Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales
1

Seres que se subsumen; cosas que subsisten. Alguien sale haciendo ruido, desde lo alto y de reojo, y todo lo que pisa se vuelve adiós.
El cansancio salía de la sombra y, a pesar de la lluvia., las ventanas se curvaban. Con sólo un golpe de algazara manan los sueños bajo los arcos. Gira y gira la estación ciega. Los pasos no agotan sus murmullos. La mirada se aguza, en zozobra. Nada más, nada allí.
Suena un reloj de aire: el horizonte todo se pronuncia. Un iridio se refleja y produce cuerpos sin rizomas, sin enfados. Fueran mugidos dentro de una ira casi divina.
También la iracundia delante de su olor de vistosidad. Tirar y subir. Trasladarse. De un extremo al otro del hombre. Con énfasis. Empleado a fondo. Al traste y la fusión del cielo.
Según la almendra y la greda. Un impalpable silencio: apego para los mayores. Que martilla el engaño y la faena se dobla por laxitud. Que bordonea el bodrio tras la puerta. Pedazos que acompañan los sábados de las barajas. Un péndulo queda apresado en su oficio de elegía.
El tejado se arma con las diferencias de las banderas. Varios candiles muestran su estado de ansiedad. Los quebrantantes se deforman. Tan fácil. Como si lo supieran.
Van a la altura de las radiaciones. Lo cual les permite ser faros, aparatos que difunden fijezas, a ciertos peces, a ciertas aves de ingrata descomposición. Y luego, un ramillete, inmediatamente después, rae el esparto que considera su accidente. ¿Y en el muro conexo aparecerá una grieta?
Vuelven a caer con acentos y los emisarios espuman los recados. Avisos que ya muy pocos entienden y sopesan. Se saborea lo que se confunde y acullá se forma un enrejado. De nuevo se designó lo que deberá descender a mediados del mes carente de crucigramas. Mientras, no habrá venganzas ni formas usuales de la destrucción. Sólo la particularidad de charlas ebrias, hoscas.
Cuando suceda lo inmediato, se irá, sin juicio, a las doce y comiendo. Tardará semanas en escribir y más tarde las lluvias serán su proclama. Se calmarán los apremios y en ninguna parte el frío resolverá sus ecuaciones. Por anticipado ocurrirá la claridad que dista y que acosa.
Ardides debajo de las cajas. Papeles de la conjuración. Manos, alas, libros y muertes diferidas. Trasmigraciones y agonías. Muchachas que se trastornan con la vehemencia de las joyas y otros trastos inútiles. Cada uno de los sonidos huele mal. El mobiliario escaló hacia su mundo con un enfoque de confusión. ¿Quién recordaría la anchura de la cama arruinada en su rincón?
Tregua y el juego más aproximado. Posturas y pliegues de los ropajes. También diseños de tréboles en las bacinicas con intervalos y atisbos de seducción. Progresivamente, a trechos, los tribulantes sobre sus plataformas. Armas interpuestas entre las leyes y los asesinos. Vahídos al descubierto y labios propalando melones. Los discursos se pulverizan, vaporosos, en medio de las baratijas de los escenarios. Se llamaban puños a las verdades más diluviadas. Muy rápidamente se acumularon cortadas, mohos y salivazos. ¿Era aquélla la elegancia otrora anunciada?
2
Deseo de anular los dedos. En medio de su omnipotencia, un índice que ocupa la medida del corazón. Se cuenta lo tomado y, en un segundo, una pezuña da la lección magistral.
Ecuanimidad de las materias carnales que se elongan desde los pies hasta la coronilla. Principio que abarca las búsquedas de lo polimorfo. Equivalencias para el barro y su sillar o lo que se le dice al ritualista. Acto público para sentar cabeza y adornos y panes. La observancia es un sombrero que se redondea cual joroba en el desierto.
Especialmente un golpe o un corte sobre una salsa más o menos espesa. En la burla no hay que confiar. Andará la marihuana con su juicio entre matorrales. Ni siquiera una concha de astucia en la intriga procaz. ¿Correr antes del momento o agruparse sin correspondencia?
Señora de británica cadera y estrellada en el adentro de sus orquídeas. Reino de donde saca agua y lámparas para mineros. Títulos rezagados, transparentes y palos de lanza y frivolidad. Mujer querida en su labor de melindres. Laconismo que remonta las aberturas y desordena las alondras.
Comida de viernes para caza de herencias. A lo largo de préstamos y desarraigos. De cuerpo entero, un amante en deliberación. En sitio para moverse acosado por lémures o por lagartos cetrinos. En todo caso, únicamente sombras extendidas al compás de aparejos y licores de ceñudas aromancias.
¿No es eso? Apercibirse de maniático. Con plena validez y obra de rosario. ¿Alguna nulidad? Depósito de inmundicias y derechos para el prójimo, imaginario y nucleado. ¿Agobios traídos por las tormentas? Con excesiva ansiedad se abarca lo circundante, aunque tiemble la horqueta del relieve. ¿Un par de tijeras será el hermanamiento apropiado para el pánico?
Plumas en la fuente y pentagramas para aves mal escritas. Dícese, la ruindad y la faringitis aparece y se desplaza, farisaicamente. Relativo a los pétalos, se entra en una fase aún inédita. Ácidos de la filosofía y purgas en el umbral de los saqueos. El dictadorzuelo se traga un alfiler y una epidemia rodea a sus congéneres. ¡Ah, mofa pública en los desaguaderos del odio!
Morir en las entrañas del cascarón. Privilegio de la nomenclatura. Un enfermo pasea con su tumor y los murciélagos se amoscan. ¡Bah! La guardia avanzada defeca y llora en palacio. Uno puesto en discordia y otro malparido en escena. Plausiblemente en el balcón chorrean las trivialidades. ¿El aguijón le logrará sacar los ojos al matarife de las charreteras?
Ser o hurgar entre los muertos. ¿Polífago o polifónico? La bermejura es la divisa y ansía redimirse. Se enfurece, se entrampa, arremete y aniquila al otro. Tordo rojo, ¿tragarás carbones? En el sitial para mirar las flores, ¿las prostitutas tienen aliento de ácaros? ¡Ánimo que las hormigas vienen endeudadas y se les incendian los consejos!
Fiesta bajo palabra y culto a los ejércitos. Cajas de hierro para quienes refunfuñen. Su Majestad Lucifer, ¿a cuántos réprobos quiere llevarse a su mansión? ¡Escoja no más! ¡Son todos suyos!
De pocas noticias y el imbécil todavía se empina y da coces. De un avión saltará a su trinchera. ¡Ilustre torcedor de engaños! Desternillante payaso que nunca apuntó al blanco. Miraba su escopeta al revés y un adarme le faltó para adherirse a la explosión de su testa.
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