“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Sinogramas

lunes 3 de abril de 2017

Textos y dibujos-collages: Wilfredo Carrizales

1

Sinogramas, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

El pensador se sienta a cavilar. Antiguallas acuden a su mente sin ser convocadas previamente. Él recolecta algunas y las tiene en cuenta para visualizarlas frente a sí. Un rostro grotesco, remedo de máscara, parece querer seducirlo y atraerlo hacia su ámbito de engaño y falsía. Pugna el estrambótico rostro por doblegar al filósofo, pero no lo consigue. Entonces la cara abre desmesuradamente sus ojos y de su negra boca emerge un largo alarido que recuerda a los gritos una vez lanzados por los cavernícolas. El pensador se mantiene incólume, cabalmente invulnerable. La extravagante faz se desvanece, poco a poco, sintiéndose derrotada.

Seguidamente ocupa el lugar de la espuria máscara la figura de un cazador con arco. Cazurro, dispara sus flechas dirigidas hacia las cogitaciones del pensador, con la esperanza de atravesarlas y derribarlas sin vida. Mas los dardos arrojados por el cazador van a perderse entre una bruma que aparece de improviso y que hace caer de bruces al personaje de marras, quien desde el suelo gime, impotente, y casi patalea. Al fin se arrastra un largo trecho y desaparece por un agujero practicado en el terreno.

El pensador apenas se ha movido. Cerca de su pecho aflora un par de figurillas que ejecutan piruetas, encaramadas sobre un escuálido bote sostenido por una pata trifurcada. Las figurillas se burlan del filósofo mientras saltan con procacidad y sus befas son como garfios que tratan de incrustarse en el corazón del cogitabundo. Los escarnios se estrellan contra una coraza de músculos y se hacen añicos. Las figurillas se dejan caer en el fondo del bote, lo voltean y se sumergen en una corriente lodosa que los remolca hasta una sima ubicada más adelante.

Aún no ha transcurrido ni siquiera un cuarto de hora desde que el pensador tomó asiento. Sin embargo, el tiempo súbitamente se acelera y junto a los pies del filósofo se exterioriza un animalejo que, ni siendo équido ni camélido, despide una mezcla de relincho y bramido. Además se yergue y corcovea feroz con sus dos pezuñas, tratando de amilanar al pensador y sacarlo de sus cabales. Media tarde después, el animalejo luce descuajado, abatido, sin energía ni fuerza. El filósofo musita una sentencia y pestañea unos segundos. A continuación extiende un tanto los pies y con éstos tropieza el cuerpecillo de la bestezuela moribunda y la hace rodar, sin intención, por la cuesta por donde tuvo procedencia.

El crepúsculo vespertino se anuncia con fragancias de pino y el pensador lo escucha y transige. Entorna los párpados y percibe que un cúmulo de visiones lo han estado merodeando y amenazando, mas muestra conformidad con la situación. Nada turba su semblante. La quietud se ha aposentado en su fuero interno. Mira hacia el firmamento que comienza a estrellarse sin prisa. Vuelve a asumir la original posición y así permanece hasta que todo su cuerpo se cubre de caracteres que le anuncian: el no retorno de las apariencias, el tránsito de un sol halado por nubes de texturas de heno, el cierre de las espigas a la voracidad de los insectos, la persecución de los meteoros sobre los tejados de las casas, la desanudadura de las enfermedades más virulentas, la inmersión de tablas laqueadas dentro de los estanques, decapitaciones que ocurrirán en las terrazas, migraciones de arañas hacia sus primitivos emplazamientos, peligros de otoños circunstanciales y descuidados… El pensador se decidió por el sueño definitivo y bajó.

 

2

Sinogramas, por Wilfredo Carrizales
Dibujo-collage: Wilfredo Carrizales

El hombre grande observa el horizonte de los trigales. Calcula que puede alimentarse durante un año seguido. Hay agua suficiente para inundar los diques. La mitad de sus hermanos le ayudarán cómodamente durante la cosecha del cereal. Por los momentos, nada lo inquieta. Escudriña con acuciosidad la lejanía y no advierte ninguna señal de mal augurio.

El agigantado hombre se desplaza a zancadas, levantando mucho polvo por el campo. Cuando alguien quiere localizarlo le basta descubrir la polvareda elevada que va dejando tras de sí. Él apenas sonríe y confía ciegamente en los talismanes trazados burdamente sobre su gorro de tela tosca. Esos amuletos los garabateó de prisa el nigromante del villorrio.

Hasta el sol mostraba su congruencia al hombre corpulento. La claridad del firmamento le caía a chorros, haciéndole refulgir de manera singular. La dicha no le cabía en el corpachón y le resbalaba por las piernas y los pies y luego se mezclaba con la gleba.

Cierto día, el abultado hombre notó unos signos extraños entre las pocas nubes suspensas del cielo. No supo interpretar aquellas emboscadas señales y acudió sin dilación a consultar al nigromante. Lo encontró a la puerta de su cabaña y directamente lo abordó: “Dirija su atención hacia allá arriba. ¿Qué registra?”. El interpelado elevó la vista y escudriñó con cuidado los caracteres que pendían. Puso mala cara y masculló algunas palabras ininteligibles. Se introdujo en la covacha y extrajo un viejo, arrugado y deteriorado libraco. Lo hojeó parsimoniosamente y al cabo, afirmó: “Lamento mucho notificarle que se aproximan tiempos muy difíciles…”. El hombre grande intentó interrumpirlo, pero el nigromante, con un gesto de su mano, le hizo callar y continuó: “Duros momentos se acercan velozmente. Allá arriba lo anuncian. Veo bandadas de pájaros muy hambrientos que asolarán los trigales y acabarán con todo y nada ni nadie podrá impedirlo, cuantimás yo… Mi poder transitorio será rebasado por la fuerza de entes que moran a cubierto y que han decretado calamidades por el simple placer de destruir y dañar… Lo lamento: mis talismanes ya carecen de utilidad y eficacia… Además en las alturas está nítidamente esbozado el carácter ‘pérdida’, acompañado de figuras humanas para expresar fallecimientos múltiples… Hay un signo sumamente raro, cuyo simbolismo se me escapa, pero que podría tratarse de la alusión a un único sobreviviente que escapa de la muerte montado sobre una mula ciega y…”. El hombre grande ya no lo escucha, porque se va de estampía, a enormes trancos. Alcanza su casa en escasos minutos y enseguida desengancha su vetusta escopeta de la pared y sale, con desesperación, a darle caza a cuanto pájaro se le cruce en el camino. Llama a gritos a sus hermanos y les ordena, perentoriamente, que hagan espantapájaros sin pérdida de tiempo. Los hermanos nada replican y ponen manos a la obra. El hombre, casi bestial ya, comienza a disparar su arma contra cualquier ave, independientemente de su tamaño, condición o plumaje. Pronto los árboles, las veredas, los techos, los camellones, quedan vacíos de seres voladores. Al caer la tarde, el hombre, medio alocado, se sienta, exhausto, encima de un montículo de pedruscos. A lo lejos se perciben los espantapájaros a contraluz. El hombre se pone de pie y extiende los brazos como un muñeco de paja más.

Con el canto de los gallos viene lánguida la aurora, pero también viene una algarabía insólita procedente de infinitas bandadas de cuervos, oropéndolas, grajos y urracas. Graznan y croscitan y, de primera intención, la emprenden a picotazos contra las semillas de trigo. El hombre grande salta de la cama, echa un vistazo por la ventana y se lleva las manos a la cabeza. Se dirige al establo y hala a la mula, a la que ya los cuervos le han sacado los ojos. El hombre monta en la bestia y la incita a caminar a donde sea. Encima de la mula, él va desencajado, aturdido, y al pasar por debajo de unos altos castaños, no ve los cuerpos de sus hermanos que se han colgado de las ramas.

Wilfredo Carrizales
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