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Farol de la noche que no termina

lunes 14 de noviembre de 2016
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Farol de la noche que no termina, de Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Farol de la noche que no termina. Farol que no concluye en la noche. Somos farol cuando la noche acaba. Esplendemos con noticias de luciérnagas y la umbra intenta llevarnos por contraria vía.

Solos, nos privamos de luz y colgamos con redecillas que encadenan los adornos de la noche. Nos vaciamos de cadenas y capítulos que nos traban. Celebramos fiestas en las ventanas y se incendian los templos del cuerpo y luego penden gallardetes de chispas y reflejos que se refriegan de humedad vítrea.

Se torna lucerna el farol en el resumen vivificado y redivivo, en el sustituto que pena para no morir o caer asesinado por orígenes de llamas.

Cuida el farol de su filosofía que expande ramos y rayos. Dice que se conserva y es todo brillo dentro de las pupilas que lo crean. Un cristal lo refresca y resguarda su memoria que alumbra. Su ardor no ha estado agonizando, sino que se transparentó para mejor titilar y mejor servirnos.

Se moldea una caja hialina y se junta a la luminosidad de paso y ya tenemos el farol particularmente inmóvil, pero mutante. Puede que presuma de su hierro, mas si le luce mucho, nada se le pregunta y en la calle de enfrente ocurre un abordaje de ascua y resplandor, un rechazo de las tinieblas.

Rezuma el farol su intensidad de candilejas y se abre a la irradiación sin parpadeos. Se funda en la titilación de los fenómenos harto fluorescentes y relampaguea en los intervalos y ofusca dentro de los laberintos de añil.

 

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Farol de la noche que no termina, de Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De la noche nos habla el farol con delicada maestría, sin verecundia. Nos cuenta de la huida de las sombras, de su extinción bajo su poderío. El farol no se clasifica y, ligero, recalca en su diámetro donde bulle con amplia magnificencia.

Se envuelve el farol en lances para girar a cualquier hora, aunque su tiempo preferido es el de la nocturnidad y la inefable quietud. La noche recibe su dosis de refulgencia del farol y la celebra rodeando su propia cintura de tizne.

Marca el farol su foco a la manera de un arco voltaico y atrae, en profusión, a efímeros y diminutos hijuelos de la noche. El farol después sueña y se retrae y desorienta a los pocos murciélagos que aún sobreviven en el aire cuarteado.

Los reflejos del farol pican en la piel, la cual se ennegrece y luego brilla con sustancias de oscilación. El farol se enciende en su gas de indeclinable permanencia para limpiar las salpicaduras de la sobrenoche. Una circunstancia de fuego devora en nombre del farol y arroja un conticinio al pronto recuerdo.

Quisiera la noche fundirse con el farol, ser de su esencia de lumbre. Mas el farol se prende y así le contesta y la aleja de su lugar de encanto y peregrinación. (Del farol también se desprende un murmullo de silencio casi locuaz).

Al sentirse herido, el farol parpadea y meridianamente radioso se cura con bujías de brisas o con lloviznas que, sin ser tenues, nimban una claridad.

 

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Farol de la noche que no termina, de Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Metamorfosea la noche al farol y ya lo hace devenir en candil y lo modera como si pretendiera que agonizara. Empero el farol tremola en un vaivén de lucidez y restablece el predominio de su distancia y vigor.

Peca la noche y el farol no la absuelve. Los gatos se tragan la noche y el farol la digiere. Jamás parece una noche dominada por el farol, pero a escondidas ese gran secreto se sabe.

Sin dormir, de pulso claro a pulso que riela, el farol se deja perseguir por los mosquitos y la noche finge ser forastera y les previene de achicharramientos y quemaduras: todo en vano. El farol virtualmente estalla con el peligro y envuelve y reitera que es él quien despunta y no fenece.

El farol posee su nochebuena y su nochevieja y para ambas fulgura con nacimiento de especial fanal y haciendo acrobacias entre los eslabones de la cadena asume que su razón no se rastrea en sobrevuelo.

Y se queda la noche a oscuras a resultas del castigo del farol y se escuchan como almendras que se parten contra el techo y malas lagartijas le paren a la noche y no trabajan para que muera, sino para que le sobrevenga un negocio de negrura y permanece la noche anochecida con falsa prestancia de muerta y prima un abuso inmenso de caducidad y miedo y el farol debe traspasar el espeso y opaco velo y emerger victorioso para no ser trasnochado y amanecer con su luz, siempre, indeclinable, a medianoche en punto y con nuez de cocuyo.

Wilfredo Carrizales
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