“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Antecedentes y disonancias

lunes 5 de junio de 2017

Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

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Antecedentes y disonancias, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Antecede al espacio donde los personajes se mueven. La prisa produce sus efectos. Una fuerza se concilia con respecto a otra. La creación contra los muros y un afán por alcanzar la forma del altar. La premisa de un descubrimiento. Unas miradas colocadas dentro de un cesto para que floten. Sangrar los aires. Tirar del bálsamo. La tranquilidad acude a su hora. En breve, un brinco, un desenfreno. Un cabeceo a un sitio de paso. ¿Sucumbir sin resistencia, con la energía en desuso? Oyendo los destrozos, se desprenden y caen nunca, en posición de plaza o actividad de misterio o abatimiento en un borde. Tumbos y hundimientos; desesperos y cascajos. Se nombra la prenda y se separa, se coopta. Existe lo que señala las bisagras. El orín pretende controlar la oferta de escapatoria. El asunto tiene renombre. Se piensa en lo ganado y la exaltación ocurre. La ceguera se debate entre las manos y repite las coincidencias. Ciclo de invasiones y terquedades. Atadura de la cintura para dividir las curvas del antojo. A eso propende el elemento que fermenta. Fiesta que es cizaña, espina en desarrollo. Del codo al código una espoleta tras la humedad. Una curva se ha entrabado en el hecho que la acorta. ¿Quién a compás? ¿Catecúmeno en cambio? Es difícil relacionar las leyes y los trastornos, amenazas, intrigas… Como el cristal, un apéndice de seducción. Se alza el consuelo y deviene en flacura. Entre varios enfados se prefiere el parricidio. Por un cuenco pasa la causa de la arena y las hojas del fracaso. La verdad se despliega en el pasillo, a oscuras, sin objeción. Adminículos que se empeñan en anunciar curiosidades. Los sabores de los revoltijos se recogen al llegar. ¿A costa de una abertura, la genealogía de los cuerpos? ¿Trajín mediante?

Ingenuamente se acude a los biseles. Se asocian con las molduras y, al final, se atizan los baches. Si no hubiera el prurito de emigrar; si no se expresara el estado de la lengua. Todo subyace en las costumbres de antaño. En la geografía que destila. En el instinto que patalea. Huir y al descubierto la intemperancia. ¿Qué se sitúa fuera de lo humano? ¿Una letra atravesada en la frontera? ¿Un parpadeo que comporta oposición? Donde ruedan las escenas la mente cata su eventualidad. Reír en el interior de los carteles; arriar las ataduras. La irisación empieza cerca del mediodía. También los arrebatos, los accesos, los rugidos. De cada color, trozos en lo hediondo. ¿Los hermafroditas poseerán orificios llamados pupilas de ira? Lo irremisible con la mujer en el polígono, eximida de respirar y padecer. Una tarde que resultaría afín a la fatalidad. Por supuesto, algo carecerá de atmósfera. Un enojo se anularía. A la misma profundidad del pulso y su circunstancia. Persona que jadea, hipa y se trenza de tal jaez. No hay que olvidar que el laberinto se atasca en sus modales. Por debajo, se excede y abusa y muta. ¿Y si un socio tiene el pelo adherido a la rojez?

La jerga y la jeringa. Dupla que no es desplazada. Las joyas se ciñen a las columnas y las embellecen tardíamente, taxativamente. El feo en la cama traga municiones o pan de planta y semillas. La edad del pavo se reforma y cede. De la parte que se puede, se distribuye. Mejor situarse a los lados de la puerta y aguardar. Tatuajes sobrarán. Y también sobras de sombreros. De soslayo, se advierte el arbitraje. Quien se ladea, explícitamente saluda. Sólo lapsos para el descuido. La culpa apresa. Los lemas abundan en las incisiones y allí manifiestan sus posibilidades. Aplicado a fuego cambia el significado. La locura no se ha ido de viaje. Perdura y no es deshonra. La lumbre emana del lomo; hiere a mansalva. La madeja se va enredando. La madrasta no la alude. En la escuela, virutas y cadenas. Un sudor condesciende y las gotas tratan mal. Oficio de prevenir envenenamientos. Suficiencia de la magia cuando alcanza la cabeza. Magín. Solemnidad.

 

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Antecedentes y disonancias, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

En la tribuna de la plebe. Un maestro en el ejercicio de su función. Armas para aleccionar. Alborotos donde se recoge lo ganado. Un tejido que se mancha y recibe un castigo. Ojos de piedra en las venturas, sin valor taxonómico. Refiriéndose a la golosina y por ahí desfallece. Hombres en el vicio de los regalos, consistidos y en bandos rivales. Una mujer a la zaga, en accidente de correspondencia. Darse el tormento, a lo concesivo. También un malestar, físico o alquímico. Barbaridades como desvíos. Sin prudencia, la divorciada se plasma en su catarsis. El entendimiento de la melancolía se acusa en el malacostumbrar. Una maleta manejada sin destreza; unos trapos vomitados en la calzada. Burlas y sortilegios. Vara que adelgaza y se condena. Al peroné una malla para recoger las asaduras y los corajes. Un ámbito que se vacía de figuras. Malicia en torno a los brillos. Terriblemente la dignidad en detrimento. Bocas de escarcha y pedernales que se desean en la peste. El recurso se dispone hacia las tonterías. Fatalidad fuera de tono, pero muere la índole.

Se levanta el huevo en pleno desastre. Esa familia. Aquel apellido. Este abolengo. El emoliente se administra por debajo de lo negro hasta la alternancia. Pezón de los adefesios, curas para las caricias. Así se rubrican los mofletes. Por la semejanza de las chimeneas se saca un armatoste para la irritación. Las manchas: negocios de otros siglos. Refiriéndose a los fuelles: una suciedad que se jaspea. Al manar fluido del surtidor, se congregan quienes se expresan con rosetas. Un mandato y el sermón se aposenta en el lecho y la comadre pela su mandarina. (Se llevan a cabos, a soldados y a sargentos y la guerra ni apenas empieza). La noche y la cena y el apostolado de memoria. ¿Cualquiera lo hubiera dicho? Ceniza para el arreglo del día que no sigue. No hay que dejar venir las tardes sin atenuaciones, al desgaire. Durante la partición de brazos se trabajaba poco y la holganza era actividad de respeto. Se inventó una manivela que se excluía, que apenas se subsidiaba. Ningún apéndice fue por nunca jamás un colador para las maneras de las pulpas.

Abrazaderas en las reclamaciones y un estribillo que estorba en los costillares. Los locos se apean de sus principios y empiezan a gobernar y a dictar reglamentos. El mundo se escapa por las ventanas y se accionan guantes que sujetan esposas de dos maridos. (En algún escondrijo resuenan desaciertos de pandero). Los mendigos vociferan que cayeron los cuadros que representaban comilonas sin término. En abundancia, las cartas sobrevuelan sobre los parques. La manumisión de los pobres viene en camino sobre la caparazón de una tortuga ciega. (Al friccionar un palimpsesto aparece la descripción de un orden de los militares). Están en reposo las mañas, notoriamente. Las chatarras transitan con libertad por las calles. Unos remolinos y algunas ilusiones. La marginalidad es reconocida en su exacta condición de prestigio social.

¡A ver! ¿A ver? Si se consigue, te obligan. El presente es el pasado que ocurrió. La ciudad ha incendiado a sus habitantes. La chamusquina abre pronto el apetito. Lo dicho es para alegrarse. Acaba de arribar el carro de la funeraria. Te, se, nos atribuyen moradas de castigo. Mientras hirvamos, herviremos. ¡Entiéndalo! Habiendo partido las nueces, hay que comerse las cáscaras. No teman: el gerundio es “temiendo”. Los bacilos andan bajo los helechos y, en este sitio, tales plantas se extinguieron sin aviso. A menudo, nos pronuncian mal; con frecuencia, los pronunciamientos son castrenses. ¡Viviendo estamos sobre las escrituras del pedal! Las paredes agudizan sus cables; las esdrújulas paren de gravedad. Acartonados, nos consumimos con todas las excepciones. ¡Galanuras: árboles que saben del principio el regreso! ¡Cielo mío: qué régimen!

 

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Antecedentes y disonancias, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Cuatro ojos en cara de tonto y más allá el puente reinando con su elemento de brisote. Un hermano se ha avenido y no ha dicho nada. Parecía enclítico. Así mismo, escribióle más pronto. Cortaron un poste y atrás, acabado rubí. (“Una tarántula fue sonámbula”: leído en un diario de provincia). Rómpelo, rompeolas. Y la brújula participa, indistintamente, de la dirección que uniforma. Las aguas están de cadalso. Un hombre son cinco más uno inherente. El bueno, gozó; el peor, comió en blanco. (El cielo perdió su aliento). Sobre unas escalinatas, un santo desgajado: excelente negocio. Vuestra es la culpa y el poder y el frío y el apéndice. Los viajes: estancias donde se cuentan y faltan datos. Flacos y guías de pecadores. Duchos en lances y probadores de mangos. El vino se vende; los padres lo compran. Los hijos se ponderan. Hablar limpio, indudablemente. Vendrá la rareza en aumentativo y enseguida, la juventud vaporosa (¿pavorosa?). Ya es todavía y la oración tremola por los techos y buhardillas. Aquí cerca una tempranidad entre dos cruces. Ayer precede a cualquier verbo en agraz.

La unión intima. Tan poquísima. El entonces autócrata. Tan cursi. De cantidad, de cuántos, de tiendas en vilo. ¿Cómo está la relatividad? ¿Su extrañeza de tronera? Hemos de sustantivar los pasmos y los rostros no fijos. Olvidarnos del olvido y trinar, antepuestos. ¿De dónde la haces tú? ¿Encima, antes o después? Con una mano, luminotecnia; con la otra, oscurantismo. Se despojan los vagos de sus discursos y licencia más, licencia menos, aúpan a los olfateadores. El espía de delante; el delator de atrás; el soplón de después…

Pero en la feria. Cercado y con colitis. Tarima arriba; mercancías adentro. La digitación se nota. Leguas y lenguas compuestas y descompuestas. ¿Y la cultura ignífuga? He acá lo que se conserva: cuadrúpedos átonos, saprofitos, pendularios sin alma… En el año de… las ratas eran caprichosas y, volublemente, se transformaban y gobernaban. Los domadores amargaron los dulces. Las sopas torcieron el hormigón. También fue célebre el ave llena y su troceada paciencia. Los acólitos se mantenían en crisis y elucubraban denominaciones nuevas, espurios alegatos, ilusiones de trastienda. De riñones se pasó a artículos de corazón. De balas, hasta los domingos. Hubo infinidad de estereotipos y arrinconamientos en el horizonte. La guerra fue propia y no ajena.

Tuvieron atardeceres con localidades, con edades de locas. Los comestibles eran traspasados de mercenarios a mercenarios. El humo estuvo en venta y la caza de canes. Los colectivos eran representativos de la civilidad propiamente dicha, apropiadamente establecida. En un salón, un pistolón. Los sinvergüenzas dignificados en la ciudad, amamantados en las ubres de la urbe. Podría llamarse “inventario de firmezas”. ¡Ah, y las motocicletas! ¡Qué espectáculo pulquérrimo! Faltarían alabanzas, loores, enaltecimientos, lisonjas… Las eufonías golpeaban cual aldabas, cual picaportes sin cansancio. Vivíamos en cautividad y reíamos y nos divertíamos al modo de los niños que moquean. Sembrábamos lo mismo, gafas y los gafos, gafes. La inteligencia se desparramaba por las aceras, por los balcones, por las plazas y mercados. Hicimos cuanto sabíamos y nos lucimos. Inversamente, desaparecieron los barullos y nos entendimos y hablamos una misma lengua, servida en su salsa. Nos ayudamos de diez en diez y arribamos a miles, a millones, a quásares. Así de resistentes tendríamos los sesos y las entendederas. Con las telas fabricamos escaparates, sin temor a ser proscritos. No caímos porque corrimos. Tuvimos más ganas que de costumbre y parimos y nos paramos y nos dieron artículos de fe y doctrina y un amor por los aromas de la isla.

 

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Antecedentes y disonancias, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

Atiborrados de incógnitas. Con la incertidumbre ruñendo los flancos. Con los órganos en desigualdad. Para una vez, la ayuda decreció. Más frecuencia en lo pretérito. Ronda de siglos que no se cura. Hipótesis del sufrimiento. Cajón que resuelve el problema. Mejor será el toque de leva. La elipsis del circunloquio. ¿Se oirán más luego golpes de martillo, susurros de hoces? Es preferible alucinar despacio. Se han fotografiado las fantasías. Nos hemos convertido en pescozudos y minoritariamente sudamos. A veces, un señor nos llama y nos opera las anfibologías. Nos resolvemos en el contexto. (La rosa que cortaste, cortés, quedó corta bajo la cortina). ¿Cuál jueves temió a cuál viernes? No nos suprime la pereza, sino los cumplidos como suyos. Ya nos vemos lacayunos, de dieta y malva. Geográficamente, rogaríamos para adjudicarnos los pañuelos de las completas. ¿Haremos oficios de animales de patas en camposanto? ¡Fruición fructual!

(Salvoconducto bajo la medialuna. La olí pelicastaña y fuese prusiana, contrastada de belga. Por ejemplo, tocaba la lira sin el ave y palpaba moscas sobre su falda. Singularmente, devolvía).

Aquende, peregrinos con sus cilios, en el ocio divino, rodando de marfil. Acunan el oro y las mayúsculas exigidas. Sin embargo, no hablan por nosotros. Sus cítaras suenan bien. A ellas tienen derecho. Aunque rebuscadas, las dirigen aceptablemente. Las vueltas producen cambios.

Creen que desean y esperan para comunicárselo unos a otros. Se conforman con mencionar alusiones. “Aquello púrpura parecen tejados en pluralidad”. Las palabras no deciden ninguna violencia. ¿Dónde está ahora lo predicho? Supondría una quiromancia. Además ninguno se presenta como hierofante. Habrá tránsfugas, aceptados en su forma espuria. Los pañuelos sucumben a plazos y un peine boquea y una rueda se aniña en su proceder.

No en las rendijas ni en los umbráculos. Acaso en las secciones de los tejuelos. Allí se esconden uñetas y librillos. Estacionalmente quietos. Unas estatuillas se desplazan asentadas. Hay un estilo de abrigo y un gobierno que conserva las cosas. A la del clavo, le ofrenda su mohín a tientas, sin desparpajo. “Házmelo saber”, le aconseja. Y resulta arcaica la cercanía.

Siluetas que caben en un proverbio. Con peculiaridades y extensiones. Además se elongan sobre un muro de albura. Y permanecen también en la anonimia más admisible.

Nunca llovía. Jamás llovería. La lluvia era una ausencia consabida. Los semblantes se retraían, se retiraban, se retorcían. Todo hubiera obedecido a un “transigir”, pero llorando se tiraba la causa. Más lejos sobrevivía la puntualidad del río, su caudal de conjunciones. Su entrada valía lo que valiere y muchas veces se bañaron en aquella corriente que se deshacía en cualidades de barro.

Estaba la mañana, a su hora, volando. Estaban las caras subordinadas a un suelo de instrucciones. Estaba el ejemplo, golpeando, mancillando, rebotando. La corrección, un portazo. La severidad, una rueca sin atributos. Tenía que tropezar el destino contra la roca que se asomaba, descalza. ¿Qué no se estaría fraguando, justificándose? El nombre en un instante se corona y relampaguea. Cabe decir: segura la espera; cierta la diferencia. Regresando y el lugar en coma. En fin de línea. En últimas de pálpito. Concordancia para el paréntesis y lo que se intercala bajo la quijada, aunque después no haya razón de durabilidad, ni apartado, ni vista que se promulgue. ¿Qué fue de las potestades que habrían de romperse frente a nuestras puertas, delante de nuestros túmulos?

Wilfredo Carrizales
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