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Cuando las cosas cuelgan

lunes 23 de enero de 2017
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Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Cuando las cosas cuelgan, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Todavía era la pared. El brillo la volvía cielo de verticalidad, punto de apoyo para las formas más comunes o más inauditas. El tiempo también podría quedar suspendido de la enhiesta estructura.

Un clavo conforma su cuadro y establece la interrupción del movimiento. Se regala un momento de herrumbre, un intervalo de textura vegetal y sequedad, un instante en que se acomoda el azar.

Las líneas parecen igualarse y aunque no oscilan representan el ajuste de los entrecruzamientos. Ante la mirada atenta nada se bloquea. La costumbre así mismo se guinda y dispensa una oportunidad para instaurar un fundamento sin límite, libérrimo.

 

2

Cuando las cosas cuelgan, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Justo la luz adopta forma y queda suspensa. Se construye su techo con aleros y colgaduras, se empercha y desciende hasta el nivel de los gajos o las grietas. Indistintamente se piensa en jirón o candilero.

Una palabra además es susceptible de ahorcarse en el árbol habitual y luego segregar jugos volanderos y clavijas para la buena marcha de la música en ristra.

Pendiente en la memoria va el sombrero y le sigue la alcándara con su sombra de ave de presa posada encima.

Los ayeres se descuelgan y, sin embargo, se sostienen en algún resquicio, en ilusorio recoveco que se agranda menos. Un garabato amanece con andrajos en la punta y se orienta hacia el levante donde sabe que se iza el trapecio con su minutero a cuestas.

Con un hilo se ahorca el sustituido de los enredos de la trama. Acaso sea un arácnido y tenga poder de decisión y pueda ahondar la distancia que media entre ángulo y raya.

(La ropa se tiende en el colgadero y al rato ya resulta espejismo de péndulo y no le estorba el motivo del festón).

 

3

Cuando las cosas cuelgan, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Nunca el vórtice se deforma mientras esté colgado. El estatismo se perdona o se asimila. La ingravidez suele ser asunto asaz grave.

Algo pende después de mediodía en regulares dosis de diferimiento. En el aire esplende un alto. Luego se sueldan unas huellas de manos que podrían levantarse y florecer con la previa destrucción de sus nombres.

(Alternadamente se escucha amainar el tumulto de nidos improvisados al margen de las líneas que fusionan los descubrimientos).

Se detienen los embelesos y chorrean por todo el abandono del medio. Se asegura un emblema de goce propenso en sí mismo y nada despreciable.

En el seno de una mancha ocurre una suspensión de cardos y no logra disolverse a pesar de las continuas goteras de las tejas más tristes y descastadas.

 

4

Cuando las cosas cuelgan, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Las almas se presentan a través de colgaderos que apenas se balancean. Existe la garantía de suspensión y el acuse que surca los parámetros del acto rompiendo alguna entalladura.

Cortes de mortajas se guindan en cuanto se reconoce su ámbito. Los cabellos avivan su interés por los lustres de la pátina sobre el muro sin lamentos.

Pagos de pausas breves y signos en el limbo dolido en los descuelgues. Con los sustos, sustituciones y zunchos de un hierro en revancha de orín y murmullo poco sordo. Lo que toca del suspenso se coloca en la repetición que asciende. Motivos y granos en tardío izamiento.

La voluntad dicta y ase a otra y subsiguientemente nunca llegan al suelo. Unos adornos tapizan los achaques de la placa que abandonó su pozo.

¿De cuál época cuelgan campanas de una celebridad de bronce antes del nacimiento? Enigma entorchado en una soga de cara al viento de las salpicaduras.

 

5

Cuando las cosas cuelgan, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Guindo la estampa de los cerezos. Frecuento su diámetro y me deslizo con visiones de madera en fardos. Abundo en un zumo de cal y óleo. Según me adopte colgaré para mi empleo mural y transitorio.

Me envuelvo con el drama de las telarañas. Temprano me rindo de pobre en la dedicación dispersa. De arriba abajo me cultivo los rasguños que originan las viguetas. El patio de columnas se puso de cabeza, en agonía por el duelo colmado de suspicacia.

Se izó la guardia del reflejo en la región más amplia de los rincones sólidos. Cerca resuenan variedades de empujes y ascensos de estigmas para la quema. (La resolana se ubica como un panorama que se desplaza con un reloj medido con sueños).

Asidua acude una idea de horca, un vaivén de cuerpo bamboleándose de usura y garganta reseca.

 

6

Cuando las cosas cuelgan, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Echando pendientes contra superficies adversas. Fuelle para la carga que obstina en suciedad. Caducidad de los elementos obligados al trepamiento. Trayectos de treinta centímetros o más, siempre en pos de lo que fue y aún resuella.

Refugio de refulgencias. Humedecimiento de abejas en el vano roto y jamás madurado. Péndola que hace su oficio sin procesión y frugalmente. Todo yendo a la orilla del cielo más próximo.

Se arriesgan y se arriman los sinsabores con su argamasa y sus pernos. Estuve consignativo, subordinado a los fenómenos temblequeantes. Una hoja muerta me devolvió al remitente de la oferta natural.

Sagaces claves cuelgan. Disconformes cabestros aúllan suspendidos. Se trazan itinerarios para que marchen guindados de la imprevisión. ¿Y los sibilantes astros?

No me harto de los garfios ni de los tornillos. En su día, la vigilia no será suspendida y habrá fiesta con armazones de papel en las alturas inmediatas de una casa que vibra.

Wilfredo Carrizales
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