“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Agua perdida. La raíz…

lunes 27 de febrero de 2017
Agua perdida. La raíz..., por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales
Textos y dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

1
Agua perdida

El agua de arriba se ha perdido; la de abajo, no termina de extraviarse. Mil años para mover un molino y nunca se lanzó un riesgo.

Agua desperdiciada por los flancos. Error del escribano que golpeó con martillo o aguja. Ruinosa situación que no se atenúa.

Agua ingrata, maltrecha, sometida a la presión del altavoz del demagogo. Perjuicio sin premio.

Apurada agua para amargar al que decae. Jamás brota del manantial del bautizo, porque se cargaría de reflujos muertos, de soluciones residuales, de desigualdades y hendeduras, de secreciones…

 

2
La raíz

Después de la raíz, el fenómeno que se declara subrepticio. Consecuencia que no suprime la costumbre de profundizar en busca de rachas de contraseñas.

Raigambre que se extrae para todo efecto, aunque se deslicen terrones dentro de la solidez que será raída.

(Los rizófagos esperan su ocasión. Mientras tanto amuelan sus dagas de lignito y apuros verticales).

Se tienen raíces y pronto se rajan. Acaso no sienten inclinación por los sitios donde se humillan.

¿A desarraigar llaman en el tiempo momentáneo cuando las grietas se asoman a lo ilícito?

 

3
La lechuza

Se tiende de día sobre el limo amarillo. Aguarda su leche para ser más elegante. Vive con su antipatía a cuestas y no se entristece si nadie reconoce su sabiduría.

La lechuza oye pasar la inundación, lejos, y cierra un ojo para percibir el ruido de los cadáveres que van flotando.

Ella se ajusta a sus leyendas y atrapa al ocre si se descuida. Así puede camuflarse y veranear y predecir los destinos de los aguachentos. Luego embarga su alma y la rodea de ululantes apremios.

Desde su rostro, la lechuza organiza los augurios y engancha a los amantes de los insomnios.

 

4
El pez cuasiazul

Por turnos mora en aguas tropicales y muestra repugnancia por los gases que escapan de los bajos fondos. Generalmente se antepone con su escudo y su gallardete.

Este pez se imita y llega a maestro. Se sumerge como devoto de la naturalidad. Estrecha los dientes y suelta manchas para evitar la compasión.

El pez cuasiazul se defiende con aire y prolonga su inflación hasta que la cabeza describe una protuberancia que muta en droga. Más tarde, inquieto, aprovecha cualquier objeto hundido en el fango y lo abarrota de rigores y otros simultáneos sentimientos. A la recíproca, apenas muere.

 

5
El extraño avechucho

El raro pajarraco atisba con su ojo de sol, de áurea ostentosidad. Merodea, con largas patas, recostado al escenario de bermellón y herrumbre. Si se mueve de prisa, un torbellino le traspasa el pecho y le esboza un agujero.

En la estación de las abundancias se aventura por los costados de las cataratas. Hace presa del paisaje y lo convierte en su paraíso. Posteriormente acumula residencias temporales que le cuelgan de los recuerdos.

Envidia a las aves de cetrería y les coloca estorbos para obstaculizar sus faenas. Al cabo, el avechucho se exaspera y se le crispan todas las plumas.

 

6
La anciana hechicera

Desde su gualdo espaldar, la vieja bruja configura el mal de ojo y esculpe la hegemonía de su poder. Con sus amuletos conjura las riadas y las avenidas.

Ella rueda, a pleno día, con sus uñas de astrológica bestia. En su desordenada cabellera se consuma un ensalmo para curar a los árboles en desmedro. Respecto a ciertas criaturas logra un pacto con ellas sirviéndose de filtros.

Bajo la protección del otoño, la anciana hechicera acontece, enérgicamente, en un cuerpo de prodigios y crea la hazaña de trigos maduros en los arenales donde no crece nada.

 

7
La mano del altavoz

Esa mano es proterva, alargada para inmiscuirse en todos los contornos y para, a través de una bocina falsamente inocua, aturdir a los oídos con una cháchara retrógrada y harto engañosa.

La mano del altavoz irrumpe, de sopetón, y hace estallar consignas de intolerancia que propenden a vislumbrar un ámbito empequeñecido para la libertad del espíritu.

El altoparlante fusionado con aquella mano perturba, día y noche, la paz de los ciudadanos. Es de rigor segar a la pareja que daña, con hoz de doble filo y premura de centella.

 

8
El ser de antenas

Antes no estaba en el lugar que ahora ocupa. La víspera se encontraba sonriendo de ignominia, acróbata en la avidez de buches y pócimas.

Sus antenas mínimamente se encharcan en el borde del pantano de caldos. Su fea figura eleva la mortalidad de las pocas cigarras que aún perviven.

Da su opinión acerca de las miasmas y recibe un guante para machacar conflictos. Entre tres direcciones y media registra los antecedentes de las negadas victorias y de los brincos tallados.

Al filo de la medianoche, su pecho se desintegra y se transforma en comején que recorre lo sobrenatural.

 

9
Los caminantes a contraluz

Avanzan, impunemente, de turbiedad hacia el arrastradero del foso propagado. Actúan con sus dificultades de permanencia y emprenden acciones con callosidades y jugarretas.

Comparten una misma ósmosis y sus abscesos supuran diatomeas y diatribas. Su emotividad deviene en estallido para fastidiar a quienes no pueden evadirse de los cercos.

Farsantes, disimulan su condición con una catadura de expertos en farras. Poseen sobre sus testas unos copetes que coordinan las distancias que median entre las mutualidades y las extranjerías.

 

10
El hombre que mascaba las palabras

Existía para hablar. Mascaba las palabras como argamasa que se aglutinara. Se esforzaba por triturar vocablos de asombro hasta conseguir la estupefacción.

Se arrancaba la máscara de la cual carecía y quedaba discontinuo, sometido al pasmo del moquillo más antiguo.

Pugnaba por domeñar los equívocos, mas sólo lograba un manso remedo de expresiones que rodaban cuesta abajo.

Chillaba para hacer sentir sus reclamos y contrariaba las opiniones adversas levantando las piernas hasta formar un ángulo de tijera. Él constituía su propio insulto y se secaba de cara a las flechas que lo señalaban.

Wilfredo Carrizales
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