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Ensoñaciones con sustento

lunes 16 de enero de 2017
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Ensoñaciones con sustento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Me encuentro en un laberinto. Canto la “Balada del caos que se lee”. Es de noche y ningún profeta me ofrece su visión. Por lo tanto, el fin no llegará. Estoy tan solo como un ojo de buey. No me permito suplicar, ya que la bestia y su tumba se alojan dentro de mí. El torrente que descendía del cielo se ha detenido y el orgullo me baña, por momentos. (Hay ausencia de marionetas). La vida y la muerte marchan juntas a través del eco del silencio. Cargo todo lo que se me pone por delante, aun el lodo del lobo. Deseo encontrar al jinete sin juicio, pero intuyo que se ha convertido en estatua. Anhelo tomar un solemne baño al lado de una dama que no abandone su lugar, a imitación de las antiguas historias. De repente, corro para admirar la belleza del vuelo de un pájaro salobre que planea sobre un pequeño teatro de anacolutos… Luego un peregrino le lanza pedruscos a unas palomas y la mañana se pliega sobre la tierra. Un ojo observa los objetos y su pestaña flamea semejante a una flor, cuya hermosura no representa sabiduría. A poca distancia, las raíces de un árbol viajan en el seno de terrones, oscuros cual pelotas. Un niño procura a un sol desde un ómnibus de luces y tres pavorreales se fijan a un juego de dados. Una joven serpiente, encima de un tigre, procuraba un agua que estallara frondosa. Yo subí a un bote y encontré un traje bueno de casimir y mi piel se vio dominada por una falsa calentura. Una mujer jabada emergió desde tras una pared y me hizo un homenaje, a mí que no era su cautivo. El nacimiento de un pianista incógnito en el interior de un nido fue el evento más importante que me condujo a convertirme en centinela.

 

2

Ahí, ante mí, estaba el paraíso de las aves salvajes y por pura felicidad las espanté con mi máquina de trocear nervaduras. Una tentación de cal y rayas me impulsó hacia un gozo en un cantón. Sin embargo, temí a la necedad de ciertos insectos. (Inconscientemente sentía miedo de atragantarme en algún dédalo). Escuché, con nitidez, los pasos del hacedor de relojes y coloqué cuerdas a baja altura para que cayera, mas las esquivó con pericia y audacia. En una catedral cercana la torre trepidaba con el resonar de campanas sin atemperar. Mi anatomía se conmovió y pude palpar hinchazones en las rodillas y codos. Me agaché a toda prisa y capturé algunas mariposillas y a una gran abeja y me las froté sobre los sitios adoloridos. Fui el actor de un drama por demás dudoso. El color de mis máscaras abandonadas a mis espaldas se tornó aguatinta y sanguina. Si hubiese aparecido un director de escena le hubiera confesado mis accidentes y mis excesos. ¡Cómo ansié encontrarme en el completo museo de la miseria! Un gato nimbado saltó desde un pretil y, fanático, tuvo más hambre de ratas en coro. Un ciclo de conchas de un inexistente mar atrajo a un par de medusas y las protegió del frío reinante. Mi corazón rodó con su música de esfinge y fue a refugiarse bajo las patas de un caballo de cobre que transitaba casualmente por allí. El tiempo se desbrozó y sus pedazos verdes y violáceos quedaron para mercaderías de anticuario. Muchas moscas construían una isla en medio de un pantano para así librarse de escalas y otras impertinencias de los ocasos. Escuché cuando se resquebrajó un espejo y camaleones y tontos, por igual, gimieron, creyéndose perdidos. Mi cabeza palpitó con su búho y para retomar el equilibrio debí imaginarme a una musa golosa que la devoraba a cabalidad y sin perder pizca. Fausto fue el momento en que recogí margaritas de un prado seco. Antes de emitir algún comentario pensé en mi abuelo montado encima de su obsoleta carreta sin freno. El perfil de la tristeza se ajustó a mi rostro y lo sedujo hasta hacerlo corrugarse. Seguidamente caí a un oval paisaje y nadé por siglos en una áspera yema.

 

3

Ensoñaciones con sustento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Me encuentro en una ciudad flotante y estoy hincado, aguardando el retrato de una viuda desgarbada. Un perfume que brota del interior de una caja me aleja de mi original propósito. Entonces escribo una corta carta y me dirijo a visitar al cuentacuentos local. Lo encuentro dándole de comer a la cabeza de un pato incrustada en una pared. Su señora le lava los pies con sangre y yo descubro que las horas se han hecho más deleznables. Como no hallo palabras qué pronunciar, me retiro en sosiego. Afuera me aguarda un panorama de hondonadas y calles antiguas de texturas marinas. Una fuente me sorprende con su guardián-demonio y no puedo saciar la sed porque el grotesco ente me aterroriza. Casi me aplasta la sombra de un planeta que se salió de órbita y que fue posteriormente a estrellarse contra las maderas de un puente abandonado. En la vía diagonal a mí cato la agitada reunión de soldadores de tubos y engranajes y a un ángel astroso y en chancletas ejerciendo como director de debates. Me mudo de sitio para poder disertar libremente acerca del movimiento de las esculturas y sus parientes más solicitados. Toco el terreno e intuyo que alguien o algo me comienza a auscultar. Me retraigo, pero no me enojo. Me olvido del polvo que merodea alrededor. Me difumino en un espacio que resulta equinoccial, equívoco. Brama un marino en una tupida distancia y una corbeta parece degustar el clima. De pronto, aspiro encontrarme con mis cangrejos, mascotas de mis inapreciables días de sol y sudor. Sólo vislumbro salamandras, velas, redes, escupitajos. El deterioro de mis alas ya es más que evidente, empero continúo aferrándome a los bosquejos que se agitan y que me hacen elevarme algunos milímetros por encima del suelo. Una niebla me mancha los sentidos y en tal situación me prometo ser nadie de nadie y encontrar mercancías para el continuo rechazo y para la permanencia en el desgaste. La apariencia de una tortuga se proyecta sobre los cristales de las vitrinas y me obliga a huir sin reflejos.

 

4

Una madonna con los brazos volteados pretende abrazarme cuando estaba niño, gordo y sonrosado. El momento de oro pasa velozmente y de nuevo me localizo cargando y soportando mi burdo peso. No obstante, ingreso en una escuela de medicina y me tropiezo con esqueletos tocando trompetas y presionando los fuelles de órganos de varios metros de altura. A continuación amenizo una serenata para los que odian lo marcial. Innumerables muchachos encaramados en balcones gritan a voz en cuello y me vitorean y aplauden. Unos gerifaltes vuelan sobre pompas de jabón oloroso y dejan caer unas cuantas plumas encima de mi cabeza. Ocurre un leve fragor: es el inicio del dominio de la noche que ajusta sus tuercas y tornillos. Me pregunto: ¿cómo me vería yo rodando como un guerrero agonizante? En las estrecheces de mi alma se disipan unas insignificantes tormentas. Decido encumbrarme para viajar un rato en una carabela y acompañado de peces abisales que iluminan el recorrido. Al extraviarse mi brújula regreso y encuentro misterios reducidos al tamaño de píldoras contra las jaquecas. Un desfile de seres provenientes de abstrusas mitologías se despliega a lo ancho de salas construidas ex profeso. Todo tipo de ruido se coaduna y forma una extraordinaria algazara que obliga a taponarse los oídos. Una delegación de infantes huérfanos de diferentes nacionalidades acude en larguísima fila y, de inmediato, ellos se sientan a una vastísima mesa donde les esperan tazas humeantes de chocolate, bizcochos y galletas. Me integro un momento al nutrido grupo de infantes y río y hago bromas con cada uno de ellos. Francamente exhausto, me considero un hombre justo, aunque tal vez no lo sea o acaso exagere. Revolotean langostas en mi redor y asumo que advino el mes de enero con su ensamblaje de semillas y frutas de los trópicos. Sopla un viento con rostro de esquimal que me acucia a buscar velozmente un abrigo de piel. Así resguardado guío a una manada de alces, renos y lobos hasta un redil donde pasan alegremente la nocturnidad.

 

5

Ensoñaciones con sustento, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Al reino de los duendes alquimistas fui a dar sin proponérmelo previamente. Los conseguí ataviados con largas casacas y cubiertas sus cabezas por cónicos sombreros de paja trenzada. Estaban sentados en corro, en una explanada saturada de ramas, raíces y rastrojos. El que parecía presidir la sesión sostenía en sus manos una retorta y una manzana. Hablaba una lengua inextricable mezclada con resoplidos y extraños gestos. Cuando al fin casi deduje lo que explicaba, un colosal lince emergió desde un sótano disimulado y me lanzó un par de zarpazos a la altura del pecho. El mensaje lo entendí cabalmente y me alejé con pasos lentísimos, sin dar la espalda. Al tocar mis talones el borde de una calzada opté por emprender una alucinante carrera que me condujo hasta una línea férrea, por donde transitaban trenes repletos de monjes de luengas barbas y bigotes que iban impenitentemente salmodiando sin cesar. Todos parecían gemelos, tan idénticos como eran. En una de ésas, mientras los contemplaba con estudiada curiosidad, se allegó un orate con un gallo blanco trepado sobre su testa. El ave abrió exageradamente su pico, pero ningún canto emergió de adentro. Entonces el loco descerró sus labios y cantó como un gallo sabedor y oportuno. El ave, a la sazón, rio hasta el cansancio y el demente alabó sin falta su cordura y prosiguió su camino. Me dispuse a probar suerte en otro lado y para orientarme mejor trepé a un árbol de amplia fronda. Desde allí localicé una vereda que corría más abajo y hacia allá dirigí mis zancadas. Transcurrido un breve lapso me topé con un tropel de gente circense que marchaba sin rumbo fijo. Iban payasos y músicos con violines, danzarinas ecuestres y caballos manchados, prestidigitadores y magos, forzudos y enanos. Me les uní y nadie puso objeción y tampoco nadie indagó acerca de mí. Me disfracé de domador de fieras e improvisé un resistente látigo que hacía restallar mientras avanzaba. Horas después me sentí fatigado y me senté a descansar al borde de una laguna. Sin intención me quedé dormido. Al despertar descubrí que proseguía sentado, pero ya no sobre húmeda tierra, sino encima de una silla con flotadores que boyaba ayudada por una colonia de ranas que sabían algunas palabras en español y me animaban a continuar soñando y roncando.

Wilfredo Carrizales
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