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¡Ah!, pero, ¿vale la pena seguir escribiendo en dictadura?

lunes 24 de octubre de 2016
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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¡Ah!, pero, ¿vale la pena seguir escribiendo en dictadura?, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

(Lo reconozco: padezco de eritrofobia. Como el toro furioso. Cual el cardenal que desea a una adolescente bella e impúber).

Desigualdad hacia delante y no se redondea el rostro. Una punta perfora los ángulos. La astucia se aplica.

Hacia abajo se tuerce la ocasión. Pondría nada si aclarara. Advierto mi mano, escribiéndola. Así persisto.

Contrasto la mezcolanza asignada. Lo premonitorio obra en busca de sus síntomas. Preludian escalas y accesorios.

Quizá se mutila el peldaño más alto. Dentro del tejido se alberga un astro de vicio. Se logra una fotografía sin raíz.

Una ráfaga se oculta. Tributos y limosnas a la par. Un individuo escapa en sitio donde hay retroceso.

Reciedumbre. Insistentemente. Reclamación tras el monólogo. En la parte de la rendija una deducción de contrastes.

Con relación al aguijón, incongruencias en exceso. Se despide una luz y no regresa. Los signos se muestran, después, sobre ruedas. Un relicario descansa por accidente.

Se bebían el chaparrón y se remojaban. Pulpas y garbanzos a discreción. Si alguien renquea pasará desapercibido.

Entre líneas se adivina el bosque, las sagradas formas de los cortinajes. Se reanudan los dolores. Se palpan las sumisiones.

A sobrevienta, un desperfecto en la proximidad del fuego. Un resuello parte la entalladura. Un matiz se pliega por su cara de tentación.

Retruque y humor en la pilastra. Un hombre descubre su sangre. También desde un muro chorrea un fluido que provoca.

Un rodeo y se empuja al zócalo. Por el suelo se esparcen burlas y botones. El dueño grita desde su ventanal. Su gato se abre en círculo.

Sin palabras, poco a poco, molesta el noviazgo en la jaula. El pañuelo es agitado con salpicaduras de barro. Memorias y reverencias de una rama a la otra.

 

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¡Ah!, pero, ¿vale la pena seguir escribiendo en dictadura?, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Salvación por agradecimiento. Ciertas oraciones a los frutos que maduran a deshora. Estado de ánimo e infusión en los estallidos. ¿Bajo qué arena la flauta dormida?

Desertor de las llagas. Ya cabría por la puerta si ésta fuese de solana. Exenta de contenido, la lágrima suena.

Generalmente se ausculta el sonreír. Muy ligero se atañe sólo al hueco de una boca. La piel, sunsida, se llama con lástima.

De las suyas, las esencias. De las nuestras, las músicas de intercambio. La extravagancia se independiza semejante a una costura. Tirita el ingenio sometido a la gasa.

Por ejemplo, madera de taberna. Aguas para las narices de tránsito y bienes preservados con jabón. Abanico en la dirección de la avispa: defunción sin balanceo.

Ábaco de juego: el carnicero prodiga sus zonas blancas. Hoy no más atropella. Ayer se dividió en cosas menudas.

Tuvo potreros insertos en los ojales. Mugía si se le aplicaba un dolor. Por todo lo dicho, se le considera un tal.

Como no lo encontré, no lo dejé. Iba, transeúnte, y acumulaba monsergas. Acentuaba su veranillo al uso y sobaba su cinturón.

Llegamos con las astillas. Herencia e imaginación con deleite. La mojadura vino después. Con la lluvia consideramos las piezas.

Con aplomo, su figura formó pelo. Puede afirmarse que sus ojos se le tallaron. Sostuvo bulbos y le resultaron simientes.

De la misma manera, el café se columpia. Esa familia estaba mal. ¿Y su respuesta sería inteligente? ¿Tumbaría los racimos?

El jugador derriba el palo y el intercalado contiguo murmura. Y, además, ¿no? ¿Ponderación sombría? Una escoba se infla y entra en liza.

Otro tanto y una espalda transferida. Del vientre se suelta una campanilla. Se admite una tarde antes de la caída.

Sólo se avientan tártagos y gracias y perforaciones. El chasco es grande y traba las lenguas.

 

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¡Ah!, pero, ¿vale la pena seguir escribiendo en dictadura?, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Fragmentos de aullidos al paso del que hace ruido con los dientes. Alrededor de las losas se diseca un organismo para una taujía.

La localidad se intoxicaba de flores supuestamente amarillas. Tras un telón, los creyentes apostaban sobre una pizarra. Las cifras se movían como bueyes.

En libertad, el guiñapo. Ancho, a la manera de un príncipe. Pajarero, desurdido. Sus canillas, de seda, pero bastas. Una espiga encima de su sombrero y un humo trenzado.

El punto se perdió y, sin embargo, se vistió. Curado, se aprestó a la operación. A causa de un encaje, fracasó.

Gallo de mil rayas, orlado de grecas. Emblema de la tienda del que mucho cavilaba. En lucidez sabía del alba.

Levántase el nudo y se aísla la fiebre. La benignidad en la agitación de la atmósfera. El barullo tuerce su escrúpulo.

Sospecha que se presta. Manía que se admite. El padre y su miedo. La humedad se templa en sazón.

Agallas de púrpura; cacao y tinas. Especialmente la insinuación para el velo que tienta. El alumbre ciñe y da prenda.

Ese derecho de intervalo. Aquel juicio de ocultismo. Tres años y el embrión sonando. En la esquina irradia un alma local.

Entre sí. Barajas a cientos. Acémilas sin ictericia. La lana se tergiversa y es malevolencia. Hasta la rodilla no sube el animal.

Neutro y caliente. Ministro de entrada. A última hora, el desenlace. Aislándolo, se le pule el saldo.

De la terraza guinda un dado. Si cae, se siembran los números. Muchos establecidos vomitan sus empeños.

Fue visible la convulsión. De dos asas, lo horrendo. La taza pertenecía a lo limítrofe. Las lenguas y las mamas. Estupendo testimonio para la taxonomía que se abulta. La despedida será desapacible con el equinoccio en boga.

Wilfredo Carrizales
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