“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Trinidad gatuna

lunes 10 de abril de 2017

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Trinidad gatuna, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Albo al amanecer. Blanco, con la apariencia de luz, el resto del día. Maúlla para coger ratones. Maya más en junio, echado, con aires de mayoral. Si ventea, sus ojos se vuelven trazos. Su descanso sobre chamizas implica un juicio favorable por parte del observador.

Felino de cal que emblanquece su morada. Guarda sus secretos en talego de piel. Sus garras son garfios de acero para carpir las noches. Sus saltos lo aproximan al origen de la mitología. Se repara los dientes con una lima de leche y requesón. Simula temer a las tumbas, pero penetra en ellas tanteando con placer los huesos. Cuando está solo se eleva para danzar.

Carnívoro contumaz, admira la caza en la Galia. De cortas patas y largas ensoñaciones. A medio metro de su presa demuestra su eficacia de depredador. Sobre su lomo se desplaza una centella que abre el diario acontecer. De seda, su pelambre oculta la sedición.

Vive en su centro y su cola es su timonel. Retorna con frecuencia a lo salvaje y allí entroniza su cetro. Con la cara vuelta hacia el sur, aguarda el regreso de las aves migratorias.

Suele proceder de casas en ruinas o de abandonadas viviendas fantasmales. Astuto y experimentado, a cada momento da lecciones de vida. La muerte huye ante su rebosante esplendor. Se pone los cascabeles y acude a las serenatas bajo un balcón.

Odia el número cuatro y se asimila mejor al trío. Dibuja liebres para esquivar los engaños. Se encierra sin motivos y luego finge ocultar oscuros asuntos. Gusta de las abluciones cuando se cumple su efemérides. El agua le trae gratos recuerdos de su pasado junto a la espuma.

Como corresponde a su edad, usa botas transparentes de cuero. En los mercados al aire libre, se pasea en pos de colas de peces. Desconfía de los perros y de sus amos, los hombres.

Si su lecho se humedece, lo seca con oraciones de guepardo. Se atreve a ser galán en las cornisas donde otros félidos no osan trepar. Logra uvas siguiendo los consejos de la zorra.

Con especiales aparejos, saca las palomas de sus gavias que cuelgan de los techos. Ronronea al paso de la brisa fresca y añora los viajes en buques de corsarios. Extrae de las gavetas la miel para sus ojos. Al llegar el invierno, se viste con tejido de punto y dormita frente al fogón.

Posee un don que no se gasta: no lo mata ni el veneno ni la espuela. Siembra sus excrementos y recoge lenguaradas. Se atusa los bigotes para que descienda la temperatura. Sosegado, disfruta de la música plácida de los jardines. No piensa en el ahorro de las horas.

Su gastronomía, aunque sencilla, es amplia y exquisita. Sus soliloquios siempre versan sobre las mortificaciones de las pulgas. Al malhumor, lo disipa con zarpazos sin moverse de su sitio.

Se desvive por los nardos. Ocasionalmente fuma en pipa de bambú y lanza el humo por las orejas. La paciencia constituye su fortaleza. Se adhiere a los preceptos de sus antepasados y sólo abandona el hogar después de la medianoche. Se rumora que vuela en una escoba de plata que conduce una bruja de cabellera de borra de algodón.

 

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Trinidad gatuna, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Quiso ser albugíneo, pero se le tiznó en la cocina la testa y la boca. De allí su seriedad y esa manera torva de mirar, como para infundir miedo o, quizá, respeto. En todo caso, de sus ojos gualdos brotan destellos que se perciben con pavor.

Por decisión propia se hizo guardián de los bonsái. (Se sospecha que él tampoco desea crecer más y así poder introducirse con facilidad en las madrigueras de los roedores caseros). Se separa sólo por ratos de los árboles enanos y retorna diligente y allí come, bebe y fornica.

Su sagacidad le permite que lo amadrinen las urracas y que le traigan lagartijas y pequeñas serpientes. Nació entre pañales, aunque otra versión señala que dentro de un bolso abandonado. Él se guarda mucho de contar esas consejas. Sus razones tendrá.

Libremente asume ser instrumento para agarrar piojos de las plantas, a los cuales luego desmiembra, uno por uno. Asaz certero, se pretende indispensable.

Se emplea, inopinadamente, en convertirse en bola de pelos rodante para ahuyentar a los perros. Se arroga también el oficio de catador de ventiscas y similares portentos.

De continuo se examina el alma para prevenir cualquier desliz. Hurta con astucia los panes que los monjes guardan en la alacena. Monta en cólera si se le señala de haber cometido algún delito.

Aprecia paladear mollejas cocidas en suero. Después de una hartazón, dura horas relamiéndose las patas encaramado encima de una peana. A menudo lo perturban pesadillas donde se ve acorralado por una bandada de pollos frenéticos y asesinos.

Para protegerse de los chaparrones del verano se cuela dentro de una vasija volcada y ahí permanece, intemporal, vuelto un ovillo alucinante. Despierta y cree que se ha salvado de un diluvio del cual nunca tuvo noticia.

Si por casualidad observa a una cigüeña revoloteando sobre el jardín, maniobra para que el ave descienda y pueda charlar con ella hasta la hora en que se la cena.

La sola mención de la palabra “sífilis” lo pone a temblar desde las patas a las orejas. Se ignora la causa de tal proceder. Empero algunos entendidos aducen que podría tratarse de una fantasía sexual recurrente.

En una ocasión aprehendió a una gata y tuvo que soltarla cuando se enteró que vivía con un gato pandillero. Para olvidarse del asunto, decidió enriquecer su caudal de conocimientos de hembras libérrimas y libertinas.

Se aprisiona la cara con las patas cuando lo ataca la tristeza. A veces se figura que pierde la vista y que es echado a la calle a mendigar y que al final perece entre las fauces de canes vagabundos.

Al sentirse de buen ánimo se pone a bailar alocadamente. Derriba materos, floreros y tiestos con yerbas. Finaliza la función cayendo estrepitosamente dentro del estanque de los peces dorados.

Se le conoce en la zona como alelado, mas él hace caso omiso de semejante infundio y lo rebate poniendo en ejecución un sinnúmero de jugadas que pasman a quienes las contemplan.

 

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Trinidad gatuna, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

What about a cup of tea, pussy-cat?, le preguntaron en inglés y se quedó mirando atontado y no supo responder. La leche es su ambrosía; la ingenuidad, su signo de distinción y de permanencia.

Su visión genera terneza cuando se posa sobre las cosas duras. La boca se le minimiza. Supone que se puede mimetizar colocándose entre una puerta parda y un saco color naranja. De continuo, olvida que su casi total blancor lo delata irremediablemente.

Se informa cómo llegar a ser vigoroso. Entonces hace gimnasia dejándose llevar por la intuición. Le gusta sobremanera pasar inadvertido, pero invariablemente un ojo ubicuo siempre lo atisba.

Aunque no ha superado la etapa de cachorro, posee arranques de macho adulto. Inconscientemente logra relaciones simbióticas con los conejos albinos.

Su verdad resulta breve, como su maullido domesticado. Por jugar, se distrae y pierde la noción de tiempo, espacio y temperatura. De una semana derrocha más días de los computados.

Anda con los ojos clavados en cuanta alimaña que se arrastre o se arramble. Lanza suspiros sin cesar y no hay quien saque una conclusión en claro de tal actitud. Es más: se extasía a plenitud.

Muy de mañana masca una papilla que le cae de los pinos. No indaga acerca del origen del fenómeno, pero en silencio agradece lo bien que sabe el preparado.

Cuando vio por primera vez una percha se la quedó contemplando largo rato. Atroz fue el susto que recibió en el instante en que un ave de cetrería se posó imprevistamente sobre la alcándara con las alas desplegadas.

Suele perseguir a su sombra hasta que ésta se pierde entre la umbra. Entonces maúlla y miaña sin interrupción y la sombra se ve compelida a dejarse ver y continuar la travesura.

Si hace mucho calor, se torna impulsivo, irritable, inaccesible. La adulación lo calma y lo gratifica. Pero ni pensar en un buen chapuzón dentro de la jofaina con agua fría.

De su lengua no salen murmuraciones acerca de sus congéneres. La insidia parece esquivarlo sin llegar a dañarle. Vive, imperceptible, a las horas y sus fardos de molestias y dificultades. La palabra que más lo atrae es gaudeamus.

En las noches grises, enciende un cirio y vela, haciendo guardia para que lo gríseo no persista en su inútil lucubración. Al amanecer no se deja engatusar por el vaivén de las luces inestables.

Frente a un espejo se torna pardo y le saca amplio partido a esta circunstancia. Al darle vuelta a la superficie brillante se descubre agrandado y envejecido y se asusta en extremo.

La más mínima alarma le altera el ánimo y lo sume en una irascibilidad cercana a un tazón ardiente. Se calma al divisar los rizos que en el vacío forman las humaredas.

Se ilusiona con morar en un castillo, rodeado de todas las especies de felinos, aunque, a decir verdad, preferiría tener por compañeros a un gato chinchilla y a un persa azul, pues lo abrigarían durante el crudo invierno.

Repentinamente cierra las pupilas con intensidad y advierte que su esqueleto se le desprende y anda solo y que todas sus costillas son caudales de emoción y que las vértebras alcanzan el requisito de sagradas y que sus radios amplían su campo de acción.

Wilfredo Carrizales
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