“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Niños cruzando frente a mi objetivo

lunes 20 de marzo de 2017

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Niños cruzando frente a mi objetivo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Allende la reja, el niño rey cruza raudo, montado sobre su tiempo de metales. Las niñas de sus ojos le cuidan el avance. Su infancia se desplaza con el periodo inicial de la noche. (Las estrellas aún son pequeñeces en el firmamento casi ausente).

El niño rey es irrazonable. La puerilidad la emplea en enredar su lenguaje y en proceder a los gritos. Él no se preocupa de sus niñerías porque no existen. La benevolencia la lleva bajo una gorra que expresa mucho y denota demasiado. Adelante, la calle carece de límites, aunque los tiene.

Comprende el niño rey la moción de los signos del aire. Diferentes olores se allegan a su nariz y luego le nimban la cabeza y le otorgan coraje a sus impulsos de corredor. (A lo lejos, en alguna vivienda inexacta, un perro ladra con el propósito de entorpecer el juego del infante).

Vocifera el niño que reina en movimiento y su voz se asemeja a un enfado. Elude el llamado del reloj y se acomoda mejor encima del asiento. Al final, se representa varias veces y cree que ha crecido gracias al relente. Sin descender de su vehículo, atrapa una verdad que le servirá de giro en futuras competencias.

 

2

Niños cruzando frente a mi objetivo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

De pronto, una exhalación oscura atraviesa el espacio que se repliega. Un niño moreno aúlla y un coro no lo secunda. El niño va perforando la brisa y no se atrasa. Se atreve a desafiar las insolencias y él mismo muta en diablillo descomedido. Desecha la incredulidad que se parte.

Ese niño se atraganta con los vocablos que usa. Las ruedas de su bicicleta quieren rotar al revés. El nivel de la calle se vuelve un seis y no hay compromiso vial que valga. (Alguien le riñe al niño y éste lo aoja con mirada de pergamino sin escuela).

Avisa su reproche, el niño atezado. Lanza morisquetas más allá de su cobertura. Caen sobre el asfalto sin producir ningún ruido. El niño se endurece y explota. La combinación a nadie convence.

El bribonzuelo remece su máquina de producir ruidos. Exclama que él es el vencedor, el invicto campeón de las correrías. Mas nunca aparece el símbolo de la victoria y el niño lanza su bicicleta contra las sombras burlonas de la acera y se convierte en tartamudo perdedor.

 

3

Niños cruzando frente a mi objetivo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Franquea la verja un rapazuelo con falaz propósito de recreación. Se estira y un pie va en pos del otro, absorbidos ambos por el polvo. Se le ha subido el pelo como un mogote en rebelión.

El pequeño no ambula en grande. Intenta perderse entre sus zapatos nuevos y un automóvil que lo alarma. Él no aporta elementos para los compromisos de mañana. Tan sólo camina agitando los brazos como si quisiera planear de repente y sin permiso. ¿Habrá dejado atrás una travesura que lo empaña o la resultante de un alboroto que rebasa su ímpetu?

Expósito no parece, aunque se expone a que lo confundan. No es chico de mandados, ni de compras. Si tuvo alguna vez simpatía, rápido la perdió. En su pecho tremolan unos balones desinflados. ¿Habrá visto un niño muerto con ropa de licenciado?

El pillete enarbola su alegato y se aleja. ¿Se sentirá crecido dentro del cuadro que le tocó en suerte? ¿Repetirá la acción a pesar de su ignorancia de pertenecer a un memorial de incógnito?

 

4

Niños cruzando frente a mi objetivo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El granujilla se desgañita: cachorro de alaridos. En su velocípedo tal vez vaya un invisible mandinga guiándole hacia la deflagración de la quietud. O quizá el pequeñajo no requiere de supremas ayudas para lograr sus cometidos de subversión y trastorno eficaces.

El diminuto berreón se burla de todo a su paso y anhela arrasar lo erigido que se le oponga. Su clamor es una sirena abonada con astucia, con maña, con deleite. La noche se alarma y alcanza cotas de agitación que la hacen temer por su buena salud y su aquiescencia.

Bruscamente se desenvuelve un turbión encima del manillar y entonces el niño pone reparos y le temblequean los párpados. Intenta buscar apoyo para salir de la situación y no lo encuentra. Entonces lloriquea y bufa y lanza patadas a los reflejos que fluyen veloces desde ninguna parte.

La criatura se da por vencida y hala de mala gana a su velocípedo. Se le observa gesticulando, rabioso, y un pegote de rechazo se le ha adherido al fundillo. Con él penetra a su jardín y sospecha que un estigma no lo dejará conciliar el sueño, aunque golpee la almohada.

 

5

Niños cruzando frente a mi objetivo, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

La niña va embalada. Su triciclo se avienta en busca de un vuelo rasante. Con esa aceleración pronto llegará a la pubertad. Se trasluce su ansia de tragarse la meta que nadie fijó. Ella le imprime más celeridad a su marcha y parece querer descubrir su nombre mencionado en algún pasaje deportivo. Se corre la voz e improvisados fans la aúpan.

La locuela no disminuye el aceleramiento. Se le enciende el rostro y se adjudica un provisional oficio de fatiga y temple. El velocípedo se despliega a sus anchas, cual una paloma casera y no se hunde en vacilaciones. Si portara un retrovisor advirtiera que lo sigue un celaje de brisa.

La menuda ciclista resopla, jadea, resuella y prosigue su estampida sin interrupción. Su única atadura está en los pedales y se afirma en ellos con libertad y cumplimiento. Ella se inclina, por momentos, e invierte los retardos. Particularmente sus músculos se tensan e imponen su autoridad.

La niña, corriente inusitada de energía, al cabo, gana un imperdible y una obstinación a toda prueba. Su figura de difícil persecución continuó yendo y viniendo a todo correr, aun después de que la calle se hubo ajustado a la soledad que la chiquilla decretó con su retiro.

Wilfredo Carrizales
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