“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Aupado de continuo

lunes 6 de febrero de 2017

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

Aupado de continuo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

A trocitos, me reparo dentro de la mezcolanza. En cualquier cosa va mi resistencia. La pasión se abraza a su rienda.

Articulo las junturas de mis persianas. Saco chispas de las líneas quebradas. Un momentito y el misterio pasa y se lanza. La hebra ya queda inútil, sin rastro.

Me convenzo del domicilio y el pajarraco asienta su canto al cambiar de ondas. A continuación doblego a la percha y marcho.

Consumo cuentos y la consternación no llega. Muy deprisa me alejo de los perjuicios, nada consubstanciales conmigo y el cuerpo no se estriñe.

 

2

Sesgo de la apariencia y banderas deslizables en el aire colado. Tendencia de irme a pique y chillidos que se enjaretan bajo un rosal arruinado y doliente.

Tengo tres que danzan para mí. Cuando no los tolero, escapo volando, de urgencia asestada, flechada. Luego, de pie sobre el partido que tomo, me sobo la batuta e irradio.

Me desencadeno, deficiente. Apuesto a vagos desfiles. En guardia, trabajo mis colmillos y me precipito a la búsqueda de lo prohibido. Desafío los votos de censura.

Prescindo de toda vergüenza. Un dios parirá un cielo sangrado, colmado de negocios sucios y relleno de frutas confitadas.

 

3

Tiendo el oído y lo atesto de engañifas y retorcimientos. Debidamente franqueado paro ideas peregrinas y las distribuyo por doquier, copiosamente, de manera harto extraña, inmoral, a bajo precio.

Aplasto el estuche de los colorados y le imprimo la virtud del agobio y el retiro. Un escándalo prorrumpe detrás de mí. No me anonado y desaparezco en el transcurso de una audiencia.

Voy más lejos, hacia el enclave de los temerarios. Arribo propenso a la ira y me encierro para enfermarme de asco. Sufro las apuestas por mi vida, pero al final gano una cara que me escolta hasta la reparación de guerra.

 

4

Mi estatua posee un reloj de oro. Regalo de un licitador. Arrastro otros artículos conmigo. Pronto surjo como erudito en geomorfología y montajes semejantes.

Dejo a mi paso por los caminos, brochas para las gordas y disfraces para los médicos y pendientes para las putas.

A pesar de dividirme en dos, me enredo entre mis calzoncillos de falsa seda. Luego traduzco al italiano los manuales para asesinar a los hermanos.

Unos cabellos de más se incorporan a mi testa. ¿Tengo paciencia? Me ciño a su poder.

Algún episodio feliz suprime la modorra y río abajo y río arriba y río en el medio.

 

5

Aupado de continuo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Egreso sin ingresos y me envuelvo en inútiles conjeturas. Me place pensar en un envenenamiento, no en vivir de ilusiones y demás apariencias de invasor y cautivado proxeneta.

Evidentemente no admito cosas que nunca dije y que, no obstante, evoco ahora con extraordinaria delicia. Por supuesto, me he despojado de mi abanico y de mis chanclos despanzurrados.

Valorizo la temprana evacuación de vientre y sitio ocupado. No pretendo suplantar ni al evangélico ni al euclidiano ni al eunuco. Me conviene, innegablemente, la evanescencia a priori.

Tiene poca importancia el hueco sucio de los difuntos. Mi día de carne lo disfruto con nalgas gordas junto a mi boca.

 

6

Descubro la luz tornadiza durante un conflicto que me hizo un efecto bárbaro. Mis enemigos juraron destruirme y como eso no es de mi incumbencia, no doy patadas y prosigo y juzgo el buen estado de mi cacumen. Pronto me encamo tranquilo.

Un día siguiente se murió el dueño de los entierros y hubo porvenir para rato y legados de liviandad. El humo de los cigarros inmediatamente me produjo ceguera y acabé por ser grosero.

Crecí porque estaba bien situado, a orillas de alojamientos en crisis. También había hablantes que ofrecían celdas amuebladas. Con el agujero del ojo les hice saber que sabiduría abundaba en mí y que poseía ilustrada necedad.

 

7

Un gran bribón me informó acerca de su triunfo mayor: se recibió de maestro de natación. Para competir con él, me compré una piscina plegable y por poco me ahogo. Muy rápido olvidé esos asuntos y me alcé en altar de palo.

Desde una posición oculta, un envidioso logró hacer estragos sobre mi humanidad. Tuve que darme innumerables masajes y aun así no desaparecieron del todo los moretones y las magulladuras.

A dos palmos de mis narices cayó la huella de un uxoricidio y me desentendí muy rápido de ese artículo por temor a verme involucrado.

Actualmente me concentro en agrupar tontos que vayan a luchar mi libertad por mí, a cambio de medallas de plomo y unas sortijas de poco brillo.

 

8

El mejor de los hombres huele a mezquindad, a santidad disoluta. Si lo llego a amenazar, me arruina y me rompe las piernas.

Llevo muy bien la casa y mi inteligencia no está reñida con la agradable compañía. Hago momentos de limpieza y atraigo al viento hacia las viviendas de mis antipáticos vecinos. Casi bebo del mismo recipiente que los beodos de la cuadra.

Elaboro hipótesis de bienestar lo mejor posible y no quiero otra cosa que miccionar con ruido y excitante aroma. Lo demás poco me importa.

A veces, en mis archivos, localizo una botella de vino y combato para no tomármela, mas aporto una vaga resolución y, al cabo, el buen caldo se convierte en agradable embriaguez.

 

9

Horror a los callos y a los relojeros. Horizontalmente me salo por horas y horas y luego paso revista a quienes no me rinden honores.

(Un domingo vi un papayo y caí en su trampa. Las papayas eran de otra época, de distinto dulzor. ¡Triste papelucho el que hice!)

Cuando niño hube manifestado preferencia por la no locuacidad. Cuando viejo han proscrito que sea elocuente. Entre el infante y el sexagenario hay una contradicción insalvable, insana, insatisfactoria. Fiat lux!

Senos a medianoche palpo y me sobra la gracia. La amenidad me encuentra retransmitido, con el desvarío como obra de éxito.

 

10

Aupado de continuo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Al cuidado de mi enfermedad sobrevivo. Pongo a alguien a escuchar las rotaciones de mi corazón. Se entera de las cuitas del órgano, las difunde y le pago por ello.

No poseo buhardilla, pero soy capaz de comportarme cual un buharro y escoger mi presa entre el montón de palomas sobre el tejado.

Pies contra cabezas; bocas contra ombligos; frentes contra muslos. Una era de insólitas aficiones adviene, agazapada, y me sobresalta su preeminencia. Me calmo después de desplumar algunas aves frías.

Abovedado tórnome bobo, de capirote o de corma. Como soy cargado de espaldas, me arrincono fácil y me dedico a vulgaridades sin pensar en emergencias.

Wilfredo Carrizales
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