“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Del permanecer menos evidente

lunes 17 de abril de 2017

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

a Rosario Blanco Facal

1

Del permanecer menos evidente, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Permanecer tras el acoso de las dinastías. Añoranza de la luna de otoño en el palacio. Zafarse del tiempo. Desechar las arrugas del rostro, los pliegues del entrecejo. ¿La cuerda de hilos de seda seguía colgada de la ventana que daba hacia el final del ocaso?

“Detenga sus pasos”, le dijo. “Usted ya es un ave sedentaria” y le dio un mechón de pelo, pero él deseaba andar errante, ser una estrella fugaz. La mirada de los ojos bellos de la mujer fue igual al verterse de una fuente. En ese momento, quiso interpretar la canción del pez, deslizarse dentro de su corazón, aletear, fluir con lentitud…

Caía el agua de lluvia del tejado: la sexta luna persistía. Él seguía en pie. Un viento, aunque fresco, ululaba. “Quédate donde estás”, se dijo a sí mismo. Había dejado la puerta de su casa desatrancada. Sentía nostalgia del pasado, de todo lo pretérito, de las lejanas e intuidas épocas de antaño.

La columna de humo se mantenía detrás de las tejas del borde del alero. La diafanidad de la mañana le retenía de su lado. Frente a sus ojos, un azul de ultramar teñía la bóveda celeste y transmitía el hecho a la posteridad. La hierbabuena, a sus pies, se desplegaba como un regalo, cual un don para durar día y noche, a hito.

El barniz de las tejas de la pagoda se conservaba. Las libélulas estabilizaban la estación del paso del sol sobre los estanques. Mientras hubiera montes verdes, él se reservaría la visión a perpetuidad.

Permansión del punto de asiento. Inmovilidad. No llegar más lejos que los aromas de las cercanías. Luego, deambular, andar despacio, olvidado de las seis impurezas. Sabía que las nubes y las aguas continuaban fluyendo en el río del presagio.

Flores de ciruelo y su sostenida permanencia en la memoria, en la quietud de los recuerdos, en la equidad de evocar y revivir. También las jornadas en las seis direcciones en pos del rielar de la luna en el lago libre de espumas.

Atento a los sonidos de los espíritus guardaba la imperturbable vibración de sus formas cuando capturaban a los amentos de los sauces llorones. ¿Adónde habíase marchado la de cejas finas y largas? En los alrededores, únicamente se veían mozas rústicas y poco agraciadas.

Todo era así. Los nudos de bambú, las esteras de paja, percibidos desde el umbral de una puerta. ¿El dragón había logrado estar en el agua? El polvo alimentaba el ángulo suroeste de la casa. En el momento justo él se remontaba y divagaba en el vacío extático.

Bruscamente un cuervo había emergido del seno de la niebla. En su cabaña redonda podía platicar con la Divina Madre. Ponía las manos sobre sus caligrafías y sentía el serpentear de las hierbas. En las cumbres se oía el clamoreo de muchas voces: eran los taoístas recolectando hongos matinales.

La artemisa protegía a la codorniz y ambas se nutrían de los vapores del aire. Tras la empalizada siempre se le daba hospedaje en el refugio con techo de ramas. La curruca de sauce entonaba su canto y el cuclillo venía a ver a sus polluelos.

 

2

Del permanecer menos evidente, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Espejo de metal, en los intervalos, para alternar en el intercambio de gestos. A continuación hablaban acerca de la hibernación de los insectos y de cómo el cinabrio iba desnudo hacia el sur. Extrañamente nada referían sobre el periodo del retorno de los gansos salvajes.

Unánimemente coincidían en un punto: eran graciosos los hoyuelos de la mujer del magistrado. Él, a paso de tigre, imponía autoridad, respeto, temor. Rara vez hacía detener su palanquín en plena calle.

En el camino que llevaba a las sepulturas, ellos solían pasear, sin aflicciones. Contemplaban, de vez en vez, a las bandadas de pájaros posadas sobre los árboles. Más adelante sacaban agua de un pozo y se ponían de puntillas para mirar los surcos que dejaban las ruedas en las pendientes.

Chapoteaban, con frecuencia, en el barro de los riachuelos hasta lograr que los sapos emergieran enojados y bufando. Pestañeaban y dirigían su atención hacia las cigarras que se humedecían las alas con el rocío.

Gustaban de escuchar el canto del gallo en la bifurcación que conducía a la casa de té. Allí bebían infinitas tazas de infusión de la yerba o aguardiente de mijo. Desde sus sitios se divisaba el pico de montaña que se erguía como un muro. Mientras tanto, el canto del gallo hendía el espacio y hacía prolongar la estadía.

Invariablemente iba uno tras el otro para darle alcance y daban testimonio de la ciudad amurallada desde los linderos de los arrozales. Al descubrir nuevos senderos, los atravesaban en busca de alcanforeros. Vagabundeaban el día largo y después regresaban a sus moradas, pero no sin antes detenerse en la pasarela de madera al pie de una colina, donde el murmullo del agua corriente signaba buen augurio.

Ambos esperaban el favor del Cielo. No anhelaban salir de ese mundo sin previamente haber portado el estandarte rojo que llevaba bordados osos y tigres. Sus espíritus vitales constantemente alcanzaban la frontera donde se juntaban los capullos del gusano de seda con la luenga cola de los faisanes.

En presencia de la dama de talle de sauce enmudecían, irremediablemente. Cuando ella murió guardaron un año de luto. En su tumba situada en medio de un redondel de granados, ellos cincelaron sobre una estela la pena por la despedida.

Comprendían el lenguaje de las almohadas y los retiros profundos que causan los sueños. Se quedaban largo rato en el sitial de la vigilia si existía la posibilidad de toparse con el animal fabuloso con cuerpo de gamo, cola de buey, patas de caballo y un cuerno en la frente y que anunciaba la inminente aparición de un sabio.

Sus anales no se detenían nunca. Seguían a conciencia los pasos de sus predecesores. Empero afluían a mayor distancia y retenían lo esencial de los asuntos, sin anquilosarse en detalles nimios e intrascendentes. No se molestaron en acompañarse hasta las salidas: el viaje definitivo no tardaría.

Wilfredo Carrizales
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