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Fugitividades con fuero

lunes 28 de noviembre de 2016
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

1

Fugitividades con fuero, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

“¡Cuidado con el elefante de írrita conducta!”, les advertían a los niños que visitaban el jardín zoológico de aquella ciudad. “¡Queremos conocimiento ideal!”, gritaban los niños y ¡bum, bum, bum! lanzaban sus bultos de libros contra el suelo. Luego corrían a mirar cómo se tragaba el paquidermo toda el agua del estanque, mientras unos ruidosos escarabajos emergían del interior de los cagajones. Los niños se informaban de los movimientos de la trompa del elefante y tomaban notas en papeles arrugados y sucios. Ninguno de los guías del zoológico quería acercarse a los niños por miedo a no saber responder a sus inquisitivas preguntas.

“¡Miren, el elefante está cagando!”, vociferó uno de los niños y todos sus compañeros se pusieron a contemplar cómo caían los grandes cagajones que cubrían por completo a los escarabajos que no escapaban a tiempo. Al punto, los niños componían una breve canción que entonaban a voz en cuello: “¡La mierda del elefante desciende oscilante; la mierda del paquidermo la huelo y me duermo!”. Al final los niños se marchaban formando un tren y arrojando humo por sus feroces narices.

 

2

Iba en el maratón y llevaba una fotografía de Marcel Duchamp estampada sobre la camiseta. Nadie se explicaba qué hacía el famoso artista en aquella competición. Otro corredor testificaría después el límite al cual llegó el competidor de la imagen inusual en el pecho. Dijo que gritó en un momento inesperado: “¡Chequeen a mi compañero de ruta!”.

Ese tercer maratón por supuesto que no lo ganó el de la fotografía de Duchamp, pero se metió entre los cien primeros en arribar a la meta. Sin ni siquiera descansar corrió hasta la esquina más próxima, tomó un taxi y enarboló la camiseta como señal de victoria.

 

3

Me abanico en el ático de la larga casa victoriana. El chillido de las gaviotas fondea en mis oídos nítida y repetidamente. El ruido de un helicóptero cercano alejó de mí al sueño. Yo no estoy seguro ahora de quién soy ni cómo llegué a esta casa. Sólo sé que siento una irrefrenable necesidad de escuchar a Gustav Mahler. Sobre el piso del ático alguien dejó envuelta en tela la cabeza de un hombre. Se la cortaron, evidentemente, a toda prisa y con crueldad. Súbitamente recuerdo asuntos triviales acontecidos durante una batalla naval. El capitán nos urgía a proteger bien las provisiones, mientras caían sobre nuestros cuerpos una lluvia de balas.

Descubro un viejo gramófono escondido entre unos cachivaches. Le doy vueltas a la manivela y ajusto la aguja sobre el disco que está colocado en posición. La voz de Caruso accede como el gemido de un artefacto antiguo y llena el ámbito de sobriedad. Me duermo y olvido.

 

4

Una noche la policía detuvo a un individuo que fumaba un cigarrillo y echaba la ceniza dentro de la boca de la pipa que sostenía con la otra mano. El individuo quiso protestar, pero le quitaron momentáneamente la respiración para doblegarlo. El hombre se dejó conducir hasta la comisaría donde firmó una caución. El individuo pasó la página de aquella historia, mas tomó la decisión de vengarse de alguna extravagante manera.

Al día siguiente alquiló un disfraz de oso y salió a la calle más concurrida de la ciudad. Los transeúntes lo evitaban con temor y decidieron llamar a la policía. Llegaron los mismos gendarmes de la vez del cigarrillo y se le pararon enfrente. El “oso” lanzó un tremendo rugido y mostró sus feroces garras. Uno de los policías le pidió al “oso” su documento de identidad. El “oso” metió una de sus garras en un bolsillo y cuando iba a extraer el documento se le cayó al piso la pipa. El policía la levantó y le puso una multa al “oso” por pretender fumar en lugar prohibido.

 

5

Fugitividades con fuero, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Manchas entre el tinglado y el sótano. El hombre estaba caminando por el borde de su desconcierto. Temprano se sintió cansado y comenzó a inhibirse y a no pensar en las representaciones de las cigarras. Sobre los hombros del personaje se trazó una línea oscura. Había que aguardar hasta el fin de las aleaciones para lograr un desorden que mereciera la pena y calentara las causas físicas del reloj.

Uno de los cuchillos de hoja gruesa alineaba sus bordes hacia un papagayo disecado. El ave había sido celebrada en un poema de un kurdo que sobornaba al dueño de la imprenta.

Cuando al hombre le dispararon a la cara se vio obligado a usar permanentes vendajes, pero aun así decidió salvar su cabeza y dragar las cañerías.

 

6

Fumaba con las botas puestas y adquiría poder que le permitía desplegar el terror entre todos los que le tenían fe al juego de la oca.

Los ladrillos se llenaron de pegotes y entonces el teléfono se cayó de la mesa y se murió. Hubo que abandonar y ajustar los enlaces que convertían a la casa en un garito público.

Posteriormente el fumador se vistió con remedos de flatulencias y puso a hervir todos los huevos de gallina que encontró a su paso. (Un pariente suyo que era soldado le habló del trastrocamiento del tiempo climático). Un mes después guindó de unas anillas unas cajas que servían para hacer ensayos. Al fin una voz le dijo desde un rincón que se oliera las pantorrillas. Como no pudo hacerlo se taponó con cera las fosas nasales.

 

7

En aquel bar cuando llovía en exceso el agua penetraba desde la calle y se formaba un estanque frente a la barra. Siempre que ocurría esto el bar estaba atestado de conocidos clientes. Algunos de ellos aprovechaban la ocasión y se ponían a pescar con unas cañas que les prestaba el patrón. Al rato tragaban el anzuelo unos peces famélicos a los que se les veía el espinazo si se colocaban a contraluz. El par de putas que trabajaban en el bar como servidoras de tragos se ponían a remojar sus sudados calzones. El personaje que más disfrutaba de la situación era el dipsómano ciego, quien se lanzaba al agua desde su taburete con una botella de brandy en cada mano y como buen borracho caía de espaldas con los brazos levantados.

 

8

La sangre que llegó al río se secó pronto. La confusión y la concusión alteraban la semántica. Un maldito ratón salió del hervidero del infierno con las orejas quemadas y unas grandes ganas de vivir. En un televisor se percibían las imágenes de la moderna jungla de hormigón. Los militares tragaban pastillas de colores y alcanzaban sus destinos en cuestión de minutos. Se iban con la idea de un salto en la sequedad.

Los meses se repartían entre malos y cuasi peores. Los fanfarrones apabullaban los espacios con sus discursos fabricados con rabos de zorros. Las delicias de todo tipo invitaban a disfrutarlas antes de que se desvanecieran en el aire.

Un payaso se vistió de policía (¿o fue un policía que se vistió de payaso?) y se aproximó a una corneta que clamaba libertad. El guasón feneció de tristeza al comprobar que estaba fuera de juego.

 

9

Se comió una manzana en memoria de su padre, quien tuvo abundantes pecados…

Al filo de la mañana lanzó al aire todos sus artefactos que usaba para poner la casa en orden. Rasgó un papel en dos y en cada pedazo escribió un poema diferente. Uno de los poemas hablaba del dueño de una república donde las botellas de vino se encontraban en los peldaños de las escalinatas para saciar la sed de los sedientos. El otro poema se centraba en la idea de las miradas en todas las direcciones con su consiguiente enredo y la mezcolanza de pareceres a la hora de llamar a un carpintero para que reparara sólo una silla.

Tomó otra manzana y recitó una larga lista de epítetos aprendidos en las últimas semanas. La fruta se le comenzó a pudrir en la mano después de la medianoche.

 

10

Fugitividades con fuero, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El maldito marino lo convenció de que colocara una mano sobre la mesa y separara los dedos. Luego le dio un puntiagudo cuchillo y dijo que lo clavara con velocidad entre los espacios de los dedos. A medida que descendía y ascendía el arma, el hombre de rostro arrugado y nariz prominente se tornaba más frenético y sus ojos se le inyectaban en sangre. El marino le gritaba obscenidades y le incitaba a aumentar la velocidad. El hombre obedecía y comenzó a reírse de manera alocada. Llegaron tres marinos más y se unieron a la función del cuchillo que saltaba peligrosamente sobre los dedos. Al unísono los cuatro marinos vociferaban y hacían chocar sus botellas de cerveza. De pronto el hombre de rostro arrugado dio un grito espantoso. El cuchillo había traspasado la madera de la mesa y era imposible arrancarlo de allí.

 

11

Después que al extranjero lo encontraran ahogado dentro de la tina del baño, su máscara se perdió y alguien afirmó que el vecino de al lado debió haberla robado. Lo fueron a buscar y lo encontraron pintando una ostentosa cara sobre el cristal de la ventana de su dormitorio. Le dieron una tunda de golpes y lo pusieron a caminar en cuatro patas. Luego lo obligaron a trabajar en las galerías de uno de los que lo habían castigado.

El ex vecino perdió la memoria y sólo recordaba que cumplía años el diez de junio y que había nacido cuarenta y ocho años atrás al borde del mar del norte. Perseguía la búsqueda de postales perfectas y para ello se afanaba en resaltar los detalles. Entró en la gloria del Señor después de agacharse a comprobar cómo estaban las suelas de sus únicos zapatos.

 

12

Mi mente se encorvó frente a los ojos del inclemente. Un insecto tuvo añoranza de la claridad de su antiguo bosque. Me rodeé de vestidos que usaron los que estuvieron sedados en el tiempo de las alucinaciones reales. Moscas y cucarachas pugnaban por treparse a mi cara. Yo sentía hipidos y me trastornaba la conciencia.

Arribé meses después a una vastedad habitada por unos seres que se movían siguiendo las huellas de monstruos extintos. En el centro de aquella llanura había una pirámide de origen abstruso, de cuya cima emergía una visión que llegaba a perturbar hasta la exasperación. Una piedra cósmica había caído aplastando a un sombrero de ceremonia. Inesperadamente surgió debajo del sombrero la cercenada cabeza de una serpiente. Sus miradas atravesaban todos los niveles y las manchas difusas de su piel saltaban hasta alcanzar la viscosidad de la tinta. Me retorcí y me embutí a perpetuidad en la madriguera del reptil.

 

13

“¡Oíd, duque! ¡Tu olvido es tu cajón!”. Esto le gritaba el loco que arrastraba anormales latas a un hombre calvo, flaco y con redondos quevedos.

El espectáculo daba para todo y en un túnel se guardaban las orejas, los sonidos y los atroces instrumentos de percusión. La imitación de un trono había sido instalada rodeada de mangueras verdes. Si se veía a la izquierda resaltaba ese color; si se miraba a la derecha esa cansina tonalidad salía al paso.

Sobre el piso eran escudriñados unos pantalones que portaban noticias de un frente sometido al constante bombardeo. Desde cualquier ángulo la prenda de vestir lucía su mejor momento y por ello valía menos.

El trono tronó: “¡La infancia se apoderó de mi colonia!”. Los presentes se impacientaron y tocaron las puertas para asegurarse las salidas. Un forastero descendió las escalinatas y bramó: “¡Oíd, duque! ¡Tu olvido es tu cajón!”. El loco había obtenido su mandato y lo usaba a placer. El duque tuvo otro caso entre manos y desplegó su oriflama para verificar la contingencia.

 

14

Cruzaron sus narices en señal de pacto eterno y aunque sus gorros eran de distintos colores, las órbitas de sus ojos se les ponían enormes con el recuerdo del alcohol.

Pronto sus cerebros necesitaron té de opio y comenzaban el día con los pies ligeros y la mente sucia y caliente. A veces bizqueaban con un estilo que antes empleaban para asustar a los monos. Mas ahora encontraban en esto una bondad que antaño desconocían y el género que extraían de sus ensoñaciones lo vendían por carretes.

El mundo parió sus mejores años gracias a aquel par de dos que también se dedicaban a leer notas enviadas a otros destinatarios, pero que por voluntad del cielo caían en sus ideales manos.

Sucedió que se enemistaron con ciertas escolopendras y así se decidió su destino. Sus cuerpos fueron encontrados cubiertos por hojas de menta y rociaduras de negruzca plata les signaban los pechos nunca restañados.

 

15

Fugitividades con fuero, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Micaela traga judías y allí mismo se afanaba con el ron y detrás de las rocas se limpiaba los bigotes con flores y empezaba a conocer la anchura de las estrellas más bajas, aquellas que crujían dentro de su perdición y había fantasmas que llamaban repetidas veces y orinaban con arte y gracia de antaño y los marinos traían espejos a su colonia para que los barcos no se extraviaran y los peces se fumaban los pocos cigarros en existencia y después aparecían unos pasajeros de postizos nombres que cantaban y hedían a viejo y hedían a viejo y cantaban y en sus pieles se notaban las marcas de antiguos apedreamientos y las muchachas deseaban sentarlos en sus sillas, pero no se atrevían por temor a las ausencias posteriores y más y más velas llenaban el mar de vaivenes blancuzcos y el poder del yodo adónde se había ido, si hasta hace poco vibraba sobre el lomo de la playa y Micaela continuaba tragando judías y mostrando una gran temeridad en la orilla del acantilado.

Wilfredo Carrizales
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