigaba con inusitado rigor. La urgencia de tener una brújula hacía crujir los carbones de mi aprontado cobertizo. A cabalidad, aguardaba por la única anguila tuerta que merodeaba entre las miasmas.

Las apenas esbozadas sendas mostraban señales de un pasado de tréboles y otros enigmas colaterales. Frecuentes tropeles de espectros refulgían en el vacío, cuya fetidez alcanzaba hasta los apartadijos de la imaginación. Ondas de un engrudo que se desvanecía sin impronta machacaban su antes y su después como esferas o anillos imbricados de trucos.

 

5

Recuerdos desde la sumersión, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Visualicé barrancos de limo. En la sumidad impetraba a los aguijones de las abejas. Ponía mi mayor acento en las cicatrices que resultarían de todo ello. No hacía ninguna conjetura y tampoco ganaba para sustos de terrones.

Temblaba al oler cuerdas derramadas desde los turnos de feraces y antiguas tejas. Innúmeros accidentes se colaron al interior de mis venas cual emblemas de escolopendras.

La hez carpía el ingrato fanal que medio me alumbraba. En tales instantes, rememoraba con nostalgia mis vínculos de hermandad con la albahaca y entonces me veía en una encrucijada donde la enjutez era mi molde de existencia.

Brotaba, en el tremedal que me obstaculizaba el movimiento, un constante almidón pardo que era lienzo para mis articulaciones. Unos muy penetrantes ojos carniceros me limpiaban la epidermis de barros, de podres y demás corrugaciones. El peligro surtía penitencias.

En las entrañas de lo cenoso descubrí entierros que distaban de mí unos trescientos cuarenta y cinco años y tres meses. Me agitaba en un azogue de equivalencia putrefacta. Luchaba por no permitir la alteración de mi casta, ya de por sí disminuida por el complot del enlodamiento.

El horror estuvo permanentemente en el horizonte precario que se me otorgó. El barrizal, objeto envuelto, derivó en mi bártulo para pegarme al desahucio y obligarme a trascender con los sarros incluyentes a cuestas.

Wilfredo Carrizales
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