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Donde se habla de inequívocos animales

lunes 10 de julio de 2017
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Textos y dibujos: Wilfredo Carrizales

1

Donde se habla de inequívocos animales, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

La manada de búfalos avanzaba, en apariencia, con pasos cansinos. Algunos machos fuertes iban a la cabeza del rebaño. Bordeaban un río de aguas quietas y pantanosas, situado a más de un metro por debajo de donde se movían. El sol reverberaba sin dar tregua y encandilaban sus destellos al chocar contra la tierra amarillenta.

Los búfalos apresuraron un tanto su marcha. A poca distancia el terreno presentaba unas leves ondulaciones o eso parecía. El jefe de la manada de búfalos olió el peligro y cuando quiso alertar al resto de sus congéneres, se le vinieron encima garras, rugidos y fauces de unas leonas agazapadas y mimetizadas con el terreno.

La manada escapó en estampida, pero un búfalo joven quedó rezagado y las cinco leonas hicieron presa de él. Mientras una le mordía el hocico, las otras le sujetaban por los flancos y la última le clavaba los dientes en la cola.

El joven búfalo se debatía con coraje y no permitía que lo derribasen. Reculó con desesperación y cayó al río, arrastrando consigo a la leona que lo aferraba por la cola. Sin pérdida de tiempo, las otras leonas se abalanzaron a las aguas para no perder a su presa, su seguro alimento.

El combate se escenificaba ahora en el medio acuático. Las leonas se esforzaban con denuedo en halar al búfalo para sacarlo del agua y éste incrementaba su coraje para impedirlo. Así transcurrió un interminable tiempo agónico.

Inadvertidamente emergió del agua un cocodrilo y atrapó al búfalo por un muslo. Las leonas se miraron sorprendidas y duplicaron su esfuerzo conjunto para arrastrar y subir a la orilla al búfalo. Finalmente más pudo la fuerza combinada de las leonas y el cocodrilo debió soltar a la que creía su fácilmente lograda presa.

Ya arriba en la pendiente del río, las leonas, cansadas y hambrientas, se disponían a acabar con el búfalo. De repente, los machos de la manada de búfalos irrumpieron y atacaron a las leonas. Dos de ellas volaron por los aires con el impacto de los topetazos. El resto se amilanó y huyó con el rabo entre las piernas, perseguidas ahora por toda la manada que mostraba una unidad compacta y una táctica de arremetida en bloque.

El joven búfalo, con el cuerpo sangrante, se introdujo rápidamente en la manada. Se había salvado y tal vez la experiencia le habría enseñado a ser cauteloso en el futuro y la importancia de permanecer siempre junto al rebaño.

 

2

El forzudo trepó a una plataforma circular. Hizo algunos ejercicios de calentamiento y el sudor le corrió copioso por el desnudo y lampiño cuerpo. Le efectuó una señal a alguien y se apareció una mujer blanca, de grandes tetas y larguísima cabellera negra. El forzudo la levantó sin ningún esfuerzo y la colocó horizontal sobre su rostro. Una de las tetas le cayó sobre los labios y el forzudo se puso sin dilación a chuparla. La mujer daba gritos de placer y emoción. El forzudo optó por meterle un dedo en la boca. El orgasmo tardaba en llegar; se sentía retrasado. Entonces, como pudo, la mujer llamó a un perro por su nombre. El perro dio un salto y atrapó el pene del hombre. Lo mordía y succionaba con conocimiento de causa. El trío sintió una unísona explosión de energía y quedó paralizado hasta que lo recogiera otra historia.

 

3

Los elefantes amarillos se encontraron con las elefantas sepias al lado de un poste del telégrafo. Comenzaron a rascarse los lomos contra el poste de madera. Cayeron las líneas y les provocaron corrientazos a todos los elefantes. Las hembras se unieron por las trompas, mientras los machos las montaban.

Ese día mucha gente recibió telegramas que sólo contenían onomatopeyas de bufidos y ruidos de fluidos que se agitaban sin contención.

 

4

Las ratas hembras olieron el aroma de un queso que hacía enloquecer y que las atrajo sin oponer resistencia. El conglomerado de ratas cayó en las trampas dispersas por la cocina. Todas quedaron atrapadas boca abajo y borrachas por el poderoso queso. Las ratas machos salieron de sus agujeros al oír el ruido de las trampas activadas y se dieron a la tarea de fornicar, de rodillas, con las hembras que desde hacía unas cuantas semanas atrás habían decidido no parir más y vivir solas.

 

5

La chinche camina sobre las piedrecillas y se balancea a uno y a otro lado. Le sale al paso un grupo de agresivas hormigas rojas. La chinche pasa entre ellas y su pestilencia las paraliza. Después que se aleja, las hormigas se frotan con ahínco las tenazas y tratan de desembarazarse del hedor. La chinche se detiene un momento. Escucha y se percata de que nadie la sigue. ¿Quién se atrevería? Llega a un árbol seco que todavía se mantiene en pie. Decide trepar por su corteza abultada y llena de hongos. Sabe que encontrará en los intersticios del árbol abundantes larvas y huevecillos. Seguro que se dará un banquete. Sube por las rugosidades del tronco con una celeridad que a ella misma la sorprende. A pocos centímetros encuentra un nido de gusanos y comienza a devorarlos con calculado orden: primero los más grandes y luego los chicos. Al sentirse satisfecha decide bajar. No contaba con la torpeza de la hartura. Intenta controlar sus patas, pierde el asidero y se precipita. En cuestión de segundos cae, pero encima de una telaraña. Exuda toda la pestilencia de la que es capaz, porque sabe que la araña no tardará en aparecer. La telaraña se templa y empieza la chinche a moverse. No dura mucho en ver a la enorme araña que avanza hacia ella con los ojos muy abiertos y moviendo la boca. La hedentina es insoportable, pero la araña parece tolerarla. De improviso, cuando la chinche cree que la araña duda en atacarla a causa del hedor, la araña expulsa un chorro de hilos y la envuelve en un capullo. La chinche no es capaz de contrarrestar el ataque y se entrega. La araña hala hacia un lado de la red al capullo y lo deja colgando allí para que se momifique. Total, a la pestilencia le llevará semanas disiparse y ya para entonces la chinche estará en su mejor momento de degustación.

 

6

Me asomo por la ventana del hotel donde estoy alojado y alejado. Veo a bandadas de cuervos cruzando el espacio, mientras llovizna sobre la ciudad que paga mal sus ocios. Los cuervos me descubren y cambian de dirección. Se dirigen velozmente hacia donde yo estoy atisbando y se estrellan brutalmente contra el cristal de la ventana. La sangre se esparce y cubre el vidrio. Los rostros de los cuervos quedan estáticos, con una macabra mueca, y los ojos brotados. El aire se llena de un indescifrable significado. Cierro las cortinas. Mañana convocaré a un conocido ornitólogo para que tenga un tema interesante en su próxima disertación.

 

7

Los dos elefantes marinos, fuertes y agresivos, se retaron con terribles resoplidos. La hembra, motivo de la rivalidad, tomaba el sol tranquilamente sobre unas rocas apenas tocadas por la marea. Los corpulentos elefantes marinos corrieron hasta chocar de frente uno contra otro. El resto de animales que disfrutaban de los rayos solares se apartaron velozmente. Los elefantes marinos comenzaron a darse dentelladas en la orilla del gélido mar. Transcurrieron imponderables minutos y ninguno de los dos había resultado vencedor. La hembra se aburrió de contemplar la pelea y se lanzó al agua para retozar un poco en la profundidad.

Los dos machos cayeron arrastrados por una ola y continuaron el combate medio sumergidos. La hembra detectó un peligro y nadó muy nerviosa hacia la superficie. Cuando sacó la cabeza para chillar, una ballena asesina surgió por un costado y la atrapó con sus mandíbulas. Los elefantes marinos detuvieron su pelea para huir y ponerse a salvo. Se miraron un instante e intercambiaron ojeadas de terror. Ningún otro movimiento les fue permitido realizar. Otras dos ballenas asesinas les cortaron la retirada y les destrozaron las cabezas simultáneamente. El agua se tiñó de un rojo oscuro y sobre su superficie quedaron flotando pedazos de piel y carne. Un numeroso grupo de aves marinas predadoras se lanzó en picada y en cuestión de segundos dio cuenta del último remanente de la batalla perdida.

 

8

Todas las grullas sintieron que el invierno ya estaba demasiado avanzado y ellas no habían partido todavía hacia el sur. Las pocas grullas enfermas se propusieron partir también, debido a que por ellas se había pospuesto la migración anual.

Un amanecer excepcionalmente brillante y tranquilo las grullas elevaron vuelo. A los pocos minutos volaban a considerable altura. Se desplazaban en dos grupos y cada uno formaba una cabeza de flecha. Detrás de la guía principal iban las más fuertes y, al final, las más débiles. Unas cuantas horas después, las grullas divisaron la cordillera eminente y nevada que les indicaba un alto y un descanso. Las guías giraron las cabezas para comprobar que todo seguía normalmente. Descubrieron que una de las grullas postreras se había despegado de la bandada y volaba más bajo. Las guías comenzaron a graznar con angustia, pero en vez de lograr que la grulla aislada volviera a rejuntarse a la bandada, sólo consiguieron que una pareja de águilas doradas despertaran de su adormecimiento en su nido encuevado y rápidamente desplegaran las alas. Las águilas remontaron vuelo para atrapar a la grulla. Ésta giró en redondo y trató de descender con las pocas fuerzas que le restaban. Una de las águilas la alcanzó hasta ubicarse encima de ella. Planeó unos segundos y, sorpresivamente, se le abalanzó con las garras abiertas para asirla por el pescuezo. La grulla balanceó un tanto la cabeza y el águila sólo pudo arrancarle unas plumas. Pero, en seguida, la otra águila se apareció por un flanco y le clavó las garras a la grulla en medio del cuello. El águila fue descendiendo lentamente en espiral con la grulla entre las patas. Cuando se cansaba le permitía a su compañera que la sustituyera. El zarcillo que formaron las dos águilas en su bajamiento quedó proyectado sobre el nevado precipicio.

En lontananza, ahora, las grullas volaban en una sola formación angular y las guías se iban quejando a medida que se acercaban a la obligada estación donde pasarían la noche.

 

9

El oso polar tenía un hambre acuciante. Se había despertado de mal humor y su estómago retumbaba y le exigía urgente alimento. Miró hacia la bahía pedregosa y estaba solitaria. Únicamente se escuchaba el leve sonido del oleaje. Sin embargo, el oso necesitaba encontrar cuanto antes algo qué llevarse a la boca. Recordó que a veces, entre las grises piedras, se localizaban aves heridas o enfermas. Realizó varias vueltas olfateando aquí y allá. Casi pisó a unas dos o tres aves echadas sobre los huevos recién puestos. Su grisáceo plumaje las mimetizaba perfectamente con el entorno. Una de las aves se puso nerviosa y alzó vuelo. Las otras la siguieron. El oso dio un salto para atrapar alguna y cayó de bruces encima de uno de los nidos. Aplastó a los huevos y la cara se le manchó de amarillo. Se pasó la lengua por el hocico y engulló todos los huevos con las ramitas del nido, los excrementos y unos guijarros. El hambre se le acrecentó y rugió. Vio a flor del agua a un delfín blanco que parecía burlarse de él. El oso se precipitó dentro del agua para desgarrar al delfín. Éste se sumergió y desde el fondo observó al oso moviendo torpemente sus patas. De pronto, el delfín miró dos osos: uno que nadaba con las patas hacia abajo y otro que lo hacía con las patas hacia arriba, agitándose al unísono. El delfín se enojó, ascendió violentamente y le dio una topetada al oso que nadaba normalmente. En seguida el segundo oso desapareció y el delfín continuó dándole topetazos al oso que permanecía en el agua. Finalmente el oso pudo ganar la orilla y se internó rápidamente en el cercano bosque. Detrás todavía se escuchaban las voces celebratorias del delfín.

 

10

Donde se habla de inequívocos animales, por Wilfredo Carrizales
Dibujo: Wilfredo Carrizales

El mono negro desea aprender a leer para figurar en la selva. Le solicita ayuda al gran pez de azabache, único poseedor de un libro de enseñanza. Al principio el pez se rehúsa, pero ante la insistencia del simio accede. Entonces comienza a transmitirle los iniciales rudimentos de la lectura y las letras empiezan su balanceo colgadas de las lianas y se entrecruzan los signos y forman palabras sobre las ramas y el simio salta de regocijo aunque no comprenda nada y muestra sus “progresos” con las hojas al revés y el pez continúa su inútil instrucción y el mono se emborracha y se viste de brocado y blasona de sabio y aúlla en señal de superioridad hasta que el pez se harta y lo manda a gesticular frente al espejo del agua y allí el mono descubre que no sirve sino para la más triste y más sórdida simulación.

Wilfredo Carrizales
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